ESCRITOR EN SU TINTA

TODOS SOMOS VISIONARIOS

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Y en el colmo de su interrogatorio, el taxista le preguntó:

—  ¿Y no cree usted, señor, que los peruanos le debemos a Montesinos todo lo que vamos sabiendo sobre la corrupción?

— …(sólo una creciente jaqueca)

—  ¿No cree usted que, gracias a Montesinos y a sus vladivideos, los peruanos nos vamos a enterar por fin de quiénes son los verdaderos corrompidos de este país?

El pasajero pensaba en su padre, muerto décadas atrás, y le imploraba que desde el más allá le enviara una respuesta pertinente, un educado ‘cállese la boca”, un “basta ya. por favor”, más algo de frase feliz, por favor, padre, una mezcla de retórica de manual de Carreño, buenos modales en la mesa y gol de media cancha. Y es que su padre había tenido la inmensa suerte de ser un tímido muy superior a él. un tímido lleno de mecanismos de defensa y de agresividad adelantada, un silencioso que jamás permitió que una presencia extraña invadiera con sus preguntas u opiniones, ese ruido que aterra y maltrata, esa punzada que lastima intimidades, las amplísimas aguas territoriales sobre las que su proverbial parquedad y su flema anglosajona ejercieron una siempre ampliable jurisdicción. El aplastado pasajero recordaba una infancia feliz, a la sombra de frases como ésta:

— ¡Muy buenas tardes tenga usted, don Rafael! —le dijo un día a su padre, uno de esos peluqueros solícitos y sonrientes y siempre muy amablemente para servirlo a usted. Un fígaro, entendámonos. Y un gran añadidor, por supuesto—: Y ya me dirá usted, don Rafael, ¡cómo exactamente quiere usted que le corte esta vez el cabello al caballero!

—Como siempre: sin hablarme, oiga usted.

El pasajero —la mano puesta ahora sobre un agudo dolor de cabeza— estaba viendo a su padre, allá en el otro mundo. Nunca cambiaría, salvo por ese pelo tan blanco y tan largo, larguísimo como el de aquellos bippies que sin duda habría odiado, si Dios, en su infinita misericordia, no lo recoge antes. Y es que Dios se lo había llevado a la Gloria muy a histórico tiempo y momento, y, según podía comprobar el abrumado pasajero, entre otras recompensas a su callada y ejemplar travesía por este valle de lágrimas, le había concedido además toda una vida eterna sin peluquerías ni fígaros ni nada.

—Montesinos, señor, terminará habiendo servido para algo. ¿O no le parece a usted? ¿Visionó usted los videos de ayer?

Por la avenida Aviación, que además ha resultado ser elástica y se estira como película de horror, a medida que los ojos del taxista se agrandan en un retrovisor de pesadilla, en esta interminable temporada de voyeurismo que vivimos los peruanos, puñado a puñado de dólares, Montesinos mediante, el pasajero agoniza. Tal vez sus últimas palabras sean: “el mundo al revés”. No serán, en todo caso, un gol de media cancha.

Los peruanos hemos inventado —o asumido como propia— la palabra visionar, que debe venir de aperturar, que 110 debe venir de idioma alguno. A los peruanos parece no importarnos los crímenes cometidos por la dupla Fujimori-Monte- sinos, un exhibicionista y un voyeur; todos los atentados contra los derechos humanos, el miedo y el rebajamiento psicológico y moral, la degradación psíquica y física a la que durante diez años sometieron a un país entero. Montesinos nos legó el verbo visionar, que más parece un contagio, una epidemia, una excrecencia de su alma.

Yo visiono, tu visionas, el taxista visiona. Y el pasajero que nunca llegó a destino, por la más interminable avenida del mundo, jamás pensó que el alcance de esta palabra sería para él de necesidad mortal. Le parecía mal, muy mal, sí, que los peruanos hubieran hecho del televisor el centro de todas sus reflexiones, en un país donde la televisión había alcanzado por momentos una estolidez vladividesca. Le parecía pésimo que el verbo visionar viniera de aperturar, que no venía de ninguna parte y no llevaba tampoco a lugar alguno. Le parecía…

Pero cuando el taxista llegó al colmo de los colmos de su interrogatorio y la avenida Aviación y el retrovisor ya lo eran todo y sintió que el país entero era un vladivideo, los goles de media cancha y las frases felices que solía imaginar su padre quedaron atrás para siempre jamás.   n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.