¿No es peligroso hacerse el muerto?, dice el narrador de este cuento que celebra los mejores momentos del género confesional que tantos frutos literarios dio en la Francia del siglo XVII. Y que persigue, también, al enfermo Moliere, no un enfermo imaginario sino un hombre víctima de las intrigas de corte. Rubem Fonseca nos entrega a un personaje incomprendido, a merced de sus enemigos, cuya grandeza lo llevó del escenario, como espacio ficticio y a la vez real, a la muerte. Este cuento forma parte del libro O doente Molière (São Paulo, 2000).


Principales personajes de esta noveleta

Marqués Anónimo. Amigo y colega de colegio de Moliere. (Único personaje ficticio.)

Molière (Jean Baptiste Poquelin, o Poquelin, conforme la grafía de la época). Uno de los mayores autores teatrales de la historia de la literatura universal.

Racine (Jean). Gran dramaturgo y poeta, autor de tragedias basadas en los clásicos de la Antigüedad.

Lulli (Florentino, pero conocido por su nombre afrancesado, Lully). Famoso compositor, colaboró en la parte musical y de ballet de la ópera francesa.
La Grange, o Lagrange (Charles Varlet). Actor de la compañía de Molière.

Barón (Michel). Actor de la compañía de Molière. Armande. Actriz y esposa de Molière.

La Forest, o La Forét (Renée Vannier). Cocinera de Molière.

Sr. Couthon. Vecino de Molière, que estuvo presente en sus últimos momentos.

Luis XIV. Rey de Francia. Fue patrocinador de la compañía de Molière que pasó a ser conocida como La Troupe du Roi.

Mademoiselle de La Vallière. Favorita del rey.

Marquesa de Montespan (o Madame Montespan). Ocupó el lugar de Mlle. La Vallière como favorita del rey. Tuvo varios hijos con él, de los cuales seis sobrevivieron, todos reconocidos y agraciados con altos títulos de nobleza.

La Fontaine (Jean de). Escritor francés, famoso por sus Fábulas.

Mignard (Pierre). Autor del retrato que el Marqués Anónimo dice que tiene en su casa.

Boileau (Nicolás Boileau-Despréaux). Importante autor, de gran influencia en la literatura francesa de la época.

Chapelle (Claude-Emmanuel Luillier). Poeta, colega de colegio y amigo de Molière.

Madeleine Béjart. Hermana mayor de Armande Molière.

Dr. Mauvillan. Médico de Molière.
Corneille (Pierre). Célebre autor francés de dramas y tragedias. Contribuyó con versos a la tragedia-ballet de Molière, Psycbé.

Príncipe Gastón d’Orléans (tío de Luis XTV). Fue patrocinador de la compañía de Molière por algún tiempo.

Príncipe de Conti (Armand de Bourbon, hermano del Grande Condé). Antes de convertirse al catolicismo, fue patrocinador de la compañía de Molière.

La Chaussée (Jean Hamelin). Cómplice de la marquesa de Brinvilliers en varios crímenes de muerte.

Marquesa de Brinvilliers (Marie-Madeleine d’Aubray). Sentenciada por el asesinato de su padre y de sus dos hermanos.

Marquise-Thérése (Mlle. du Pare). Actriz de la compañía de Moliere.

Mlle de Brie (Catherine Le Clerc du Rozay). Actriz de la compañía de Moliere.

Madame de Rambouillet. Célebre por las reuniones que promovía en su casa.

Madame de Scudéry (Madeleine). Escritora y promotora de reuniones literarias y sociales.

Madame de Sévigné (Marie de Rabutin-Chantal). Famosa epistológrafa. Sus cartas, reunidas en libro, constituyen un clásico del género.

Madame de La Fayette (Marie-Madeleine Pioche de la Vergne). Novelista, autora del libro Princesa de Cléves. La Rochefoucauld (Francois, duque de). Autor de reflexiones y pensamientos, en forma de epigramas, máximas y aforismos, admirados por su elegancia, ironía y perspicacia.

Marquesa de Maintenon (o Madame de Maintenon). Sustituyó a la marquesa de Montespan como favorita de Luis XIV, No tuvo hijos con el rey, con quien realizó un casamiento morganático secreto, quizás en 1683.

Tiberio Fiorilli (conocido como Scaramouche, o Scaramuccia). Actor de la compañía italiana que compartía con la compañía de Moliere la ocupación de la sala del Palais-Royal.

Esprit-Madeleine. Hija de Moliere y Armande. Henriette-Anne dAngleterre (Madame). Hermana del rey Charles II de Inglaterra y esposa de Monsieur, con quien tuvo tres hijos.

Monsieur (Philippe, duque d’Orléans). Único hermano del rey. Fue patrocinador durante algún tiempo de la compañía de Moliere.

Cbarlotte-Elizabeth de Baviera (Madame). Princesa Palatina, segunda esposa de Monsieur, con quien también tuvo tres hijos.

Padre Roullé (Pierre). Autor de un libelo que pedía la condena a muerte en la hoguera para Moliere.

Doctor Des Fougerais. El médico más célebre de París.

Doctor d Aquin. Médico del rey.

Doctor Esprit. Médico de Monsieur.

Doctor Yvelin. Médico de Madame.

Antoine Dreux d Aubray. Asesinado por la hija, marquesa de Brinvilliers.

Madame Voisin. Hechicera y envenenadora.

La Reynie (Nicolas-Gabriel de). Jefe de la policía de París.

Capitán Sainte-Croix. Cómplice de la marquesa de Brinvilliers.

Eggidi. Especialista en venenos.

Doctor Vallot. Médico célebre de París.

Doctor Guénaut. Idem.

Soy un marqués de ilustre estirpe, de la mejor nobleza, pero no soy escritor, apenas soy un lector constante de los buenos autores. Me gustaría escribir para el teatro, ser como mi amigo Moliere o como Racine. Un día escribí una tragedia y se la llevé a Racine para que la leyera, pues me sentía inseguro, como todo autor principiante. Esperaba, por supuesto, que a Racine le gustara mi pieza, evidentemente inspirada en los modelos griegos, como las que él componía. Racine, que para entonces aún no era el autor consagrado que vendría a ser más tarde, me preguntó si quería que me hablara con franqueza. Le contesté que sí —¿qué otra respuesta le podría dar?—. Entonces Racine me dijo, sin rodeos, que desistiera del teatro. Si tienes ganas de escribir, agregó, escribe cartas o diarios, no hay reglas y ni siquiera es necesario talento para ello. Pero escribir para el teatro, además de un don especial, que no tienes, exige el conocimiento de innumerables preceptos, que ignoras.

Después, le pedí a Molière que leyera mi manuscrito, sin comentar la opinión de Racine. Mi amigo se tardó algunos días para decirme que lo había leído, y cuando lo hizo fue de una manera evasiva, seleccionando las palabras con cuidado. Primero preguntó por qué había elegido una tragedia en lugar de una comedia. las llamadas piezas serias eran más difíciles con el público, más trabajosas de escribir y más costosas de representar. Recordó conmigo la primera vez que leyó en mi casa la comedia trágica Don García de Navarra, o El príncipe celoso, que había creado tantas expectativas optimistas y que acabó fracasando. Finalmente. Molière explicó que mi pieza tenía algunas cualidades, pero todavía no estaba lista para ser puesta en escena. Fue la manera que encontró de decirme que había escrito una pieza mediocre. No me molesté con Molière. Lo amaba. Pero desistí de escribir para el teatro. Pasé a usar, como consuelo, una frase de Michel de Montaigne: mi arte y mi profesión es vivir.

Aun sin ser escritor siempre registré en cuadernos acontecimientos dramáticos o pintorescos, de mi vida y de la vida de otros. Lo que hago no es un diario, ya que no escribo todos los días, sólo cuando algún asunto me conmueve de alguna manera, o me asombra, o por algún motivo despierta mi curiosidad. Y tampoco consigno, al inicio de mis registros, las fechas en que los hice, sólo escribo los títulos que doy a los temas apuntados. Puedo ser un poco prolijo a veces, impreciso, y tal vez hable excesivamente de mi vida, pero me parece normal, en escritos de esta natura.

Seleccioné algunos pasajes de mis apuntes, para publicarlos anónimamente, como parte de mis memorias.

Puede parecer que no, pero las descripciones que hago de las intrigas y escándalos de la corte, de la efervescencia de los salones, de la influencia perniciosa del clero y de otras corporaciones, de la rivalidad entre artistas, nobles y áulicos, están ligadas al tema principal de esta selección: el misterio de la muerte de Molière, víctima de tantas alevosías, incomprensiones, injusticias y violencias a causa de las piezas que escribió.

1. Una profesión infame

Argan está postrado sobre una silla, frente a su sierva Toinette, cuando Angélique entra.
¡Oh! ¡Por Dios!, dice Toinette, qué cosa horrible sucedió. ¡Ah!, ¡qué día infeliz!
¿Qué pasa, Toinette? ¿Por qué lloras?
Ay de mí. Tengo malas noticias que darte.
¿Pero qué pasó?, insiste Angélique.
Su padre… murió.
Toinette se aleja, dejando que Angélique vea el cuerpo de Argan derrumbado sobre la silla.
Ahí está. Tuvo un desmayo y se murió.
Dios mío, qué cruel desgracia, perder a mi querido padre, que lo era todo para mí.
En medio de los lamentos de Angélique, entra Cléanthe, a quien Angélique demuestra su sufrimiento por la muerte de su padre.
Súbitamente, Argan se levanta de la silla, diciendo conmovido:
¡Ah!, mi hija…
¡Oh!, exclama Angélique, con gran sorpresa.

Pero nosotros, los espectadores, no nos sorprendemos, sabíamos que Argan se hacía el muerto para poner a prueba el amor de su hija, pues momentos antes le había hecho lo mismo a su segunda esposa, la infiel Béline, cuya reacción, al oír de Toinette que su marido había muerto, había sido de felicidad: vamos a llevarlo a la cama y guardemos silencio sobre su muerte hasta que yo haga lo que sea necesario, hay papeles y dinero que necesito recoger.

Yo estaba entre el público de la sala del Palais- Royal viendo la cuarta representación del Enfermo imaginario. En las ocasiones anteriores, Argan, o mejor dicho, Molière, que desempeñaba ese papel, se levantaba enérgicamente de la silla, lleno de indignación con la mujer y de alegría con la hija, pero aquel día se paró con dificultad, parecía que realmente volvía en sí de un desmayo profundo. Y cuando Cléanthe, inmediatamente, le pidió la mano de Angélique, Molière, después de responder con voz débil: sí, hágase médico que así le doy a mi hija, se pasó la mano por la cabeza y salió de la escena dando tropezones.

Creo que fui el único de los espectadores que se percató de que alguna cosa le había sucedido a Molière, pues cuando se retiró yo sabía que aún le quedaban algunas partes de su diálogo por proferir. La escena burlesca, que era la siguiente, comenzó algo atrasada. Entraron al escenario hombres con jeringas, boticarios, médicos, ocho cirujanos danzantes y dos cantantes y se pusieron a bailar y a recitar latinajos graciosos, ridiculizando a la medicina, entre ellos estaba Molière, que claramente tenía dificultad para pronunciar sus partes; casi no le entendí cuando dijo clysterium donare, postea seignare, ensuitta purgare —esas actividades que los médicos, como el doctor Purgon de la pieza, sabían hacer tan bien, aplicar lavativas, realizar sangrías y administrar vomitivos—. Cuando el coro cantó al final vivat, novus doctor, qui tam beneparlat, un saludo jocoso al personaje vivido por Molière, él tuvo una especie de convulsión que hizo que el público se riera a carcajadas. Antes, cuando debía decir algo de pie, se había sentado en una silla, como si estuviera fingiendo cansancio.

Al final de la pieza, los asistentes aplaudieron entusiasmados. Fui a los bastidores a hablar con los artistas. Era amigo de Jean-Baptiste Pocquelin1 desde los tiempos en que habíamos estudiado juntos en el Collége de Clermont, de los jesuítas, cuando él aún no era conocido como Molière —seudónimo que adoptó y cuyo origen jamás aclaró— y estaba destinado a ser no un autor y actor de piezas teatrales, sino Valet-de-Chambre du Roí y a trabajar como tapicero, con su padre, en la tienda de los Pocquelin, bajo los pilares de Les Halles.

En las ocasiones anteriores en que fui a las representaciones del Enfermo, fui siempre a saludar a mi amigo. Sabía que él pasaba por una de sus crisis de melancolía, agravada por el hecho de que, debido a maniobras astutas, Lulli había conseguido del rey, contra la voluntad de Molière, el privilegio de las piezas que había musicalizado para el comediante. Por ese motivo, la música del Enfermo fue compuesta por Marc- Antoine Charpentier. Además, a causa de las intrigas de Lulli, la première no se realizó en Versailles. Molière, suponiendo que el estreno sería para el rey, llegó a escribir un prólogo que él mismo leería, en el cual decía que después de las gloriosas victorias militares y políticas de nuestro Augusto Monarca, todos aquellos cuya actividad era escribir debían dedicarse a celebrar su fama o a divertirlo.

Encontré a Molière estirado en una silla, muy pálido. Parecía que continuaba haciéndose el muerto. Me vino el recuerdo de la pregunta que Argan le hacía a Toinette, en la pieza: ¿no es peligroso hacerse el muerto? Cuando lo saludé, percibí que sus manos estaban heladas, a pesar de que todavía tenía, bajo la bata que se había puesto para la última escena, la culotte, las medias gruesas y la chaqueta roja que había usado en el tercer acto.

Me parece que sería mejor llevarlo a casa, le dijo el actor La Grange, que contaba el dinero recaudado en la taquilla, a su colega Barón. Armande, la mujer de Molière, que hacía el papel de Angélique, ya se había ido.

Barón y yo pusimos a Molière en un carruaje y lo llevamos a casa, en la calle Richelieu. Tan pronto llegamos, Barón le trajo un caldo caliente.

El apartó el tazón que Barón tenía en las manos, diciendo que no le gustaba el sabor de los caldos de su mujer. Tú sabes cuáles son los ingredientes que ella les pone; mejor dame un pequeño pedazo de queso parmesano. En el escenario, su voz solía tener un timbre que le daba a sus partes en los diálogos una característica especial, pero aquel día estaba simplemente ronca y profunda. Comió un poco de queso con pan, que le trajo la cocinera, La Forest, y se fue a acostar. Ordenó que le pidieran a su mujer una almohada llena de una droga que ella le había prometido para dormir, pues ya no quería oír hablar de medicinas.

Todo lo que no entra en el cuerpo lo pruebo de buena gana, pero las medicinas que tengo que tomar me dan miedo; poco me falta para perder lo que me resta de vida. Después de decir eso, Molière miró a su alrededor, como si verificara quien más estaba en el cuarto. No había nadie, además de nosotros. Hizo un gesto, pidiendo que me aproximara, como si me quisiera contar un secreto. Bajé la cabeza y acerqué el oído a su boca.

Fui mortalmente envenenado, susurró.

Lo interrumpió un fuerte acceso de tos, que sacudió su cuerpo y lo hizo escupir flemas con sangre. En ese momento, Baron regresó al cuarto. Molière tenía muy mal aspecto. Al percibir nuestra preocupación, dijo: no se asusten. Pídanle a mi mujer que venga.

Armande no estaba, había llegado pero permaneció poco tiempo en casa, pues salió a buscar un padre. Se- está muriendo, dijo Baron. El actor y yo también decidimos salir en busca de algún padre para que administrara los sacramentos a Molière. En la escalera, encontramos a un vecino de Molière, el señor Couthon, a quien le contamos lo que estaba sucediendo.

Comenzó a morir en escena, lamentó Baron en mi carruaje, en el cual seguimos juntos por la calle Saint Honoré hasta la altura del callejón de l’Opéra. cuando nos separamos. Barón, a pie, siguió al frente hasta la iglesia, que quedaba inmediatamente después de la calle Des Bons Enfants. Yo, en el carruaje, entré en la calle Fromanteau y fui hasta la iglesia St. Nicholas du Louvre, pero el padre se negó a acompañarme cuando le dije de lo que se trataba. A esa decepción agregué el sinsabor de que mi carruaje se atascara en la Fromanteau, y como no había nadie cerca para socorrernos, tuve que saltar y ensuciarme los zapatos, las medias, incluso hasta mi culotte, para ayudar a sacar las ruedas del fango y de la basura que las obstruían. Después fui a la iglesia que quedaba en la calle St. Thomas du Louvre, y recibí la misma negativa. Ya se me había olvidado la iglesia que quedaba en la calle Ste. Nicaisse, cercana a la calle Richelieu, y nuevamente obtuve sólo un cortés no. Mi título de marqués y mi nombre ilustre de nada sirvieron. Creo que mi aspecto inmundo, aunque yo lo hubiera explicado, estimuló a que el padre desarrollara sus objeciones.

Cuando regresé, después de Barón y de Armande, que también había fracasado en su misión, Molière ya había muerto. Ningún amigo o pariente estaba presente en el momento de su muerte. El señor Couthon había logrado traer a dos monjas, que asistieron al comediante en sus últimos momentos. Molière murió a las diez de la noche del 17 de febrero de 1673, un viernes, un mes antes de cumplir cincuenta y dos años.

Los comediantes, por el hecho de ejercer una profesión considerada como infame, son excomulgados. Conforme a las decisiones de la Prelacia de París, no se puede dar comunión a personas públicamente indignas y manifiestamente innobles como las prostitutas, los usureros, los hechiceros y los comediantes. (Por algún motivo misterioso, los cantantes de ópera no sufren esas restricciones). A todos esos réprobos se les niegan la extremaunción y la sepultura eclesiástica, pero los comediantes pueden obtenerlos en caso de que se retracten de sus errores y prometan, de manera solemne y veraz, renegar de su abyecta profesión.

Molière no había hecho esa renuncia y no podía ser sepultado con el ceremonial cristiano. Los adversarios del teatro, especialmente todos aquellos que execraban al autor de Tartufo y de Don Juan, y habían logrado la interdicción de las dos piezas, exigían que se impidiera la realización de la ceremonia. Armande, en una de sus peticiones al arzobispo de París, declaró que su marido había recibido el año anterior la comunión prescrita para los fieles, de manos del abate Bernard, de la parroquia de St. Eustache. Pero no logró probar que Molière había renunciado formalmente a su condición de comediante. Había muerto sin confesión y sin retractación. Armande logró una audiencia con el rey, a quien le habría dicho que si su marido fuera un criminal, sus crímenes habrían sido autorizados por su Majestad. Pero no creo que haya tenido la audacia de hablar con el rey en esos términos.

Yo también intenté hablar con el rey, sabía que le gustaba el teatro, ya vi incontables piezas con él, en las representaciones especiales que las compañías hacen en la corte, y ya lo vi bailar en escena, con su favorita de entonces, mademoiselle de La Vallière, durante la representación, en el castillo de Saint-Germain, de la pastoral de Molière, Mélicerte. Y nótese que eso ocurrió años después de que Tartufo y Don Juan ocasionaron aquella enorme confusión.

Pero Luis XIV no me recibió. A pesar de mi linaje ilustre, y de poseer gracia e inteligencia, las cualidades más apreciadas por el rey, su Majestad ocasionalmente revelaba algunas manifestaciones de desagrado en relación a mí, tal vez porque yo no demostraba mucho entusiasmo cuando me invitaba a ir de caza con él. El rey no entendía que a alguien como yo, que tenía destreza en el manejo de armas de fuego, no le gustara la cacería  —pero yo entendía el placer que el rey sentía al matar treinta faisanes con treinta tiros—. O más probablemente la causa de nuestro desencuentro era que habíamos compartido, durante algún tiempo, los favores de una joven y bella condesa. No había otra razón posible. Yo había cumplido con los deberes de mi linaje durante las guerras. En mi juventud, había luchado por el rey en las batallas de Rocroi, de Nordlingen, de Zurmarshausen, en que fui herido.

Luis XIV y yo teníamos muchas cosas en común: el amor por las mujeres, por el teatro, por la música, por la danza y por los caballos; ambos montábamos muy bien y nos ejercitábamos constantemente a fin de preparar el cuerpo para estar en perfectas condiciones de satisfacer los ardientes deseos que dominaban nuestros espíritus.

El rey era un hombre elegante, pero creo que le hubiera gustado ser de mi altura, lo cual no lograba ni siquiera usando sus zapatos de tacón muy alto; decían que teníamos la nariz parecida, pero si fuera verdad, eso no me hacía feliz, pues la nariz del rey era el único rasgo feo de su rostro. Yo era dieciséis años mayor que él, pero parecía que teníamos la misma edad. A los cincuenta años, edad en que los hombres ya están acabados, parecía que yo tenía treinta.

Pero logré interferir, a mi manera. Hablé con madame de Montespan, que había ocupado, como favorita del rey, el lugar de la La Vallière. No sé si eso sirvió de algo. Lo cierto es que al rey le simpatizaba Molière, tanto que había aceptado ser padrino de su hijo Louis, que murió a los pocos meses de edad. Ciertamente fue para agradar al rey que el arzobispo de París, aun habiendo revocado la comunión realizada por el abate Bernard. permitió, finalmente, que el comediante fuera enterrado en el cementerio de St. Joseph, en la parte reservada a los suicidas y a los niños paganos, con la condición de que fuera de noche, sin ninguna pompa, con la presencia de sólo dos padres.

A las nueve de la noche, Molière fue enterrado. Durante tres días había permanecido insepulto. La Fontaine, Mignard y Boileau, entre otros amigos suyos, estaban presentes; y también Chapelle, nuestro colega en el Collège de Clermont, que parecía embriagado y a quien le di un compungido abrazo.

Portábamos antorchas que iluminaban en torno y revelaban, en la cara de algunos enemigos que comparecieron al sepelio, la satisfacción que no lograban esconder. Los evité, asqueado. Racine no se presentó. El ingrato se había olvidado de que había sido Molière quien le había abierto el camino al éxito al poner en escena su primera tragedia, La tebaida, cuando Racine era totalmente desconocido. Tampoco estaba presente Lulli, ese sujeto sin escrúpulos. Molière se había peleado también con el italiano. A pesar de la hora, unas doscientas personas fueron al funeral, además de un número idéntico de pobres, a quienes se les dio una suma de dinero, conforme la costumbre.

La Gazette, el periódico oficial, ni siquiera dio la noticia del fallecimiento de Molière. Sólo el Mercure Galant publicó un elogio fúnebre.

2. Secreto, secretos

¿Por qué mantuve en secreto la revelación que Molière me había hecho? ¿Por qué, en vez de buscar un padre, no fui por el doctor Mauvillan, médico del comediante, o por cualquier otro, para intentar salvarlo?

La respuesta es una sola: para protegerme. Yo era amante de Armande. Si descubrían que Molière había sido envenenado yo acabaría siendo considerado el principal, si no es que el único sospechoso de su muerte: todos saben que los amantes matan discretamente a los maridos a quienes engañan, con veneno, al contrario de los maridos que, cuando se contrarían al ser engañados, lo cual es raro, matan con escándalo, pues el honor, para esos fanfarrones, hay que lavarlo con sangre ante los ojos del público, como la expiación de un criminal en la plaza. El veneno podría apuntar hacia mí. Por eso, me callé.

El que no se haya hecho la autopsia me dejaba en una situación cómoda, al igual que al verdadero asesino pues, en principio, no se trataba de un asesinato. Se atribuyó la muerte de Molière a la ruptura de una vena, ocasionada, según los médicos, por violentos ataques de tos.

(Conversé con el doctor Mauvillan, el médico del comediante. La sangre debe derramarse hacia afuera del cuerpo, nunca hacia adentro, como ocurrió, dijo el doctor Mauvillan. Durante años había tratado lo que llamaba el “estado de ansiedad” de Molière, o el “estado de melancolía”, causado por la bilis negra, uno de los cuatro humores del organismo, cuyo exceso conduce a la tristeza).

Regresemos con Armande. Era hermana de Madeleine Béjart, la principal actriz de la compañía. La conocí tan pronto como llegó a París, aún adolescente: provenía de una aldea cerca de Nimes. donde la había criado una amiga de Madeleine. La caravana de la compañía de Molière pasó por la ciudad y Armande se incorporó al elenco. Molière le enseñó el arte de representar (Madeleine dice que fue ella) y Armande adoptó el seudónimo de Menou. Era una adolescente, pero poco a poco se fue transformando en una mujer muy bonita, y por una de estas trampas del destino mi atracción por Armande se volvió irresistible en el momento en que ella se casó con Molière, cuando tenía cerca de veinte años de edad, en agosto de 1662, en la iglesia de St. Germain lAuxerrois.

Los enemigos de Molière decían que Armande era una mujer promiscua, le decían cornudo y aseguraban que ella era su hija. Había una diferencia de veintidós años entre las dos hermanas; Molière de hecho había sido amante de Madeleine Béjart desde la época en que los dos eran muy jóvenes; y los malediscentes comparaban la fecha en que esa relación había empezado con la fecha de nacimiento de Armande para probar su teoría repugnante. Estos envidiosos no tenían límites.

Siempre apoyé a Molière, desde que él, aún muy joven, contra la voluntad de su padre, comenzó a frecuentar el ambiente teatral e hizo amistad con la Béjart y con Tiberio Fiorilli, célebre como Scaramouche (los italianos decían Scaramuccia). Moliére y la Béjart fundaron L’Illustre Théátre. Los ayudé para que debutaran en París con la protección del tío de Luis XIV, el príncipe Gastón d’Orléans. Pero L’Illustre Théâtre no tuvo éxito, no les pagaba a sus proveedores, y un comerciante de velas logró que a Molière. por el hecho de ser el director de la compañía, lo arrestaran por deudas. No fui a sacarlo de la prisión del Châtelet solamente porque en 1645 estaba en Alemania, en la guerra. Lo ayudé a regresar a París de su peregrinación por la provincia en 1658, y logré que preparara un espectáculo para el rey, en la sala del Vieux Louvre, que consistía en una tragedia de Corneille, Nicomède, y una farsa suya, El médico enamorado. La tragedia fue un fracaso; en la compañía de Molière, la Béjart era la única que sabía actuar una tragedia. Molière era eficiente en las comedias, pero Chapelle solía decir que si él no fuera el director de la compañía y el autor de las piezas, no conseguiría los primeros papeles, como sucedía. Sin embargo. El médico enamorado fue un gran éxito, que agradó mucho al rey. Después de la ópera, lo que más le gustaba al rey era el teatro, del teatro prefería las comedias y entre las comedias su predilección era por las farsas. En aquel mismo año. no fue difícil conseguir que Molière se instalara en la sala del Petit-Bourbon, compartiendo el espacio con la compañía italiana de Tiberio Fiorilli. Y también que Monsieur patrocinara financieramente a la compañía. El patrocinio del hermano del rey fue de gran ayuda.

Cuando una actriz del grupo, la bella Marquise- Thérèse, de quien Moliére era amante, se fue y se unió a la compañía del teatro de Bourgogne (dicen que se había casado secretamente con Racine). fue conmigo con quien Molière vino a quejarse. En esa misma ocasión, él y la De Brie, la nueva estrella de la compañía, casada con uno de los actores, se volvieron amantes. La De Brie y la Madeleine Béjart se disputaban los mejores papeles y por eso, y tal vez porque supiera lo que estaba sucediendo, Madeleine se peleó con Molière y fui yo quien escuchó pacientemente sus lamentaciones. Después lo ayudé a salir de la melancolía en que se hundió cuando Madeleine lo dejó definitivamente. Cuando ella murió, fui uno de los amigos que se solidarizaron con él en su dolor. Fui el primer lector de las peticiones que hizo al rey solicitando protección, después de la prohibición de Tartufo. Siempre lo defendí de los ataques que sufrió, e intercedí para liberar sus piezas. Obtuve para él la protección del príncipe de Conti, trabajé para que después consiguiera el amparo de Monsieur y finalmente el de su Majestad. Mi vida estaba ligada a la de Molière. Yo era su amigo.

Él era un mimo extraordinario y le encantaba, cuando estaba de buen humor, lucir ante los íntimos sus dotes de mimo, sugiriendo, apenas con un gesto del cuerpo o una expresión del semblante, sentimientos de alegría, de dolor físico, deseo, entusiasmo, miedo. Pero para representar la tristeza no necesitaba de tiempo para prepararse, era como si la tuviera firmemente arraigada en el alma. Ni siquiera usaba los recursos fulgurantes que le daban tanto brillo a sus otras mímicas. Su rostro se quedaba inmóvil, eran sólo sus ojos los que lo decían todo-, incluso el más alejado de los circunstantes notaría la gran amargura de su mirada y de su semblante. Porque él no estaba representando. Aquella tristeza, aquella melancolía, que lo volvían ansioso e insomne, eran verdaderas. Como yo lo sabía, no me sorprendía cuando, reunidos alrededor de una mesa para cenar, él, que estaba contento, súbitamente se ponía taciturno. O a veces agresivo; o con ganas de estar solo. La mayor virtud de un ser humano es la bondad, y Molière era un buen hombre. La otra gran virtud es la capacidad de crear obras de arte. Molière tenía esos dones y merecía toda nuestra paciencia, indulgencia y comprensión.

Pero me sentía culpable de su muerte. A final de cuentas, yo lo había dejado morir envenenado, al buscar cobardemente, mientras agonizaba, a un padre, y no a un médico. Es cierto que el médico quizá no lo salvaría, el veneno ya había empezado a producir su efecto letal; pero ¿quién sabe si los vomitivos, que los médicos siempre aplican a los enfermos, junto con lavativas y sangrías, no lo hubieran salvado?

Pero no sentía culpa por haberlo traicionado con Armande, ni arrepentimiento. El arrepentimiento, como nos enseña Michel de Montaigne, es una negación de nuestro deseo y una oposición a nuestras fantasías. Además, todo mundo cometía adulterio, empezando por nuestro propio y bien amado rey, que llevaba a sus amantes a vivir en el palacio y no podía ver una mujer bonita sin cortejarla. Pero lo cierto es que, tal vez porque ya no podía hacer nada por él, me sentía en deuda con mi amigo. Y sólo había una manera de aplacar mis tormentos: descubrir al asesino de Molière. No sabía lo que iba a hacer cuando lo descubriera. No podría probar nada, a menos que la persona confesara, pero ¿quién haría una cosa así? ¿quién se incriminaría con esa gravedad sin ser atormentado en una cámara de torturas? Y principalmente yo no podría involucrarme directamente en la denuncia del criminal, tendría que hacerlo por interpósitas personas. Había otros motivos para esconderme, muy fuertes, pero todavía no quiero hablar de eso. El secreto que ocultaba era atormentador, su revelación podría costarme la vida.

3. Un asunto del cual todavía no quería hablar

El mes siguiente al de la muerte de Molière se ejecutó la sentencia de muerte de Jean Hamelin, conocido como La Chausée. La marquesa de Brinvilliers lo había introducido como lacayo en casa de sus hermanos a fin de que los envenenara. El lacayo había sido encarcelado y condenado por esos crímenes, pero la marquesa escapó, y huyó a Inglaterra.

La Chausée fue ejecutado en plaza pública, en la rueda. No quise ver el siniestro espectáculo y ese día fui a visitar a mi padre en su castillo, distante de París. Sin embargo, supe por varias personas cómo se cumplió la pena de muerte, que siguió los trámites establecidos por la justicia.

Una multitud cercaba el patíbulo erigido en la plaza de Gréve. La llegada de La Chausée fue recibida con silbidos, abucheos e improperios. Cuando pusieron a La Chausée con las piernas abiertas y los brazos extendidos
sobre dos pedazos de madera dispuestos en forma de la cruz de San Andrés, la multitud aplaudió calurosamente.

Entonces el verdugo, con una barra de fierro, le rompió los huesos de los brazos, de los antebrazos, de los muslos, de las piernas y del pecho. A cada golpe la multitud gritaba exultante.

A pesar de que tenía casi todos los huesos partidos, La Chausée, antes de que se cumpliera la segunda parte de la sentencia, aún estaba vivo, respirando con dificultad. El verdugo tenía experiencia, tenía órdenes de hacer que el suplicio rindiera, de retardar la muerte.

En seguida el ejecutor y su acólito acostaron al condenado de espaldas en una pequeña rueda de carreta, suspendida horizontalmente en el aire por un poste de fierro, sus brazos y sus piernas quebrados y amarrados atrás del cuerpo, la cara hacia arriba, para que, mientras durara, hiciera su penitencia mirando hacia el cielo, a merced de la misericordia de Dios.  

 

Rubem Fonseca
Escritor. Entre sus libros, La Cofradía de Los Espadas.

Traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo


1 En aquella época, el nombre se escribía Pocquelin, como hace el Marqués Anónimo, autor de este libro, y también J.-L. Grimarest, en el clásico La vie de M. de Molière, publicado en 1705. (Rubem Fonseca)