¿Cuáles son las características del paradigma foxista? Tres, como muestra este artículo: un fuerte rechazo a todo aquello que se perciba como proveniente del antiguo régimen, la idea de que se trata de un gobierno de transición y sus vínculos con los intereses y las causas tradicionalmente identificados con la derecha. Las mujeres y los hombres del Presidente comparten estas visiones.


¿Qué cambió con el cambio? Entre otras cosas propulsó una profunda transformación en la fisonomía de la élite gobernante. Pero eso ya sucedía en México —en mayor o menor medida— durante cada cambio de sexenio. Esta vez la alternancia en la silla presidencial fue más lejos: transformó el modelo y los parámetros de reclutamiento de las élites. Modificó el modelo tradicional para armar la coalición gobernante, para definir los perfiles y las características de las élites en el poder. Ese cambio en el modelo implica una severa mutación en los intereses, las causas y los valores que, en el futuro, predominarán en las instituciones del Estado mexicano. Es decir, una transformación fundamental en el paradigma utilizado para gobernar.

Al calor de los primeros meses de gobierno, tres parecieran ser las características —contradictorias entre sí— del paradigma foxista. En primer lugar, una suerte de nihilismo, entendido como el rechazo frente a todo aquello que se percibiera como proveniente del antiguo régimen y la consiguiente exacerbación del culto a lo que se presupongan nuevos valores; la mayoría surgidos sin interrogación ni cuestionamiento alguno, sin un verdadero análisis retrospectivo. Paradójicamente la segunda característica entra en colisión con la primera ya que tiene que ver con el tan propagado carácter incluyente del grupo gobernante. La idea de que se trata de un gobierno de transición donde pueden participar todos aquellos que traigan ideas nuevas y viejas —provengan o no del antiguo régimen— mientras posean la voluntad para participar en el cambio. Una tercera característica del foxismo está vinculada al calificativo político que adjetiva a la coalición de gobierno como de derecha. Es decir que no se trata de una coalición genuinamente nihilista, ni tampoco efectivamente incluyente, sino ideológicamente tendiente hacia los intereses y las causas que tradicionalmente han sido abanderados por la derecha.

Para despejar cuáles son las verdaderas características del paradigma foxista, resulta pertinente realizar un viaje en el tiempo que nos permita comprender el origen del grupo de personas, de ideas y de referentes que lograron triunfar en las elecciones del pasado 2 de julio de 2000; y explorar también el proceso por el que se fueron incorporando diversos actores durante la campaña presidencial. Ellos le dieron fuerza y viabilidad a la candidatura de Vicente Fox hasta convertirlo en la cabeza del Estado mexicano. Este recorrido nos ofrece también un mejor entendimiento de las razones que llevaron a los miembros del gabinete a ocupar las principales recámaras del poder en nuestro país. Tres son los momentos de la construcción de la coalición gobernante analizados aquí: el nacimiento del paradigma foxista, los periodos de precampaña y de campaña a la presidencia de la república y la consolidación del entramado de individuos e intereses que gobernará México durante los próximos seis años.

Todo movimiento social o político exitoso tiene su origen en una pequeña comunidad crítica. La creación de nuevos valores, referentes, herramientas conceptuales y perspectivas que, en su conjunto, podemos identificar como el nacimiento de un nuevo paradigma comienza dentro de un grupo crítico de individuos: personas cuya experiencia concreta les lleva a desplegar un andamio de nuevos valores culturales que van más allá de lo comúnmente discutido en la sociedad. Más adelante, ese paradigma se disemina a través de movimientos sociales o políticos que son capaces, por medio de la acción colectiva, de respaldarle y darle visibilidad; de socializar la nueva visión, el futuro mapa cognoscitivo para interpretar a la sociedad.

En tanto que movimiento político, el foxismo no es una excepción a este proceso sociológico. En la actual coalición de gobierno sobreviven aún partes medulares de aquella comunidad crítica que. a principios de los años noventa, dio origen al movimiento que llevaría a la presidencia de la república a Vicente Fox. Hoy se le conoce como el grupo Guanajuato y está integrado por individuos como Eduardo Sojo. Javier Usabiaga, Carlos Flores, Ramón Muñoz y Martha Sahagún. En esta lista podemos incluir al asesor de importación. Luis Ernesto Derbez. que también llegó a hora temprana a las filas de Vicente Fox, por la vía de Eduardo Sojo. Son ellos los sobrevivientes de aquellos primeros tiempos en que empezó a conformarse el paradigma foxista.

Varios son los valores culturales que encontraron en el Bajío una poderosa movilización. Destaca la idea de llevar la cultura empresarial al gobierno de los asuntos públicos, la presunción de que el desarrollo de la sociedad depende de la libertad para que los individuos puedan desplegar su iniciativa personal. Es un valor obviamente vinculado a la libertad de iniciativa de las empresas, entendidas como el principal motor para el desarrollo de la sociedad. Pero esta libertad no implica que el Estado deba retirarse de la actividad económica de la nación. Fue Ernesto Derbez quién dotó a Vicente Fox de un renovado discurso desarrollista para concebir la relación entre el Estado y la empresa privada después de haber participado en las discusiones internacionales más recientes. Fue en el seno del Banco Mundial donde, a finales de los noventa, se experimentó un profundo desencanto por el modelo llamado “neoliberal” y se reevaluaron con mayor finura las limitaciones que el otrora celebrado consenso de Washington había impuesto sobre las economías emergentes. Se propuso que había que traer al Estado de regreso, pero ahora —más que como el principal actor del desarrollo— como un facilitador de la actividad económica desplegada por la empresa privada.

Desde luego que estos referentes de la cultura empresarial y su relación con la construcción social no son monopolio del grupo Guanajuato. Ya venían desplegándose en otras ciudades y estados gobernados por el PAN que habían incorporado en sus filas a numerosos empresarios (Aguascalientes, Nuevo León, Querétaro. Jalisco). Se trata de un elemento recuperado por esta comunidad crítica para armonizarlo con el resto de los componentes del paradigma. A la cultura empresarial la acompañan, desde luego, los altos empresarios y académicos vinculados a la empresa, cuyo estandarte es el concepto de eficiencia aplicada a las actividades gubernamentales.

Un segundo valor ligado se relaciona con la concepción de que la política y. por lo tanto, los políticos de carrera, son ineficientes. En la contradicción aparente que emerge entre lo privado y lo público, entre la empresa y el gobierno, lo privado o lo empresarial son eficientes en oposición a lo público o lo gubernamental. De ahí que exista una reticencia a incorporar políticos de carrera en la conformación inicial del núcleo foxista. Quizá la única excepción sea Javier Usabiaga quien provenía de las filas priistas. Sin embargo, el actual secretario de Agricultura ha sido, sobre todo, un empresario del agro mexicano.

Un tercer valor que cristalizó dentro del primer núcleo foxista fue la visión horizontal y descentralizada para la toma de decisiones. El estado de Guanajuato depende de un conjunto de pujantes ciudades medias, equidistantes y con pesos económicamente similares: León, Celaya, Guanajuato, San Miguel de Allende o Salamanca. No se trata de un estado donde la ciudad capital centralice todas las actividades económicas, culturales y políticas de la región. En Guanajuato la descentralización de las actividades ha permitido que el poder se equilibre entre grupos de influencia provenientes de distintas conglomeraciones urbanas. Esta idea de horizontalidad y descentralización de las tareas de gobierno ha sido, desde el principio, regla de organización entre los foxistas. Es base de su propuesta federalista y fundamento de organización de las responsabilidades y tareas.

Un cuarto valor de referencia, ineludible por la región que dio origen a este movimiento, es el catolicismo cristero. No es de extrañar que Vicente Fox mencionara durante su campaña que entre sus libros de cabecera estaban aquellos que narraban la historia de los avatares de la Cristiada, así como la vida de los santos. Guanajuato es la cuna de los cristeros y la represión que enfrentaron sigue alimentando el imaginario político de algunos de los habitantes del Bajío. En efecto, el paradigma construido por la primera comunidad crítica está fuertemente influido por valores conservadores del ideario católico de los años veinte y treinta que la historia general de nuestro país, hasta antes del foxismo, parecía haber dejado atrás. Esto no quiere decir que el grupo que acompaña a Fox reivindique cada una de las piedras del Cerro del Cubilete, lo importante para el paradigma foxista son los elementos de este movimiento relativos a la heroicidad, el sacrificio y la visión mesiánica de la historia.

Sin embargo, a diferencia de los cristeros, otro valor de esta comunidad crítica ha sido su rechazo para actuar como secta excluyente. Si bien a varios de los actuales miembros de la coalición gobernante se les puede reconocer como miembros del grupo Guanajuato, ellos aprovecharon muy bien la coyuntura para atraer talentos a través de foros, congresos y seminarios pagados por el gobierno del estado; talentos provenientes de otros ámbitos de la sociedad que de alguna manera compartieron, al menos en parte, los valores del paradigma foxista. En particular el sexto y último valor del paradigma: democratizar al país a través de la alternancia, lucha secular del Partido Acción Nacional que emergió como realizable después de la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel J. Clouthier en 1988.

Ante la urgencia de volver viable la candidatura de Vicente Fox para las elecciones del 2000, muy pronto fue necesario rebasar el círculo inicial del grupo Guanajuato. Era preciso que actores políticos de talla nacional se sumaran al esfuerzo del foxismo originario. Santiago Creel fue una de las primeras piezas añadidas a la coalición. Se trataba de un ex-consejero ciudadano del Instituto Federal Electoral de identidad filopanista. Perfecto para iniciar el acercamiento al partido que más tarde respaldaría la candidatura presidencial ya que, si bien gozaba de respeto entre las filas panistas, como Vicente Fox, Creel navegaba en los márgenes del aparato partidista. En otras palabras, se trataba de un cuadro respetado pero opuesto a la corriente tradicional encabezada por Diego Fernández de Cevallos quien, como Luis H. Alvarez y Francisco Barrio, no veían con buenos ojos la candidatura a la presidencia del ex-gobernador de Guanajuato. Muy pronto dos puentes hacia el PAN se sumarían al andamiaje foxista para reforzar esta relación política: Ernesto Ruffo, primer gobernador de oposición del PAN, y Rodolfo Elizondo, exalcalde en su estado natal, senador y miembro de la COCOPA. Este último, por su buena relación con Fernández de Cevallos y Luis H. Álvarez, ha permanecido, hasta la fecha, como el conducto privilegiado para las negociaciones entre Vicente Fox y su partido.

Un siguiente piso en la construcción de la coalición foxista se vería integrado por dos vistosos actores de la transición democrática: Jorge Castañeda y Adolfo Aguilar Zinser, quienes con gran habilidad aprendieron pronto a colocarse en el ojo del huracán de los tiempos de cambio que vivía el país. La legitimidad nacional e internacional que ambos le otorgaron a la figura de Vicente Fox fue, sin lugar a dudas, pieza clave para robustecer al movimiento convocado por el ex-gobernador de Guanajuato. Otros aliados provenientes de diversas latitudes políticas colorearon también la coalición de tinturas incluyentes: destaca la incorporación de Florencio Salazar y Alfonso Durazo, ambos de origen priista, a la campaña de la Alianza por el Cambio.

Para completar las reglas del paradigma foxista y consolidar la coalición de campaña, se integrarían al equipo dos personajes provenientes del sector privado: Pedro Cerisola, quien trabajó en Aeroméxico y Telmex, y Francisco Ortiz, experto en comunicación formado en Televisa. Ambos llegaron al equipo de campaña a través de los ahora famosos head hunters. Fueron contratados, el primero para coordinar la campaña, y el segundo para hacerse cargo de la estrategia de comunicación e imagen, sin lugar a dudas, las dos tareas que más éxito tuvieron para llevar a Vicente Fox a la presidencia. Se podría afirmar que el buen desempeño, tanto de Cerisola como de Ortiz marcó una modalidad de reclutamiento para la coalición foxista que más adelante, a la hora de constituir el gabinete, se volvió crucial.

Siendo ya presidente electo, para apuntalar la coalición gobernante Vicente Fox siguió los patrones previamente utilizados. Robusteció ligeramente su alianza con el PAN a través de la invitación que le hizo a Luis H. Alvarez para encargarse de las negociaciones en el conflicto chiapaneco; a su otrora rival por la candidatura presidencial. Francisco Barrio, le convocó para dirigir la Contraloría de la Federación y a una mujer sin mayor lustre, Josefina Vázquez Mota, para hacerse cargo de la Secretaría de Desarrollo Social. Destaca, de entre las alianzas políticas, la celebrada entre Vicente Fox y los militares, a través del nombramiento del general Macedo de la Concha al frente de la PGR. En la lucha contra el narcotráfico, militares y civiles se han enfrentado desde siempre. Vicente Fox decidió terminar de un solo golpe con esta pugna y le entregó al ejército la procuración de la justicia civil a cambio de robustecer su vínculo político con las fuerzas armadas.

Por otra parte. Fox buscó también continuar con el molde incluyente abriéndole las puertas a dos destacados perredistas: Rosario Robles y Alejandro Encinas. Sin embargo, Amalia García, desde la presidencia del PRD, se enfrentó a esta invitación terminando con cualquier posibilidad de avanzar hacia una coalición de gobierno políticamente plural.

El piso que mayor crecimiento tuvo durante la etapa final de consolidación de la coalición gobernante es el que comparte la cultura empresarial. Destaca la asociación a puntos sensibles del gabinete de personalidades como Francisco Gil Díaz, ex-director de Avantel; Ernesto Martens, ex-director de CINTRA; Carlos Abascal, ex-presidente de Afianzadora México y ex-presidente de la COPARMEX; Víctor Lichtinger, asesor de empresas mexicanas y extranjeras; Leticia Navarro, ex-presidenta internacional de Jaffra; y Xóchitl Gálvez, talento en la construcción de los llamados edificios inteligentes vinculada al consorcio CEMEX. El cuadro finaliza con la inclusión de académicos destacados como Reyes Tamez, Julio Frenk y José Sarukhán en las secretarías de Educación, Salud y en el gabinete de desarrollo humano, respectivamente.


Una parte muy importante de los miembros del gabinete del presidente Vicente Fox provienen de la empresa privada. No sólo comparten una cultura empresarial. Sus carreras han estado vinculadas al sector privado y por lo tanto se trata de individuos que representan intereses de ese espectro de la sociedad. Digamos que son más vulnerables en lo individual a la presión de grupos del sector privado que aquellos cuya identidad está ligada a la vida política o académica.

De esta manera, las secretarías de Gobernación, Energía, Turismo, Comunicaciones y Transportes, Agricultura, Hacienda y Crédito Público, Medio Ambiente y Recursos Naturales, Educación, Seguridad, Trabajo, así como las oficinas de la presidencia encargadas de la innovación gubernamental y de atención a indígenas, se encuentran en manos de personalidades originarias del mundo de la empresa. Hablamos del manejo de poco más del 50% del presupuesto programable de la administración pública central. Si a este enorme margen de influencia se suman instituciones también comandadas por personalidades provenientes del mundo de la empresa como Nafin y Pemex, estamos hablando de que el sector privado mexicano cuenta hoy con una relación privilegiada con el Estado que jamás se vio en la historia del país.

La órbita de la clase política conformada por personalidades cuyo origen ha sido la carrera parlamentaria y partidista, o bien la función pública, tiene el segundo lugar en representación. La coalición gobernante integrada fundamentalmente por panistas, personalidades del ámbito intelectual, ex-priistas y un militar, controlan las áreas del gobierno vinculadas a la inteligencia, las relaciones exteriores, el desarrollo social, la procuración de justicia, al conflicto chiapaneco, la frontera norte, al plan Puebla-Panamá, la contraloría, y la relación con las organizaciones sociales. Sin embargo, daría la impresión de que algunos de los cargos otorgados a los circuitos políticos fueron creados de manera artificial, sólo para mantener la composición deseada de la coalición gobernante. Entre ellos sobresale el nombramiento de Florencio Salazar como encargado del plan Puebla-Panamá o el de Ernesto Ruffo como responsable de la frontera norte.

Para sostener el andamiaje político de la coalición hubo que inventar algunos lugares en la nómina federal, ya que otros sectores de la sociedad se habían llevado la mayoría de las carteras tradicionalmente prominentes. En sentido inverso, sobresale el hecho de que uno de los herederos de la incipiente coalición gobernante que Luis D. Colosio habría construido entre 1993 y 1994 resultara, a final de cuentas, el secretario particular del presidente Fox. En efecto, Alfonso Durazo se convierte en una pieza clave de la negociación con esa parte del PRI que aún se reivindica como colosista y que no es menor en el concierto del partido de la revolución institucional.

La ausencia de un número mayor de panistas en cargos importantes del gabinete se explica a partir de la génesis de la coalición gobernante; a partir tanto de la distancia que ha prevalecido entre el PAN y Vicente Fox como de la desconfianza que en el paradigma foxista se mantiene sobre “los políticos” de carrera. Como dijera alguna mala y rápida lengua de la dirigencia blanquiazul: lo único que el PAN no ganó en la pasada elección del 2 de julio fue la presidencia de la República. El arreglo parece claro: al PAN. el Congreso; a Vicente Fox, la administración.

En otro circuito permanecen Eduardo Sojo. Luis Ernesto Derbez, José Saaikhán y Carlos Flores. Todos con credenciales académicas respetables y poco vulnerables a las presiones económicas y políticas de los grupos de interés que conforman la nueva coalición gobernante. Pareciera que estas correas de mando, fundamentales en el andamiaje del foxismo, contarán con condiciones de neutralidad para proteger al presidente de la avalancha que implica tanta cercanía, sobre todo con el mundo de la empresa.

Aquellos miembros de la coalición gobernante que se encuentran tradicionalmente emparentados con el desarrollo social —educación, trabajo y Sedesol—, coinciden en ser, después de Vicente Fox, los más decididos a diseminar sus valores religiosos: Carlos Abascal, Josefina Vázquez Mota y Reyes Taméz Guerra. Han subrayado públicamente su fe católica y, como en el caso de Abascal, están dispuestos a hacer política empuñando el estandarte de la Virgen de Guadalupe.

Las características en apariencia nihilistas del paradigma foxista han sido más bien producto de la propaganda electoral que de las convicciones que predominan en la coalición gobernante. Se trata de un nuevo paradigma, pero éste encuentra fuertes lazos con tradiciones y experiencias que ya han hecho su revisión de la historia. También es posible afirmar que más allá de las inclusiones de algunos personajes provenientes de otras ideologías e identidades como Jorge G. Castañeda, Adolfo Aguilar Zinser. Alfonso Durazo o Florencio Salazar. la coalición de gobierno del presidente Vicente Fox es de derecha en el más tradicional de los sentidos. Reúne un número muy importante de representantes del mundo vinculado a la empresa y al capital y cuenta con un entramado inconfundible de valores morales y religiosos relacionados con el catolicismo conservador. Es cierto que se trata de una derecha que se presenta como distante de la ideología neoliberal que recorrió el mundo en décadas pasadas. Pero ningún gobierno podría ya manifestarse como cabal defensor de las premisas que impulsó la dama de hierro en Gran Bretaña durante los años ochenta.

Que sea de derecha no debería tener, en la realidad, ninguna connotación negativa. Sobre todo porque ganó el poder a través de unas elecciones democráticas y de ahí que se trate de una coalición de gobierno de derecha democrática. Lo único que llama la atención es que se niegue la evidencia al punto en que un destacado miembro del gabinete se atreviera a decir que se trata de un gobierno que “tira hacia la izquierda.” El paradigma foxista definido por los intereses empresariales, la visión religiosa de la sociedad, las causas y los orígenes de la actual coalición gobernante demuestran todo lo contrario.

 

Ricardo Raphael de la Madrid
Politólogo. Profesor del CIDE.