Para responder a cuestiones de soberanía, de identidad, de problemas económicos y sociales, lo único que conocemos como estructura política es el Estado-nación. Pero ni la información, ni la economía, ni las finanzas se deciden dentro de la frontera del Estado-nación. Por tanto, hay algo que hacer y pronto, y buscar el nuevo paradigma, dice Felipe González y concluye: lo que no podemos aceptar es que el paradigma de este momento histórico, de tránsito civilizatorio, sea la ausencia de paradigmas.


¿Cómo encontrar el paradigma o los paradigmas de esta nueva era histórica en la que nos ha tocado vivir? Los seres humanos, como seres históricos, con un código de señales que heredan y aprenden en un ámbito cultural, en un conocimiento que se transmite de unos a otros, sienten mucha inquietud cuando los paradigmas se pierden, cuando ese código de señales se hace turbio o difícil de comprender. Eso ocurre a veces en la historia, ocurrió en el paso de la Edad Media al Renacimiento; ocurrió en la liquidación o en la sustitución económica, social, política y cultural de la sociedad agraria por la sociedad industrial. Y ocurre en este momento, en el que la sociedad industrial se queda atrás y se abre paso a una nueva sociedad, a la que todavía no sabemos denominar bien, y a una nueva era a la que unos llaman la sociedad de la información y otros sociedad del conocimiento. A diferencia de otros cambios históricos, significativos, profundos, civilizatorios, los cambios de ahora se dan con una velocidad y con una profundidad a la que no estamos acostumbrados, y es difícil acostumbrarnos como seres históricos que somos.

No sólo en las sociedades con un componente rural amplio, sino en las sociedades industriales avanzadas, muchas de las referencias son aún rurales. Eso explica que la policía francesa reprima una manifestación de obreros del metal pero nunca se le ocurra reprimir una manifestación de campesinos, aunque vayan con sus vacas a la Torre Eiffel en París. Por lo tanto, perviven esas raíces.

Mencionaré el caso de España. España se puede definir de muchas maneras, ha dejado de ser un país oscurantista y dictatorial, y es un país libre, con mayor potencialidad expresiva. Ha pasado de ser un país emergente a ser un país central, con muchos avances en términos de modernización, participación en el desarrollo, educación, salud, etcétera. Pero me inquieta un problema: cuando hicimos la transición y consolidamos la democracia hace veinte años —muy poco tiempo—, los paradigmas estaban razonablemente claros.

Yo era todavía joven y de mayor quería ser como los socialdemócratas europeos; quería que mi país fuera como otros países europeos: un país mas moderno, con una democracia consolidada y un sistema de seguridad social; un país donde la educación se universalizara y la sanidad también (quiero recordar aquí a mi ministro de sanidad y amigo entrañable, que acaba de morir asesinado). Teníamos bastante claro el libreto, los paradigmas aún no estaban en crisis; el que era más de izquierda hacía énfasis en unas cosas, y el que era de derecha, en otras. Se trataba de un cambio histórico muy profundo, pero con libretos preestablecidos que se podían seguir con facilidad.

México, por ejemplo, ahora vive un cambio histórico, de organización del pluralismo, de modernización del Estado y democratización; pero ese cambio histórico coincide con otro: la globalización, un fenómeno inducido por una revolución tecnológica sin precedentes, cuyo factor básico es la revolución de la información. La globalización está impactando en la economía, en el sistema financiero internacional, en la política, y está exigiendo cambios, pero cambios que todavía no se sabe cuáles van a ser y cuáles deben ser. No están predeterminados.

Lo único que conocemos como estructura política, para responder a cuestiones de soberanía, de identidad, de problemas económicos y sociales, es la estructura política del Estado-nación; pero hoy, ni la información, ni la economía, ni las finanzas se están decidiendo dentro de la frontera del Estado-nación. Por tanto, algo hay que hacer y pronto, y buscar el nuevo paradigma. Lo que no podemos aceptar es que el paradigma de este momento histórico, de tránsito civilizatorio, sea la ausencia de paradigmas.

Ese paradigma no puede ser sólo el de la sociedad de mercado. El mercado, desde luego, no da ni tiene sensibilidad social. Dejado a su libre desarrollo, el mercado tiende al oligopolio, y si puede, al monopolio, a la eliminación de la competencia. No sólo optimiza el beneficio, sino que logra optimizarlo mediante la eliminación, si no hay reglas, de cualquier tipo de competencia. Por tanto, no hay que pedirle al mercado lo que el mercado no puede dar. Pero los seres humanos no pueden estar sólo sometidos a esa regla de mercado. Ha habido una relación entre democracia y mercado, que forman una pareja absolutamente desequilibrada. La señora democracia suele ser bastante fiel al señor mercado. A veces interfiere, pero suele ser bastante fiel. Pero el señor mercado, cuando no le va bien con la democracia, contrata a Pinochet o a cualquier otro, para acabar con esta señora, y casarse con otra, sea dictadura o cualquier otro sistema autoritario. Ahora bien, el mercado forma parte de un paquete imprescindible de libertades humanas, que es la libertad de iniciativa.

Pero seguimos buscando paradigmas que nos den un poco de seguridad. Incluso los pueblos que viven con niveles de vida altísimos, envidiables, con elementos de cohesión fantásticos desde el punto de vista del Estado de bienestar, como Francia, llevan veinte años con una enfermedad que se llama malaise, se sienten mal, se sienten desasosegados, y no saben por qué. Saben algo: que aquello que fue Francia ya no lo es, y además no volverá a ser; pero tampoco saben lo que va a ser.

La malaise, con mayor o menor dosis de gravedad, está extendida por todo el mundo. Estamos viviendo rápidamente un cambio civilizatorio muy profundo, y lo más preocupante es que la política resulta lo más retrasado respecto del cambio civilizatorio.

Dos siglos después, vemos que el saldo de la sociedad industrial y de sus efectos políticos, económicos y sociales, fue un saldo positivo, pero la cantidad de sufrimiento humano que producen esos cambios no se mide con perspectiva histórica sino que se sienten en el momento.

Yo no me conformo con el conservadurismo intelectual de no adaptarse a los cambios, de no anticipar algunos de los fenómenos, de no modificar los comportamientos, sea en la política o en cualquier otro campo de actividad. Quiero que sea lo más amplio posible el espacio de oportunidades, y lo más corto posible el de los riesgos que supone un cambio civilizatorio de esta naturaleza. Esto sólo depende de la actitud y de la voluntad de los dirigentes, de los líderes, sean líderes políticos o de otra naturaleza.

Este cambio civilizatorio está creando nuevas fronteras, y no son las mismas fronteras de la sociedad industrial. Unos países se están incorporando y otros se están descuidando. En el sudeste asiático, por ejemplo, a pesar de las crisis, hay países que han dejado de ser emergentes y que están en interesantes niveles de renta, y aunque la redistribución no sea buena, la redistribución indirecta, a través de la salud y la educación, es muy consistente. Si tomamos el caso de Corea y lo comparamos con un país latinoamericano, vemos que tiene cinco veces más de aprovechamiento educativo. Y esta es una redistribución de la riqueza, quizá la más importante que hay. En Corea han hecho una verdadera revolución, una revolución educativa, de preparación de un capital humano y por tanto de anticipación de algunos de los desafíos que deben enfrentar.

¿En qué consiste el proceso de globalización? El motor es una revolución tecnológica sin precedentes, sobre todo en materia de comunicaciones. Es una revolución en la comunicación entre los seres humanos que ha conseguido eliminar las barreras del tiempo y del espacio. Hoy uno se puede comunicar, en tiempo real, con cualquier ser humano en cualquier lugar del planeta. La velocidad a la que se extiende esa revolución de las comunicaciones es mucho mayor que aquella a la que se extendía el uso de la luz eléctrica.

Y hablar de ese motor de la transformación civilizatoria no es una nueva exaltación de la tecnología, como pensarían algunos. Casi todas las revoluciones mundiales que han valido la pena han sido revoluciones de comunicación entre los seres humanos, incluidas las conquistas imperiales. Las demás no han sido revoluciones, o han sido revoluciones como las que definía André Malraux: un día de fuego y cincuenta años de humo. En cambio, las revoluciones de comunicación transforman los comportamientos de los seres humanos, y crean nuevas etapas en la historia de la humanidad. La importancia de esa revolución comunicacional se está notando ya en la economía, en la política, en las finanzas y en la cultura: en todas las actividades del ser humano. El impacto está alterando todos los parámetros conocidos.

¿Por qué la política se retrasa? La política no tiene que ser de izquierda o de derecha para ser conservadora; la política se puede permitir el lujo de esperar un rato, mientras que una empresa, por ejemplo, si se permite el lujo de esperar un rato, se la lleva el viento. Si un empresario no está atento a los cambios que se están produciendo, simplemente se sale del mercado.

El Estado-nación está en crisis por una razón sencillísima: el ámbito de toma de decisiones relevantes coincide hoy pocas veces con el Estado-nación; esas decisiones suelen estar en un nivel muy inferior, local, o en un nivel muy por encima del Estado-nación, supranacional. Seguimos practicando la soberanía, la identidad y la democracia representativa sólo en el Estado-nación. Es preocupante el desajuste de la política respecto del proceso de toma de decisiones.

Las estrategias económicas de las empresas que marcan la pauta de la globalización no se refieren al Estado-nación. Más aún, esta economía desborda al Estado-nación.

La información tampoco tiene como referencia al Estado-nación. Además, por primera vez la información es puramente unidireccional; las grandes potencias que generan la información no dialogan con el otro, no conocen la otredad, simplemente transmiten su opinión, y la transmiten en una sola dirección, con sus pautas y sus valores culturales. El receptor de esa información reacciona afirmando su identidad y rechazando la homogeneidad. Si el receptor es de izquierda le llama “globalismo” a la globalización, como si se refiriera a una nueva forma del imperialismo. El enemigo ahora se llama “globalismo” en una típica reacción de protesta de la izquierda. Esto tiene su componente de razón, porque los efectos de la globalización que vemos son efectos todavía negativos, y lo serán hasta que no se encuentre un paradigma de sostenibilidad que equilibre el nuevo modelo emergente incorporando a un mayor número de ciudadanos cada vez y produciendo una mejor redistribución de las oportunidades que genera el modelo.

Pero mientras unos se distraen protestando por los efectos perversos de la globalización (aunque tengan razón en los efectos perversos, como otros la tuvieron cuando emergía la sociedad industrial), otros aprovechan las oportunidades.

El poder económico se está globalizando, sin duda. El número de las empresas significativas se está reduciendo. En el sector de telecomunicaciones van a quedar cuatro o cinco grandes empresas. Para ninguna gran empresa es un problema tener servicios o producir componentes en cualquier lugar del mundo. Le interesará estar más ahí donde el capital humano tenga mayor capacidad de respuesta a los nuevos desafíos. Por tanto la educación es una buena tarea para que se ocupen los políticos. Ya que no gobernamos el capital, al menos podemos gobernar el capital humano, y prestarle atención a su mejora, puesto que todas las oportunidades van a depender de eso.

Pero la economía financiera se ha globalizado al punto en que parece más bien un casino financiero internacional. Los movimientos de capital no responden a algún criterio previsible, y por tanto no se pueden evitar algunas de las catástrofes financieras regionales. Se están moviendo 1.4-1.5 billones de dólares de capital en los mercados de cambio cada día; es el equivalente al doble de la riqueza que crean cada año en el continente africano 700 millones de seres humanos, desde Marruecos hasta Sudáfrica. Un 93% de los capitales que cada día se mueven en los mercados mundiales se realizan en menos de una semana, y sólo el 7% se quedan, son inversiones duraderas o responden a transacciones de mercancías o de servicios, es decir, comercio tradicional.

¿Cómo esto no iba a impactar seriamente en la realización de la política? En el Estado-nación hay cosas que ya no se discuten; por ejemplo, no hay ninguna nación que se precie de descuidar su macroeconomía. El que no tiene una macroeconomía sana, el que sigue jugando a lo que se jugaba en los años sesenta, inflación y desarrollo, o desarrollo inflacionista, simplemente se sale del mercado. Por lo demás, me inquieta la homogeneización de las recetas macroeconómicas para países que tienen situaciones totalmente diferentes y, por tanto, prioridades radicalmente distintas. No es muy importante que Estados Unidos pase del 5% de crecimiento al 2.5%, y por tanto que se controle o se enfríe el consumo disparatado, para controlar o compensar la balanza comercial. Con niveles de renta de 26,000 ó 27,000 dólares por habitante, esto no es dramático. Pero si ocurre lo mismo en algún país con 5,000 dólares de renta per cápita, y una parte de la población con 500 ó 400 ó 600, darle un golpe al consumo o darle un golpe al crecimiento, bajándolo del 5 al 2, es un drama sin paliativos, de desempleo y ausencia de bienestar.

Cuando se aplica la misma receta, aunque a veces necesaria, los efectos sociales son más duros, no sólo porque los niveles de renta son más bajos. Cuando se debe controlar la inflación o cualquier otro desequilibrio en un país emergente, tienen que subir los tipos de interés, no como el señor Greenspan o como el señor presidente del Banco Central Europeo, en un cuarto de punto, medio punto; al contrario, uno tiene que subir las tasas de interés en veinte, treinta o cuarenta puntos, como hizo Fernando Henrique Cardoso en la crisis que le contagiaron a Brasil desde el sudeste asiático y Rusia. Y cuando en Brasil subieron los tipos de interés al 40%, el mismo organismo financiero internacional dijo: “Con esas tasas de interés usted no puede financiar su deuda”. Y era verdad, no podía financiar su déficit al 40%, y entonces no le quedaba más remedio que cortar el gasto público los próximos cinco años, gasto que de por sí era muy bajo en el caso de Brasil. El pozo de depresión y de costo social es impresionante.

Hay un fenómeno colateral. La caída del Muro de Berlín marcó un cambio de era. Allí cambió el siglo corto que dice Hobsbawm en su Historia del siglo XX: un siglo corto y terrible que empezó con la guerra de 1914, y acabó en 1989 con la caída del Muro de Berlín.

En discusiones con Gorbachov he llegado a la conclusión de que la caída del Muro de Berlín es el símbolo de ese cambio de era, y precipita el hundimiento de la Unión Soviética, porque pierde la batalla tecnológica. Esta es la razón de fondo del desmoronamiento de un sistema que por cieno era muy frágil, como se ha podido ver. Cuando Reagan dice en 1984 que tiene en preparación un escudo espacial para defenderse de una posible agresión de misiles soviéticos, Andropov, que era lo más inteligente que había en aquella gerontocracia que dominaba la Unión Soviética durante tantos años, reunió a los científicos y les preguntó: “¿lo que está diciendo Reagan es verdad?”. Le respondieron: “No, no es verdad todavía, pero tienen tecnología, y si tienen voluntad y dinero va a ser verdad”.

En la Unión Soviética creyeron que la primera crisis de petróleo les daba una ventaja inconmensurable, y que la investigación en materia de información era una tontería, un capricho de los occidentales, empezando por los norteamericanos, y que no había que hacer caso al respecto. Por tanto, aunque tenían una gran potencia científica, quedaron rápidamente retrasados. Perdieron el tren del desarrollo.

Gorbachov quiso arreglarlo y nos cambió el mundo. Desde luego no lo arregló para la Unión Soviética; su política de reforma económica y de reforma informativa se volvió contra él, y hoy tiene nada más el 1% de apoyo en la Unión Soviética.

La caída del Muro de Berlín marca ese momento de crisis, pero el mismo Estado-nación también está en crisis. No digo que esté en crisis terminal, pero si seguimos distraídos, si no estamos en condiciones de modificarlo, de transformarlo, de adaptarlo a las nuevas necesidades, entrará en una crisis mucho más grave, y habrá pocas respuestas de democracia representativa.

En países como México no sólo hay que consolidar la democracia representativa clásica, sino responder a las nuevas amenazas que tal democracia está viviendo dentro del Estado-nación. Por tanto enfrenta una doble transición, un doble cambio histórico.

¿Qué le está pasando al Estado? El Estado es pequeño para determinados desafíos, y demasiado distante y lejano para las necesidades locales de los pueblos que representa. ¿Por qué Estados Unidos encabeza la globalización, o este desafío tecnológico? No sólo porque es rico, porque menos del 5% de la población mundial consume el 25% de la energía, porque tienen cincuenta estados con una democracia local, flexible. En cambio, Europa, que nace como comunidad europea, por razones bien distintas de la exigencia de la globalización, en este momento se encuentra en un ciclo de “euro-escepticismo”, de “euro-esclerosis”. Los dirigentes europeos se han vuelto escépticos sin darse cuenta de que lo que tienen como Unión Europea es un inesperado regalo para enfrentar los desafíos de la globalización. Se dedican a practicar el nacionalismo de vía estrecha, en lugar de fortalecer esa estructura política que tienen a la mano. Por eso hablo del retraso de la política.

México no puede vivir sin un TLC, pero tampoco Estados Unidos. Y Estados Unidos no podrá vivir en la siguiente generación si no cuenta con el capital humano de cincuenta millones de mexicanos con menos de veinte años, porque su demografía se lo impide. La pirámide poblacional se está convirtiendo en un cilindro y pronto acabará en cono invertido. No hay quien sostenga en términos de seguridad social un sistema como el de Estados Unidos o el de Europa, por tanto van a depender crecientemente de otros, incluso teniendo las inmensas ventajas que tienen.

La estructura del Estado-nación se descentraliza hacia arriba y hacia abajo, se está cediendo soberanía, y ojalá sea para compartirla y no simplemente para cederla y que manden otros poderes. Quizás el encanto de Europa es que cada cesión de soberanía es una cesión para compartirla, y no para cederla a alguien que mande sobre uno. Por eso me preocupa tanto que no se esté viendo en el análisis político de Europa algo tan elemental como esto.

En todas partes se está descentralizando hacia abajo el Estado-nación; en México cada vez se reivindica más el poder local y la descentralización, se llame estatal o se llame regional.

Por lo demás, hay que respetar la cohesión social, y la identidad, pero en una democracia representativa moderna los derechos colectivos que se refieren a las identidades no pueden chocar con los derechos individuales creando discriminaciones, positivas o negativas.

El respeto a los usos y costumbres no puede quebrantar el pacto republicano básico de la igualdad de derechos y obligaciones ante la ley. Algunos demagogos de nuevo cuño, que se llaman tolerantes y en realidad son arrogantes (porque toleran a los otros, aunque piensen que están equivocados), ponen por delante supuestos derechos identitarios que chocan contra derechos humanos básicos. ¿Qué derecho cultural es aceptable si esa cultura entrega como esposa o esclava a una niña de nueve años sin su consentimiento y para toda la vida? ¿Qué derecho cultural puede de verdad ser respetado con la práctica de la ablación de clítoris en las comunidades africanas que crean una mutilación irreversible a millones de mujeres? ¿O la negación de la igualdad entre hombre y mujer en algunas culturas étnico-religiosas? Esto no es un derecho cultural, ni una interpretación del derecho divino; esto es eliminar de la competencia a la mitad de la población.

Los servicios públicos como telecomunicaciones y energía, que generan igualdad de oportunidades, se están privatizando, pero ¿cómo van a ser gestionados hoy estos derechos? No estoy diciendo que esa generación de igualdad de oportunidades tenga que ser empresa pública, que suele ser bastante ineficiente. A veces la propia comunidad que pertenece o que participa en la empresa pública no se da cuenta del carácter público de la empresa. Algunos se niegan a veces a las privatizaciones o a la competencia, simplemente porque creen que esa empresa es suya, no del ciudadano o del público. En materia de telecomunicaciones y energía, por ejemplo, la optimización del beneficio como única regla crea desigualdad sobre el territorio.

Pienso en un país como Chile, con 4,500 kilómetros de largo, y donde ninguna zona tiene más de 200 kilómetros de ancho. Cuando tienen que hacer un desarrollo gasístico, con llevar el gas a Santiago y su entorno han cubierto ya al 65 ó 70% de la población: ¿por qué van a perder el tiempo en llegar a la Patagonia donde hay tan poca gente? Pero ocurrirá que el que no tenga gas, el que no tenga energía, o el que no tenga un buen sistema de comunicación, se irá para Santiago, que es donde están las oportunidades, y cada día habrá más concentraciones urbanas, absolutamente insoportables, ingobernables, y que crean nuevas formas de discriminación y de desagregación social.

Los políticos tenemos que hacer algo en eso. No gestionar a las empresas que prestan esos servicios, que solemos hacerlo muy mal, pero sí crear las condiciones para que el servicio llegue a todos los ciudadanos, y las oportunidades no sean tan desiguales. El papel de la política está cambiando muy rápidamente, pero no están cambiando los políticos. Hay cada día una mayor crisis de credibilidad en la política. Los políticos nos lo podemos decir a nosotros mismos para empezar a salir de la crisis. Pero cada día aparecemos públicamente diciendo lo que es políticamente conveniente y, si es posible, con un asesor en marketing, como si estuviéramos vendiendo lavadoras o coches. Los políticos no se despabilan, mientras otros sí lo hacen.

Los creadores culturales lo hacen sin saberlo, mejor dicho: han tenido siempre la función de anticipar el futuro, de ver donde otros no ven, poniendo un color distinto a la realidad o viéndola con un foco diferente, y esto es lo fantástico de la creación cultural. Pero también veo a mucha gente dentro del mundo de la cultura y dentro del mundo de la inteligencia que se está sumando a reacciones puramente defensivas frente al fenómeno que estamos viviendo. Ellos se autollaman la nueva izquierda, y protestan en diversas ciudades del mundo cuando se reúne el Fondo Monetario o la Organización Mundial de Comercio. Tienen razones de sobra para protestar, pero también tienen buenas razones para ofrecer respuestas que sean más sostenibles y más progresistas que la mera protesta.

¿Qué es Internet, por ejemplo? Es un espacio de oportunidad. Como ese espacio de oportunidad no tiene prefijado quién lo va a usar, lo mismo lo puede usar un narcotraficante que una persona que quiera hacer solidaridad. Y ahí, si el que quiere hacer solidaridad se dedica a quejarse, y el narco a ocuparlo, la desigualdad y la infección serán cada vez mayores.

Tenemos que hacer un esfuerzo para renovar nuestra capacidad de aprovechar oportunidades y por tanto nuestro compromiso con las respuestas. El gran desafío que tenemos por delante desde el punto de vista de la política es gobernar la globalización, pero como la globalización desborda las fronteras nacionales, tenemos que buscar nuevas formas de democracia representativa para gobernar más allá de las fronteras nacionales sin que éstas desaparezcan.

Ese invento que es la Unión Europea es formidable para eso, pero todavía estamos acostumbrados —ahora pongo el caso de España— a que lo importante es votar en la elecciones generales de nuestro país. En el caso de Cataluña, por ejemplo, que es una comunidad muy desarrollada, hay siempre un 20% menos de participación cuando la elecciones son catalanas, que cuando son generales; sin embargo, el 80% de los problemas que afectan al ciudadano, como la educación o la salud, se deciden en Cataluña, no en Madrid.

El desafío, por tanto, es de gobernabilidad, y el otro desafío es el del paradigma, que en parte es el de las nuevas formas de democracia para la gobernabilidad. Ahora bien, la gran paradoja de este nuevo modelo que vivimos —civilizatorio, económico, informativo, incluso financiero— es al mismo tiempo la solución; porque este modelo sólo va a sobrevivir, sólo será sostenible exitosamente, cuando incorpore al proceso, de manera decisiva, a un mayor número de seres humanos. La sostenibilidad. por ejemplo, de este modelo en América Latina, depende de la desaparición de la pobreza y por tanto de la incorporación de millones de ciudadanos. Algunos dirán que esto es lo que piensa la izquierda. No es así. En realidad esto lo puede pensar cualquier empresario inteligente que crea en su actividad, no para hoy o el mañana inmediato, sino para los que vienen detrás. Si no hay gente que participe en la generación de nueva riqueza, en forma de consumidor y de actor, el modelo se va a agotar muy rápido. La nueva economía tiene algo mágico: a partir del producto número uno que cuesta mucho dinero (mucha investigación y mucha innovación) las siguientes unidades por millones tienden a un coste marginal próximo a cero. El único límite es el acceso de los ciudadanos a ese producto. Si la concentración de la riqueza se sigue produciendo espacial y socialmente al ritmo que se está produciendo ahora, simplemente se está poniendo un límite a la sostenibilidad del modelo. En cambio, si encontramos mecanismos para distribuir el ingreso, para participar activamente en esa nueva riqueza que se genera, el modelo será sostenible de un modo creciente, se acabará con la marginación, también creciente de modo paradójico, que el cambio está produciendo.

¿Quiénes son o serán los actores del nuevo modelo? Son los empresarios, los creadores culturales y los políticos. ¿Cuál es el problema entre esas tres tribus? Que cuando se reúnen entre sí, y cuando se comunican, normalmente no se comunican más que para cosas que poco tienen que ver con este tema. Es hora de que esas tribus empiecen a comunicarse para poner en marcha un nuevo paradigma, que sea una respuesta sostenible y solidaria a ese fenómeno que llamamos la globalización.          

 

Felipe González
Presidente de la Fundación Progreso Global.