“Hace veintitantos años y una noche que dejé de escribir poemas”, dice Eliseo Alberto en la entrevista que ofrecemos páginas atrás. “Entonces era un muchacho enamorado que andaba por el barrio de La Víbora con una flor de fuego en cada mano. Fue una puerta que acabé por cerrar a calicanto. De pronto hago letras de boleros para amigos trovadores y timo décimas, de chiste, que leo en los cumpleaños de los míos”. Pero a su regreso de La Habana, en vez de una crónica se sentó a cocinar una docena de sonetos al pastor que ahora presentamos.


I: En el muro del malecón

Si me obligan, me robaré La Habana.
La romperé, verás, con un martillo.
Traeré de contrabando, en el bolsillo,
la noche, nuestro mar y tu ventana.

Si me obligan, me robaré el pasado.
Me llevaré mi calle y sus portales,
tu juventud, un verso, las postales
de esa islita que el odio me ha negado.

Si me obligan, me robaré La Habana
piedra por piedra, amor, pena por pena.
Mi vida rompo, guardo los pedazos.

Escapo antes que sea de mañana.
Me verás dando tumbos por la arena
como quien lleva a su mujer en brazos.

II: En Arroyo, frente a “Villa Berta”

Desesperado te busco y no te hallo
en ninguno de nuestros escondites. N
o hagas trampas: por más que tú lo evites
te escucho respirar cuando me callo.

Si sufres, ¡ay!, mi amor, de amor estallo.
No soy menos que tú, sólo más viejo.
Mis manos de tus manos son reflejo.
En tu batalla, a tu lado, hoy batallo.

Estás dentro de mí, ¡de qué me quejo!
No perderte jamás: eso deseo.
Cada noche, con qué ilusión, te llamo.

Mientras vea tu miedo en cada espejo
responderé por ti, niño Eliseo.
Desesperado te busco: yo te amo.

III: En el cementerio de Colón

Vine a verle, papá. Ya hacía mucho
que deseaba visitarlo, a solas.
Le cuento: ayer vi el mar, deshecho en olas.
 Atiéndame, caramba. No lo escucho…

Usted duerme, claro. Todo está oscuro.
Debieran encender esas bombillas…
Mire allá: dos fantasmas con sombrillas
escalan juguetones por el muro.

Okei. Lo espero. Duérmase. Qué cosa.
Mejor le canto una canción de cuna.
Es broma. Ah, y si despierta no se ría

al ver que en su sepulcro hay una rosa.
Lo extraño. Es tarde ya. Salió la luna.
Quería besarlo, ¿no?… Será otro día.

IV: Viendo un viejo álbum con mi hermana

A la infancia, Fefita, se regresa
por un puente de niebla, centenario.
Mamá toma las fotos: Ana y Mario
con sus hijas. Son Lourdes y Teresa.

Tu imagen, mi jimagua, guardo impresa.
Fuiste feliz, al menos un segundo:
“Coño, viejo, viste: se quemó El Mundo”,
dice Mario. Papá golpea la mesa.

La vida es un retablo. La memoria
nos llama. Vamos, Fefé. Cada loco
con su tema. Mario lo dijo al irse:

“no confundan los sueños con la historia”.
La niebla se disuelve poco a poco.
La infancia es mal lugar para morirse.

V: Por el barrio chino

Huele a semen, de noche, el barrio chino.
Cuatro putas usadas se pasean
por la calle. Dos griegos las desean.
Lleva el chulo camisa azul, de lino.

Una señora grita a su vecino,
de balcón a balcón. Su voz se apaga.
¡Cómo sangra la noche por la llaga
del loco y la borracha y su asesino!

Espías, camajanes, atorrantes
se ofrecen a buen precio como amantes.
“Chinito tú, chinita yo, ¡mi chino!”.

La noche es una vieja puta enferma.
La basura se mezcla con la esperma.
“Si no vino a templar, ¿para qué vino?”.

VI: Calle E, entre 21 y 23, La Habana, Cuba

Me persiguen… ¿Será que me persigo?
Alguien escapa. ¡Atájalo! Lo atajo.
Lo mismo cuestarriba o cuestabajo,
cómplice hoy no seré de mi enemigo.

Me vienen a buscar. ¿Por qué me escondo?
Encenderé la luz. Quito el postigo.
No quiero claudicar. Cuento contigo.
Ábreme el corazón. Sólo en el fondo

de ti me salvo. Ten mi abrazo. Ligo
el que dicen que fui al que pienso he sido.
¿De qué me acusan? No soy miserable

ni fiscal ni abogado ni testigo…
No me arrepiento. Asumo lo vivido.
Sólo de ti quisiera ser culpable.

VII: Un e-mail para mi hermano Rapi

Hoy quiero, Rapi, andar por tu “paisaje”,
la Calle 23, aquellos bares…
¿Por qué regreso siempre a esos lugares
si para entrar me cobran el peaje?

La Habana sigue igual: ¡loca y salvaje!
(perdón: por poco digo rencorosa).
Nada reclamo y ve cómo me acosa la ciudad…
Sólo traje lo que traje:

una hija, cuatro libros, un pasado,
Tú que fuiste un eterno enamorado
y presumes por único equipaje

tu torpe corazón, querido hermano,
dime “todo está bien”. Dame la mano.
Llora conmigo, al regresar del viaje.

VIII: En el cuarto de abuela Berta

¿Qué olor me asalta? ¿Acaso el de la abuela
cuando abría las puertas del armario
y entonces un aroma a escapulario
apagaba la llama de la vela?

¿A qué huelen los viejos?… ¿A santuario?
En un roto cuaderno de la escuela
Berta guardaba (un ejemplo) esta esquela:
“De amor, ha muerto ayer, en el acuario,

un travieso delfín llamado Pablo”.
Oía Radio Nacional de Francia
—a pesar de ser sorda: ¡curiosa era!

Sé que mi abuela me escucha si le hablo. Lo sé cuando respiro esa fragancia que destilan las cruces de madera…

IX: En Santa Fe

Carlos Valera canta. Pichi lanza
piedras contra ese mar, desde su casa.
Elsita me pregunta, ¿qué te pasa?
Sergio, mi primo, entre la niebla avanza.

Wendy dice que tanta calma cansa.
Juan Carlos dora al horno una merluza.
Senel, en paz, la vida desmenuza.
José toca su nueva contradanza…

Camino con Abilio por La Habana,
Olga, Aramís, las niñas y Marcelo
me ofrecen un banquete de esperanza…

Duermo en el viejo cuarto de mi hermana.
Bella Esther va camino de su cielo.
Mi hija me ruega: “Por favor, ¡descansa!”.

X: Frente al Hotel Riviera

Hoy quisiera ir al bar “El Elegante”
si mi tío Felipe toca el piano.
Brindaré por los muertos: Emiliano,
Eddy, Rolando, Paco —¡tan campante!

Triste, solo, borracho y delirante
los veo pasar detrás de las vidrieras.
Titón entra al cine. Wichi Nogueras
tiene cita de amor —como un diamante

atraviesa el cristal: ¡de aquí a La Nada!
Los muertos son los dioses de la vida.
Hoy quisiera abrazarme a un contrabajo

Pitan los barcos. Ya es de madrugada.
Esa sombra es papá: no anda perdida.
Yo le presto mi cuerpo, ¡qué carajo!

XI: En el jardín, con María José

La patria es ara no pedestal.
José Martí

Hace años presumía: o todo o nada.
Comparaba qué tuve a lo que tengo.
Ya nunca me pregunto, ¿voy o vengo?
¡Ah!. soberbia: bandera abandonada.

El tiempo esgrime su navaja. Cada
paso me anima, del rencor me aleja…
La esperanza jamás se pone vieja.
Hace tiempo, por ti, guardé la espada.

Porque lo pides, abriré la reja
aunque a mi viejo corazón le duele.
Puedo volver. Lo sé. Rompo esa puerta.

“Es por tu bien” —María me aconseja…
El aire del jardín a Cuba huele.
No es ara la patria. La patria es huerta.

XII: Por una calle de El Vedado

Yo pude de tristeza haberme muerto,
¿por qué volví a mi casa? ¡Qué sé yo!
Me habían advertido que en el puerto
sólo flota lo que antes naufragó…

Tantos recuerdos viejos, ¡cómo no!
Pregúntale a mi sombra: fue testigo.
Mi patria no es mi patria, se acabó.
No sé cómo decirlo ni qué digo.

Que el dolor no me impida ser sincero.
Exígeme otra vez que no me calle.
La vieja casa ya no era la que era

y apenas aguacero, el aguacero.
Mi sombra huyó por una bocacalle.
Entiérrala en La Habana cuando muera.

 

Eliseo Alberto
Escritor. Entre sus libros. Informe contra mí mismo y Caracol Beach.