De regreso a La Habana, de viaje, cumpliendo la premisa ele regresar al bogar después de años de ausencia. Eliseo Alberto, el novelista ante sí mismo habla aquí del fantasma de su padre, del negocio de la paz y no el de la guerra, de los frijoles negros, de sus encuentros diarios con la creación literaria y de la pasión, esa lenta reconciliación con aquellos que no somos y podríamos ser.


Se dice que “el cubano” es como un caracol de tierra, que lleva su casa a todas partes. Allí van sus sentimientos, su música, su historia. E incluso durante varias generaciones de emigrantes, ha sido imposible cambiar ese aire de persistencia cultural que poseen a pesar del exilio. ¿Eres parte de estos moluscos gasterópodos?

Supongo, aunque de un tiempo a esta parte me cuesta trabajo decir “sí” sin que me tiemble el párpado. Me he aficionado al “no”, hasta para ponerme de acuerdo con alguien. La duda es más humana que cualquier certidumbre. A ver, te cuento. Hace poco, regresé a La Habana, después de varios años de cargar una concha que, a falta de otro epitafio, llamaba “La Siempre Infiel Isla de Cuba”. Se interrumpía así una ausencia por demás obligatoria. Estuve quince días, y sobre todo quince noches, revoloteando de amigo en amigo, posándome en sus nidos. Mi antigua casa, que me heredó papá como un verso de ladrillos, ya no olía a lo que olía la última noche que pasé en ella, ni guardaba esos secretos en los que yo pensaba, tremendista, al subirme al avión que me llevaría de regreso. ¿Le habrá pasado lo mismo a mi casa? Pregunto: ¿me habrá reconocido, ahora que se me escapan frases chilangas y me gusta silbar tonadas de Armando Manzanero? De cualquier manera, “la tienda de campaña” que arrastré por tantos años, y que comienzo despacio a reparar, es una abstracción sin cerraduras en las puertas, de ventanales siempre abiertos, donde se respira (si existe semejante elixir) un aire soberano. La patria es mucho más que un mapa. Dentro, fuera, y hasta en ninguna parte, los cubanos estamos marcados por las cicatrices de incontables naufragios. Sí, cargo mi caracol, sólo que en el interior de esa concha se escuchan más risas que sollozos, a pesar de que son mis amigos distantes quienes se ríen (identifico sus carcajadas) y por tanto debe ser mi sombra, alfombrada en el piso, la única terca que se queja.

Tu padre, Eliseo Diego, es uno de los grandes poetas de América Latina. ¿Cómo es tu relación con ese fantasma y qué has podido hacer para no sentirte aplastado por una voz tan particular?

El fantasma de papá es, seis años después de su muerte, tan travieso como lo fue él mismo en vida: un ser excepcional. Está siempre cerca. Si llueve, aparece detrás de los cristales y empaña el vidrio con aliento de nicotina; a veces, cuando escribo una oración cualquiera, siento escalofrío: ¿me la estará soplando? ¡No, si la dictara, la frase sería perfecta!, me consuelo. Dicen mis hermanos Rapi y Fefé que a ellos les pasa igual: que el viejo les esconde las llaves o le tira del rabo a la perra Maricusa, la mascota familiar. Sé de muchos lectores, también sus huérfanos, que se han inventado la escaramuza de que, al menor descuido, el poeta descargará su pipa en un cenicero y exigirá, travieso, su vaso de ron. Pienso que su majestad y magisterio poético resultan un reto para todo escritor, hijo o no. lo cual no significa que sea un peso insoportable; al contrario, es un apoyo, una gratísima compañía. Los poetas son inmortales. Lezama vivió siempre en una calle llamada Trocadero nombre que explica algunos laberintos de su monumental obra. Papá murió en un pequeño departamento de la calle Amores, en México. Por algo fue. Ambos descansan hoy en la misma callejuela del cementerio de Colón, a pocas tumbas de distancia.

En el tema de Cuba, siempre escuchamos hablar de dos bandos, los que están en la isla o los que están fuera. Estas categorías segregan o dan notoriedad a sus artistas. Sin embargo, eres de los pocos que se han atrevido a mezclar a los escritores con una única premisa: ser cubano. ¿No temes que esta libertad te cueste lectores o posibilidades de expansión en sitios donde no guste este criterio selectivo?

Temer, lo que se dice temer, no temo. Acumulo demasiadas fobias en las tripas para echarme encima un susto más. Cito, y no me cansaré de hacerlo, a los escritores de la isla, en especial a los más cercanos en edad, porque a muchos los admiro y a no pocos los adoro. Los narradores Abilio Estévez. Senel Paz. Pedro Juan Gutiérrez. Eduardo Heras León. Leonardo Padura. Miguel Mejides. Arturo Arango y José Prats Sariol, por ejemplo, o a los poetas Raúl Rivero, Guillermo Rodríguez Rivera, Ornar Pérez, Marvlin Bobes, Wendy Guerra y Jorge Espinosa. Lo mismo hago con los del exilio: Rafael Rojas. Jesús Díaz, Carlos Victoria. Orlando Rodríguez Esteva. Yanitzia Canetti. Iván de la Nuez. Antonio Conté, José Kozer, Zoé Valdés. José Prieto, Andrés Jorge. Daína Chaviano, Félix Luis Viera. Durante mi estancia en La Habana, me encontré con algunos del patio en el mejor de los sitios posibles: la casa del director de cine Juan Carlos Tabío. Los convocados habíamos sido guionistas de sus últimas cuatro películas. Tan chévere la pasamos que nadie diría que llevábamos más de mil seiscientas noches sin vernos. Juan Carlos es un gran cocinero; la sazón ayuda. Algo quedó en claro, al llegar los postres: entre nosotros no había bronca, y de existir, pues tampoco nos creemos santos, serían los mismos dimes y diretes que animan cualquier café literario. Si coloco en el platillo derecho de una balanza esa improbable “notoriedad expansiva” que mencionas, y en el otro la tranquilidad de estar conforme con mi conciencia, el fiel se inclina (una vez más) hacia la izquierda. Justo es decir que ambas posibilidades no se excluyen mutuamente porque ya van pasando de moda los tiempos del revanchismo. a pesar de los discursos que se escuchan desde las cúpulas, donde muchos oradores infatigables se aferran a la histeria. que no a la historia, para defender “su razón”. Hace años que no me interesa lo que se habla desde una tribuna. Mi madre, motivo primero de mi excursión por La Habana, me enseñó que la vida sucede a escala humana. Hay una palabra que ablanda odios impertinentes: la diminuta palabra paz. Cuanto quiero sobre la tierra tiene que ver con ella.

¿Crees que los escritores de la isla antologarían igualmente tu nombre a pesar de encontrarte “del otro lado”?

Creo que no, pero tengo esperanzas. Los escritores no tienen mando para ejercer la censura editorial, salvo los que se consideran a sí mismos “veladores” de una cultura secuestrada por el oficialismo. No pocos “tribunos” persisten en la manía de desacreditar cuanto se escribe fuera del territorio nacional, como si la literatura fuese un extraño tema de geopolítica. Durante mi viaje pude circular por la ciudad sin ninguna restricción. pero mis libros siguen clandestinos. Si fuera un hombre más vanidoso de lo que reconozco en público, pensaría que mis novelas son más peligrosas que yo lo cual tampoco es mérito mayor pues los que me conocen saben que soy un pacifista consumado. Ojalá que sí, que lo hagan si merece la pena. Ojalá que en la hipotética antología aparezcan algunos de los magníficos poemas que Raúl Rivero me leyó este verano, con voz quebrada, en la sala de su apartamento habanero. ¡Ah!, qué tarde… Ojalá que los escritores y artistas no tengan que morir para que los admitan en alguna revista literaria. Ojalá que la tierra se trague a los extremistas de aquí y de allá, a los fundamentalistas de esa perversa religión que es la política ciega. Ojalá que la palabra exilio sólo se mencione cuando no quede más remedio que comentar un tiempo odioso y viejo. Soy optimista, aunque el optimismo resulte uno de los sentimientos menos fecundos para la literatura. Miami ha cambiado, a pesar de que algunos lo nieguen, aferrados a las tablas condenatorias de la soberbia: en la isla se aceleran transformaciones también prometedoras, aunque desde lejos “los veteranos” no se permitan la sinceridad de reconocerlo pues la guerra parece mejor negocio que la paz. Esa lenta reconciliación va estableciéndose a puro coraje (que es la manifestación más radiante del amor), independientemente de los estrategas que controlan las riendas del poder.

¿En qué instante dejaste de ser un escritor que vivía en Cuba para convertirte en un escritor que escribe y habita fuera de la isla?

Nunca. Vuelvo al caracol que arrastro. Recorro las paredes de mi estudio. Mira: a mi derecha, enmarcada, tengo la misma banderita de papel que aparece en la portada de “Informe contra mi mismo” y que conservo desde hace veinte años. Un poco a la derecha, una foto original del grupo Orígenes, tomada en Bauta. Esta mañana, en Cuernavaca, Morelos, cocino frijoles negros. El humo del comino empaña los vidrios que cubren los cuadros de Waldo Saavedra y Zayda del Río. En el equipo de audio, Carlos Varela vuelve a contar la historia del hijo de Guillermo Tell. Y todo sin nostalgia, con presuntuosa naturalidad y elegancia. Vivo, pues, en la única patria que admito: por lo pronto, la de la remembranza. Resido fuera, sin duda: mi pasaporte de emigrante forzoso no me deja hacerme muchas ilusiones al respecto. No me queda más remedio que asumir mi condición de exiliado, y lo hago altivo, al menos mientras perduren tantos equívocos ciudadanos. Ya me dieron mi carta de naturalización: soy (también) mexicano, lo cual me honra. Habito en la punta de una montaña. Para ir a mi país tuve necesidad de una visa. Llegué como turista, acorde a los estrechos márgenes que permiten los sellos migratorios cubanos: regresé feliz, muy feliz, pero de nuevo roto, atravesado por la ilusión, quizá posible, de que pueda volver a menudo y oír a mi madre cantar temas de Agustín Lara, como en su vieja juventud —edad a la que se acerca, día a día—. Anduve por las calles de mi pasado, no me faltaron ángeles de la guarda que me guiaran por un paisaje urbano que apenas reconocía. Traje en la maleta nuevos parapetos para enfrentar lo que venga: seis fotografías de mi infancia, unos tabacos y una lamparita de bronce que pinta de azul mi cuarto. Para un escritor, lo único que cuenta es lo que cuentas, y cómo lo cuentas. El novelista trabaja con sus obsesiones. Lo que más extraño, ¿quieres saberlo?, es ese calor de útero que envuelve a La Habana cuando va cayendo la tarde. Así pues, no me queda más remedio que imaginarlo, lo cual no deja de ser un excelente ejercicio literario.

He leído tus cuatro novelas. ¿Por qué tus últimas dos novelas ya no ocurren en Cuba, por qué Cuba es sólo una cita, o una remisión nombrada con nostalgia?

No sé: será porque yo tampoco estaba en Cuba cuando me senté a escribirlas. Tal vez la cercanía a los problemas del exilio (no sólo los políticos) me haya obligado a inventarme un lugar equidistante de los dos polos del problema, y tratar de encontrar algunas claves que me ayudasen a destrabar mis propias confusiones, que no son pocas, lo confieso. Un sitio en el Caribe (el frívolo balneario de Caracol Beach) donde la inmensa mayoría de sus habitantes fueran hombres y mujeres de paso, y, a pocos kilómetros de esa playa, una ciudad posmoderna (Santa Fe) donde la muerte de un emigrante importase tanto como la de un perro. Allí van a dar mis personajes, siempre cubanos, siempre en situaciones extremas (la locura y la prisión), y en esos terrenos cosmopolitas tienen que batirse de tú a tú contra los molinos de viento de este quijotesco fin de siglo. En Caracol Beach y La fábula de José me impuse que la historia casi sucediera en el momento mismo de su lectura, lo cual es un reto enorme. José dibuja en su celda un paisaje demencial donde confunde calles de La Habana con avenidas de Miami, y edificios de Cayo Hueso con lugares de Santa Fe. En Caracol Beach una muchacha asustada dice: “Cuba es un piano que alguien toca detrás de ese horizonte”. Me gustaría pensar que mis novelas se “dejan leer” no ya por su referencia a un tema nacional sino por su exploración, si me permites el comercial, de las angustias del hombre mismo. Contemporáneos, diría, antes que compatriotas.

En una cena privada el escritor Gabriel García Márquez ha dicho que la historia de La fábula de José “es una de las grandes ideas que se le ha ocurrido a nadie jamás”. ¿Sientes que tras esa gran idea de la que hablaba García Márquez hay una historia bien desarrollada? ¿Le tuviste miedo a la dimensión de esta idea?

José me ha acompañado desde 1988, a sol y sombra, y en tantos años yo cambié mucho más que él: Pepe Kid siempre ha tenido la misma edad, por supuesto, y esa es una ventaja que los personajes le llevan por delante a sus autores: en lo que uno se reduce, día a día, ellos pueden reproducirse y crecer en cada lector, que le da albergue. Te digo lo que pienso: no estoy tan seguro del calibre de esa idea, como no lo estoy de ninguna: soy virgo, es decir, un saco de dudas en busca de una imposible perfección, según el horóscopo que tengo a tiro. Siento que la historia ya publicada se parece bastante a la idea original, misma que ha sido cuento, relato, argumento y guión para cine, antes de que encarnara en una novela. Cuando escribo soy muy puntilloso. La primera versión de La fábula de José se horneó rápido; luego trabajé cinco horas diarias en ella, durante un año y medio, y no creció ni una página: puras correcciones (¿destrucciones?) hacia el interior del párrafo. García Márquez conoce este proyecto desde hace una década. Varias de las mejores acciones de la anécdota nacieron al calor de aquellas cálidas conversaciones que sostuvimos allá en La Habana. Acercarme a Gabriel, y que él me permitiera ser su amigo, cambió mi rumbo: abandoné definitivamente la poesía, que siempre es verdad, y comencé a escribir novelas, que casi nunca lo son. De haber sabido entonces el juicio que le merecía la idea de escribir el drama de un hombre encerrado en un zoológico, según me cuentas, de seguro se me hubieran entumido los dedos sobre el teclado, porque una opinión suya, para mí que tanto lo quiero, puede ser un estímulo demasiado comprometedor. Quizá por eso, porque él sabe el peso de su palabra, jamás me ha regalado un elogio: un buen maestro es así de severo, aun con su alumno menos aventajado.

Lichi, y si te diéramos la llave de la jaula, ¿a dónde irías en este instante?

A la playa de Santa María del Mar, al este de La Habana, para ver el atardecer desde sus colinas de arena.

¿Tienes amigos que tomarían tu lugar aguardando tu regreso dentro de esa jaula?

Que yo conozca, al menos dos.

¿Regresarías a ella?

Por uno de ellos, sí.

¿Es ideal un espacio enrejado para la creación?

No. El único espacio ideal es el de la libertad.

Mientras leía tu libro sentí que conocía al dedillo ese sentimiento de encierro disimulado; incluso, cuando José logra escapar por unas horas, tuve que bajar las escaleras y comer algo, pues mi claustrofobia se agudizaba con su propia libertad. ¿Quién es José y por qué pude describir tan gráficamente el sentimiento de encierro magnificado desde la simbología de un zoológico?

Me gustaría decir que José soy yo pero me muerdo la lengua para no mentirte: en todo caso, sería Menelao, ese carpintero medio loco que le tocó ser testigo de la historia y ahora no sabe cómo armar el rompecabezas de su mala memoria. Cada compatriota, si se observa por el tubo del esófago como si fuese un microscopio, puede escribir un tratado sobre claustrofobia. Somos una isla que se mira en dos espejos a la vez (la luna del pasado y la del futuro), y por ese efecto óptico, nacido de un sentimiento de vanidad (“fuimos los cabrones, seremos los bárbaros”), nos vamos disminuyendo a medida que nos adentramos en nuestro propio cuerpo, de la piel a las entrañas, es decir, desde la sensualidad que muchos nos reconocen, hasta la timidez que casi nadie nos perdona. Nos dejamos llevar por la marea de la desidia y acabamos por “matar el tiempo”, uno de nuestros crímenes predilectos. Da igual. Casi todo nos da igual. Hasta el jefe o el enemigo. De lo que se trata, pienso, es de no ponerse límites, de abrir la boca, lápiz en mano, y contar lo que pasa en las vísceras, en el hígado que tritura las rocas del pánico, en los riñones que alambican los rencores más densos, en el colon que echa afuera la mierda de los prejuicios, en los pulmones que purifican los alaridos de la multitud. El escritor no canta en coro sino a capela. La de José debía ser una fábula sin moraleja —o quizá con una bien pequeña: lo hermoso, y por tanto peligroso, que puede ser un hombre o una mujer en libertad.

La chica por la que José mata a un hombre y por lo que es condenado a prisión casi de por vida, no es un personaje de peso en el libro. ¿Crees que el curso de una historia puede partir de un pequeño suceso o de un “malentendido” en circunstancias específicas?

Sin duda. Si Melquíades no lleva a Macondo un trozo de hielo sino un disco de música norteña, no hubiese existido la novela más grande de los últimos quinientos años. Si Jean Valjean no se echa al hombro una carreta para salvarle la vida a un señor que había quedado atrapado bajo la rueda, nos habríamos perdido una perfecta historia de miserias humanas, aunque le sobren cien páginas de alcantarillas. Todo, o casi todo, parte de un “mal entendido”. Bonaparte (¿o fue Lenin?) llegó a ser el Napoleón que aún tememos porque, de niño, sus condiscípulos se burlaban de su enorme cabeza. Lenin (¿o fue Bonaparte?) debió decidirse por la política porque sólo en la tribuna dejaba de tartamudear. Estoy poniendo ejemplos magistrales, ante los cuales mi novela se ve más enana que una hormiga villaclareña a las puertas de un rascacielos en Nueva York.

¿Crees en la casualidad y en el azar?

Con el mismo fervor que creo en las líneas de mi mano.

¿Es tu vida parte de un azar con similitudes a las de la propia historia de José?

Afortunadamente mi vida es mucho más calmada que la del pobre José. Hasta ahora he tenido suerte. No me quejo. A nadie reprocho nada. No me considero un hombre expuesto, a la intemperie, indefenso como él. Poseo algunos tesoros: mi familia, recuerdos, una combativa escuadra de amigos. Lo único que quizá nos emparente es la negativa a vivir en reclusión. Hay rejas en verdad invisibles. Pepe Kid me hizo tantearlas en el aire. Incluso me enseñó a abrir algunas de esas cerraduras que nos enclaustraban entre las cuatro paredes de la resignación, una de las mazmorras más oscuras de la modernidad. Gracias a la imagen de José corriendo, ilusionado en medio de un carnaval, a contracorriente de las carrozas y las comparsas, me convencí que debía regresar a La Habana sin aspavientos.

¿Por qué José es un cubano, por qué no pudo ser un ciudadano chino o austríaco?

Porque me era imprescindible que deseara comer un plato de tamal en cazuela.

¿Cuál es tu relación con la poesía, no la escribes, no la has escrito nunca, no la escribirás jamás?

Hace veintitantos años y una noche que dejé de escribir poemas. Entonces era un muchacho enamorado que andaba por el barrio de La Víbora con una flor de fuego en cada mano. Fue una puerta que acabé por cerrar a calicanto. De pronto hago letras de boleros para amigos trovadores y rimo décimas, de chiste, que leo en los cumpleaños de los míos. A mi regreso de La Habana, por ejemplo, en vez de redactar una crónica apocalíptica, me senté a cocinar una docena de sonetos “al pastor”, y me sentí aliviado, créeme. La poesía cura. Pero en esos territorios tan luminosos, la sombra de mi padre sí que me abruma: no sólo llevo su sangre y su apellido, también su nombre. Por respeto a su obra, y por elemental respeto a mí mismo, he renunciado a escribir poemas. Nunca más: ni siquiera a él. Si me dedico a la novela es porque papá jamás lo intentó (siendo una aventura que le atraía, dada su admiración por los grandes narradores ingleses y norteamericanos). La poesía, tú lo sabes, es mucho más que un poema. No quiero extenderme en estos temas, pues por culpa de la cabrona nostalgia, y del nítido recuerdo de aquellos años febriles, acabo haciendo malabares con dos pelotas, una roja y otra amarilla.

Una pregunta un poco telenovelera: ¿por qué tienes la maldita facultad de hacernos llorar en los momentos menos esperados? ¿Cómo se puede escribir una novela “en/el tono de Tarantino” y ser un narrador que hace llorar a sus lectores?

Lo de Tarantino me agrada, lo reconozco, porque en libros anteriores me han emparentado con el gordo de El Gordo y El Flaco. Hablando en serio: será (y lo digo sin nata de orgullo) que también lloro cuando escribo. Pueden dar fe de ello los amigos que me visitaban por los días que yo terminaba Informe contra mí mismo, mi libro más encuerado. ¡Qué paliza! La tarde que entregué el manuscrito en la editorial Alfaguara, regresé a mi estudio y me senté a escribir Caracol Beach con una furia que sólo el instinto de conservación puede explicar: si por mis memorias me hundiría en los mares de la incomprensión, estos locos del Caribe tendrían que llevarme hasta la orilla y darme respiración boca a boca. El nexo cine/literatura puede tener un basamento técnico: velocidad, visualización de la escena, sentido del corte y del montaje. Puro truco. Pertenezco a la escuela literaria que teje la trama a partir de personajes desvalidos y desvalijados. Mujeres barbudas, peloteros sin suerte, prostitutas suicidas, meseras a la orilla de un freeway, una auténtica corte de andariegos y atorrantes que dejan mucho que decir, salvo en una novela que los reivindique de alguna piadosa manera.

Cuando entrecomillaba la referencia a Tarantino lo hacía respetando el hecho de que la frase no me pertenece, pues está entre muchas de las que he escuchado a tus lectores cubanos, en su mayoría jóvenes y en casi su totalidad vinculados a las artes y a las letras. Puedo decir con propiedad que Caracol Beach es una novela que ha gustado en la isla. ¿Cómo pudiera explicarse este fenómeno si, por el momento, no estás presente en las librerías de ese país? ¿Es acaso otro modo de perseguir lo prohibido?

Lo prohibido, por supuesto, siempre encanta, en particular a los jóvenes, porque la juventud misma (me refiero a la cubana, sin ser una condicional exclusiva) está muchas veces amarrada a una cadena de negaciones absurdas, entre ellas la tontería de vetar un libro en nombre de la salud mental de una sociedad supuestamente pura. Como si la pureza fuese algo demasiado trascendente, dogma que Nicolás Guillén se ocupó de desmentir en uno de sus poemas más tóxicos. Las dictaduras de derecha, justo es apuntarlo, llegaron a extremos tan inauditos como el de quemar el cuento de La Caperucita Roja, pues la sola mención al color de la capa ya tenía, de por sí, tintes bolcheviques. Las zurdas, que no de izquierda, “ahí la van llevando”, como dicen los mexicanos, e incluso sus ideólogos sin imaginación muchas veces prefieren ignorar a prohibir. Así te borran de los diccionarios, no divulgan los éxitos de sus “oponentes diversionistas”, porque si “no lo sabe nadie, no existes”. La buena literatura del exilio corre en la isla por canales secretos, y esa circulación le otorga una energía inesperada; diríase que, al ser proscrita, se activa la bobina de la curiosidad, y aunque nuestros libros llegan de contrabando, en franca desventaja de mercado, a la larga esa misma condición acaba por concederles un privilegio no necesariamente merecido: el de la altanería. En ese ir y venir, algunos colegas quieren vender gato por liebre; creen que con sólo eslabonar un inventario de desastres y de abusos tienen garantizada la miel del triunfo, y suponen que hacen zafra al presumir de justicieros o de cínicos, lo cual es un disparate de “calculables” consecuencias: primero lograrán la roña, después el olvido. Lo más dramático es que los abusos y los desastres pueden ser ciertos, lo son de hecho, mas la denuncia queda desacreditada por la burda manipulación de la verdad y la contraproducente exageración de la mentira. La literatura, la de realeza, no apunta con escopetas de perdigones hacia esos patos disecados que se empolvan, mustios, en los estantes de nuestro Museo Natural de Historia; la letra impresa debe procurar la caza de alto vuelo, y siempre habrá que intentar el disparo a partir de los principios elementales de la balística: la voluntad de soplar la cerbatana con gran aliento, la correcta alineación entre la pupila, la boca de la flauta y el pájaro (todo lo vivo destella), para conseguir así la parábola perfecta de ese dardo de dos filos que es la palabra: ya libre, surcará el cielo de una hoja de papel. Lo dijo José Lezama Lima, desde su ventana en la calle Trocadero: lo importante no es el blanco sino la flecha. Y cerró las dos hojas, de golpe. Sus vecinos, atónitos, lo escuchaban reír tras las persianas.

Entonces, ¿sales de la jaula?

Si me das la mano.

 

Anaís Torres y Esteban Cervantes