En la ciudad de Guanajuato, México, se celebra todos los años un simposio cervantino, auspiciado por Eulalio Ferrer, español santanderino y mexicano de adopción y pasión. Tuve el honor de ser invitada a participar en el simposio a finales del año pasado, lo que me dio ocasión de conocer la hermosa y apacible ciudad de Guanajuato, donde disfruté perdida en el tiempo detenido de sus innumerables y beatíficas plazas, donde conocí al extraordinario Eulalio Ferrer y a otras personas no menos extraordinarias, que hacen del recuerdo de los días pasados en Guanajuato un oasis de calma y placer.

Se me propuso que desarrollara a mi manera el papel que tiene el amor en El Quijote. A pesar de no ser especialista en uno de los más impresionantes libros que yo haya leído jamás, si no el más, acepté enseguida, entusiasmada con el reto que una nueva lectura de El Quijote, dejándome guiar por el señuelo del amor, podía suponer para mí.

No soy especialista en El Quijote, como digo, ni en Cervantes, ni en otro autor ni en obra alguna de la literatura española ni universal —lo que no tiene por qué ser contradictorio: lo español con lo universal—. De tener que calificarme a mí misma de ser algo, podría decir que soy escritora de ficción, narradora de cualquier cosa, osada narradora de historias y episodios que no siempre he vivido, ni mucho menos. El hecho de que no conozca muchas cosas de la vida no me impide escribir sobre ellas sino que, más bien al contrario, me incita a imaginarlas y a inventarlas, quizás en la creencia de que de esa manera llegaré a conocerlas un poco, porque hay muchas formas de vivir, y una de ellas, nada despreciable, pertenece al mundo de los sueños y de lo que llamamos ficción.

Fue así, en fin, como me situé ante mi querido Quijote, como me metí en la piel del caballero y aun del autor, y como fui descubriendo, asombrada, que el amor en El Quijote es el hilo conductor, ni más ni menos. El amor es lo que hace que todo quede unido y cobre un sentido último y altísimo, ese sentido que cada lector encuentra para sí en este libro prodigioso. Un caballero andante sin dama es como un árbol sin hojas, sin frutos, algo por completo impensable. El caballero andante es, ante todo, un enamorado, y eso es lo que le define: su devoción al amor. Los caballeros andantes todo lo hacen en nombre de la dama de sus sueños, la dueña de sus corazones, y toda batalla ganada, toda victoria, es dedicada de inmediato a la amada, que adquiere así la gloria del caballero.

En el momento de escoger la dama, don Quijote no se lo piensa dos veces, como si siempre lo hubiera sabido. Su dama es Dulcinea del Toboso. Un hermoso nombre, Dulcinea, que parece sacado del mejor libro de caballerías y un título manchego y prosaico: del Toboso. Cuando Sancho quiere saber si esta Dulcinea existe, si es, en fin, de carne y hueso, don Quijote se lo confirma. Dulcinea es una tal Aldonza Lorenzo, y Sancho se queda satisfecho con la elección del caballero.

En este punto da comienzo el complicado dibujo que el hilo del amor traza en El Quijote. Dulcinea existe. Este va a ser un principio indiscutible para el caballero, por mucho que a lo largo del camino pueda ponerse en duda la existencia de Dulcinea. Se diría que poco a poco se va constituyendo una especie de complot para negar la existencia de Dulcinea. Pero don Quijote jamás se da por vencido y muere con esta victoria.

Los grandes apuros en los que don Quijote se ve metido no son tanto de naturaleza física y corpórea sino espiritual. Es verdad que es abatido y vapuleado muchas veces, pero su auténtica batalla es mantener la fe en su condición de caballero y, dado que la condición de caballero se funda en el amor a la dama, es la existencia de Dulcinea el punto más conflictivo, más débil. ¿Quién ha visto a Dulcinea?, ¿quién puede decirnos cómo es? He aquí el reto con el que don Quijote debe de enfrentarse hasta el final.

Cuando el caballero se queda en la Sierra Morena, le encomienda al escudero que vaya a decirle a la dama en qué penitencias de amor se halla, pero, como bien sabemos, Sancho no cumple el encargo de don Quijote. Pero está dispuesto a mentir, porque, en su experiencia al lado del caballero, ha aprendido que mentira y verdad son categorías confusas. Ha visto a Dulcinea, le dice luego a don Quijote, pero no es ni mucho menos hermosa. ¿Cómo podría un caballero aceptar un comentario así sobre la dama de sus sueños? La solución acude pronta a la cabeza del caballero: Dulcinea ha de estar encantada. De lo contrario, bien habría visto Sancho que la belleza de Dulcinea no tiene par en el mundo. Sancho acepta el trato. De hecho, le viene como anillo al dedo, una vez que se vio tentado por la mentira cruel.

Sin embargo, don Quijote nunca olvidará la mentira de Sancho. Se la hará pagar en la segunda parte de El Quijote. Depositará en Sancho la facultad de desencantar a Dulcinea, habrá de darse en su cuerpo los azotes que se establecen en la broma que urden los Duques. La venganza de don Quijote no puede ser más justiciera. Tú me engañaste, tú te haces responsable de deshacer el enredo, el encantamiento que de pronto aceptaste. Mis penitencias de amor eran verdaderas como verdaderos serán los azotes que sufra tu cuerpo. El amor de un caballero no admite la mentira.

¡Qué despliegue de facultades es esta segunda parte de El Quijote!, ¡qué juego múltiple de espejos que reproducen las imágenes ya conocidas, una vez impresas sus historias, de don Quijote y Sancho! Y, ciertamente, en el meollo del juego, en el origen de todos los destellos que los espejos recogen, está el amor, la gran duda: ¿es cierta la existencia de Dulcinea?

Don Quijote dice ver a su dama en el interior de la cueva de Montesinos y declara que la ve tal como Sancho la vio: encantada, convenida en labradora. Loco o cuerdo, don Quijote es poseedor de grandes cantidades de inteligencia, sutileza y coherencia en lo que hace al encantamiento de Dulcinea. Si hay algo que está dispuesto a defender ante el mundo contra viento y marea es que Dulcinea existe, con o sin encantamientos. A Sancho le susurra de forma confidencial: si hay Dulcinea o no en el mundo no es cosa que deba dirimirse de momento. De forma confidencial y aleccionadora al tiempo. No, Sancho, de eso no habría debido hablarse. Es la ley.

De manera que, como muy bien declara Sancho cuando al fin don Quijote decide regresar a su aldea y a su casa, falto ya de ánimo, no está vencido, sino que es “vencedor de sí mismo”, y si hay alguien que lo sepa con creces ése es Sancho. ¿Está vencido quien jamás ha aceptado el juego que le brindaban los demás para quebrar sus sueños? No todo es juego y, si acaso jugamos, hagámoslo bien, respetemos las normas. Se acepta el humor, se necesita el humor, pero hay unas pocas cosas sagradas que hay que respetar. Dulcinea existe y su belleza no tiene parangón.

Dadas las gracias, una vez más, a Cervantes por su inmensa obra, sólo me queda agradecer a Eulalio Ferrer y a todas las personas implicadas en la celebración del simposio cervantino de Guanajuato la nueva lectura de El Quijote y la estancia en tan hermosa ciudad mexicana.

 

Soledad Puértolas
Escritora. Entre sus libros. Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.