Mi abuelo materno, caballero alto, sumamente alto y enchapado a la muy antigua, construyó un bello caserón y tres casas más a un lado: dos para sus hijas —en la de mi madre nací yo—, y una más para algún amigo de buen apellido venido a menos. Pero el pobre “Largo Caballero” o “Caballero de la triste figura”, como solían llamar a mi abuelo otros señorones de aquella Lima que cantó Chabuca Granda y que apenas si existe ya en algunos corazones limeños, tuvo la pésima suerte de que el APRA, que entonces era el partido del pueblo por excelencia y terror de la oligarquía, construyera su local partidario a un lado y hasta un comedor popular. Ricos y ricachos que se habían mudado a la avenida Alfonso Ligarte por ser ésta la primera de cuatro pistas que se abría en Lima, la abandonaron rápidamente. Mi abuelo, en cambio, se quedó ahí hasta su muerte, para que los apristas no fueran a pensar que tenía miedo a sus insultos y amenazas. A veces, por la tarde, el viejo y flaco caballero salía a caminar un rato y lo hacía con su bastón de estoque en mano. En más de una oportunidad lo desenvainó —cuentan—, y algo debe haber de cierto, pues el día de su muerte en el local del APRA se puso bandera a media asta y callaron los altavoces que tanto habían molestado a mi abuelo, ya que parecían estar siempre dirigidos al patio de su casa, con música vernacular y con volumen altamente abusivo. Con los años, los apristas parecían haberle tomado cariño a ese viejo valiente y obstinado.

El Country Club de mis veraneos de adolescente era entonces uno de los más bellos clubes y hoteles de Lima y se levanta en lo que fue una de las más hermosas zonas de San Isidro, entonces barrio residencial por excelencia. Su decadencia fue tan atroz que llegó a ser local de mafias asiáticas que, tras la fachada de un negocio de vulgares tragamonedas, llegaron a usarlo para ocultar toda una trata de inmigrantes indocumentados de la China comunista. Hoy gracias a empresas de hostelería nacionales y extranjeras, el Country Club ha sido totalmente restaurado, aunque muy amputado de sus hermosos jardines de antaño y, cómo no, rodeado y aplastado por las modernas “torres” residenciales que han terminado por arruinar avenidas como El Golf y Javier Prado.

Definitivamente, el Country Club ya no será un lugar para mis veraneos, como no lo será tampoco la playa de La Herradura en que me bañé hasta que, en 1964, me trasladé a Europa. Hoy, de vuelta a mi país, me acerco hasta esa zona de Chorrillos —pasando por los distritos de Miraflores y Barranco, recuperado lugar residencial de animada vida cultural y nocturna, en el que me gusta detenerme a pasear o a visitar a algunos amigos—, pero sólo para almorzar en El Suizo, un restaurante de toda la vida al que me lleva siempre la nostalgia de unos excelentes platos de cocina peruana. Ahí sigue El Suizo, en tímida e incrédula espera de tiempos mejores, pero rodeado de todo tipo de comederos o de dudosos lugares a los que la gente acude para bailar chicha o salsa. Como tantos limeños, para bañarme en una buena playa sin duda tendré que dirigirme bastante más al sur, hasta Villa, El Silencio, Los Pulpos o La Quebrada.

Sé que mi tendencia de viejo limeño me hará recluirme en los barrios que fueron los míos, sea porque allí viví, como San Isidro, que aún hoy es uno de los más hermosos y mejor conservados. Pero sé también que esa tendencia se verá ampliada a Miraflores, Monterrico, Las Casuarinas o Barranco, porque allí viven muchos de mis amigos y familiares. Y cuando de un recorrido sentimental se trate, me internaré en el viejo centro de Lima, el monumental e histórico, hoy recuperado en la medida de lo posible, tras haber pasado largos años abandonado al comercio ambulante, una salvaje especulación inmobiliaria, una gran tugurización y a todo tipo de informalidad. Buscaré por ahí los lugares en que vivieron tantos parientes o lo que queda de aquel Banco Internacional en que trabajaron mi padre y mi abuelo. Buscaré las coloniales iglesias en las que oí misa con mis abuelos y también el palacete de la avenida Alfonso Ugarte en que ellos vivieron y que desde hace décadas se convirtió, a la muerte del patriarca familiar, en Logia Masónica de Lima.

Otro lugar al que ya he ido varias veces y cuya decadencia me ha chocado es Chosica, donde mi familia tuvo una vieja casona en la que pasamos varios inviernos. Por ahí cerca, en Los Ángeles, y siempre con ese microclima de sol todo el año, en contraste con la gris humedad invernal de Lima, se hallaba también el colegio inglés en el que estudié mis años de educación secundaria. Pero, en fin, de aquello hoy nada queda y si aún me doy algún salto por ahí es debido a una fuerte nostalgia de mundos idos irremediablemente, pero que todavía habitan mis sueños. Igual pasa con La Punta, el balneario en que mi familia veraneaba cuando yo era un niño. Está bastante cuidado, sin duda porque ahí se encuentra la Escuela Naval del Perú y muchos importantes marinos viven hoy en el aún más hermoso malecón Cantolao o Figueredo. Pero tampoco existe ya la casa en que vivimos. La casa de mis veraneos infantiles pasó a mejor vida y en su lugar se alza hoy una vivienda impecablemente conservada.

Ya es un hecho varias veces comprobado: mi retorno al Perú, al cabo de casi 35 años de residencia en Europa, me llevará a menudo a mundos desaparecidos o abandonados y a la consiguiente búsqueda de nuevos espacios por los que transitaré cada vez que salga de la casa en que vivo hacia lugares a los que me lleva el trabajo y también hacia las casas en que viven mis amigos y familiares. Estas se hallan dispersas por muy distintas zonas nuevas de una inmensa ciudad en la que, durante un buen tiempo, sin duda alguna, continuaré sintiéndome perdido en un gigantesco desorden urbanístico, chato y desparramado sobre la costa, y también entre las últimas y arenosas estribaciones de los Andes, sobre cerros. Mi consuelo consiste en saber que casi nadie en la Lima de hoy sabe muy bien cómo llegar a ninguna parte que no sea la de su habitual recorrido.

 

Alfredo Bryce Echenique
Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.