Cuando conocí a Luis González de Alba, él ya traía consigo la irrefutable aureola de los héroes. Había sido uno de los líderes del movimiento estudiantil en 1968, había escrito ese hermoso libro que es Los días y los años, había sufrido la cárcel en Lecumberri y era además de un mito sonriente, un hombre guapo. No parecía difícil reconocerlo entonces como alguien extraordinario.

Sin embargo, fue preciso el paso del tiempo sobre nuestras cabezas para mostrarme a Luis no sólo como alguien extraordinario, sino como uno de los seres humanos más admirables que he tenido la fortuna de encontrar en la vida.

Estábamos detenidos bajo el cielo de Mérida en octubre pasado, nos rodeaba un aire tibio y el ruido de los grillos.

—¡Ahí está Orion!— dijo Luis. Es la primera vez que lo veo en este año. Orion sólo aparece en el invierno informó.

Luego nos llevó en vilo por un cautivador inventario de las cualidades de Orion.
Yo lo escuché presa de sus palabras, aún más por el tono y la voluntad apasionada que ponía en ellas, que por la serie de novedades que dejaba en mis oídos.

Mientras él señalaba las constelaciones y las iba nombrando, yo me dije, entregada sin reparos a su encanto, lo que he ido aprendiendo al verlo vivir: este Luis es un ser entrañable y luminoso, como pocos he conocido.

Me hubiera gustado decirle lo que estaba yo pensando, pero desde siempre sé que Luis no es una de esas personas a las cuales uno puede declararles su devoción en mitad de una noche cualquiera y sin ningún pretexto. Los seres como Luis temen y desconfían de esas confianzas. Así que me limité a mostrarme encantada con los atributos de Orion y agradecida con la voz incandescente que hablaba de ellos.

Una semana después, Luis me pidió que lo acompañara en la presentación de su libro El burro de Sancho y el gato de Schrödinger. Acepté, reconociendo que a veces las estrellas nos desafían al escuchar nuestros deseos. ¿Qué podría yo decir de un libro que me propondría la física como materia para el éxtasis? Yo, que elegí las palabras que Einstein encontró tan inútiles para expresar su pensamiento, como el único territorio mágico que me siento capaz de comprender. Yo, que pasé física con el más ambicionado seis de toda la preparatoria, y ni siquiera por mis entendimientos, sino por la pura piedad del maestro que me consideró un caso perdido.

Confieso que me acerqué al libro con más temor que disposición al asombro. Con la certeza de que no entendería nada y de que leerlo me costaría un esfuerzo sólo comparable a mi admiración y mi cariño por Luis. El libro empezó por seducirme desde el prólogo y me atrapó en el primer capítulo, con la elocuente explicación de cómo se vino abajo la certeza, compartida por los científicos al empezar este siglo, de que la física había hecho su tarea y estaba concluida. De la manera en que la física, como se la conoció hasta 1900, dio un paso a una nueva concepción que nadie hubiera podido vislumbrar: el espacio no es un enorme agujero donde están colocadas las estrellas, galaxias y humanos, sino algo elástico que hace curvas y está indisolublemente unido al también elástico tiempo; la materia está constituida sobre todo de vacíos enormes, circundados por electrones que no son pequeñas bolitas giratorias, sino cargas negativas sin ubicación ni velocidad previamente existentes.

Y de ahí al final, todo fue como caminar por una playa escuchando la descripción atractiva de una maravilla tras la otra. Desde los descubrimientos de Max Planck y su constante de proporcionalidad, hasta el momento en que Einstein resuelve el gran problema de la transmisión de la luz en el vacío, enseñando a los físicos a pensar en términos paradójicos, cuando tienen que aceptar que la luz se comporta a veces como partícula y a veces como onda. Los quanta de luz de Einstein no necesitaban de medio alguno para viajar en el vacío porque eran partículas, y producían rayas oscuras y claras de interferencia porque eran ondas. El quántum de luz nos presenta una respuesta según la pregunta que le hagamos, dice Luis González de Alba.

Si le preguntamos cómo cruza desde las estrellas hasta aquí, nos dice que es una partícula, si le preguntamos cómo arranca electrones de los átomos de un metal nos dice lo mismo: que es una partícula. Si le preguntamos cómo una partícula cruza por dos rendijas a la vez, responde que lo hace así sencillamente porque es una onda. La dualidad de la naturaleza de la luz implicada en la teoría de la relatividad, traería en el curso de las siguientes tres décadas el levantamiento de la concepción estadística del átomo, esencia de la física cuántica.

“Polvo seré mas polvo enamorado”, dijo el poeta. Y luego, pero no con menos énfasis, dijeron los físicos: “la luz no envejece nunca”. Y algo todavía más inconcebible: “un electrón al cambiar de una órbita a otra, no pasa por los estadios intermedios, por la sencilla razón de que son posiciones no permitidas por la división cuantizada de la energía”.

Así las cosas, para mi fortuna agregó el sabio Bohr, “si al pensar en la mecánica cuántica usted no siente vértigo… es que realmente no ha entendido”.

Aseveración que me llenó de entusiasmo y confianza en mí misma, dado que llevaba con vértigo de la página 47 a la 83 y que en el vértigo me mantuve mientras acepté que la materia puede hacerse ondas y que, según probó Schröedinger, el átomo es como un puñado de arena donde cada grano indica una probabilidad mayor o menor de presencia de la partícula-onda. La ecuación de Schröedinger describe las probabilidades que gobiernan el movimiento de las partículas subatómicas. Y dice Luis González de Alba: “Su poder de predicción rigurosa lo hace uno de los instrumentos más perfectos desarrollados por la humanidad”.

El libro me tuvo despierta hasta las dos de la mañana como si fuera la excelente trama de una película de misterio. Entonces: “Cuando quedaba tan poco de la noción de materia como la sensata, intuitiva y científicamente necesaria causalidad, Heisenberg desechó esos restos estableciendo en el corazón de la materia la contradicción más íntima: incertidumbre”. Meollo de la nueva física. “Las órbitas limitadas del átomo desaparecieron y los electrones como pequeñísimos trozos de materia también. Y algo todavía más importante: la causalidad (esto es el principio de que a todo efecto le antecede una causa) dejó su milenaria plaza a la incertidumbre”. Y es aquí donde, en mitad de la lectura, nos conviene acudir a Fernando Savater y aceptar con él: “Para poder vivir es necesario razonar, para querer vivir es necesario imaginar”.

Imaginando es como la física a partir de 1927 no ha dejado de producir resultados contraintuitivos y, sin embargo, dice Luis González de Alba al finalizar un capítulo de lo más inquietante, “siguen sin poder responder a la pregunta: ¿qué es un electrón?”.

Y para su consuelo Borges asegura: “La imposibilidad de penetrar el esquema del universo no puede sin embargo disuadirnos de plantear esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son provisorios”.

Y si seguimos leyendo el libro de Luis González de Alba, y llegamos al capítulo nueve, llamado “El último misterio: la conciencia humana”, encontraremos más argumentos para decir con Borges en Otras Inquisiciones. “Notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”.

Luis González de Alba recapitula: Tenemos moléculas que están formadas por átomos; éstos a su vez por electrones, neutrones y protones. Los últimos resultaron compuestos y no elementales formados por partículas a las que se dio el nombre de quarks. Hay indicios de que el quark podría estar compuesto. Todos a su vez podrían no ser sino las diversas formas de minúsculas cuerdas en la longitud de Planck. Y, finalmente, el último sustrato podría ser información.

Al parecer, la postura sensata sería decir que la información es un concepto, no una cosa en el mundo. Pero como siempre en la física cuántica, no es la sensatez la que gana, nos dice Luis González de Alba, sin atribularse. Algunos físicos plantean que la información es el último elemento en la composición del universo, que masa y energía podrían de alguna manera derivarse de la información. La información es lo opuesto a la entropía. Lo opuesto al desorden al que tiende todo estado. Al parecer sin información no habría nada parecido a lo que llamamos “mundo real”. Hay quienes sostienen que la información podría ser más fundamental que la materia y la energía.

Tras estas afirmaciones, Luis González de Alba no sólo se mantiene en el mundo de lo inaudito, sino que nos arrastra con él hasta la magia. Y nos explica en qué consiste esa tendencia universal al mayor desorden llamada entropía, y habla del colapso de las ondas, de las computaciones irreversibles, de la sinapsis, como se llama a la conexión entre neuronas, y de cómo a pesar de que la ciencia ha llegado al extremo de poder detectar por medio de tomografías computarizadas los cambios precisos ocurridos en el cerebro durante el establecimiento de una memoria, a pesar de que ya se puede ver, literalmente, la integración de un recuerdo en el tejido cerebral, la conciencia humana sigue esperando explicación, porque no puede ser comprendida dentro de la conciencia misma.

Y oído esto tendríamos que acompañar a Luis González de Alba y a la física a simplemente tararear a Mozart venerándolo porque a él, cualquiera de su perfectas sinfonías, no le llegó nunca poco a poco y en secuencias, sino completa y perfecta, en un instante. ¿Cómo explicar esta maravilla?

Dice Luis González de Alba: “Las matemáticas, el arte, la ciencia, en ocasiones ocurren como descubrimientos y no como invenciones largamente meditadas”. ¿Cómo sucede esto? Quizás alguna vez nos los explique uno de los múltiples misterios que aún tiene para los humanos la física cuántica, pero no todavía.

Para volver a Borges podríamos decir: “Dios, como la eternidad, es una ambición, una hermosa ambición de los humanos”. Y agregar tras el asombro que produce la lectura de este inquietante libro escrito por Luis González de Alba: La física cuántica, como Dios y la eternidad, es una hermosa ambición de los humanos.

En caso de que me faltara una prueba de que Luis González de Alba es capaz de cualquier cosa, con tal de acercarse a una luz que lo ayude a descifrar el privilegio de estar vivo, mi encuentro con El burro de Sancho y el gato de Schröedinger bastaría para dármela. Luis González de Alba no sólo precisa entender, sino que tiene la generosidad de contarnos lo que ha entendido con una delicadeza y un talento que nunca tuvo mi maestro de física y que seguramente tienen muy pocos maestros en la preparatoria y la universidad.

El último capítulo del libro lo dedica Luis González de Alba al inicio egeo de la aventura. A los ávidos y febriles filósofos y científicos que seiscientos años antes de nuestra era, abandonaron la explicación de los fenómenos naturales atribuyéndolos a los dioses y se hicieron a la búsqueda. Deslumbrante recorrido por la vida y los intereses de hombres con la cabeza libre y el corazón inquieto, deja en los lectores el deseo de vivir atreviéndose a indagar, a inconformarse con lo previsible, a creer y esperar lo inverosímil.

El deseo de vivir como ha vivido Luis González de Alba, sin aceptar los lugares comunes, sin plegarse a las órdenes de las buenas conciencias, curioso, valiente, devorador de cuanto misterio quiera enfrentársele y humilde aprendiz de cuanta posible incógnita quiera el mundo presentarle. Luis ha escrito con sencillez y gozo un libro para hacernos pensar en cuán sofisticados e incomprensibles somos. Cuán inaudito y hermoso es el mundo.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

 

Un comentario en “Los quanta de Luis El Intrépido

  1. Entusiasta al comentar el libro de Luis Gonzalez de Alba. El entusiamo es tal vez lo unico que nos puede asistir en este tema que ha dividido y unido, curiosamente al mundo no solo de los cientificos sino de otros participantes o invitados inevitables: la Iglesia, institucion que hoy acepta la teoria del BB, con una postura que se aduena de todo: Dios comenzo la Creacion con el Bigbang. Tambien el Boson de Higgs ya tiene propietario: es la particular de Dios. Desde que se verifico que el Universo esta en constante expansion, el BB es irrefutable. Basta pasar la pelicula al reves para llegar al inicio, al Gran Estallido. La pregunta ahora, independientemente de que no se esta cerca de la teoria unificada, es : hay intencionalidad detras del BB?. El libro de LGA es una excelente provocacion para los que pasamos con 6 la material de fisica en la Prepa.