Con mayúscula o sin ella, el término “cultura” sigue provocando mil y un confusiones. En contraste con Estados Unidos y Europa, en México la “cultura” no ha podido democratizarse. Sigue conservando una raíz aristocrática y etnocentrista.


Una sociedad se traiciona por su lenguaje. A veces una palabra dice más que cien teorías sociológicas. Esto es muy cierto en el caso del término “cultura”. Hace un par de años me encontraba impartiendo un seminario sobre cultura política en San Luis Potosí cuando me percaté de que entre el público y yo había un abismo semántico. Al principio creí que mis deficiencias como expositor eran las responsables del malentendido, pero pronto caí en la cuenta de que se trataba de algo más. Por “cultura” mis oyentes entendían “el desarrollo o mejoramiento de las facultades físicas, intelectuales o morales, mediante la educación”, que es como la mayoría de los diccionarios definen a la palabra. La “cultura” así entendida es el “resultado de cultivar los conocimientos”. Quienes sobresalen en esta empresa son personas de gran cultura. Sus antónimos son: “incultura”, “ignorancia”, “barbarie”. El entendimiento clásico se originó en la Ilustración. “Cultura” era una noción intrínsecamente cualitativa. O, lo que es lo mismo, aristocrática. Los confundidos asistentes al seminario querían saber el “nivel” de la “cultura política” en México.

Por supuesto, al emplear el término “cultura” yo me refería a otra cosa muy diferente. En la mayoría de los países la noción clásica de cultura murió en algún momento del siglo XX. Atacada por liberales y conservadores, fue la antropología la que le dio el tiro de gracia a la Cultura. La palabra adoptó un nuevo significado más expansivo y científico. Tal vez, el punto de quiebre en la maroma semántica fue el libro de la antropóloga Ruth Benedict, Patrones de la cultura, publicado en 1934. Después de estudiar a tres tribus de América y Melanesia, Benedict propuso la teoría de la relatividad cultural. Así entendida, la cultura, era un concepto neutro, sin ninguna carga valorativa. Todos tenemos una cultura, es decir, el conjunto de conocimientos, creencias, arte, comportamientos, leyes, actitudes, costumbres y otras formas de expresión social. En La interpretación de las culturas el famoso antropólogo Clifford Geertz definió a la cultura como “una red de significación en la cual estamos suspendidos”. El nuevo concepto no implicaba evaluación alguna: las “culturas” no podían ser puestas en un continuo cualitativo. Todas eran iguales. Rápidamente, el uso antropológico se generalizó; primero a las otras ciencias sociales y después a la sociedad en su conjunto. Así, la nueva noción se tragó a la vieja. La cultura —con minúscula— rompió los vínculos con el refinamiento, la educación y el mejoramiento. O, lo que es lo mismo, se democratizó. Hoy, la noción moderna es hegemónica en Estados Unidos y Europa.

La metamorfosis del término clásico fue resistida por T. S. Elliot y Mathew Arnold, entre otros. Sin embargo, como afirma Russell Jacobyen The End of Utopia, liberales, izquierdistas, sociólogos, psicólogos y antropólogos rechazaron como reaccionario cualquier intento de volver a establecer jerarquías en la cultura. La palabra “incultura” perdió sentido. La distinción entre Cultura y cultura era cosa del pasado y así debía permanecer. Era claro: la cultura llegó para quedarse. Pero no en todos lados. La persistencia del significado arcaico en México traiciona la incapacidad de esta sociedad para democratizarse. La Cultura logró sobrevivir debido a que, en esencia, el estado social sigue siendo aristocrático. Aquí se ha conservado el uso de ciertas palabras como adjetivos (por ejemplo, “ordinario” y “corriente”) que no tendrían sentido en un país democrático. Ahí el empleo peyorativo de estos vocablos simplemente sería incomprensible. ¿Qué tiene de malo ser como todo el mundo? Los asistentes al seminario en San Luis constataban una persistencia semántica y social de la cual los mexicanos apenas si tienen conciencia. Mi renuencia a decir si los mexicanos tenían “poca” o “mucha” cultura política no los satisfizo.

¿Debemos celebrar o lamentar la supervivencia de la Cultura en México? No lo sé. Tengo sentimientos encontrados al respecto. Por un lado, la noción antropológica de cultura exuda un innegable aire igualitario y liberal. La elasticidad del término sirvió para minar viejos prejuicios de superioridad y poner en tela de juicio el etnocentrismo de las naciones “civilizadas”. Pero, como Jacoby bien reconoce, al mismo tiempo el concepto perdió cualquier especificidad. Ahora cualquier grupo puede tener una cultura y cualquier actividad puede ser vista como cultural. De la cultura empresarial a la cultura del picnic. En la vaga categoría de “sistemas culturales” cabe prácticamente todo. La ola expansiva no ayudó a la precisión analítica. Es, también, una puerta de escape para la confusión conceptual. Cuando no sabemos a qué atribuir un fenómeno se lo achacamos a “la cultura”. Aun el significado sociológico no parece tener un gran poder explicativo. Sin embargo, aunque tarde muchos años, la Cultura acabará por irse de México. Nada es para siempre. Que lo diga el PRI.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Profesor-investigador del CIDE. Su último libro es Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville.