La perturbación temprana que amenazaba convertirse en ciclón adelantado desde el Sureste, parece haberse convertido en una ridícula baja de presión que ni a tormenta tropical llegó. Habrá gobernador interino en Tabasco y las elecciones se realizarán antes del absurdo plazo de dieciocho meses que el gobernador saliente se autorregaló como presente adelantado de Reyes. El final de la era Madrazo puede no ser tan espectacular como sus múltiples enemigos desearían, pero es cada vez más claro que su estrategia de contragolpe y golpeteo vive sus últimos tiempos.

Si los priistas realmente existentes quieren irse con él o no, es todavía una cuestión de tiempo. Podría decirse que lo es también de talento político, pero de eso poca gala han hecho en estas semanas los dirigentes y representantes populares del PRI. Es probable, sin embargo, que las múltiples presiones de la penuria y la competencia políticas que acosan al priismo hagan su labor y lo obliguen a sacar fuerzas de su escandalosa flaqueza retórica y mental de estos meses de derrota y pasmo.

Al hacer frente común con Madrazo y Cervera, nada menos que bajo la bandera federalista, el priismo parece obstinado en cavar su propia tumba. Al aparecer de fauna de acompañamiento de unos políticos identificados con el estancamiento político, cuando no con el retroceso, los otros gobernadores y dirigentes, los legisladores e intelectuales priistas, parecen resignados a aceptar el destino trágico que han querido para ellos sus adversarios. Pero más que como personajes de tragedia se mueven como extras de un sainete de segunda.

Después de Tabasco y Yucatán no cabrá duda de que no es el diálogo sin más, mucho menos el que se hace en el sigilo y casi siempre sacando la vuelta a los otros interlocutores obligados de la política democrática, el instrumento por excelencia de la nueva política mexicana. Por sí solo, el diálogo es insuficiente y puede ser nocivo para afianzar la democracia en México. Es cierto: el diálogo y la conversación entre los partidos y los políticos es la práctica por excelencia de todo proceso democrático, pero son la ley y su respeto irrestricto los que le dan piso y lo nutren. Sin esto último no puede haber normalidad política en clave pluralista y la transición se vuelve círculo sin fin. El gobierno se expone al chantaje que la coyuntura propicia y la ciudadanía prefiere volverse público lejano. Y es este camino el que proponen desde el Sureste los priistas que confunden soberanía y federalismo con abuso de poder para y por el poder y enfeudamiento territorial.

Con todo, el priismo no se reduce a esta perspectiva y a esa conducta. Hay quienes desde el cascarón que les dejó la derrota y el abuso presidencialista de los últimos lustros, buscan sobrevivir y ser un partido moderno que se alimente de lo mejor de la tradición que encontró cuerpo en el PRI. Estos tienen hoy la oportunidad de oro, aunque dolorosa, de pintar dos rayas. Una, la inmediata, que sigue siendo la del repudio tajante al caciquismo. La segunda, que es la fundamental, es la del respeto y la defensa expresos de las leyes y las otras instituciones que hacen posible la política moderna, y que son las únicas que pueden ofrecerles lo que todo político requiere como agua u oxígeno: la perspectiva creíble de llegar y ejercer el poder. Los otros caminos, que hoy ofrecen quienes han optado por el encierro y la confrontación con la institucionalidad nacional, no los llevarán más que al desastre y el desprestigio final.

Los gobernadores del PRI han propuesto, por un lado, unas reformas a la Constitución y las leyes destinadas a acotar o limitar las atribuciones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y hasta del IFE, han dicho algunos, aprovechando el viaje gratis que les dieron las salidas de Molinar y Zebadúa del Consejo General. Nada de esto debería alarmar a nadie. Es lógico y legítimo que un partido pretenda revisar una legislación que le parece adversa o contraproducente. En este caso, hasta podría ser útil, si en efecto permitiese una actualización de esas agencias electorales a la luz de la experiencia vivida en estos años y que no es, no podría ser, absolutamente satisfactoria.

Pero la iniciativa de marras pierde carácter y se torna ilegítima desde el punto de vista político, cuando con ella se busca condonar el desacato en Yucatán y se descalifica sin más al Tribunal por sus decisiones en Tabasco.

La única manera de reformar la ley o cambiarla de raíz es a partir del respeto y el cumplimiento de la legislación existente, más aún cuando, como es el caso, se trata de una legislación hecha por todos los partidos y, de hecho, aprobada también por todos, a pesar de las tonterías del PRD en su momento. Esta es la oportunidad de oro para los priistas: acabar de una vez con el PRI, identificado con el autoritarismo, la corrupción y el cacicazgo por camadas crecientes de la opinión pública, y abrir la puerta a una elaboración estratégica capaz de articular una nueva formación política que responda a los retos de los nuevos tiempos. Estos retos no vienen del Tribunal o del IFE, a pesar de sus insuficiencias y de los excesos que éstas puedan haber propiciado. Mirar atrás, como lo hacen hoy los priistas, no resulta en una búsqueda genuina de las lecciones de la historia, sino en el rastreo inútil de una fatalidad como la de las estatuas de sal.

Los retos

Salvada la falla presupuestaria, a través de un puente inesperado que terminó en la aprobación unánime del presupuesto, los partidos y el Ejecutivo tienen frente a sí los retos que no identificaron con claridad en sus debates imaginarios de fin de año. El primero de ellos es el de un presupuesto que a menos de un mes de aprobado empieza a verse como incumplible, por lo menos a los ojos del inflexible secretario de Hacienda y de algunos analistas de la finanza internacional.

Después de la autocelebración de los diputados y del autohomenaje del Presidente, que hizo de la histórica unanimidad un triunfo político personal, el peligro que se corre es que la historia se confunda con la histeria. A ver cómo sacan los dirigentes partidistas del sombrero del diálogo “de altura”, cacahuates para afrontar la coyuntura.

La pobreza se mantendrá como nuestra principal vergüenza, pero más que nada como un motivo para la simulación permanente. No es la pobreza el principal reto de México, si nos atenemos a los hechos de la política económica, del comportamiento y los dichos empresariales y de los ejercicios intelectuales de todos. La sensibilidad y los objetivos están en otra parte y es obligado admitirlo antes de tratar de cambiar en serio el rumbo de la política y la mente.

Hasta hace poco, la mira de todos estaba en la democracia ansiada. Ahora está en asegurar la gobernabilidad y disfrutar el triunfo del pluralismo. Siempre, tal vez pero desde luego en los últimos veinte años, se ha buscado una estabilidad económica y financiera que sigue siendo frágil, en la medida en que descansa en la contención del crecimiento económico y el progreso social, so pretexto de alcanzar y mantener unos equilibrios que dependen siempre de esos diques y frenos al bienestar. La introducción a los Criterios de Política Económica nos hablaba de un compromiso gubernamental con el mediano y el largo plazo, donde se teje y despliega el desarrollo. Su propuesta de gasto, junto con los ajustes ya anunciados, nos muestran una administración ahogada por lo inmediato. Lo malo es que en ese hoyo se metieron todos los actores políticos al aprobar, como lo hicieron, los planes económicos para el año.

Reto mayor no registrado: en Sudáfrica, hace unos pocos meses, se convocó a romper el silencio y hablar en voz alta: el SIDA acaba con poblaciones enteras y dejó de ser mal de ricos y minorías. La victoria cantada un tanto sotto voce en Estados Unidos hace unos años se vuelve ahí mismo una victoria pírrica mientras el mal devasta África y en México se torna epidemia y amenaza en el campo y la ciudad, entre adultos de edades medianas y jóvenes que empiezan la vida. Pero desde Los Pinos o San Lázaro todo es silencio: ¿condición para que sigamos dialogando?

Reto anunciado y poco asumido: la economía americana va hacia abajo y la magia de Greenspan dejó de hacer milagros. Lo mismo ocurre con el petróleo y los gritos de Chávez poco conseguirán en el plazo que por ahora importa y que es el de hoy, ya. La vulnerabilidad volverá por sus fueros y nos agarrará tan desarmados, o más, que antes. Pero es que así es mejor, dice el vice presidente económico, que las cosas se den sin que las palabras o el verbo se incomoden.

Ayuda de memoria

Mientras les cae el veinte a partidos y legisladores de la oposición, y se dan cuenta de que hay unanimidades que matan, la discusión que traerá el ajuste de Gil Díaz podría derivar a territorios poco explorados de la política social. Por ejemplo, es indispensable que se explique con claridad los métodos de evaluación de esa política, antes de que se nos presente ante la comunidad internacional como entomólogos sociales. Pero más importante, tal vez. es que se empiece a buscar precisión en los conceptos a usar para diseñar y aplicar la política. Con la moda de la unanimidad en boga, podemos acabar confundiendo prioridades con limosnas y de repente llegar a la conclusión de que la pobreza quedó atrás, gracias a la definición adoptada. Por cierto: urge llegar a una convención sobre la o las maneras de medir la cuestión para fines de asignación de recursos y aplicación de medidas públicas. No es admisible que cada quien, y no sólo en la academia sino dentro del gobierno mismo, para no hablar de los organismos internacionales, tenga su pobreza a la medida. El Congreso, y desde luego la Sedesol, deberían convocar a expertos e interesados a unas audiencias que tuvieran como fin explorar la posibilidad de llegar a normas generales, si no únicas, para evaluar y medir. El “cada quien su pobreza” que hoy impera nos lleva a la peor de las miserias, que afecta la cabeza y el corazón.

San Pedro Mártir. DF.
10 de enero de 2001.

 

Rolando Cordera Campos
Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.