LA SERPIENTE

POR SILVIA TOMASA RIVERA

Retornar al origen es enfrentarse a un tiempo de tinieblas. Un tiempo en que hombres y animales tatuaban su bondad en la desnudez de la memoria.

Ella era un ángel que amanecía tendida a la albura del sol

expuesta al rapto de las aves rapaces y al paso fuerte de los caminantes.

Hasta que un día con el cuerpo pisoteado en la yerba pidió ayuda a su Dios; y éste le regaló un poco de saliva.

Por alguna razón inexplicable el fluido de Dios se convirtió en veneno y en un duelo de alas y colmillos dejó de ser

el ángel de la tierra.

Desde entonces

no hay un ser racional

que no tema encontrarla

en la bravura de su desconsuelo.

Ella al menor indicio de provocación

se arrastra y se eleva.

Sabe que quieren matarla y está sola:

únicamente tiene por aliados, la saliva de Dios y un refugio blindado en el agujero de la noche.

En este mito, la serpiente pide ayuda a Dios porque no tiene con que defenderse; éste le da un poco de saliva. Gracias a ello, la serpiente obtiene el veneno y desde entonces ha de temerle el hombre como a su enemiga más letal.