BARÓMETRO

CUENTOS PATRIOS

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Cuando este texto aparezca, lo que en él se reseña probablemente se haya vuelto anécdota, gracias a la mexicana afición por la desmemoria y, tal vez, a que los partidos en sus cónclaves hayan encontrado algún método para dirimir sus respectivas paranoias distinto al puesto en juego a lo largo de agosto y el 1 de septiembre. Anecdótico o no, lo ocurrido en ese tiempo fue una manifestación grave y ominosa de una situación política que no puede declararse superada con cargo a la amnesia, o por el solo hecho de que los dirigentes de los partidos se hayan tomado un café para lamentar lo ocurrido y dejar atrás sus malos entendidos.

Las tormentas del verano se volvieron ciclones y huracanes, y lo mismo ocurrió con las que cruzan el territorio político nacional. De nuevo, como si faltaran elementos para ello, los partidos y otras fuerzas significativas de la nueva política mexicana mostraron la insuficiencia del método democrático, cuando se le concibe simplistamente como un tablero para competir en el que las complejidades y asimetrías del cambio que lo produjo no se toman en cuenta explícitamente por los jugadores y los eventuales arbitros. Sin una dosis fuerte de responsabilidad política y compromiso afirmativo por parte de dichos protagonistas, en especial del presidente de la República y sus inmediatos colaboradores en la secretaría responsable del orden interno y el desarrollo político, así como en su partido y sus respectivas ramas legislativas, el sistema que emerge seguirá dando tumbos y sustos.

El 1 de septiembre, el barómetro político se paralizó ante un tifón de grandes proporciones que siguió a la tormenta tropical priista en contra del IFE. Puede, ciertamente, aducirse que lo acaecido el día primero del mes de la patria es el fruto directo de un diseño que pasó a mejor vida hace un buen tiempo. Sin embargo, más allá de este tipo de consideraciones y las soluciones elementales a que dan lugar, como la de acabar con el informe anual del presidente, es indudable que ritos y ceremonias como ésta, propias del presidencialismo autoritario. deben revisarse a fondo, antes de que ocurra una tragedia de la que todos, en primer término los partidos y sus congresistas, tendríamos que lamentarnos.

No sobra recordar aquí a otros procesos administrativos y políticos, que sin los ribetes espectaculares que acompañan al ritual del día primero, también exigen atención inmediata, porque su capacidad de daño del con junto del sistema de gobierno es mayor. En especial. hay que mencionar las leyes financieras y las que norman el mecanismo de la discusión y la aprobación de presupuestos e impuestos, que hoy viven en un limbo donde reina la improductividad de la que luego se nutren las negociaciones bajo la mesa y la arbitrariedad burocrática.

Pero volvamos al día 1 de septiembre. La tarde de ese día se encontraron todos los fantasmas de la transición y pusieron a la república ante los horrores de un caos que no admite ritual alguno. Este caos posible, que se volvió a avizorar ese día en San Lázaro, es todo menos reformable, como improbable es el imponerle un cauce productivo una vez echado a andar.

En alto contraste, el presidente Zedillo hizo votos por la tolerancia como método de gobierno y eso le valió el aplauso más prolongado y sentido de la ceremonia. Este es el talante que parece dominar los reflejos más generales e inmediatos de la sociedad mexicana que vive el fin del siglo y del ciclo revolucionario, y es ante ese talante que deberían adecuarse los reclamos, sin duda legítimos, por implantar en México el pleno imperio de la ley.

De desestimar esta gana nacional tan extendida, por la paz y contra la represión, no habrá en México Estado de derecho sino en todo caso una nueva edición del derecho del Estado, siempre dependiente de los grupos y las personas que manden en él. La democracia tan ansiada habrá, en una hipótesis como ésta, servido de bien poco.

La tolerancia aplaudida duró poco y mostró la gran fragilidad discursiva del gobierno y su partido. Por lo que consideraron un desacato o una traición a lo acordado en los pasillos de los grupos parlamentarios, los priistas decidieron hacer justicia por propia mano, dieron al traste con el informe y pusieron contra la pared al informante. No hay duda de que fue el presidente Zedillo el más afectado por esta extraña manera con que los priistas buscaron defenderlo de las embestidas del justiciero panista.

El lamentable discurso del presidente en turno del Congreso, el diputado Carlos Medina, precipitó esta especie de fiebre de enfrentamiento y ofuscación que una y otra vez opaca el aliento renovador de que hoy hace tanta gala el PRI. Primero fue en el IFE, ahora en la Cámara de Diputados, mañana quién sabe, pero uno tiene que preguntarse ya por lo que puede pasar en sus elecciones internas y, sobre todo, en los decisivos comicios con que iniciaremos el milenio.

Ojalá y que, como se dijo al inicio, lo sucedido ese día aciago sea en octubre un recuerdo vago y amargo. Pero hay que insistir: en agosto y septiembre, la incertidumbre mayor, la que cuenta a la hora de hacer cuentas, no estuvo en la cancha de la democracia clásica, donde reina el voto secreto y el ciudadano experimenta la intimidad de las urnas, sino en los establos del autoritarismo institucional, que más que negarse a morir no sabe para dónde hacerse en esta hora de tanto y tan desconcertante cambio.

Esta y otras experiencias cercanas permiten insistir: no serán sólo los votos los que limpien y sanen a México de tanta costra y costumbre de un poder que de todos modos se va. Como todo viejo régimen que se respete, y éste vaya que lo hace, el mexicano que produjo la revolución de 1910 todavía tiene cauda y puede arrojar secuelas desastrosas, que vayan contra la consolidación del cambio y obliguen a medidas de emergencia, que pueden distorsionar por mucho tiempo el curso buscado para normalizar la democracia mexicana.

Pasado el susto del informe, el país se apresta para una nueva, aunque al mismo tiempo conocida, encrucijada: la que producen en noviembre y diciembre las urgencias del presupuesto de egresos de la federación y las leyes impositivas. Entonces se abrirá, a través de los enconos y el trato rispido, el mercado de prebendas y promesas que tanto daño ha hecho ya, en muy poco tiempo, a la cultura fiscal mexicana que debería haberse abierto paso con la llegada del pluralismo.

Ayuda de memoria

La huelga universitaria le ha planteado al país dilemas hasta ahora poco transitados sobre equidad y acumulación para el desarrollo. Sin embargo, es menester admitir que nuestra política social sigue dominada por la urgencia que encarnan los millones de compatriotas que han engrosado los contingentes de la pobreza extrema y la que la circunda y se disfraza a veces de pobreza moderada. La compensación y el tan injustamente denostado asistencialismo son indispensables como formas principales de la transferencia precaria que el pobre Estado mexicano apenas puede sostener en el tiempo. Por eso es lamentable que se nos anuncie que unas reglas de operación prácticamente desconocidas. desde luego no discutidas por el Congreso, llevarán al cierre de miles de tiendas del sistema Diconsa, so pretexto de impedir que haya un “dobleteo” en los subsidios para las zonas y la población pobres, en especial las rurales. De proceder este cierre masivo de tiendas, millones de mexicanos pueden ver su miserable abasto básico todavía más reducido. Los que pretenden operar esta “limpieza presupuestaria”, más que aprendices de brujo parecen auténticos incendiarios. Por lo pronto, la alarma ha empezado a cundir entre quienes todavía ven alguna relación entre la acción social del Estado y la seguridad nacional. No deja de ser irónico que el mismo día en que Diódoro Carrasco anuncia una importante iniciativa para la paz en Chiapas, los diarios nos informen de esta decisión sobre Diconsa. Se trata de algo más que de luces ámbar. Los focos están más que en rojo.

Los libros sobre la mesa

Hace unos meses, Océano y el CIDE pusieron a circular un importante libro de José Antonio Crespo: Fronteras democráticas de México. Desde luego, se trata de una reflexión actual sobre la transición pero no historia antigua sino una perspicaz y rigurosa mirada a unas coordenadas de nuestro precario orden político con muy sugerentes referencias comparativas. El trabajo de Crespo contiene advertencias y proyecciones cuya actualidad se despliega a medida que nos acercamos a las fechas mágicas. Chiapas de nuevo, en los hechos y los desechos informativos y las mil y una batallas de y por la información. En Chiapas. la guerra en el papel (Cal y arena, 1999). Marco LevarioTurcott da otra vuelta de tuerca a su incansable e implacable incursión por los senderos nada prístinos de un mercado informático e informativo que hizo de la guerra del año nuevo una guerrilla sin guerra, pero igualmente nociva, destructiva.   n

San Pedro Mártir. DF. Septiembre 7 de 1999.

Rolando Cordera Campos. Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM.