TODAS LAS VIDAS SON POSIBLES

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

La vida que se va de Vicente Leñero es una historia sobre cómo la existencia es un infinito de posibilidades que se liberan en cada relato sobre uno mismo.

¿Qué ha pasado con la novela desde que fue desahuciada? A principios de los noventa. Carlos Fuentes revisó el expediente de la muerte de la novela. Elaboró una autopsia y escribió su diagnóstico en Geografía de la novela, una reflexión sobre la persistencia de una especie literaria que muchos creyeron extinta. ¿Por qué la novela se resiste a una muerte anunciada? Fuentes cree que no debería haber respuesta. La literatura no tiene respuestas. Su razón de ser es un arte de la sospecha. Su mirada proyecta dudas y cultiva el asombro. “Más que una respuesta, la novela es una pregunta crítica acerca del mundo, pero también acerca de ella misma. La novela es, a la vez. arte del cuestionamiento y cuestionamiento del arte. No han inventado las sociedades humanas instrumento mejor o más completo de crítica global, creativa, interna y externa, objetiva y subjetiva, individual y colectiva, que el arte de la novela. Pues la novela es el arte que gana el derecho de criticar al mundo sólo si primero se critica a sí misma”. Los ensayos de Geografía de la novela son una apuesta en favor de la prosa del mundo. No es un examen complaciente. Fuentes ensayó una autocrítica de la novela para aventurarse en las rutas de la narrativa contemporánea. Sus autores son un itinerario y un destino de las diversas tendencias de la escritura actual más allá de toda etiqueta. Su lectura es una búsqueda del estilo, una prueba de gusto y un mapa del presente.

En esta época de renacimiento del estilo prosaico por excelencia. Vicente Leñero regresa a la novela después de mucho tiempo dedicado a la dramaturgia y el periodismo. La vida que se va es una historia sobre la imposibilidad de conocernos a nosotros mismos, o mejor, una serie de relatos unidos bajo la forma de una novela para narrar el inconveniente de ser uno y sólo uno. Si nadie puede saber quién es uno mismo, no es por culpa de la incapacidad para la introspección. La identidad humana no es un absoluto cerrado, la vida es un relato abierto que se reconstruye incesantemente, sin lograr atrapar el flujo de la existencia en un yo inmóvil, estable. Ser uno mismo es una trampa del relato, en cuanto comienza a desmenuzarse la trama de la existencia se transforma en otros yo posibles, abandonados a la deriva de sus deseos y su voluntad. La existencia, enseña Leñero, puede ser leída como una posibilidad, una apertura, que nunca es un destino único, porque existe la voluntad y la elección, que pueden ir contra la corriente de los hechos y romper con el orden de las cosas. Aunque también existen personas que decidieron no elegir y pierden su libertad, como uno de los personajes antagónicos de la protagonista que “se dejaba llevar sin remos, sin timón alguno por la vida, y la corriente se encargaba de escribirle la historia que a ella le competía edificar con su voluntad”.

Cada vez que elegimos estamos ante la opción de ser otro. Y quién puede decir que no somos más aquellos que no elegimos ser. Una suerte de historias en ausencia o un negativo de nuestra identidad elegida.

En La vida que se va, el ajedrez es una metáfora de la existencia como un conjunto infinito de disyuntivas y opciones; uno debe elegir alguna y negarse a todas las otras, abandonando sus otras vidas posibles. La novela recuerda que la vida es un relato sobre nosotros mismos y las razones para elegir la vida que fuimos. No hay vida sin elección, pero sólo en el recuerdo todas las vidas son posibles. En presente, cada decisión aleja y reduce nuestras posibilidades. El rompecabezas de nosotros mismos está hecho con las elecciones fallidas, los deseos frustrados y las pasiones perdidas. También somos todo aquello que quisimos ser y perdimos.

La trama es sencilla. Una anciana elige a un periodista joven para que escriba su biografía. Lo cita una vez a la semana, y en cada ocasión relata una historia diferente sobre su pasado. Pero no diferente por diversa, sino porque se opone a las otras. Cada historia que compone el tejido de la novela es una decisión distinta. “Que hubiera pasado si”, ese es el comienzo de todo relato acerca de nosotros mismos, porque en la duda sobre nuestras decisiones componemos la reflexión sobre nuestro pasado y nuestros actos. Al final de los relatos, el biógrafo-periodista se enfrenta ante ese universo infinito de decisiones que no hacen una vida única sino una multiplicidad de personajes simultáneos como en una partida de ajedrez simultáneo: “relataba yo las varias líneas de experiencias como si correspondieran a Normas diferentes, y no lograba mi verdadero propósito: la imagen de una sola Norma sometida a un haz simultáneo de experiencias”. Norma decide contar su vida, pero su trama se compone de muchas otras vidas. La novela está escrita como un juego de voces falsamente contradictorias, relatos distintos de vidas simultáneas, como si fuese posible vivir todas las vidas posibles. Una novela compuesta por una variedad de narraciones cortas que se contradicen en el tiempo de la memoria pero no en la literatura. Una novela enseña que no hay una verdad única de la vida. Una verdad de la historia y de las memorias se compone en la reconstrucción de los hechos y esa recomposición es narrativa: es literaria. Pues nadie sabrá qué pasó o quiénes somos realmente, porque somos nuestra manera de contarnos cómo somos.     n