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La muerte tuvo permiso

Por Ricardo Raphael de la Madrid

Durante la década pasada, en plena crisis de los ochenta, Ciudad Juárez apareció en el horizonte como un ejemplo de desarrollo. La maquila —negocio dedicado a ensamblar, con mano de obra barata, partesvenidas del otro lado de la frontera— se convirtió en una poderosa locomotora para la creación del empleo. Después de siglos enteros de triste aridez, gracias a Juárez muchas ciudades de la frontera norte se volvieron puentes naturales para introducir al país entero por las veredas de la globalización.

Muy pronto Juárez se transformó sin embargo en un centro de atracción laboral incapaz de ofrecer una vida medianamente aceptable para los miles de migrantes que llegan todos los meses: mujeres y hombres en busca de trabajo y, muchas veces, de una oportunidad para cruzar la frontera y perderse en el sueño que promete la opulenta ciudad del Paso, Texas, esa frontera inevitablemente existencial, siempre dispuesta para la negación, para recordarnos lo que jamás podremos ser.

Acompañando al crecimiento de Juárez vino el narcotráfico, negocio que fácilmente logró obtener carta de residencia con todo el paraíso de impunidad que se requería. Vinieron también el consumo de drogas y la proliferación de los centros nocturnos. El Joe’s Place, el Noa Noa o el Excalibur, entre muchos otros antros, ofrecieron algo de color y sonido a esa ciudad del desierto que nunca ha dejado de ser oscura.

Es precisamente en esta ciudad donde 187 mujeres han sido asesinadas durante los últimos seis años. Juárez es el punto de referencia para ubicar lugares tan siniestros como se han convertido el Lote Bravo, el desierto de Lomas de Poelo, la colonia Anapra o las brechas que se pierden a lo largo de la carretera Juárez-Casas Grandes.

Las muertes en Juárez son prueba de la barbarie perpetrada contra la mujer. Entre las víctimas se encuentran niñas y púberes, trabajadoras de la maquila de entre trece y veinte años, amas de casa, bailarinas, estudiantes y prostitutas. Mujeres solas, muchas de ellas recién llegadas, sin familia ni nadie que pueda reconocer sus cuerpos cuando aparecen mutilados en medio del desierto.

La muchacha que, aún con el pelo mojado y un broche de plástico dorado se decidió a buscar, un sábado por la noche, un sitio donde escapar a la soledad. Aquella que venida de un pueblo, quizá de Zacatecas o Michoacán, se paró frente al espejo imaginándose al galán que la sacaría a bailar una pieza de los Tucanes de Tijuana, fue la misma que la policía encontró en pequeños trozos dentro de una bolsa de plástico enterrada en Lomas de Poelo.

En Juárez no se puede hablar de un solo asesino. Se trata de decenas de ellos. Su actuación simultánea forma parte de un atroz fenómeno sociológico.

Se pueden detectar algunos patrones en los asesinatos; sin embargo, el análisis serio de las muertes en Juárez nos devuelve siempre a un laberinto. A Abdel Latif Sharif —el Egipcio— se le ha acusado de ser el autor material y, una vez en la cárcel, el autor intelectual de una serie de homicidios que compartían las mismas características: los cuerpos de mujer se encontraron con el seno derecho cercenado y el pezón izquierdo arrancado a mordidas.

«Yo también violé a Lucy» —declara Jorge Contreras Jurado (el Grande) de la banda de los Rebeldes—. «El Diablo (Sergio Armendariz, líder de la banda), al ver que yo había terminado (…) se acercó y empezó a estrangularla (…). Después le pregunté por qué la había matado y me contestó: ‘no hay bronca, no tiene parientes aquí'».

Sin redes familiares, o por lo menos sociales, que legitimen su existencia, ella —Lucy— pierde todo valor. Deja de ser persona. Desaparece. Es el caso de muchas de las mujeres de Juárez, mujeres que, cuando emigran, se vuelven invisibles ante la mirada de ciertos hombres. En el peor de los atrasos civilizatorios, el hombre devalúa a la mujer cuando se encuentra apartada del escenario familiar. Pareciera que sólo el atrevimiento de romper el binomio «mujer-familia» se volviera una especie de condena a muerte.

La perversión ha encontrado en Juárez un lugar donde reproducirse. Otro asesino, éste quizá vinculado con alguna secta religiosa, juega a disfrazar sus cadáveres con ropa de víctimas anteriores. Varios son los casos de padres que, habiendo reconocido la playera rosa o el pantalón de mezclilla en el cuerpo de una víctima, niegan que se trate de su hija desaparecida. Ha sido ahí, en medio del desierto, donde los vecinos han escuchado llantos y gritos de niñas, dos de ellas encontradas sin vida dentro de una cabaña; la más pequeña había sufrido un par de infartos antes de ser asesinada.

187 asesinatos en Ciudad Juárez sólo pueden ser entendidos en el contexto de un lugar sin ley ni autoridad. Para el gobierno de Chihuahua sobran cuerpos y faltan culpables. Una y otra vez se ha tratado de construir una historia plagada de contradicciones. La versión oficial es que El Egipcio, después de haber sido aprehendido por el asesinato de una mujer, contrató a dos bandas: los «Rebeldes» y los «Ruleteros», para que continuaran sembrando cadáveres y así probar su inocencia. Lo cierto es que Sharif se declara inocente y grita a quien quiera oírlo que lo han utilizado como un chivo expiatorio.

Por su parte, Luis Miguel Hernández, antiguo funcionario de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, renunció el año pasado argumentando que varios miembros de la banda de los «Rebeldes» habían sido maltratados, incomunicados y que se habían prefabricado testigos para vincularlos con Sharif. Mientras tanto, dos mujeres de diecisiete y diecinueve años dicen haber sido torturadas física y mentalmente por la policía para involucrar a los «Rebeldes» con estos asesinatos.

El laberinto continúa. Lo cierto es que la muerte pareciera tener permiso para pasar desapercibida cuando se trata, sobre todo, de mujeres. Esta es una historia de mujeres que perdieron la vida en una ciudad que les prometió futuro y sólo supo sepultarlas. Ellas han sido las víctimas de una transformación social que destruye instituciones y devasta la vida en sociedad. Hasta hoy, nada indica que el horror haya tocado fondo en Ciudad Juárez. Son precisamente ellas, las mujeres de la frontera, quienes nos hablan de un México que entrará al próximo milenio sin haber abandonado la barbarie.  n

Ricardo Raphael de la Madrid. Politólogo. Profesor del CIDE.