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Incivilidades

La fogata y los mosaicos

Por Luis González de Alba

¿Qué tienen en común el transporte público de Guadalajara, la huelga de la UNAM y las colas? La impunidad que acaba por hacer norma el vandalismo y ridicula la conducta respetuosa, civilizada.

La civilización se adquiere lenta y trabajosamente, pero se pierde con facilidad. En Guadalajara hay dos víctimas mortales del transporte colectivo por semana, y tan campantes, tanto choferes como autoridades panistas. En cinco meses, 40 personas han sido aplastadas por los autobuses del servicio público sin que un correctivo drástico ponga fin a la masacre. Cuando el gobierno panista exigió por centésima ocasión un controlador automático de velocidad para impedir al menos el exceso de velocidad, centenares de choferes bloquearon con sus unidades la circulación en todo el centro de la ciudad en protesta contra la medida. Los entrevistados posteriormente por la TV sabían tan indefendible su acción, que negaron haber participado. Al menos tienen vergüenza, dicho sea a su favor.

¿Cuántas personas mueren así en la Ciudad de México? No son noticia porque el índice es bajo, o ya no son noticia por cansancio? ¿Lo sabe Numeralia?

Los individuos y el Estado

La competencia por el pasaje está en el inicio de este círculo vicioso: todos corren porque quien no lo hace pierde el bono que ofrecen los propietarios por número de vueltas, cuando es empleado; y si es propietario de su unidad, con mayor razón se esforzará por rebasar, menos tiempo concederá a la anciana que baja, al hombre que sube: todos le parecen lentos.

Es cuando no hay más solución que la intervención de la ley y la regulación del transporte público por la fuerza, de preferencia convirtiéndolo en un servicio de la ciudad que se ofrece al precio de costo y no un negocio. No hay a la vista nada parecido.

En la naturaleza ocurre algo muy similar en la competencia por la luz del sol: si todas las plantas fueran sensatas y tuvieran algo así como un contrato social rousseauniano para no arrebatarse el sol, ninguna invertiría tanto esfuerzo en crecer. Pero el árbol que crece un poco más por azares genéticos, obtiene ventaja de su tamaño y por tanto vive más y deja más semillas portadoras de la mutación ventajosa. Pero no es el único: cuantos árboles hagan lo mismo tendrán ventaja. Así tenemos la enorme cantidad de árboles gigantescos que se estiran a toda velocidad para que otro no les quite la luz, aunque ellos la quiten a otros.

Un interesante modelo matemático, conocido como el dilema del prisionero, analiza la cooperación y la competencia. Doy únicamente el resultado final: es ventajoso competir siempre y cuando uno esté convencido de que el otro participante va a cooperar. De no ser así, ambos pierden. Dicho de otra forma: conviene brincarse la cola… cuando hay quienes hacen cola. Pero a nadie conviene que la cola se deshaga.

¿Y los mosaicos?

Comenzaba la huelga de 1968, cuando pagábamos 200 pesos de cuota y eso costaban 50 boletos de cine. Pagábamos pues el doble que las cuotas propuestas y ahora convertidas en «aportación voluntaria». La primera noche alguien llevó una guitarra, otros rompieron algunas ramas secas y encendieron una fogata… en el interior de la Facultad de Filosofía y Letras, al pie de las escaleras. Vimos con alarma que los mosaiquitos —de esos llamados «venecianos», cuando se pegaban de a uno por uno— se comenzaban a levantar. Apagamos la fogata. Al día siguiente, uno de los huelguistas, cuyo nombre he olvidado, pero iba siempre de traje y corbata, chaleco y paraguas, además de barba de piocha, llevó un albañil para reparar el daño y lo pagó de su bolsillo, pues consideró que no era justo emplear el dinero del «boteo», recogido de la solidaridad callejera para hacer volantes y pagar manifiestos.

¿Alguien puede imaginar algo semejante en la UNAM del cochambre, el anafre y el sebo?

Pero la impunidad mil veces impune acaba por hacer norma el vandalismo y ridicula hasta la carcajada la conducta respetuosa, civilizada. No es culpa del vándalo, sino de la autoridad que lo consiente. En Jalisco el PAN no debió dialogar con los choferes que ya tenían instalado su control de velocidad, sino con los que paralizaron el centro de la ciudad sin más castigo que miradas de reproche y algún claxonazo con dedicatoria materna. En la UNAM los huelguistas defensores de los ricos fueron los únicos alumnos escuchados por Francisco Barnés, por quien tantos hicimos el papelazo. Izquierda y derecha, oposición y gobernantes: todos compiten por halagar al votante de mañana cumpliéndole sus berrinches de hoy. País de madres sobreprotectoras y de padre-autoridad que oferta toda ley y todo reglamento entre sus hijos descontentadizos, México y su política de compadrazgos provoca fricciones en todos los aspectos de la vida cotidiana y se torna irritante, como todo roce continuo, cuando no insufrible.        n

Luis González de Alba. Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de Los derechos de los malos.