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La señora de Tal visita el Anyway

Por María Teresa Priego

El Anyway es un bar gay de la colonia Roma, un sitio que afirma la existencia de una sociedad plural y en donde la diversidad exterior pasa necesariamente por la diversidad interior. ¿Qué puede ofrecerle a una pareja común, sancionada por el contrato civil del matrimonio? Con frecuencia me descubro en el papel de la señora de tal. No quiero decir que lo deseo. No quiero decir que mi inconsciente tenebroso y artero me juega trastadas. Quiero decir que vivo en una sociedad que intenta, con una particular tenacidad, codificar la pasión amorosa. Una sociedad que ha inventado un verdadero arsenal de técnicas —como la estricta repartición de roles— para adueñarse de los rituales del amor y domesticarlos. Domesticarlos hasta el punto donde el contrato civil del matrimonio, con todos sus lamentables estereotipos —ese contrato que no es sino «un paso más» en la marcha mucho más larga de una pareja— pareciera colgar un grillete en la relación de dos seres humanos que alguna vez se eligieron libremente. Hipnotizados el uno por el otro. Rebeldes, cachondos, dementes. Unidos a fin de cuentas por una ley que se inventa sólo para dos. El pacto secreto de cada pareja.

De pronto sucede que aquellos que se sintieron solos en el mundo, exiliados y protegidos en la arrogancia amorosa, se miran pasmados a mitad de una cena, convertidos por otro en una remota versión de sí mismos: el licenciado y la señora de tal. El licenciado y su oficio y la señora de tal sin más oficio que el manejo del pico y el piolín que apoya el ascenso profesional del licenciado. El licenciado con un curriculum rico en experiencias y un futuro prometedor y la señora de tal lo más amnésica posible y con un futuro dedicado a las vastas y estremecedoras glorias de la escalada por procuración. Sálvese quien pueda.

Pero el sábado por la noche vamos al Anyway. Conmovida me deslizo (después de una incómoda cateada) a través del umbral prometedor de ese antro gay en la Roma. Doy la espalda a los rostros siniestros de los porteros y me toca la música: «Do you believe in love?», «I do believe! I do!», murmuro totalitaria. Extrañísimo pero verdadero.

¿Cuál es la promesa del Anyway para una buga, enemiga del ruido, desdeñosa del baile y además monógama? Soy de clóset, sin duda. Soy de un clóset que no tiene que ver con la orientación sexual, sino con la reductora rigidez de las normas de conducta patentadas para uniformar. Me ataca la claustrofobia en medio de tanta puesta en escena: la mascarada de los ideales intransigentes. El deber ser de la femineidad, de lo masculino, del amor, de la maternidad. El absurdo deber ser del color de una piel. El deber ser de una clase social. La Gran Mascarada que hemos construido los mexicanos. Frustrados, oprimidos, pero persistentes.

La promesa del Anyway consiste antes que nada en esa ruptura brava que implica la homosexualidad. En esa pista simbólica que afirma la existencia de una sociedad diversa y plural que comienza a murmurar su presencia. En el Anyway cabemos todos. Hasta los bugas. Alguien sube a la pista, los bailarines se mueven unos milímetros. Cada quien retoma su espacio.

Gran lección: los espacios son susceptibles de reacomodarse. Ante las puertas del Anyway se detiene el deber ser de los discursos convencionales. Dos personas del sexo masculino bailando juntas son más reales, más humanas y mucho más tangibles que la elaborada ingeniería de todas las frases construidas para negarlas.

Tomo Margaritas. El Anyway está concurridísimo. Salomé, nuestro ídolo y su novio el rudo, alcanzan la pista. Me corrijo: Salomé irrumpe en la pista. Es suya. Es su antro, su pista, su hombre, su noche. Desde nuestra mesa, somos sus admiradores rendidos, fascinados por ese ritmo suyo. Algo sabe Salomé que me conmueve, como si sus brazos, sus piernas, su cintura poseyeran un oscuro y seductor secreto que tiene que ver con la femineidad. Si fuera mi amiga le pediría consejos.

Salomé de día se llama Manolo y es mesero. La noche es su reino. La noche es la página en blanco donde escribe su verdad. Contra todo lo previsto. En las noches de Anyway Salomé se desata. Y me desato yo también sin moverme de mi silla. Me desato porque la lleno de palabras.

¿Existirá alguien sobre la faz de la tierra que se atreviera a venir a explicarle a esta mujer que ella es un hombre? ¿Y que tiene por consiguiente la obligación de enamorarse de una mujer? Qué enorme disparate. De todas maneras, si Salomé entrara en tratos amorosos con una mujer estaría más cerca del lesbianismo que de la heterosexualidad.

¿Qué pasaría si en algunos de esos temblores de tierra intensos, el mito de la pareja heterosexual como la única realidad posible y aceptable se viniera la suelo? Si este monolito de nuestra cultura se derrumbara, arrastraría en su caída mitos fundamentales. Me siento beneficiada de antemano. No existen las recetas. Existen en cambio las elecciones, los pactos particulares. Existen los ritmos individuales luchando por abrirse paso en esa ilusoria homogeneidad que el conservadurismo impone. El discurso conservador arrolla las diferencias. Niega la otredad que lo perturba. Niega que la elección de vida es el resultado de un proceso de búsqueda interior y no de la imposición de reglas previstas de antemano por los pánicos de algunos, que hasta ahora han sabido erigirse como la mayoría. Quizá no lo son.

Manolo y Salomé son la misma persona. Me gustaría leerlo a ocho columnas. El Any way es, en esas noches de sábado, como una bazooka amable que urge llenar de palabras furibundas, de un «ya basta» tan masivo y tan intenso que resultara capaz de resquebrajar ese discurso deshumanizante del «único modo posible de ser». «Lo personal nunca dejará de ser político», les digo mareada a mis compañeros de mesa. Una vez más me afilian. Pero yo lo que quiero en la vida es ser como Salomé. Como esa imagen que le invento mirándola bailar. Tomar algún día el poder en una página como ella lo toma en la pista. Reventar la piel de las palabras como ella revienta la piel del género. Segura, conectada a sus fuerzas y a sus fragilidades más remotas. ¿Quién hay —que esté aún en su sano juicio— más escindido que ella? Y sin embargo, vaya que se mueve. El principio del respeto por la diversidad exterior pasa necesariamente por la aceptación de la diversidad interior. Sin que cunda el pánico. Pienso en Genet, en Marguerite Duras, en Violette Leduc y brindo por las tripas, más verdaderas y más exactas que todos los personajes a los que intente responder el portador de las tripas.

El lunes, en algún plano de la realidad, el licenciado se va a trabajar y la señora de tal acompaña a los niños a la escuela. Manolo, con saco y corbata de moño, sirve las mesas. La vida-vida cree que se impone. But anyway, y contra todos los discursos que intenten convencernos de lo contrario, ya sabemos que las mejores peras las ofrece el olmo.  n

María Teresa Priego. Escritora.