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El último de los placeres

Gastronomía

La poesía

Por Alma Guillermoprieto

Cantemos ahora loor a nuestros poetas de la cocina, a aquellos honrados herederos de Amado Nervo y Guillermo Prieto que fueron capaces de entender que del hambre al placer no hay más que un paso, que del placer a la lírica sólo es un brinco y que, al mismo tiempo, hacer un buen verso, como hacer un buen caldo, no es cuestión de enchílame otra. Dígalo si no quien se ha devanado los sesos buscando el ritmo preciso, el adjetivo acezante para entonar las urgencias del hambre y no fue nunca capaz de este verso:

A comer pancita,

Con los agachados,

¡Que vengo muy crudo!, ¡ay!

Así cantaba Tin Tan, quien siempre tenía hambre y siempre cantaba. Y que en este largo y retrocante boogie-woogie orquestado con mariachis (Tin Tan y su carnal Marcelo. Vol. 2) se sumergía en el ensueño de un puesto de comida y de su propietaria, que tenía una pancita muy bien calientita, con su callito —¡sabroso!

Y que tenía aún mejores encantos, como por ejemplo ..mole de olla Sazonado con cilantro, Con su rama de epazote, Con su flor de calabaza, Xoconostle y verdolagas. Frijolitos calduditos Con chilito picadito. Tortillitas calientitas, ¡Sacaditas del comal!

Esta estrofa es de la particular predilección del director de esta revista, y quien no lo ha visto entonarla en karaoke con Tin Tan, pulsando un bajo imaginario para marcar el compás del boogie-woogie, no sabe lo que es emoción. Hace algunos años La Maldita Vecindad también la anduvo cantando en algunos conciertos por ahí —aunque nunca la llegó a grabar— pero su versión palidece al lado de la de Luis Miguel Aguilar.

A primera vista parece extraño cantarle a la comida, pero basta contemplar a un niño de pecho canturreando dormido después de una buena cena para entender que lo extraño es guardar silencio. De niña, hubo que entablar sordas luchas conmigo hasta que acepté que debía controlar mis arranques líricos en la mesa. Décadas más tarde, entiendo que mi impulso no era aberrante: si ya existía un refrán admonitorio —el que come y canta, loco se levanta— es que yo no inauguré el pecado. Y si el arte es represión sublimada —transustanciada, mejor— habrá que pensar en los coscorrones que le dieron al que exaltó para siempre el santo olor de la panadería, y al autor de este poema:

Brindo por la buena mano que el mole supo guisar: no me canso de elogiar este plato mexicano.

Ni en el angloamericano y ni aun en París de Francia, pueden tener la jactancia de hacer plato tan sabroso, que a mí me llena de gozo por su sabor y fragancia.

Tampoco Homero deja pasar un festín sin detenerse la carne que se asó en las brasas y la ofrenda del corte más sabroso y gordito que se le hizo a los dioses en medio de tanta guerra y horror. Pero es notable que le canta, de verdad, a la comida, en una ocasión muy diferente. Es cuando Ulises, devuelto finalmente a su pobre, pedregosa, bienamada isla, pero todavía de incógnito ante los pretendientes que le han puesto sitio a su palacio y a su mujer, come por primera vez desde su regreso a Itaca. Ya sabe que Penélope le ha sido fiel, ya viene en camino su hijo para ayudarlo a derrotar a los pretendientes, ya está en su patria y ahora un súbdito leal, el hombre que le ha cuidado su cría de cerdos durante tantos años, le va a dar de cenar:

[Eumeu, su anfitrión] se fue a las pocilgas donde estaban las piaras de puercos, volvió con dos y a ambos los sacrificó, los chamuscó y después de descuartizarlos los ensartó en los asadores; cuando la carne estuvo asada, se la llevó a Odiseo, humeante aún y en los mismos asadores. La espolvoreó toda con granos martajados de cebada, echó en una copa de hiedra vino dulce como la miel [y sentóse frente a Odiseo, invitándole..]

Homero se detiene apenas un par de líneas más de lo que acostumbra para contarnos esta cena pero, como diría otro perenne hambriento, ahí está el detalle. Digan si con esos granitos martajados no queda en feliz hermandad con Prieto, el autodenominado «¡Homero del lépero y la china., el cantor de la alcoba y la cocina!», y con Tin Tan, que con la boca ya naufragando en saliva exalta el Chicharrón muy picosito, como a mí me va a gustar, chayotitos muy tiernitos en su mole de pipián, Romeritos calientitos, ¡con tortas de camarón!

En hermandad, es decir, con todos los que no sabemos hacer mejor cosa ante una buena mesa que cantar su gloria, aunque sea con nuestra pobre lira desentonada.   n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Entre sus libros, Samba (Knopf, 1990) y The Heart that Bleeds (Knopf, 1994).