Los encargados de la Finca Vigía de las afueras de La Habana, donde Ernest Hemingway vivió y escribió Por quién doblan las campanas, cuentan a los visitantes la historia de los gatos. En el piso intermedio de la torre donde escribía, Hemingway llegó a tener cuarenta gatos. La finca tiene tres lápidas que recuerdan la fecha de partida y los nombres de los tres perros que murieron ahí. No hay nada igual sobre los gatos. Cuando moría alguno, Hemingway se reservaba la tarea de enterrarlos y lo hacía por la noche, a salvo de la mirada de parientes y sirvientes, en lugares que sólo él sabía y que permanecen desconocidos. Entre los gatos hubo uno loco, que atacaba a los demás, hería a las hembras y desollaba a sus rivales machos. Una y otra vez, saltaba sobre los otros, interrumpía sus mansas convivencias o sus ruidosos apareamientos con su furia incesante, caprichosa y salvaje. Conforme creció, se hizo monstruoso, más fuerte y agresivo que ninguno, como un tigre vuelto gato, inconforme con su suerte. En su enésimo hecho de riña y sangre, Hemingway tomó la decisión de sacrificarlo para conservar a los otros. Los sirvientes se ofrecieron como ejecutores. Hemingway los detuvo: “A los míos los mato yo”, dijo y se recluyó en la torre con el gato loco y una botella de whisky. Bebió whisky y acarició al gato, hasta que puso una escopeta sobre su cabeza y disparó. Los sirvientes subieron atraídos por el disparo. Encontraron a Hemingway llorando junto al gato.

 

Héctor Aguilar Camín

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