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América

Pensando el 2050

Por Héctor Aguilar Camín

La revista Time invitó a Héctor Aguilar Camín a que imaginara el continente americano en el 2050. Sus predicciones aparecieron publicadas en el mes de mayo y se concentran en un punto: «la mitad del siglo entrante no está muy lejos».

El futuro es lugar de prodigios y sorpresas. Cuando llegue el momento que imagina este artículo, en el año 2050, tendré ciento tres años. Madonna será sólo un poco más joven que eso y Leonardo de Caprio estará en edad de recordar la época en que finalmente tuvo edad para actuar Rey Lear. La mitad del siglo entrante no está muy lejos. Está tan lejos de hoy como el año en que nací, que me parece un parpadeo. Pero todo habrá dejado de ser para entonces lo que era, lo que es hoy: será radicalmente de otro modo. Al menos para Madonna, para Leonardo y para mí.

La América Latina, del río Grande a la Patagonia, tendrá 600 millones de habitantes y América del Norte otros 600, de los que 160 serán mexicanos. Habrán desaparecido de nuestro hemisferio varias lenguas, algunos países y todas las monedas menos una. El continente será bilingüe y multicultural, tal como tienden a serlo sus ciudades mayores, de Nueva York a Río, de Buenos Aires a Miami, de la Ciudad de México a Los Angeles.

Si las cosas siguen como van, dentro de medio siglo el hemisferio occidental seguirá siendo el lugar de las desigualdades: países ricos y países pobres, élites cosmopolitas y multitudes provincianas. Pero será también el lugar de la mezcla y la migración, el lugar del asalto a las fronteras del bienestar para millones de hombres y mujeres picados por la fiebre del futuro y decididos a buscarlo donde brillan las luces de la prosperidad.

Al pobre paso que lleva, México tardará setenta años en alcanzar el nivel de vida que tienen hoy los Estados Unidos. Para entonces los Estados Unidos estarán por lo menos una vez arriba del nivel de vida que tienen hoy, pero tendrán viviendo en su territorio, como parte de su pobreza y su riqueza, a treinta o cuarenta millones de mexicanos. Y otros tantos de otras nacionalidades latinas. Hacia mediados del siglo entrante, por cada quince personas que trabajen en los Estados Unidos, estarán jubiladas diez. La americana será una sociedad de rentistas viejos, jóvenes adultos y profesionistas de edad madura. Como en sus años de fundación en los de su madurez necesitará del resto del mundo energías jóvenes y ambiciones sin colmar.

Puedo imaginar un gigantesco mercado común, con la cabeza y los hombros en los Estados Unidos, la cintura, las caderas y la mitad de sus consumidores en México, Centroamérica y el Cono Sur. Puedo imaginar sobre ese cuerpo una población en perpetuo movimiento por razones de trabajo, estudios, placer y negocio, una colección de países en los que lo global se habrá vuelto local y lo local, global.

El dólar será la moneda única, la pobreza y la riqueza se medirán por la capacidad de las familias de recibir y procesar información en sus computadoras. El progreso atado a ese nuevo panteísmo que llamamos ecología, habrá resembrado en el continente sus enormes bosques originarios, habrá limpiado sus litorales y sus aguas, y devuelto el equilibrio delirante de sus faunas y floras.

Los libros de papel habrán desaparecido, junto con los autos de gasolina y el cáncer de mama y otros destinos genéticos, borrados al nacer y antes de nacer sus portadores. Mis nietos empezarán a vivir en las primeras décadas del siglo la vida centenaria que yo no tendré, las mujeres serán por fin la mitad y algo más en todos los órdenes del amor y el trabajo, y los viejos de sesenta años estarán a la mitad y no en el último tercio de la vida.

¿Cómo será la vida diaria? Más conectada que nunca a vidas remotas, tan próximas a nosotros como puedan serlo la instantánea comunicación de cuerpo entero por internet y canales de video.

¿Habrá un abismo cada vez mayor entre los privilegiados y los excluidos? Sí. Habrá un abismo de conocimiento y bienestar entre el punto más alto de la riqueza y el punto más bajo de la pobreza. Pero la riqueza total del mundo será mayor y entre el punto más bajo de la pobreza de hoy y el más bajo de la pobreza de mediados del siglo XXI habrá también otro abismo, tan grande cualitativamente como el que pueda haber entre el más grande de los ricos de hoy y el más grande rico de hace cincuenta años.

¿Se recluirán los ricos en comunidades incluso más cerradas y herméticas por temor al crimen? Los ricos inventarán nuevos shangri lahs vedados a las desgracias que no sean de su propia invención, y el mundo seguirá golpeando y asediando sus puertas con los fantasmas de la mendicidad, el odio, la envidia, la adulación y la amenaza.

¿Aumentará una clase media internacional y activa; una clase media cuyos intereses económicos y cuya identidad cultural estarán más conectados con intereses globales que nacionales? Viviremos los tiempos de la primera generación de clases medias americanas nacidas en todas partes del mundo. Usos, modas, gustos, costumbres y noticias serán globales. Pero la patria seguirá siendo irreductiblemente mínima y local, teniendo el sabor de las cosas que comimos en la infancia y el color y la forma de las cosas a las que abrimos los ojos por primera vez.

¿Encontrarán los pobres, mediante alguna forma de reparación política o algún proceso de migración y retorno, un camino para llevar de regreso a casa la estructura social? Los pobres migrarán con su casa a cuestas. El siglo XXI les será favorable porque será un siglo de vastas migraciones y fronteras porosas, de mercados globales, nacionalidades mixtas, residencias múltiples. Una nueva riqueza disponible para los pobres será el achicamiento cultural y tecnológico del mundo. Podrán quemar etapas, cruzar en una generación varias épocas históricas, pasar de la comunidad prehispánica a la aldea global, como pasan hoy los migrantes mixtecos de las montañas de Oaxaca: del mixteco al inglés sin aprender el español, de su pueblo rural a Los Angeles sin detenerse en la Ciudad de México. Todas estas cosas nuevas y portentosas, previsibles y fantásticas pasarán o no. Como enseña la historia, el futuro es lugar de prodigios y sorpresas. Algunas cosas fundamentales podemos sin embargo tener por seguras. Entre ellas, las siguientes:

Las ballenas seguirán refugiándose en las aguas del golfo de California para parir. Las mariposas monarca seguirán plegando sus alas en su santuario de Michoacán. Las mujeres seguirán sufriendo por la frialdad de los hombres y los hombres por la indiferencia de las mujeres. Los novelistas seguirán contando historias de amantes desdichados y familias extraordinarias. Los poetas seguirán viendo a través de la niebla y Mozart sonando a través de los tiempos. El Gran Cañón y los sequoiahs milenarios de California apenas habrán sentido en su epidermis la adición milimétrica del tiempo.            n