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Vida pública

Mercado mundial. Viejo y nuevo apocalipsis

Por Jorge Semprún

A partir de este número el lector encontrará una nueva entrada a la revista Nexos. Vida pública recoge, amplía y afina las dos zonas con que Nexos solía abrir sus páginas: el Cuaderno de Nexos y Cabos sueltos. El Cuaderno de Nexos ha cumplido su función durante más de diez años como un espacio de análisis para la coyuntura política de México y el mundo. Es la hora de ir más allá de esa coyuntura y atender los temas de la vida nacional e internacional con una perspectiva de análisis y filo crítico que ofrezcan al lector materiales más idóneos en un mercado editorial muy competido por la abundancia de publicaciones periódicas. Por su parte, muchos de los materiales de Cabos sueltos —sobre todo traducciones y textos diversos bajo el formato del ensayo breve— tendrán un acomodo natural en las páginas de Vida pública. En Vida pública el lector seguirá contando con los colaboradores habituales que durante estos años hicieron posible el Cuaderno de Nexos.

Esta es una reflexión breve sobre el tema de la amnesia que padece mucha gente que cree, o parece creer, que la mundialización es un proceso, una especie de cataclismo, que caracteriza el momento actual. Quienquiera que haya sido el inventor del término, quienesquiera que sean los especialistas de su divulgación, o los filósofos neoliberales, lo cierto es que se trata de un término y un cataclismo recientes.

Es evidente que detrás hay todo un proceso histórico. No voy a remontarme al descubrimiento de 1492, sino al siglo XIX. Y al hacerlo, me veo obligado a referirme a Marx. Sé que para muchos Marx no es más que un fantasma del pasado. Pero yo creo que hay que ser consciente de dos cosas al mismo tiempo: de que el marxismo revolucionario es un fantasma del pasado, un fantasma sangriento, y de que Marx es un pensador vivo. Hay que intentar restablecer una visión dialéctica, y por lo tanto contradictoria, de la realidad, y aquí quiero citar muy brevemente la frase que creo es la más dialéctica del siglo XX, y que no es obra de un marxista, ni siquiera de Mao, el «Gran Timonel», sino de un escritor norteamericano decadente. En una novela cuyo tema no es en absoluto la filosofía, Fitzgerald dice, cito de memoria, «lo característico de la auténtica inteligencia es funcionar basándose en dos ideas contradictorias: que las cosas no pueden cambiarse, y, a pesar de ello, estar decido a transformarlas». Es el optimismo de la voluntad.

Así que es necesario pensar en términos contradictorios. Es decir, la muerte del marxismo y la vitalidad de algunas ideas fundamentales de Marx. Esto también puede resultar útil para adquirir una visión crítica de la sociedad actual. El Manifiesto Comunista data de 1848, así que cumplió ya su 150 aniversario. Si bien es cierto que éste no es un seminario sobre el Manifiesfo Comunista, cabe recordar dos o tres de los textos fundamentales. Uno de ellos es precisamente el elogio, la exposición, y el ditirambo de la mundialización; la exposición de Marx sobre la novedad que supone la industrialización del mundo, la difusión de las técnicas de producción y lo que él llama la estrechez nacional provocada por el establecimiento del mercado mundial.

Podría casi afirmarse que para Marx el mercado mundial sustituye un poco al «espíritu del mundo» de Hegel. No es necesario que nos explayemos sobre este periodo, pero cabe recordar a los extremistas contrarios a la globalización de hoy en día que se trata de la tradición de visión positiva de la globalización, marxista y de izquierdas, cualquiera que sea el matiz. Pero quiero añadir al mismo tiempo el siguiente corolario: para Marx esta visión es positiva, porque para él la mundialización es el paso previo para la revolución. Más adelante volveré a referirme a este aspecto.

Marx dice incluso algo que haría hoy estremecerse a algunos de los partidarios de la excepción cultural, sobre todo cuando la excepción cultural no se considera europea sino nacional; es decir, la excepción cultural, por ejemplo francesa, que se difunde en toda Europa. Marx habla del concepto de literatura mundial, que surgirá en el futuro, y que no significa lengua universal, sino el intercambio de valores literarios universales en las lenguas nacionales. Este concepto tiene aún vigencia y se refleja en la realidad.

Después Marx comienza un proceso de reflexión, y empieza a escribir El Capital, obra que no terminará, como ustedes saben, sino hasta diez años más tarde. Este proceso de reflexión dará lugar a un libro que es un borrador de El Capital y que no se publicó hasta mucho más tarde y en circunstancias que no favorecieron su difusión entre la inteligencia de izquierdas. Se publicó en 1939 y en 1941 en Moscú: Los fundamentos de la crítica de la economía política. Pero no era el momento oportuno para que esta obra pudiese impregnar el pensamiento occidental y mundial. Ni tampoco después, en 1953, tras del muro de Berlín, o mejor dicho, tras del futuro muro de Berlín, en la Alemania del Este. Es decir, no se dieron las condiciones idóneas para que este libro pudiese difundirse y comprenderse.

Marx tiene una visión apocalíptica del tiempo histórico. Y una vez que ha elaborado el concepto de capital, de mercado mundial, de capital en general, que es un concepto con más vigencia hoy en día que en la época de Marx, cree que ya está todo hecho, que la revolución es una realidad. En octubre de 1857 escribe a su antiguo amigo Engels cartas que son una obra de arte de comprensión, solidaridad e intercambio de noticias, una obra de arte de la literatura mundial. Marx escribe a Engels para decirle que «estoy trabajando como un loco para terminar mi libro sobre economía política, para que me dé tiempo de acabarlo antes de que el sistema se derrumbe». Era en 1857.

Un año más tarde, en diciembre de 1858, en una carta excepcional, Marx hace un poco el balance de su trabajo. Dice: «está claro que la burguesía está experimentando un nuevo renacimiento, un nuevo siglo XVI. Porque ahora el mercado mundial existe de verdad. Con la apertura de California y de Japón al mercado internacional, la mundialización es un hecho. Por eso la revolución es inminente. Y adquirirá inmediatamente un carácter socialista. El único problema, y te pregunto tu opinión al respecto, es ¿cómo podrá resistir la revolución en un rincón del mundo tan pequeño como es Europa?».

Como ven ustedes, Marx destruye la teoría del socialismo en un solo país un año antes de que sea enunciada. El último trabajo teórico de Stalin, teórico con comillas o sin ellas, según se acepte su calidad de teórico, se llama Problemas económicos del socialismo, y en él se constata la existencia de dos mercados mundiales. No existe un mercado mundial, sino dos. Y es el mercado mundial socialista el que se acabará imponiendo al mercado mundial capitalista. Como ven ustedes, esta teoría está muy lejos de Marx y del mercado mundial.

Sin embargo, dicha visión apocalíptica es la base de la teoría marxista revolucionaria de la crisis. Marx no es el responsable de los gulag. Pero Marx es responsable de la teoría revolucionaria de la crisis que ha resultado nefasta para el movimiento revolucionario y, sobre todo, para el leninismo. Cualesquiera que sean los descubrimientos y los estudios de detalles concretos realizados al respecto por los economistas marxistas, sabemos que se trata de una experiencia del siglo XX que hoy resulta clara. Y hay que decirles a algunos doctrinarios de izquierdas que la crisis final del sistema no va a producirse. Y a los doctrinarios de derechas hay que decirles que la crisis no se acabará nunca. Ni crisis final ni fin de la crisis. La crisis forma parte del propio funcionamiento del sistema capitalista.

Así pues estamos hablando de este libro: Los fundamentos de la crítica de la economía política, que en parte es un producto de esta especulación apocalíptica, y en parte tiene hoy más vigencia que en la época en que Marx escribió el libro.

En este libro hay una veintena de páginas sobre la función de la tecnología que. evidentemente, para Marx no podía traducirse en autopistas de la información ni en microprocesadores; su inteligencia no era tal que pudiera inventar esas cosas, sino que tratan de la función fundamental de la tecnología, de la ciencia y del saber. La productividad y la invención de la plusvalía relativa está vinculada, para Marx, al desarrollo de todo esto en la productividad del trabajo. Estas son las páginas que hoy tienen más vigencia que en la época en que las escribió Marx.

Entonces, ¿cuál es la situación en que nos encontramos? Nuestra situación, y cuando digo «nuestra» me refiero al pensamiento de progreso sin caer en las trampas de la ilusión del progreso; progresista, de izquierdas y no sectario. Un pensamiento de izquierdas que, por supuesto, abarca a la familia socialista y socialdemócrata. ¿Cuál es nuestro problema en la actualidad? El problema es que la crisis no ha tenido lugar, pero sí la revolución. Es decir, nos encontramos en un momento en que las tesis de Marx sobre la mundialización se plasman en la realidad, pero no en su totalidad. Armand Mattelart tiene razón cuando dice que no estamos en absoluto al final, sino al principio del auténtico proceso de globalización. Las tesis fundamentales llegan a la madurez, sin que por ello nos encontremos en la la antesala de la revolución.

Si las épocas históricas se distribuyesen por las habitaciones de una vivienda, no sé cuál de ellas correspondería a la época actual. En todo caso, no sería la antesala. Podría ser la habitación donde se encuentra la capilla ardiente, donde se vela el cadáver de la revolución. Puede que sea ahí donde nos encontramos.

La revolución no ha tenido lugar, y la alternativa es muy simple: o es el sistema, y cuando digo el sistema quiero decir el sistema de producción de mercancías, el sistema capitalista mercantil, el que se está desarrollando en estos momentos; o es la economía de mercados dirigida por sus fuerzas la que resuelve la crisis actual, y la resuelve a su manera, es decir, con una brutalidad inaudita, mediante la exclusión, el desempleo, etc. O bien, en el contexto de la objetividad del proceso, surgen fuerzas que influyen en el sistema.

Creo que a este respecto, Felipe González ha dado ideas y pistas que pueden estudiarse y desarrollarse. La alternativa es que modifiquemos el sistema, sabiendo que la economía de mercado no puede superarse en el momento actual, pero que esta misma economía reproduce a cada instante, cada minuto que pasa, desigualdades, injusticias, monopolización a todos los niveles, no solamente en la economía sino también en la cultura. Es un problema de estrategia, y no sólo de antropología o arqueología. Se trata del problema de la estrategia que debemos elaborar.

Aludo rápidamente a un tercer aspecto: el Estado-nación. Creo que desde el punto de vista cultural, hoy en día es necesario pensar en conjuntos. En nuestro caso, contamos con el conjunto europeo que es una tradición contrastada, una tradición contradictoria, de liberación y de opresión. En la medida en que Europa exporta valores liberatorios, también exporta colonias y opresión.

Tenemos, pues, a Europa, y quisiera que, sin que nos olvidemos de que existen otros conjuntos en el mundo, reflexionáramos un poco en tanto que sudeuropeos sobre lo que puede ser Europa desde el punto de vista cultural.

Sin querer ser pedante, me veo aquí obligado a recordar a un viejo filósofo judío, apartado de las universidades alemanas por Hitler, al que dedicó su primer gran libro, aunque después Hitler hizo borrar su nombre de la dedicatoria porque el autor era judío. En una conferencia celebrada en 1935, este autor hablaba ya de la necesidad de que exista una cierta supranacionalidad. Esa es la palabra clave para que Europa se convierta en un símbolo espiritual que pueda volver a despertar cultural- mente. El libro se escribió en Viena en 1935. Lo editó ese mismo año en Viena y en Praga, al alba de la barbarie generalizada, tres años después de que Hitler llegara al poder. Se trata de cosas muy importantes. Por nuestra parte, deberíamos hacer nuestra la labor que realizaba este viejo filósofo, porque hay un proceso en marcha, el proceso de la construcción de Europa.

En este sentido es necesario ser conscientes de que la Europa cultural es la diversidad, y nunca la excepción cultural de un país que se impone a las demás excepciones culturales. Europa será la diversidad o no será. Desde el punto de vista cultural, es evidente: no existe una lengua única ni un mercado único. Y además hay una cosa que tiene que estar clara: no debemos olvidar nunca, y nuestros amigos intelectuales europeos lo olvidan a veces, según de qué país se trate, que el inglés también es una lengua europea, que no es sólo la lengua del imperio, sino también la lengua de Inglaterra. Es también una lengua europea y, si Europa existe, es porque ha habido un país democrático que se llama Inglaterra que se resistió él solo a todos los totalitarismos desde 1940 a 1941.

Por lo tanto, aunque los ingleses mantienen relaciones conflictivas con Europa, son ellos los que fundaron Europa. Una tarde, durante una cena privada, oí cómo el canciller Kohl se lo recordaba a un inglés muy antieuropeo, «pero si han sido ustedes los que han inventado Europa resistiéndose a Hitler e impidiendo el desembarco de Hitler, son ustedes los que fundaron Europa en 1940».

Es una referencia histórica habitual en él, pero que sigue teniendo vigencia. El inglés es también una lengua europea, no sólo la lengua del caballo de Troya. Y si se quiere, es la lengua de Europa también de cara al mundo entero. Evidentemente, la cuestión es compleja y a veces sorprendente.

Voy a terminar con una paradoja. La paradoja de que la modernidad del siglo XIX, desde el punto de vista cultural, sea la modernidad jacobina-bonapartista. Fue la gran fuerza modernizadora del siglo. Es la invención francesa de la modernidad, a través del jacobinismo o el bonapartismo; en definitiva, a través de la visión del Estado central. Desde el punto de vista cultural, no debemos olvidar nunca que el ministro de Educación Nacional, o como se decía entonces, de Instrucción Pública, pidió en 1932 a los maestros de escuela que erradicaran totalmente la lengua bretona para imponer a todo el mundo el francés como lengua cultural. La palabra erradicar consta en la circular.

Y puede ser que precisamente el arcaísmo auténtico de España, el arcaísmo que después plasmó la dictadura franquista a través de estructuras burocráticas y opresivas, haya sido el que haga posible que hoy en día sea más fácil ser catalán y europeo que bretón y europeo.

Por eso es necesario reflexionar tanto sobre el lado positivo, necesario, de la movilización del capital humano por parte del Estado, como sobre el lado negativo que ha tenido este tipo de modernización. Y además es preciso restablecer, mantener y desarrollar la unidad cultural de Europa a través del respeto de la universalidad de las lenguas. Se puede perfectamente hacer cine europeo, hablar en checo, en eslovaco, en español, en francés y en inglés, sin que por eso se trate necesariamente de un sistema de coproducción, sino de un sistema de creación cultural a partir de valores que son fundamentales tanto política como culturalmente.         n

Jorge Semprún. Escritor. Es autor, entre otros libros, de La escritura o la vida. Esta es una versión inédita y revisada de la intervención (3 y 4 de abril de 1998) de Jorge Semprún en el seminario «Globalización e identidad cultural» organizado por la Comisiónde Progreso Global, que preside Felipe González.