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Elogio del seudónimo

Por Adolfo Bioy Casares

Tal vez porque no pueda ocultarse en la obra, el ensayista suele ocultarse en el título. El género ha florecido al amparo de seudónimos. Mucha gratitud debemos al Tatler, al Spectator, al Rambler, al Idler, al Adventurer (verdaderos seudónimos colectivos), a Bickerstaff y a Wagstaff, a Lien Chi Altangi, al English Opium Eater. Pero en el mundo en que vivimos la mayor aspiración es la seriedad —la honestidad y la inteligencia se desechan por utópicas— y el empleo del seudónimo ha caído en descrédito. Esto es lamentable. Wilde ha señalado que nunca una persona es menos sincera que al hablar en su propio nombre. Agrega: «Dadle una máscara y dirá la verdad». Para defender un nombre en la vida debemos empobrecerlo en las letras. Un seudónimo, por transparente que sea, cumple una función liberadora. Y es seudónimo de X; en principio, no hay motivo para suponer que las opiniones y el estilo de Y sean las opiniones y el estilo de X. Cuando firma Y, X ya no es el pequeño dios, infalible e inobjetable, a quien la vanidad reduce a la impotencia; ya no es el pequeño caballero a quien todos ponderamos; ya no es el autor cuidadoso de su prestigio; es un pensamiento sin más amo que la verdad, es un texto solo.

Para regresar al ensayo diré algo más sobre el seudónimo. A través del seudónimo el ensayo se vincula con la novela. Es natural que la persona que inventa un nombre quiera inventar un hombre. Addison y Steele, por ejemplo, al atribuir a los miembros de un imaginario club de amigos los ensayos del Spectator, crearon personajes y urdieron ficciones. Es verdad que hicieron algo más: inventaron nuevos tipos de ficciones.

Adolfo Bioy Casares: «Ensayistas ingleses», en La otra aventura, Buenos Aires, Emecé, 1983, pp. 68-69.

Limerick

Quisiera ser canfinflero para tener una mina, metérsela con benzinay hacerle un hijo aviador para romper el recor de la aviación argentina.

(Atribuido a Adolfo Bioy Casares).