Frente Nacional Opositor: En la ruta falsa

Por Gilberto Rincón Gallardo

La formación de una coalición total que una a todas las oposiciones al PRI, y tenga como eje la alianza PRD-PAN, en el marco de la competencia por la sucesión presidencial, es, hoy por hoy, un tema central en el debate político, de cuyo desenlace dependerá buena parte de la conformación del escenario electoral del año 2000, que pondrá en juego la presidencia de la República por primera vez en la historia contemporánea de México.

En el emplazamiento lanzado por el PRD para formar un frente nacional opositor, se insiste en que la única posibilidad de acabar con la larga inercia autoritaria del PRI está en formar una alianza en torno a un candidato con suficiente fuerza como para concitar el mayor apoyo ciudadano posible.

En el PAN y el PRD existen posiciones que abogan por una candidatura común a la contienda presidencial: sin embargo, rápidamente se enfrentan a la enorme dificultad que representa el hecho de que tanto el PAN como el PRD tienen candidaturas consolidadas que reclaman la bandera de una oposición con capacidad de triunfo y ambos, además, son adversarios naturales de orden primordial en la confrontación política nacional. La candidatura de Vicente Fox lleva un camino andado de tres años en esta empresa y ha formado, inclusive, una fuerte estructura orgánica propia. El PRD, por su parte, es un partido que se ha construido durante diez años alrededor de una idea: armar la plataforma que dé sustento a una Presidencia de la República conquistada por Cuauhtémoc Cárdenas.

En esta ruta, el Partido de la Revolución Democrática lanzó la iniciativa de un frente nacional opositor y emplazó al Partido Acción Nacional a algo que más parece una coartada para responsabilizar a ese instituto político por su falta de decisión de liquidar al PRI.

Un día antes de la reunión de Zacatecas, donde se emprendió la marcha a la Constitución del Frente Nacional Opositor, el dirigente nacional del PRD, en referencia al PAN, reiteró en una nota publicada en el periódico Reforma: “si ellos se sienten más obligados consigo mismos que con el pueblo de México, pues es problema de ellos”. Y a renglón seguido dice la nota: “advirtió que en caso de que el PAN se rehuse a ir a una alianza, el PRD convocaría a los disidentes panistas para que se unieran a la coalición”.

¿En qué país se ha visto que la búsqueda sincera de una alianza vaya acompañada de una acusación anticipada de culpa por la cual le caería al convocado el peso de la historia en caso de no aceptar y que, además, junto con la convocatoria vaya la amenaza de dividirlo si opta por la negativa?

El 15 de mayo en Zacatecas asomó el inicio del frente opositor en un acto del PRD acompañado por el Partido del Trabajo y Convergencia Democrática en donde el nuevo estratega del cardenismo de hoy, Ricardo Monreal —según el periódico Reforma del día 16— “advirtió que el candidato de la alianza ya está y lo único que falta es un proceso de elecciones primarias que legitime el abanderamiento de Cárdenas”.

La dirigencia nacional del PRD ha declarado que, para definir su estrategia electoral, sólo está a la espera de la respuesta panista. El PAN, por su parte, ha nombrado una comisión que se encargará, sin poderes de decisión, de recabar información acerca de todas las vías de coalición que sean posibles a fin de dotar al partido con argumento para decidir al respecto. A la fecha de escribir este comentario, Acción Nacional no ha respondido que sí a la coalición. Tampoco ha dicho formalmente que no.

Una respuesta favorable a esta proposición sólo podríamos imaginarla en el caso de un acontecimiento extraordinario que no ha ocurrido. Ahora no se ve nada que indique la probabilidad de que Acción Nacional comience a caminar por esa ruta.

Aunque no existe un impedimento real para la formación de una coalición PAN-PRD, la obligación legal de que las coaliciones actúen como si se tratara de un único partido supone sacrificios impensables tanto en uno como en el otro. El PRD sigue actuando sin concreción alguna, bajo la supuesta sombra de la expectativa de alcanzar el poder presidencial; razón única para animar la decisión a favor de la candidatura común. No obstante, la simple aritmética electoral puede no ser tan suficiente si el propósito fuera visto en su complejidad a partir de la realidad; por ejemplo, un proyecto de alternancia medianamente funcional y con cierta identificación en el rumbo por el que debe caminar el país, para dar a ese proyecto una congruencia elemental.

Una política de alianzas, aquí y ahora, no sólo debería suponer un nuevo reparto del poder, sino también, y sobre todo, una serie de proyectos agregados y compartidos que puedan generar soluciones congruentes para los grandes problemas  socio-económicos del país. El gran dilema para el PRD y el PAN reside, precisamente, en que sus respectivas identidades e historias políticas hacen muy difícil tal identificación, que vaya un punto más allá de la derrota del PRI.

Ciertamente, el PAN y el PRD parten de una certeza básica: las elecciones del año 2000 son una oportunidad inédita para desalojar al PRI del poder. De hecho, todas las expresiones opositoras en su conjunto —anteriores y nuevas— comparten la percepción de una debilidad priista que implica, por primera vez en la historia moderna del país, la posibilidad de que el PRI pierda el poder presidencial. En este sentido, el antipriismo que une al PRD y al PAN es la otra cara del convencimiento de que ha llegado la hora de la alternancia en el Ejecutivo Federal. Cada uno de estos partidos se siente abocado a ser el sucesor que concrete la fase final de la democratización del país.

Existe, además, otro elemento que pesa mucho en esta convocatoria: la posibilidad de que una competencia entre los tres partidos mayores, actuando por separado, conduzca a una nueva victoria del PRI y, por tanto, a la recomposición de su dominio. La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿tal coincidencia en un elemento negativo, el antipriismo, es suficiente para dar lugar a un proyecto de gobierno capaz de generar la fortaleza institucional que el país requiere en la transición democrática mexicana?

El antipriismo que sostiene este proyecto de coalición no es tan homogéneo como pudiera creerse. Aunque, en efecto, el PRD y el PAN buscan la derrota del PRI bajo el efecto del triunfo electoral de cada uno, sus razones son distintas. Y esta diferencia es crucial, porque en ella reside el verdadero límite para cualquier acuerdo político entre ambas formaciones. El PRD echa de menos la política del nacionalismo revolucionario, es decir, el modelo paternalista, corporativo y populista fomentado por el general Cárdenas en los años cuarentas y que llegó a su límite histórico hacia 1982. El PAN.  Por el contrario, ve en ese modelo el mayor riesgo para la modernización y consolidación democrática del país. Las conductas recientes de cada partido respecto del Fobaproa. Los presupuestos federales y, en general, del modelo económico y financiero que debe prevalecer en el país, son el mejor ejemplo de la brecha que existe entre ambos partidos. En este terreno, el PAN ha estado mucho más cerca de las últimas reformas que han abierto el rumbo de la modernización económica emprendida por los últimos tres gobiernos. Del otro lado el PRD nació como antítesis de este rumbo y ha visto su razón de existir en la conversión en su contrario, a costa, muchas veces, de su propia propuesta en positivo. ¿Por qué, entonces, una candidatura común habría de borrar las profundas diferencias de identidad política entre las dos principales fuerzas de las oposiciones? Más aún, ¿por qué habría de construirse una coalición electoral sin una serie indispensable de políticas públicas viables para la nación?

A las puertas del siglo XX, no puede negarse que México requiere una alternancia en el poder presidencial. La liberalización política del país podrá culminarse si, gracias a los recursos democráticos, la inercia autoritaria del PRI llega a su fin. No obstante, una alternancia sin programa sería una alternancia sin rumbo. La búsqueda del poder a toda costa sólo conducirá al sacrificio de la posibilidad de generar tanto las políticas de Estado como los consensos necesarios para enfrentar las grandes desigualdades sociales y el debilitamiento institucional que ya estamos padeciendo.    n

Gilberto Rincón Gallardo. Director de Democracia Social.