Ambiciones imperiales

Por Eduardo Limón

La saga de La guerra de las galaxias continúa. La nueva trilogía inicia con La amenaza fantasma. un regreso a los orígenes de la historia, antes del Imperio, antes de Darth Vader. Hace mucho, mucho tiempo, en un cine lejano (el ahora extinto Pedro Armendáriz, o en algún multicinema horroroso de Plaza Universidad), quienes hasta ese momento sólo habíamos tenido acceso al entusiasmante terreno todopoderoso de los efectos especiales y la ciencia ficción —el mejor coctel alborotador de las neuronas infantiles que deben acompañarnos para toda la vida—, gracias a Los Invasores, Perdidos en el espacio y, más adelante, Fuga en el siglo XXIII, atestiguamos, con los ojos bien abiertos, que las cosas en el universo de nuestra psique ya no serían iguales. Había llegado la alucinante mitología de La guerra de las galaxias, y con ella naves creíbles, armas envidiables y el descubrimiento de vidas heroicas en planetas de nombres hoy tan familiares como Tattooine, Alderaan, Endor…

Concebida bajo los auspicios de la mente enfebrecida de un cineasta desconocido (sólo asomaba del anonimato por su cinta producida a guisa de trabajo de tesis THX 11/38), la saga de La guerra de las galaxias contempla tres libros que contienen una tríada de episodios respectivamente, instaurados de lleno en la más pura estructura del género “capa y espada”, que cuentan la gestación, reinado y caída de una institución malévola conocida llanamente con el nombre de El Imperio, que busca el control total de la galaxia. Como en toda narración épica, el pivote contrastante lo da a la historia el grupo de guerreros bondadosos que se unen en su lucha contra El Imperio bajo el nombre de Jedis. Su misión estelar consiste en salvaguardar los principios de La Alianza Galáctica de las oscuras ambiciones imperiales. Hasta aquí, todo es más ó menos claro, pero en algún momento de la escritura a George Lucas se le ocurrió aderezar su historia con la aparición de una serie de eventos y personajes que por sí mismos han merecido ya, por separado, un lugar en la aplastante mercachiflería literaria, ingenieril y juguetera que ha representado, hasta el día de hoy para Lucas Film. Ltd., ingresos que ya superan la friolera de los 4,000 millones de dólares. De manera que tenemos frente a nosotros no sólo tres exitosas películas, sino todo un fenómeno sociólogico. Millones alrededor del planeta acamparán, formando largas filas, frente a los 5.500 cines donde se exhibirá, a partir del 19 de mayo en Estados Unidos, la primer precuela de La guerra de las galaxias: Amenaza fantasma, en funciones con la posibilidad de disfrutar del vanguardista sonido Dolby Digital-Surround EX, que contiene, entre sus deslumbrantes cualidades, una nueva serie de bocinas que, colocadas justo en la parte trasera de la sala, y añadidas a las tradicionales Subwoofer delanteras y laterales. El espectador, ávido de conocer al pequeño Darth Vader y al prototípico C3PO, podrá disfrutar la sensación de ser cruzado por los disparos láser y los barrocos transportes que emplean las criaturas que pueblan esa galaxia tan lejana que llegó para ser atisbada recurrentemente hasta bien entrada la segunda década del siglo XXI.

Ahora llevaremos a nuestros hijos, o a la aspirante a convertirse en su madre, a atestiguar que los efectos especiales siguen cambiando tan rápido como nuevas generaciones de Silycon Graphics crecen en el interior de las computadoras hollywoodenses. Quién sabe si la vida le alcanzará a Lucas; quizás en el verano del 2016 pagaremos por recibir en nuestros monitores de televisión el estreno mundial del noveno y último capítulo de La guerra de las galaxias, donde conoceremos a esa gigantesca nave con vida propia que responde al nombre de Chimera.  n