Puerto libre

Laura Díaz y Carlos Fuentes: La edad de sus tiempos

Por Ángeles Mastretta

Me maravilla Carlos Fuentes. Cada vez más, con cada novela otra vez: vertiginoso y libre, desafiante y apasionado. Por eso me alegra y le agradezco el privilegio de acompañarlo ahora en la lectura de un capítulo de Los años con Laura Díaz, libro extraordinario entre los extraordinarios libros de Fuentes. Libro entrañable, cercano, inteligente, generoso. Libro para dormir abrazándolo. Para llevarlo de un lado a otro y usarlo de talismán, igual que hacíamos, hace ya un cuarto de siglo, las lectoras de Carlos que entonces teníamos veinte años y hoy casi cincuenta. Hubiéramos querido volvernos sus personajes o dar con alguno de ellos a media calle.

¿Cuántos personajes de los creados por la imaginación aventurera y despiadada de Carlos Fuentes se han vuelto parte de la imaginación colectiva en nuestro país?

Mientras leía Los años con Laura Díaz se me aparecían en sueños sus mujeres desbordadas, sus hombres incandescentes. Al terminar de leerlo supe que me pertenecían para siempre, que el siglo de Laura Díaz era con precisión el de cada uno de nosotros, y que el mundo real puede caber como un vértigo en seiscientas páginas desconcertantes y bellas como los milagros.

Las mujeres y los hombres. El paisaje, las casas, los patios, los caminos, el polvo y los amores de cada una de las historias que hacen este libro prodigioso, se acomodan en nuestro ánimo y nuestra memoria como en el fondo de un acantilado. Pero no sólo el polvo y el aire de México, no sólo muchos de sus hombres y mujeres, no sólo su idioma más ruin, su palabra más suave, son los inolvidables personajes de este libro, sino Fuentes mismo, el narrador como testigo incansable, como el más ávido de los escuchas, como el más vehemente de los que hablan, termina por convertirse en uno de sus mejores personajes.

Sucede con muchos de sus libros, pero con éste quizá más que con ninguno. En el fondo mismo de la historia, igual en los detalles y en los guiños, aparece tramado, sin ambages, con toda claridad, el escritor, el hombre Carlos Fuentes con su voz como una espada, como una alegoría, como un ruego: aquí estoy, éste soy yo, esto tengo que decirles porque me duele y me arrebata, de estas urgencias estoy hecho y con estas historias quiero acercarme al mundo para tratar de comprenderlo y mejorarlo.

Es una bendición haber dado con Carlos Fuentes. Es una bendición compartir con él este siglo que Laura Díaz supo vivir con la plenitud y el valor de una diosa.

Casi siempre es mejor leer a un escritor que tratarlo, casi siempre es más fácil quererlo por su palabra escrita que por su voz, casi siempre admiramos de lejos a quienes nos cuesta lidiar de cerca. No es el caso de Fuentes. Tratar y querer a Fuentes, son dos cosas en una. Le agradezco a la vida y no se me ocurre cómo explicarle a él los tamaños de la alegría que es verlo ir por el mundo y por la literatura con el valor y la generosidad suyos.

Me he preguntado: ¿qué cualidades y desvarios, qué pasiones y olvidos convierten al escritor Fuentes en el personaje Fuentes? Y creo que la respuesta no puede generalizarse, que cada quien recibe sus propias claves, cada quien descifra o disfruta el enigma con lo que va encontrando en Carlos.

No puedo olvidar la tarde en que conversando en torno al tiempo, detuvo el gesto de avidez con que acostumbra mirar el mundo y dijo como si hablara consigo mismo:

—Yo lo que temo del tiempo es que no me alcance para escribir todo lo que me falta.

      —¿Pero cuánto te falta? —le pregunté.

—Muchísimo —contestó.

—¿Todavía no te basta con lo que has hecho? —le pregunté pensando en las más de diez mil cuartillas que entonces había puesto por el mundo para contarlo de una manera ferviente, intrépida. inagotable.

Fuentes tiene torcido el dedo índice de la mano derecha porque algo de sí mismo se ha negado a la modernidad implacable de su viajera vida. Así que no sólo ha escrito más de diez mil cuartillas, sino que las ha escrito en una vieja máquina mecánica y con un único dedo.

—Ya no recuerdo lo que he escrito —dijo—. Sólo pienso en lo que me falta escribir.

Yo no imaginaba qué podría faltarle, pero entonces no había escrito ni El naranjo ni Los años con Laura Díaz y parecía tener la certeza de que eso y más le faltaba.

Casi siempre los libros de Fuentes invocan su obsesión por el tiempo, pero yo sólo hasta esa tarde me di cuenta de qué manera carga este hombre con un reloj sobre los hombros.

“El talento se mide en cuartillas” decía Jules Renard para torturarse porque no era prolijo. Fuentes no puede hacerse tal crítica ni de chiste, sin embargo, está seguro de que le falta escribir mucho. No sólo no se le han acabado los temas, como les ha sucedido a otros escritores de su generación desde hace unos veinte años, sino que guarda muchos apretando su corazón. Prueba de eso es este libro que hoy nos reúne, este libro catártico, hermoso, rico, lleno de amores y trifulcas brillantes y nuevos. Este libro como escrito por un joven muy joven, por alguien urgido de contar el mundo todo, como si fuera la primera vez que lo cuenta.

Carlos tiene setenta años, se ve como de cincuenta y es dueño de un cuerpo tan incansable como el de un adolescente.

Así las cosas escribirá unos treinta años más. Lo que asegura por lo menos otras diez mil cuartillas.

¿Cuál de sus personajes ha sido capaz de una fortaleza comparable? No Artemio Cruz, y eso que fue de piedra; ni Aura que en su afán por asir el tiempo es capaz de matar lo que más ama; ni siquiera Ixca Cienfuegos que era eterno. Sí Laura Díaz: incandescente, ávida, luminosa e iluminada por la curiosidad, los amores, la urgencia de rendirle tributos a la vida. Laura Díaz es Carlos Fuentes más que ningún otro de sus personajes.

Los personajes son seres reales o imaginarios que se graban en la esperanza y fecundan los recuerdos de otros.

Para conseguir esto han sabido estar cerca, como están cerca de nosotros los hombres y mujeres que duermen o reviven en los libros.

Yo creo que Carlos Fuentes, junto con Laura Díaz, es el más bravio de sus personajes, creo que su pasión por las palabras es la más intensa de todas las pasiones que ha sabido contarnos Fuentes, creo que ha recorrido con celo y avidez cada círculo de su tiempo, creo que ha logrado quedarse como un lujo en el ímpetu y la memoria de otros.

Fuentes es un hombre que no puede separar su trabajo literario de su intensa aventura personal. Leer, imaginar y revivir Los años con Laura Díaz arraigó en mi ánimo la certeza de la ineludible alianza entre el Fuentes creador y el Fuentes ser humano.

Dijo Cortázar y quiero decir junto con él pensando en Carlos Fuentes:

Sigo tan sediento de absoluto como cuando tenía veinte años, pero la delicada crispación, la delicia ácida y mordiente del acto creador o de la simple contemplación de la belleza, no me parecen ya un premio, un acceso a una realidad absoluta y satisfactoria. Sólo hay una belleza que todavía puede darme ese acceso: aquella que es un fin y no un medio y que lo es porque su creador ha identificado en sí mismo su sentido de la condición humana con su sentido de la condición de artista.

El Carlos Fuentes que trabajó y está completo en Los años con Laura Díaz nos concede esta belleza, nos regala la realidad absoluta y satisfactoria de un escritor que identifica cabalmente su sentido de la condición humana con su sentido de la condición de artista. Es un premio tenerlo con nosotros.  n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía. Este texto fue leído el mes de junio en la ciudad de Chicago para presentar Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes.