Puerto libre

Mariposas monarca: lujo y conjuro

Por Ángeles Mastretta

Acudí al santuario de las mariposas Monarca, como tantos otros, urgida de asir uno de los milagros que la caprichosa vida nos regala porque sí, del mismo modo en que otras veces nos arrebata de dolor con su barbarie.

Hice el viaje con mis hijos de catorce y dieciséis años, más mi hermana, una mujer cuyos afanes de ecologista ejemplar son siempre buena compañía, con dos de sus hijos. Llegamos hasta el pueblo de Angangueo manejando una camioneta Jeep. Dos horas de camino desde la Ciudad de México, la desquiciante y asombrosa metrópoli que, a fuerza del irracional empeño de los mexicanos, sigue convertida en la más grande y quizá la más contaminada del mundo. Atributos ambos que no han conseguido arrancarle a su porte todo el embrujo que debió poseerla en siglos pasados, cuando era limpia y húmeda a la sombra de dos inmensos volcanes.

Angangueo es un pueblo de unos diez mil habitantes que dormita en Michoacán, preso de sus viejos hábitos, pero consternado durante el invierno por la visita contumaz de miles de turistas ávidos de unirse, aunque sea por unas horas, al portento provocado por la presencia de millones de mariposas migrantes que vienen cada año a embellecer los bosques mientras invernan.

Cuando llegamos nos rodeó un enjambre de niños que preguntaban anhelantes si queríamos que nos consiguieran uno de los camiones de redilas autorizados a subir hasta el santuario cercano a su pueblo: Sierra Campanario, uno de los cinco lugares en México a los que arriban las mariposas Monarca cada noviembre. En vilo y guiados por dos niños, bajamos de nuestro automóvil y quedamos uncidos a la suerte de un grupo de quince muchachos ruidosos que se apretujaron con nosotros, entre las altas redilas de un gran camión. De pie y, asomándonos por la luz que se colaba entre las tablas que nos sitiaban, vimos al camión entrar a un angosto y sinuoso camino de terracería. Durante media hora, alternativamente reímos o nos quejamos del zangoloteo al que nos estábamos sometiendo. A veces incluso nos preguntamos si valdría la pena tanto brinco en pos de una visión paradisiaca de la que empezábamos a dudar. Era el principio de marzo y el cielo estaba lleno de unas nubes oscuras que más anunciaban un aguacero que un portento. Sin embargo, nadie en aquel ajetreado camión propuso regresar al pueblo.

Los niños que se ofrecieron como guías conversaban con mi hijo intercambiando información del Internet por datos menos precisos, pero sin duda igual de sorprendentes. El nombre científico de las Monarca es Danaus plexippus. Y para llegar hasta aquí viajan entre cuatro y cinco mil kilómetros, a una velocidad promedio de entre doce y cien por hora —dijo mi hijo.

—Llegan millones y muchas se mueren en el bosque. Ya no regresan. Se quedan sobre la tierra haciendo un tapete anaranjado y negro que dura varios meses después de que las vivas regresan al país del que vinieron sus madres —dijo uno de los niños.

La conversación siguió entre brincos e interrupciones. Hubo de todo. Desde quienes estaban interesados en cómo durante el viaje se aletarga el sistema reproductor de las migrantes y sólo llega a su madurez al iniciarse la primavera, hasta los que sabían que cada hembra deposita unos doscientos huevecillos en el envés de la hoja de unas plantas del género de las Asclepias. Huevecillos de los que salen unas larvas que en muy poco tiempo crecen hasta doscientas veces su tamaño para entonces convertirse en crisálidas y ocho días después en las enigmáticas mariposas color azafrán que veríamos al llegar al santuario.

Alcanzamos por fin las faldas de un bosque bajo cuyo cielo conviven enormes oyameles, pinos, cedros, encinos. Frente a nosotros se abría una vereda ascendente, más o menos de un metro y medio de ancho, por la que empezamos a subir en silencio. Nos habían contado que ya en este camino podríamos ver a las mariposas, que vendrían en grupos a posarse sobre nuestros hombros y nuestra cabeza. Pero al parecer la fortuna no estaba con nosotros, porque nada veíamos.

El más conversador de los niños guías, el que más había enfatizado la necesidad de que subiéramos sin hacer ruido, dijo de repente:

—A ver si no les sucede como a unos japoneses que estuvieron aquí la semana anterior con muchas cámaras. Tres días pasaron quietos tratando de que las mariposas se menearan, pero como no hubo sol. ellas no se movieron de los árboles.

—¿En tres días? —pregunté yo segura de que nosotros no podríamos quedarnos ahí más de seis horas.

—Como usted lo oye. Se fueron muy decepcionados. Recordé que unos ciento cincuenta mil turistas llegados de todo el mundo visitan la zona en esta temporada.

—Algunos tienen que volver decepcionados —dije deseando con toda mi alma no contarme entre ellos.

Tras una caminata de cuarenta y cinco minutos rodeados de expectación y silencio nos sentamos en la cima de un monte, bajo los árboles. Bebimos el agua de nuestras cantimploras y empezamos a preguntarnos a dónde demonios se habrían ido las célebres mariposas.

—Miren allá arriba —dijeron los niños guías—. Allá en la punta de los árboles. Esos racimos que cuelgan de las ramas.

Todos levantamos la cabeza y abrimos la boca. Quietas y apretujadas unas contra otras, las mariposas formaban en efecto enormes racimos impávidos. Las miramos con llamas en los ojos. ¿Querrían volar y despertarnos al hechizo? Nada nos respondió sino el silencio. Las nubes sobre nosotros, sin embargo, se iban volviendo más claras que antes, menos grises, más nítidas. Una luz tibia empezó a filtrarse entre ellas mientras el viento nos rozaba la cara lleno de promesas.

—Va a salir el sol —dijo uno de los niños—. Suerte que ustedes tendrían si sale el sol después de siete días oscuros. Porque sólo con sol vuelan estas criaturas, son friolentas.

El tiempo abrió su abanico. Los jóvenes se habían aburrido y rompieron el silencio conversando en un murmullo sin tregua que sólo interrumpían para reír. Entonces salió el sol. Un sol como una piedra, como un relámpago, iluminó las copas de los árboles y entibió los racimos de mariposas. Las más grandes afuera, las más chicas adentro, protegidas del frío por las mayores, se movieron por fin. Una a una primero, de pronto todas juntas. Cientos, miles, millones, asaltaron el bosque, el sendero, el arroyo, nuestros cuerpos febriles y azorados. Como si no tembláramos, como si también árboles o flores fueran nuestros brazos, las mariposas rodearon nuestro júbilo. Criaturas inquietas y frágiles, caben tres en la palma de una mano, nos tomaron en vilo haciéndonos girar tras ellas, dentro de ellas. Son de un naranja encendido, las atraviesa un capricho de intensos hilos negros. Nos estremeció el milagro de su viaje, su voluntad de vivir, su diario heroísmo. Nada sino ceñirnos al lujo de mirarlas quisimos mientras duró la luz. Octavio Paz escribió unos versos que hoy repito cuando quiero evocar el conjuro de aquella tarde:

pasa la blanca tribu de las nubes,

rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,

perdemos nuestros nombres y flotamos

a la deriva entre el azul y el verde,

tiempo total donde no pasa nada

sino su propio transcurrir dichoso.     n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.