Pronto se estrenará un remake de la clásica película de Stanley Kubrick, Naranja mecánica, en este texto, Carlos Tello regresa al libro para darnos las claves literarias del novelista Anthony Burgess, que por cierto no aparecen en la película.

Anthony Burgess nació en 1917 y murió en 1993. A lo largo de su vida —que pasó a menudo fuera de su país, como suelen hacerlo los ingleses ilustrados— produjo una de las obras más diversas del siglo XX. Compuso jazz y música de cámara, así como también óperas y sinfonías.

Escribió dos piezas de teatro, una recopilación de versos, treinta y dos novelas y dieciséis libros de ensayo, entre ellos uno muy famoso sobre el opus magnum en el que James Joyce desperdició los últimos diecisiete años de su vida: Finnegans wake.

Al final, Burgess fue reconocido más por su literatura que por su música y, dentro de su literatura, por su obra más famosa, aunque no, según él, la mejor: una pequeña novela que publicó en 1962, A Clockwork Orange. la novela cuenta la historia de “little alex and his droogs”: Pete, Georgie y Dim (“Dim being really Dim”).

Comienza de manera memorable con una descripción de los tres amigos sentados en el Korova Milkbar, donde tomaban leche-plus antes de salir a la calle —alucinados— para disfrutar un poco de ultraviolencia.

La historia es obsesivamente simétrica: consta de tres partes, divididas a su vez en siete capítulos. La primera narra las aventuras criminales y fantásticas de Alex; la segunda describe la cura de su patología por medio de la técnica ludovico; la tercera detalla su calvario, repelido físicamente por toda forma de violencia, luego de su tratamiento en el “sinny” de la staja, A Clockwork Orange —”novela filosófica”, la llamó la revista Time— plantea, en sus páginas, una de las cuestiones más viejas de la filosofía: ¿qué valor moral le podemos dar a las acciones de los hombres que no tienen libertad? en el libro, la respuesta es clara: ninguno.

Me apresuro a añadir, sin embargo, que más que una reflexión filosófica la novela es, antes que nada, una aventura lingüística. La historia está contada por Alex en un idioma brutal, inventado por él y por sus “droogs”, que revela su patología: el Nadsat. El Nadsat está hecho de palabras fabricadas, en su mayoría inspiradas en el ruso. Algunas son verbos (“smeck”, “slooshy”, “tolchock”); otras, nombres (“maskie”, “litso”, “britva”, “polly”); unas más, calificativos (“nagoy”, “malenky”, “grahzny”, “horrorshow”).

El significado de todas ellas, al principio indescifrable, despejado poco a poco con el paso de las hojas, hace que la novela sea, en efecto, una aventura del lenguaje, y más: una fiesta de palabras, pues en ella también abundan las voces más dispares: los acentos cockneys (“been here all time they have”, comentan unas ancianas, “not seen them move we haven’t”) y los giros isabelinos (“never fear”, proclama el protagonista, “if fear thou hast in thy heart, o brother”).

El carácter de los personajes es revelado con nitidez a través de su voz. así, el refrán del libro no puede ser más que éste: dime cómo hablas y te diré quién eres. ¿cómo trasladar del inglés —y del Nadsat— una obra cuyo personaje principal es el lenguaje? al español fue traducida como la naranja mecánica por Aníbal León para la editorial Minotauro, que la dio a conocer a fines de los setenta en buenos aires. La edición incluye al final del libro un glosario del Nadsat, hecho con ayuda de Burgess, buen conocedor del español, quien propuso la mayoría de las variantes fonéticas del idioma de Alex.

El léxico, además, está españolizado (un ejemplo: “droogs” = “drogos”), así que también en español es posible disfrutar la aventura lingüística de la naranja mecánica, en su explotación de las posibilidades del lenguaje —de sus significados ocultos, de sus valores fonéticos, de su extraordinaria flexibilidad— el libro de Burgess supera con creces la obra de su maestro. Joyce, que no supo conservar intacto el hilo de la comunicación en Finnegans Wake (obra que, por cierto, es posible gozar casi solamente en traducciones, que son ya, desde luego, aclaraciones).

La novela de Burgess traducida por la editorial minotauro está basada en la versión americana del libro, la misma que sirvió de guión a la maravillosa película de Stanley Kubrick. Ambas —novela y película— terminan en el capítulo sexto de la tercera parte con la famosa frase: “I was cured all right”. En ambas, Alex vuelve a ser el mismo de siempre: el joven fascinado con la ultraviolencia. Es la versión que yo conocía, la que había leído hacía siglos, en Nadsat, luego de ver la película de Kubrick. Ahora me sorprendió conocer la versión completa, la inglesa, que incluye el capítulo séptimo de la tercera parte. Este capítulo —que es más, en verdad, un epílogo— describe la transformación de Alex en un joven que opta por el bien. Así, la versión incompleta es una fábula; la completa, en cambio, es una novela, una que muestra la transformación del personaje. Burgess detestaba a Kubrick porque la gente prefería la película a la novela (es imposible no ver a “little Alex” con el rostro enloquecido de Malcolm McDowell —“your friend and humble narrator”). detestaba también a su editor americano por haber hecho famosa la versión incompleta de su novela —por haber sacrificado su novela: la completa—. La pregunta, sin embargo, es legítima: ¿cuál es mejor? no lo sé, aunque me parece, desde luego, terrible poder siquiera plantear esta pregunta.  n

Carlos Tello Díaz.
Escritor. Su más reciente libro es Historias del Olvido.