Cuaderno de Nexos

La economía mexicana: ¿clara y distinta?

Ricardo Raphael de la Madrid

Los más recientes indicadores de la economía mexicana son alentadores. La inflación se mantiene a la baja y, hasta hoy, todo parece apuntar que podría llegarse al objetivo de 13% propuesto para este año por la SHCP. Por su parte, el tipo de cambio permanece estable —experimentando incluso una ligera apreciación— y las tasas de interés continúan a la baja mientras la inversión fija bruta crece lentamente. Para coronar este escenario, el precio del crudo mexicano se está recuperando. Si bien las autoridades hacendarias argumentan que ello no implica un incremento significativo en los ingresos del Estado, lo que sí podemos sospechar es que. durante los meses por venir, el petróleo dejará de ser un dolor de cabeza.

Estos datos duros parecen indicar que los efectos negativos de la crisis financiera internacional han dejado en paz a la economía mexicana. En efecto, si ningún otro factor externo nos toma por sorpresa —como una disminución sensible en el consumo estadunidense durante el próximo año— el presidente Ernesto Zedillo podría cumplir con su promesa de evitar la ya clásica crisis de final de sexenio. Valga reconocer que, después de más de tres lustros de vaivenes económicos, los funcionarios de la SHCP y del Banco de México se han vuelto especialistas en tomar decisiones adecuadas para resolver problemas difíciles. En el presente podríamos decir que estos tres últimos lustros de crisis dejaron experiencias suficientes para formar a toda una generación en el arte de consolidar la salud de la macroeconomía mexicana.

Ahora bien, no obstante que hoy los cimientos del edificio económico parecen bien colocados para resistir ventoleras, como recientemente anotara Rolando Cordera, “en el país no hay nada que prácticamente indique que nuestra capacidad para aprovechar… el flujo (financiero internacional) haya mejorado”.1 El problema de fondo sigue siendo la forma en que está organizada la economía mexicana. Tanto la dinámica sectorial como el tejido institucional que le dan sustento continúan siendo inadecuados para ofrecer, a quienes detentan los instrumentos de producción, un marco de recompensas capaz de arraigar inversiones de largo plazo en nuestro país. En otras palabras, en México aún no hemos logrado crear ni el marco legal, ni la infraestructura ni las economías de escala tan necesarias para convertir a nuestro territorio en una región atractiva para la inversión dentro de este complejo mundo del comercio internacional. A estas deficiencias mayores —frente a las cuales el paradigma económico actual no ha podido responder— se suman otros elementos que, por sobados a lo largo de nuestra historia, no dejan de ser igual de relevantes: mientras —según la revista Forbes— México es el cuarto productor de multimillonarios en el mundo, la pobreza extrema afecta a más de una quinta parte de nuestra población. En paralelo, la brecha en las posibilidades reales de desarrollo entre el sur y el norte del país se sigue ampliando considerablemente, y las cadenas productivas que podrían incorporar a varios miles de mexicanos a los beneficios de participar en una economía global permanecen rotas.

De todas estas consideraciones, la que se revela como crucial es la imposibilidad material del actual Estado mexicano para participar en la reconstrucción de ese tejido de instituciones económicas y políticas que tanta falta le hacen al mercado mexicano para funcionar eficientemente. Si de algo no se puede hacer abstracción cuando se analiza la economía mexicana es de la anemia en recursos que padece el entramado de instituciones que conforman a nuestro Estado. Las cifras son simplemente alarmantes: mientras en Estados Unidos se recauda —vía impuestos— casi el 11% del PIB, en Chile cerca del 17% y en Europa más del 40%, la tasa de recaudación en nuestro país es de menos del 8.7%.

Siguiendo esta reflexión, ¿quién puede decir con toda seriedad. como lo hacen incesantemente los funcionarios de la SHCP, que en México lo que se practica es la “prudencia fiscal”? Lo que más bien se ejerce —con toda prudencia— es el arte de hacer que los ingresos y los egresos cuadren. Pero eso no debería hoy representar mayores glorias. Si después de intentarlo durante quince años nuestros funcionarios no hubieran podido equilibrar las finanzas, cualquiera podría empezar a sospechar de oligofrenia. El problema de la sanidad financiera del Estado mexicano está en otra parte: en cubrir la necesidad de recursos para que el Estado mexicano pueda funcionar eficientemente en el marco de un mundo globalizado.

Llama la atención que cada vez que la presente administración toca el tema económico, por lo general lo haga refiriéndose a los objetivos macroeconómicos. En algún lugar sorprende que los actuales funcionarios no hayan modificado ni los objetivos ni las técnicas para construir políticas económicas de tal manera que se vuelva posible profundizar en esos otros problemas que hoy enfrenta el país. Quizá no sólo se trate de necedad sino de una incapacidad de fondo. Quizá se haya agotado ya la potencialidad del paradigma económico utilizado por la actual generación de economistas en el gobierno para responder a las condiciones en las que está inmersa la sociedad mexicana. En otras palabras, todo pareciera indicar que el modelo mental aprendido —y muy bien aprendido— desde los años ochenta está sufriendo ya rendimientos decrecientes.

El fracaso está colocado, precisamente, en el éxito de las recetas otrora utilizadas. Es decir que los favorables resultados obtenidos por las políticas económicas aplicadas hasta hoy han impedido que se construya un nuevo entramado de programas y políticas tendientes a responder de manera más adecuada a la realidad mexicana. Por lo tanto, quizá sea ya tiempo de construir un nuevo paradigma económico capaz de desatar un proceso distinto para la elaboración de políticas económicas, y lo suficientemente coherente para modificar la orientación en la toma de decisiones.

Ahora bien, en cualquier sociedad la sustitución de paradigmas generalmente está precedida por un cambio político profundo. Como lo señala Peter A. Hall,2 en el ámbito de la política es muy probable que la adopción de un nuevo paradigma esté condicionada por significativos movimientos en el locus de la autoridad responsable de construir las políticas públicas. De darse, ese movimiento dependería no tanto de los argumentos que los especialistas esgriman, como del margen de maniobra que posean las facciones sometidas a la competencia por el poder. En otras palabras, “viendo el conflicto entre expertos, los políticos (que estén a la cabeza del Estado) tendrán que decidir a quién otorgan autoridad, sobre todo tratándose de materias donde lo que impera es la complejidad del conocimiento”.

La pregunta pertinente se vuelve, entonces, si la maquinaria política mexicana, tal como hoy existe, es capaz de promover el nacimiento de un nuevo paradigma económico. Es decir, si realmente una generación de expertos preocupados por problemas y soluciones distintos puede llegar a ocupar posiciones en el entramado institucional donde se construyen las políticas económicas. Es demasiado pronto para responder a esta pregunta. Lo que hoy sabemos es que el año próximo habrá elecciones presidenciales y que la contienda electoral podría ser un estupendo caldo de cultivo para incorporar nuevos talentos y conformar ese nuevo paradigma.

Ello, desde luego, solo sería posible si las campañas no se quedan en el nivel donde hoy se encuentran: en el marasmo provocado por el personalismo, la polarización y la vacuidad. En el presente ningún partido ha hecho propuestas económicas para el Estado mexicano que realmente emerjan como novedosas. Todos, incluyendo a los miembros del partido gobernante, apelan a soluciones y recetas que provienen del pasado. Por ello, lo fundamental sería, en efecto, desprenderse de las tan acariciadas victorias para enfrentarse, con toda energía, a la construcción de un discurso que, coherente, pueda organizar la estructura de la economía mexicana de tal forma que los problemas nuevos y los ancestrales puedan ser resueltos también con éxito.            n

1 Slim y la economía”: La Jornada, 2 de mayo de 1999.

2 Peter A. Hall: Governing the Economy: The Politics of State Intervention in Britain and France. Oxford University Press, 1986.

Ricardo Raphael de la Madrid. Politòlogo. Profesor del CIDE.