Dos élites en pugna

Por Jorge Carpizo

Cuando era estudiante de la Facultad de Derecho de la UNAM, en los años sesentas, uno de los sociólogos más leídos era C. Wright Mills, autor de La élite del poder. En 1964 el Fondo de Cultura Económica publicó una recopilación de sus ensayos que, bajo el título de Poder, política, pueblo, había agrupado Irving L. Horowitz un año antes.

Desde aquellos tiempos no había vuelto a leer a Mills. Del libro me acordaba muy poco, únicamente que unos cuantos ensayos me habían interesado. Con motivo de un artículo que estaba redactando decidí releer algunos de aquéllos. El último ensayo se intitula “Sobre el conocimiento y el poder”, escrito en 1955 y en referencia exclusiva a los Estados Unidos. Ese país es hoy diferente al de aquella época pero varias de las reflexiones de Mills aún le son aplicables.

Siempre he estado persuadido de que en virtud de que la naturaleza humana es la misma orbi et urbi, en el tiempo y en el espacio se encuentran semejanzas o similitudes. Nada es idéntico pero, a veces, es parecido o muy parecido porque nuestras acciones son frecuentemente estimuladas por las ambiciones, las frustraciones, las pasiones, los resentimientos, el apetito del poder, el anhelo de riquezas.

Al releer ese ensayo me ha sorprendido que diversos párrafos parecen describir al México actual, que el bisturí del sociólogo norteamericano puede ser útil en la comprensión de diversos hechos de nuestro país en los días que transcurren. Desde luego, puedo estar equivocado; en tal virtud, dejo que cada lector extraiga sus propias conclusiones, por lo que transcribo algunos de los párrafos que más guardan esa posible similitud.

• “A través de semejante ataque a hombres e instituciones de prestigio establecido, la ruidosa derecha ha apelado no a los económicamente descontentos, en absoluto, sino a los frustrados en cuanto a la posición. Su impulso ha venido de los nuevos ricos, de las pequeñas ciudades y las regiones más vastas y, sobre todo, del hecho del enconado resentimiento hacia el status que han sentido estas clases recientemente prósperas que, habiendo hecho una considerable riqueza durante y después de la Segunda Guerra mundial, no han recibido el prestigio ni obtenido el poder que consideraban merecido”.

• “Han hecho evidente el lugar central que ahora tienen en el proceso gubernamental la policía secreta y las ‘investigaciones’ secretas, hasta el punto de que ahora debemos hablar de un gabinete fantasma, basado en considerable medida en nuevas formas del poder que incluyen la grabadora, el detective privado, el uso y la amenaza difundidos del chantaje. Y han dramatizado un resultado político del vacío y la banalización de la sensibilidad en una población que, durante una generación, ha estado constantemente y cada vez más sometida a la trivialización de los medios de masas de entretenimiento y distracción”.

• “Los intelectuales políticos han sido abrazados por la actitud conservadora. Entre ellos no hay demanda ni disensión, ni oposición a las monstruosas decisiones que se hacen sin un debate profundo ni extendido, en realidad sin ningún debate en absoluto. No hay oposición a la manera antidemocráticamente impúdica con que la política de las altas autoridades militares y civiles es simplemente presentada como hechos consumados. No hay oposición a la inconciencia pública en todas sus formas ni a todas aquellas fuerzas y hombres que la favorecen. Pero sobre todo —entre los intelectuales—, hay poca o ninguna oposición al divorcio del conocimiento y el poder, de las sensibilidades y los hombres en el poder, no hay oposición al divorcio de la conciencia y la realidad”.

• “Para los hombres que llegan ahora típicamente a los más altos círculos políticos, económicos y militares, el resumen y el memorándum parecen haber sustituido no sólo al libro serio, sino también al periódico. Esto se debe quizá, como debe ser, a la inmoralidad de las realizaciones, pero lo que es un poco desconcertante en torno a todo esto es que estos hombres están por debajo del nivel en que podrían sentirse un poco avergonzados del nivel poco cultivado de sus entretenimientos y de su situación mental y que ningún público intelectual, por sus reacciones, trata de educarlos para que sientan esa inquietud.

“A mediados del siglo XIX, la élite norteamericana se ha convertido en una raza de hombres totalmente diferentes de aquellos que podrían, razonablemente, ser considerados como una élite cultural o, cuando menos, como hombres sensibles y cultivados. El conocimiento y el poder no están realmente unidos dentro de los círculos dominantes; y cuando los hombres de conocimiento llegan a un punto de contacto con los círculos de los hombres poderosos, no es como iguales sino como empleados. La élite del poder, la riqueza y la celebridad no está formada por la élite de la cultura, el conocimiento y la sensibilidad. Además, no está en contacto con ella, aunque los bordes banales y ostentosos de los dos mundos coinciden en el mundo de la celebridad”.

• “La mayoría de los hombres tienden a suponer que, en general, los más poderosos y los más ricos son también los más conocedores o, como se diría, los más listos. Estas ideas son estimuladas por muchos pequeños lemas acerca de ‘los que enseñan porque no pueden hacer’ y sobre ‘¿si es usted tan listo, por qué no es rico?’. Pero lo único que significan estos ingenios es que quienes los emplean suponen que el poder y la riqueza son valores soberanos para todos los hombres y especialmente para ‘los que son listos’. Suponen también que el conocimiento siempre produce esos beneficios, o debiera producirlos, y que la prueba del verdadero conocimiento es precisamente ese beneficio económico. Los ricos y poderosos deben ser los hombres de mayor conocimiento; de otra manera, ¿cómo podrían estar donde están? Pero decir que quienes llegan al poder deben ser ‘listos’ es decir que el poder es conocimiento. Decir que quienes logran la riqueza deben ser listos equivale a decir que la riqueza es el conocimiento”.

• “No es la bárbara irracionalidad de los senadores rústicos y obstinados lo que constituye el peligro norteamericano; son los juicios respetados de los secretarios de Estado, las honestas perogrulladas de los presidentes, la temible honradez de los sinceros políticos norteamericanos de la asoleada California lo que constituye el principal peligro. Porque estos hombres han sustituido la conciencia por la perogrullada, y los dogmas por los cuales son legitimados son tan ampliamente aceptados que ningún contraequilibrio de la conciencia prevalece frente a ellos. Hombres como éstos son realistas locos que, en nombre del realismo, han constituido una realidad paranoide propia y, en nombre de la práctica, han proyectado una imagen utópica del capitalismo. Han sustituido la interpretación responsable de los acontecimientos por el disfraz del significado en una confusión de relaciones públicas, el respeto del debate público por nociones poco sutiles de la guerra psicológica, la capacidad intelectual por la agilidad del juicio sólido y mediocre y. además, la capacidad para elaborar alternativas y medir sus consecuencias por el rasero del ejecutivo”.

• “Sólo cuando la conciencia tiene una base autónoma, independiente del poder, pero poderosamente relacionada con ésta, puede ejercer su fuerza en la conformación de asuntos humanos. Esta posición es democráticamente posible sólo cuando existe un público libre e informado, al que pueden dirigirse los hombres de conocimiento y frente al que son realmente responsables los hombres de poder. Este público y esos hombres —de poder o de conocimiento—, no prevalecen ahora y, en consecuencia, el conocimiento no tiene ahora importancia democrática en los Estados Unidos”.  n

Jorge Carpizo. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.