Foro de Nexos

Reflexiones sobre una ensalada china

Por Carlos Salinas de Gortari

México y el mundo viven momentos de cambios vertiginosos que exigen reflexiones mesuradas y atentas. Viejas preocupaciones reaparecen bajo miradas nuevas y temas nuevos reclaman inteligencia a la hora correcta. Nexos abre un espacio para debatir las implicaciones y el rumbo de estas tendencias. Se trata, sobre todo, de ejercer la crítica, de profundizar en los grandes temas nacionales e internacionales. Inauguramos el Foro de nexos con las respuestas, otra ve: puntuales y profesionales, de Carlos Salinas de Gortari, Humberto Roque Villanueva y Jesús Silva-Herzog F. a las lecturas críticas que realizó un grupo de escritores y analistas políticos y que publicamos en nuestro número anterior (Nexos 257). Incluimos también una carta de Jorge G. Castañeda.

Al inicio de 1986, un analista de la realidad mexicana que había colaborado íntimamente en la administración del presidente López Portillo publicó un agudo y penetrante análisis en Foreign Affairs, que la revista Nexos reprodujo en español. Después de evaluar el difícil tránsito del ajuste económico de los ochenta, cuyo origen, según ese autor, estaba en “el colapso financiero” de 1982, advertía que “el único modo de modernizar la economía es a través de reformas que van contra la corriente reciente de la historia económica del país y de su política económica”. De acuerdo a su texto, sus reformas radicales se podían agrupar en seis propuestas:

• Reducción del sector público de la economía, pues “éste se ha convertido en un sistema altamente oneroso”. Por eso, señalaba que, frente a las prácticas de amortiguar el impacto de las realidades sociales mediante la estatización de empresas, “no existe hoy justificación para mantenerlas, dada su inviabilidad económica”.

• Eliminación de la tradición proteccionista y del “complicado sistema de permisos previos de importación, trabas burocráticas y de barreras arancelarias y no arancelarias”, pues este sistema “creó una industria nacional que en general produce bienes de mala calidad y alto precio… El país no puede seguir subsidiando, a través de la inflación y de la falta de competencia, a un sector industrial ineficiente”.

•      También proponía revisar “el sistema de tenencia de la tierra” pues el costo económico de mantenerlo “ha sido alto”. Su propuesta era radical: “La solución evidente consistiría en suprimir el ejido, creando así un mercado más libre de la tierra, de inversiones y de mano de obra en la agricultura mexicana”. Sin embargo, reconocía que “los costos políticos y sociales de dejar sin tierra a una parte sustancial de la población rural serían astronómicos. Por ello ningún gobierno siquiera se ha atrevido a tocar al ejido”.

•      Igualmente, proponía modificar las leyes mexicanas de inversión extranjera que exigían un 51% de propiedad mexicana. Y sobre todo, evitar “lo que eufemísticamente se han llamado ‘cambios en las reglas del juego’ durante los setenta”. Si México quería atraer “más de 2,000 millones de dólares” en ingresos netos de divisas por concepto de inversión extranjera “esto aparentemente sólo se logrará con cambios importantes en la legislación vigente”.

•      Recortes significativos en los subsidios al consumo y a la industria.

•      Por último, una renegociación de la deuda externa que permitiera la reducción radical del pago de intereses “para financiar el crecimiento que haga que las reformas económicas sean políticamente factibles”.

Con particular sagacidad, el autor reconocía la enorme dificultad política de realizar reformas tan ambiciosas. Así lo escribió: “Todas estas reformas… son costosas en términos políticos, desestabilizadoras económicamente, tienen largos periodos de maduración y empañarían la imagen progresista y nacionalista del gobierno. El sistema político mexicano está acostumbrado exactamente al tipo de reforma contraria: de altos rendimientos políticos, indoloro políticamente, cortoplazista y más acorde con la retórica tradicional del gobierno”. Por eso concluía, acertadamente: “El costo político de cada una de estas reformas es alto; el precio a pagar por todas ellas juntas podría ser prohibitivo”.

El artículo se llamaba “México at the brink” (“México en la orilla”). El autor era Jorge G. Castañeda.1

Reformas como las que Jorge G. Castañeda proponía en 1986 fueron llevadas a cabo durante mi administración, junto con otras que se realizaron para darle viabilidad al país en el mediano y largo plazos. Tenía razón Castañeda en que no eran reformas cortoplazistas y en que el costo político a pagar por todas ellas juntas era prohibitivo. Lo sigo cubriendo. Y sobre todo, conviene recordar que cada una de esas reformas eran de una complejidad tal que no podía esperarse que, al convertirlas en realidad, se alcanzara la perfección de una propuesta como la que estuviera contenida en un escrito. La realidad de la acción política es muy compleja. Sin duda hubieron insuficiencias al aplicarlas.

Cuando Castañeda escribió este artículo, seguramente lo hizo derivado de una profunda reflexión. También, seguramente, lo hizo con convicción. Por eso resulta extraña su conclusión en el ensayo crítico que publicó en el último número de Nexos: “La visión según la cual se discrepa de algunos ‘medios’ salinistas pero se aprueban los fines, o se escogen, a la carte, algunas reformas y otras no, algunas políticas y otras no, es pueril o falsamente ingenua (…). La mía es clara: contra el salinismo en su conjunto, ahora y entonces”.2

Una posición maximalista, es decir del “todo o nada”, como la que Castañeda adopta en ese párrafo final, poco contribuye a un debate constructivo sobre las propuestas que se requieren. Pero, además, resulta sorprendente ante las posiciones que había sostenido con anterioridad, como lo ejemplifica su artículo de Foreign Affairs.

Jorge G. Castañeda ha sido reconocido como inteligente y perspicaz. ¿Cómo explicar entonces este viraje? Me parece que conviene intentar dilucidar los motivos de su peculiar comportamiento, pues puede contribuir no sólo a la exégesis de su breve ensayo, sino a comprender las razones que pueden estar detrás de muchas otras críticas aparecidas en los últimos años.

Sugeriría dos explicaciones: la primera estaría en que sólo dos años después de proponer reformas como las de su artículo en Foreign Affairs, en 1988 Castañeda se vinculó intensamente en la campaña presidencial del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. La propuesta del ingeniero Cárdenas no se parecía en nada a lo que había presentado Castañeda. Resultó derrotada. Pero en lugar de que Castañeda se sumara a un programa de gobierno que incluía precisamente reformas como las que había propuesto en ese artículo, utilizó su energía y su talento para oponerse a ese programa.

Debo reconocer que, al hacerlo él y otros, su oposición resultó funcional a muchas de las reformas que se realizaron entre 1989 y 1994, pues se crearon condiciones que facilitaron la negociación de esas reformas al cohesionar a los que las promovían. Por ejemplo, la presión a favor del medio ambiente hecha por las ONG’s durante la negociación del Tratado de Libre Comercio fue decisiva para que el TLC tuviera un alto contenido ambientalista. En ese caso podría decirse que un no permitió un sí.

Sin embargo, parecería que el afán de Castañeda por justificar su vinculación con un proyecto que resultó derrotado en 1988, sólo le permitió encerrarse en una oposición a ultranza, la cual lo ha llevado al maximalismo (y que tiene derivaciones peculiares, como su obsesión en tratar de probar que en 1988 no perdieron).

La segunda explicación estaría vinculada a la primera. Durante años, Castañeda ha construido su clientela de lectores y admiradores alrededor de su oposición maximalista. Parecería que ahora no sabe cómo librarse de ella sin perderlos a ellos. Esto resulta lamentable, ya que, si además de señalar lo que no funcionó, Castañeda y sus colegas reconocieran que algunas de esas reformas resultan indispensables para la viabilidad del país, no en mérito de quienes las promovieron, sino para dilucidar las opciones convenientes, entonces podrían pasar a lo que hoy realmente urge: un debate sereno e informado sobre las perspectivas nacionales.

Me sorprende que en su ensayo reciente Castañeda ponga en duda la existencia de una nomenklatura mexicana. El mismo la perfiló en su artículo antes citado de 1986, cuando escribió: “La hábil burocracia mexicana se opondrá con todas sus fuerzas a cualquier reforma que disminuya sus privilegios o ‘usos y costumbres’, como lo harían muchas de estas reformas”.3

Los cambios entre 1989 y 1994 produjeron innovaciones en todos los campos. Pero como Schumpeter afirmó, “en cuestiones económicas (…) la resistencia se manifiesta primero que todo en los grupos afectados por las innovaciones”. En lo que se refiere a la liberalización económica, los grupos afectados fueron muy numerosos, muy poderosos y sin duda no dejaron libre el espacio para la introducción de las reformas. Pues la nomenklatura constituida por los tradicionalistas incrustados en la burocracia del Estado y del Partido fueron los que se opusieron, y se siguen oponiendo, a las reformas que se llevaron a cabo en esos años. Tienen nombre y apellido. Muchos de ellos pueden encontrarse listados en el libro de Alan Riding, Vecinos distantes. Otros han sido señalados explícitamente por ensayistas y escritores. Pero quienes los enfrentamos conocemos sus caras, y seguimos padeciendo sus procedimientos y sus venganzas. Es una lucha de larga duración.

Castañeda sabe de lo que habla en materia de ritmos de las reformas económicas y las políticas. En 1986 escribió: “La liberalización del sistema político sólo vendrá cuando comiencen a resolverse de modo adecuado y duradero los problemas económicos del país”.4 Sin embargo, durante mi administración no esperamos a la recuperación económica para iniciar la reforma política. En realidad, contra lo que él y otros han construido como estereotipo, la reforma política arrancó al día siguiente de la toma de posesión, el 2 de diciembre de 1988, en Palacio Nacional, al reunirme con la segunda fuerza política del país; y concluyó con la elección presidencial de agosto de 1994, organizada por un órgano independiente controlado por los ciudadanos, y cuyos resultados han sido considerados los más transparentes en lo que va del siglo.

Mis posiciones contra el neoliberalismo y contra el populismo no son recientes, como Castañeda sugiere en su último artículo: las hice explícitas a lo largo de mi administración, y en particular en marzo de 1992 durante el discurso que pronuncié ante el PRI y en el que sistematicé la propuesta del liberalismo social. Y no sólo fue de palabra, sino como hechos a lo largo de la ejecución del programa de gobierno. Sólo entiendo su comentario, que pretende ser sarcástico, contra Roberto Mangabeira Unger en el contexto de la polémica que suscitó la publicación reciente de un artículo conjunto, y su afán de separarse de ella para no desagradar a sus lectores y seguidores.

De otra manera, no se explica la reunión que tuvimos hace casi dos años en Sao Paulo, en casa de Mangabeira Unger, y en la que Castañeda me solicitó la entrevista que aparece ahora publicada en La herencia. El propósito de mi viaje a Brasil había sido precisamente revisar los detalles de la publicación que haría con Mangabeira Unger. Castañeda supo con anticipación que publicaría ese artículo, y siguió participando con Mangabeira Unger en las reuniones latinoamericanas que juntos organizaron.

Sólo el temor ante las reacciones de algunos críticos por la aparición de ese artículo puede explicar su conducta reciente contra Mangabeira Unger, la cual me parece inadecuada.

En relación a su argumento sobre un pretendido proyecto transexenal, me parece que Castañeda, y otros que lo han sugerido, no aportan más que conjeturas; es decir, juicios que se forman a partir de datos no comprobados. Cada vez se acercan más al grupo de los comentaristas conocidos como expertos en “política ficción”.

En el caso de Castañeda, éste lo argumenta, además, contradiciendo su escrito de 1986, en el que, como se citó al inicio, criticaba que las reformas en México fueran siempre “cortoplazistas e indoloras políticamente”, y exigía que fueran “de largos periodos de maduración” (en 1986 todavía no los llamaba “transexenales”).

Las capacidades extraordinarias que Castañeda me atribuye para supuestamente haber logrado que mi antecesor y mi sucesor tuvieran “los números malos” son conjeturas que él convierte en argumentos banales. Parecería que el antisalinismo es, en unos, obsesión personal; en otros, proyecto político; incluso, hay medios que lo han convertido en lucrativo negocio.

Finalmente, algunas reflexiones sobre la numeralia que reproduce en su artículo. ¿Por qué le resulta tan difícil reconocer que entre 1989 y 1994 los salarios reales en México crecieron año tras año y acumularon la mayor ganancia real en toda América Latina? Eso muestran los datos objetivos, cuyas fuentes son las mismas que Castañeda y otros sí han usado, y hasta celebrado, cuando arrojan resultados adversos.

Contra lo que sugiere Castañeda, ese aumento se registró en diversos sectores asalariados del país, no sólo entre los trabajadores manufactureros a los que se referían los datos que publiqué, sino también entre los trabajadores de establecimientos comerciales y de la industria de la construcción. Además, la masa salarial de los cotizantes al IMSS creció 76% entre 1988 y 1994 en términos reales. ¿No seria más útil para el debate reconocer ese aumento que las cifras objetivas confirman, y a partir de ello, en todo caso, señalar que no fue suficiente y que se hubiera requerido un aumento mayor y más rápido? Sobre todo, debatir de manera seria y ordenada sobre la manera de alcanzarlo, y no perder energías y talento en malabarismos estadísticos como los que él intenta.

Castañeda parecería sugerir que el método “objetivo” para evaluar las cifras de un sexenio sería el que recurriera a restar años anteriores, sumar años posteriores, dividirlos entre los años bisiestos y multiplicarlos por los años en que hubo eclipse de sol. Como una ensalada china. Tal vez así obtenga resultados que apoyen su maximalismo, pero no contribuirán a un debate serio y ordenado.

Lo mismo sucede con las cifras de distribución del ingreso. ¿Por qué su irritación con el resultado de los estudios de CEPAL, el cual muestra que en México se mejoró la distribución del ingreso en el campo y la ciudad entre 1989 y 1994?

Me parece equivocado pretender denigrar una institución tan seria como CEPAL, cuya tradición de prestigio y seriedad ha sido construida a lo largo de varias décadas, sólo porque sus números no corresponden a la visión distorsionada que Castañeda y otros quieren dar sobre esa realidad. En todo caso, sería mejor partir de esos resultados y señalar que la mejoría no fue suficiente; y proponer una estrategia que logre resultados más justos en tiempos más cortos. Lo más lejos que Castañeda y otros pueden llegar es a citar a Nora Lustig: “La incidencia de la pobreza entre 1989 y 1994 prácticamente no cambió. Las diferencias en términos cuantitativos son tan pequeñas que no son significativas desde el punto de vista estadístico”.

Si eso es lo peor que pueden decir sobre la evolución de la pobreza durante mi administración, pues están muy lejos de los juicios que Castañeda y otros expresan, en los que, sin sustento de información confiable, afirman que durante mi gobierno se agudizó la incidencia de la pobreza. Al afirmar lo anterior mienten, según lo prueban incluso los autores de su predilección.

Lo más paradójico es que, después de proponernos el juicio de Lustig, Castañeda nos ofrece un estudio “cuyo nombre —según él— no se puede mencionar” y que echa por tierra precisamente lo que dice… ¡Nora Lustig! De acuerdo a ese misterioso pero iluminador documento, entre 1989 y 1994 sí descendió la proporción de mexicanos que vivían por debajo de la línea de pobreza (de 27% a 21.4% de acuerdo a las cifras citadas por Castañeda). Además, nos ilustra Castañeda, durante mi administración también descendió la pobreza que denomina “moderada” (pues, según sus cifras, bajó de 57.8% a 50.9%). Así, ese estudio confirma, entre otros, los resultados de CEPAL, y dan sustento objetivo a mi afirmación de que el liberalismo social permitió avanzar en mejorar la distribución de la riqueza en México y a reducir la proporción de la población que vivía en condiciones de pobreza.

Sin duda no fue suficiente. Tampoco lo avanzado fue un mérito individual, pues fue resultado del esfuerzo del pueblo organizado. Además, los cambios que realicé se apoyaron en las importantes reformas que llevó a cabo mi antecesor. Por eso no me quejé de los problemas que recibí. Reconozco las insuficiencias dejadas al final de mi administración, y también creo que la rápida recuperación que se ha logrado ha podido apoyarse en las reformas promovidas entonces.

Finalmente, en la honrosa responsabilidad de la presidencia de la República, los aciertos son producto de esfuerzos colectivos y generacionales, y los errores son singulares. Si lo que Castañeda pretende es adjudicarle a mi administración los resultados desde 1995, entonces debería de proponer un debate sobre lo ocurrido a partir de diciembre de 1994, cuando ya había concluido mi honroso cargo. Si esa es su intención, creo que su lista de invitados a ese necesario y bienvenido debate no está completa.

Como ejemplo de la debilidad analítica de Castañeda está una afirmación que hace en su artículo de Nexos, y la cual se comprende dada su vinculación con ese periodo: “Si a esas vamos”, escribe Castañeda, “el sexenio durante el cual se redujo más la desigualdad fue el de López Portillo, que logró una reducción del coeficiente Gini de 11%”.5 No nos ofrece estudio o cita bibliográfica que sostenga su afirmación. Creo que pudo darse una mejoría de la distribución del ingreso en esos años. Pero sólo podemos suponerlo, porque no hay cifras para probarlo.

Entre 1950 y 1994 se produjeron en México once encuestas nacionales para determinar el coeficiente Gini, el cual permite medir la concentración del ingreso. De acuerdo a los expertos, las únicas comparables, por la metodología utilizada y por el periodo en que se realizaron, son las que hizo el INEGI para 1984,1989,1992 y 1994. Las anteriores (1950,1956,1958,1963, 1968, 1975 y 1977) no son comparables entre sí. La única que existe para la administración a que se refiere Castañeda es la de 1977, y corresponde a su primer año, no al final del periodo.

Además, no puede decirse que “logró una reducción del coeficiente Gini” porque no es comparable con la encuesta anterior, la de 1975. Por cierto, esa encuesta, la de 1975, fue realizada por la secretaría del Trabajo, y resultó tan deficiente metodológicamente (y tan adversa para esa administración), que pocos recurren a ella.

Más allá de las cifras, lo importante fue que utilizamos un método diferente. Nuestra experiencia demostró que, con redes de organización popular, en las comunidades se alcanzaban aumentos en la productividad y además una distribución más equitativa de los beneficios. Durante esos años, el Gobierno fue más eficaz porque las comunidades activaron más su espíritu cívico. El nivel de vida de los que menos tenían se elevó mediante su trabajo organizado y con el fortalecimiento de la sociedad civil. Esta fue, y sigue siendo, una diferencia crucial con el neoliberalismo y el populismo.

Castañeda ha resultado mejor entrevistador que ensayista. Prueba de ello es el éxito de su más reciente libro, La herencia. Sin embargo, aún en ese papel, surgen matices que son tan preocupantes como los que lo han llevado a su maximalismo. Se comenta cada vez más ampliamente que la pregunta que me hizo sobre la reunión con Cárdenas en 1988 fue a petición de un tercero interesado, pues sabían el efecto que tendría la respuesta, y la manera como sería aprovechada por los opositores de Cárdenas. Si eso fue así, no creo que haya sido correcto y Castañeda tendría que aclararlo.

Ex colaboradores míos, que aún laboran en el sector público, me han manifestado su sorpresa e irritación por haberle concedido esa entrevista a Castañeda.

¿Su argumento?: “Fue un crítico severo del sexenio”. Pues precisamente se la concedí porque no varió su actitud. Por cierto, su crítica no impidió que durante mi administración tuviéramos diálogos y útiles encuentros, en particular cuando lo recibí en su calidad de promotor del Grupo San Angel, expresión importante de la sociedad civil en tiempos delicados para la República. Nuestra comunicación no se rompió porque él disintiera. Tampoco ha terminado nuestra relación por su maximalismo. Durante los años recientes ha sido cordial y continua.

Es importante debatir el pasado porque, ya se ha dicho, lo que es pasado es prólogo. Pero lo más relevante son las propuestas hacia adelante. Y para ello tal vez convendría tratar de responder a las preguntas sobre cómo mejorar mas rápido la distribución del ingreso y reducir la pobreza; y cómo lograrlo mediante el fortalecimiento de las organizaciones populares y de la sociedad civil, la vida en comunidad. Sería muy desalentador que, ante un debate degradado por actitudes del ‘todo o nada’, en los hechos se consolide una opción que implique más injerencia del Estado en la sociedad o más individualismo posesivo que debilita a las organizaciones sociales. Sería como entrar al siglo XXI con esas recetas, que son las peores del XIX. México merece, cuando menos, un mejor debate.  n

1 Jorge G. Castañeda: “Mexico at the brink”, Foreign Affairs, Vol. 64. No. 2, Invierno 1985-1986, Nueva York (Versión en español: Nexos 98, febrero de 1986). Las citas están tomadas de la versión reproducida en México, el futuro en juego, Mortiz, México, 1987, p. 85, 87 y pp. 90-93.

2 Jorge G. Castañeda: “Como en un restaurante chino”, Nexos 257, mayo de 1999, p. 51.

3 Jorge G. Castañeda: “México en la orilla”, Op. cit., p. 93.

4 Ibid., p. 87.

5 Jorge G. Castañeda: “Como en un restaurante chino”, Op. cit., p. 50.