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Este mes de junio Sudáfrica celebrará elecciones generales. Eso significa que Nelson Mandela abandonará la presidencia. El hecho es casi la despedida de uno de los hombres que construyeron nuestro siglo XX. Ofrecemos este retrato, amplio y dilatado, que traza con precisión cada momento culminante de su vida.

Alto y enjuto, Mandela escucha y casi cierra los ojos como alcancía. Uno siente la autoridad y la fuerza que emana de su recia presencia; luego, cuando habla, sonríe y mira amigable, de frente, y parece un abuelo. Mandela, el luchador legendario y hombre de Estado, se transmuta en Madiba, su apodo tribal y signo de respeto filial con el que lo vitorea su pueblo dondequiera que se presenta.

En junio Sudáfrica celebrará elecciones generales y Nelson Mandela dejará la presidencia a su casi seguro sucesor, Thabo Mbeki. A sus casi 81 años y recién casado por tercera vez, se retira de la vida política. Se va uno de los grandes de nuestro atribulado siglo. Su historia es larga pero merece ser contada. pues es un extraordinario testimonio moral y se entrevera con la de su país, que logró una de las reconciliaciones políticas más admirables de que se tenga memoria.

Mandela nació el 18 de julio de 1918, en el villorrio de Qunu, en el Transkei, al oriente de Sudáfrica, de cara al Océano Indico. Fue hijo de un modesto jefe tribal de la familia real Tembu, dentro de la nación xhosa, de algún modo rival de la más poderosa y guerrera nación zulu. La madre lo bautizó metodista y le llamó premonitoriamente Rolihlala, que se traduce como “buscabullas”. Mandela mismo recuerda esos años como una época fundadora y feliz, donde los blancos le parecían tan distantes como respetables y temibles. Fue su maestra quien lo encontró ya desde entonces como un líder nato y, en alusión al almirante británico, le apodó “Nelson”, suplantando para siempre a su verdadero nombre, Rolihlala. A la muerte de su padre partió a estudiar a un poblado mayor, Mqhekezweni, donde lo acogió un tío importante y magnànime, el jefe tribal Jongintaba, quien de inmediato reconoció dotes extraordinarias en el avispado Nelson y lo sometió a la educación propia de un jefe tribal. A los 20 años, pudo ingresar a la prestigiosa universidad College of Fort Hare, el Harvard de los negros africanos.

Era 1938 y la Sudáfrica injusta y racista parecía lejana. La vida le sonreía al joven Mandela, quien entonces confesó que su mayor aspiración era la de convertirse en un “caballero inglés negro” y hacer carrera como consejero legal y administrador provincial. Y estudia para eso: leyes, historia, la Biblia. Pero ante un incidente menor, relativo a una protesta por la calidad de la comida, se negó a una transaccion cómoda que él no consideraba honorable, y se vio forzado a renunciar a la universidad, antes de poder graduarse como bachiller en leyes (cosa que haría hasta 1941, por correspondencia). Regresó, apenado pero firme, a Mqhekezweni. Muy poco después, como correspondía a su nivel y costumbres, su tío le arregló un matrimonio. Mandela se negó, reclamando su derecho a casarse por propia voluntad.

Así empezaría una vida nueva y dura. Llegó a Johannesburgo y se maravilló con la modernidad y el tamaño de la ciudad. Descubrió sus portentos y también la discriminación en carne propia. Por esos días conoció a quien sería su gran amigo, mentor y, más tarde, camarada indispensable en la lucha y sus vicisitudes: Walter Sisulu. Por recomendación suya entró a trabajar como tinterillo, con un sueldo mísero, en un prestigioso despacho de abogados liberales blancos.

Tomó cursos de abogacía en la prestigiosa y liberal Universidad de Witswaterrand, o “Wits”, como se le conoce en Sudáfrica (sólo cursando el bachillerato en leyes podría optar por la práctica de la abogacía). En un ambiente académico de hijos de las familias privilegiadas de la élite blanca, Mandela no sobresalió como estudiante. Pero conoció a jovenes blancos liberales que luego serían muy importantes en la lucha de liberación. Entre ellos destacaba el legendario ideólogo y luchador comunista blanco Joe Slovo.

Por estas fechas, Mandela conoció a otro personaje clave para su vida y para la lucha: Oliver Tambo. En 1944, por fin se hizo miembro de la Liga Juvenil del ANC. Tambo, Sisulu y Mandela se convirtieron en un formidable trío político y en líderes de la Liga juvenil, con posiciones de radicalismo nacionalista negro más extremas que las de la dirigencia general del ANC.

1948 resultó fatídico. Ya padre de familia y todavía pasante de leyes, Mandela cumplía treinta años cuando en las elecciones “generales” (sólo votaban los blancos) los boers le arrebataron el poder a la minoría inglesa del Partido Unido de Jan Smuts y triunfó el ultraconservador Partido Nacional (NP, sus siglas en inglés), que no ocultaba sus afinidades con los nazis en Alemania. El doctor Daniel Malam, antiguo ministro de la Iglesia Holandesa Reformada, llegó al poder bajo una plataforma de nombre novedoso y viejas ideas racistas: el apartheid, que con base en una torcida teología consignaba que, dada su inferioridad o condición desvalida, los negros deberían vivir separados, apartados. Al mismo tiempo que los excluían y explotaban, les arrebataban sus tierras y les negaban acceso a la educación y a otros beneficios mínimos del progreso. Así nació otro de los terribles experimentos de ingeniería social del siglo XX: la opresión codificada, el racismo hecho ley, sistema y doctrina. De inmediato, las leyes del apartheid se pusieron en práctica. Una de ellas, la de áreas grupales, reagrupaba de modo forzoso a poblaciones enteras. Para fines de los cuarenta los blancos se asentaban no sólo en las mejores tierras y regiones de Sudáfrica, sino que ocupaban el 87% del territorio. La mayoría negra, casi el 80% de la población, se hacinaba en el 13% restante.

El ANC se lanzó a las calles a protestar junto a otro importante grupo agraviado, el de los indios. Las minorías indias, sobre todo las asentadas en el área de Durban, organizaron manifestaciones disciplinadas y movimientos de resistencia pacífica inspirados en Gandhi. Eso impresionó a Mandela. El ANC adoptó numerosas tácticas gandhianas en sus formas de lucha y se abrió a indios, mulatos y blancos, a todos los agraviados por el racismo y la exclusión.

Para 1952 y 1953 se organizaron impresionantes protestas de inspiración gandhiana contra las leyes de apartheid. Esta época marca la madurez de Mandela y la del propio ANC, que se ve transformado de un movimiento blandengue de minorías agraviadas en una organización de masas: en breve tiempo pasa de 10 a 100,000 miembros. El empuje de los jóvenes dirigentes Sisulu, Tambo y Mandela empezaba a desplazar a la bonachona dirigencia original.

En 1953, el gobierno barrió literalmente un poblado negro a las afueras de Johannesburgo. Lo hizo para remover de ahí a los negros asentados cerca de zonas donde la ciudad blanca habría de expandirse. Sophiatown era un renombrado centro de encuentro entre políticos, intelectuales y artistas de vanguardia. Mandela protestó y públicamente criticó la línea de la no violencia. Las condiciones eran otras; ante esos niveles de violencia sólo la violencia podía ser la respuesta. Su posición le valió una reprimenda en el Comité Ejecutivo del ANC. Mandela no sólo se supo sitiado por el régimen sino que entendió que la línea oficial del ANC no era la correcta. Ante la escalada de violencia y represión ya no cabían los argumentos gandhianos, sino el bíblico “ojo por ojo y diente por diente”.

Cuando ya estaba “prohibido”, Mandela tenía preparado un discurso para la conferencia del ANC en el Transvaal. El discurso fue leído por un colega y se titulaba, parafraseando un discurso de Jawaharal Nehru, “No es fácil el camino a la libertad”. Mandela describía ahí su nueva posición y, contraviniendo la línea oficial, señalaba que el apartheid ya no daba lugar a formas de lucha pasiva, legalistas y no violentas. Por esos tiempos, su matrimonio con Evelyn —quien le diera dos hijos— sucumbió a las presiones de la militancia y al activismo.

En diciembre de 1956 Mandela fue arrestado junto a Sisulu y el jefe Luthuli, acusado de traición. En medio del juicio, conoció a una joven activista y trabajadora social, Winnie Madikizela, hermosa, valiente y de carácter abierto. Se casaron en 1958. Winnie compartía plenamente la vida de militancia y sus tribulaciones. En 1961 el gobierno declaró de manera definitiva que ni los estatutos ni los dirigentes del ANC eran subversivos ni intentaban instaurar el comunismo en Sudáfrica.

En aquel mayo Sudáfrica abandonó el Commonwealth para convertirse en una República Unitaria e Independiente. No más reprimendas de Inglaterra, no más sanciones de otros países miembros: era el apartheid con las manos libres. Tras un duro debate interno, Mandela hizo prevalecer su línea de que la lucha, ahora forzadamente clandestina, debería también tornarse militar. El abogado pacifista convenció al Comité Ejecutivo del ANC de que ya no había otra vía que la armada y revolucionaria. Y se adoptaron dos líneas paralelas de lucha: Por un lado, la continuación de las protestas y actos de desafío contra las leyes injustas y, por otro, la vía armada. Para ello se creó la rama militar del ANC, que trabajaría independiente y separada. Su líder sería el propio Mandela y operaría desde la más absoluta clandestinidad; se le bautizó como la “Lanza de la Nación” en alusión a las temibles lanzas de los guerreros zulues, más conocida por sus iniciales MK. Además, se aceptó por primera vez una alianza con los comunistas, forjada entre Mandela y Joe Slovo, miembro también, con Sisulu. del directorio del MK. Así empezó a entronizarse la mentalidad guerrillera de la época.

En 1962 Mandela emprendió una larga y aleccionadora gira internacional en busca de apoyos políticos y financieros. Poco después de su regreso, el 5 de agosto de 1962, fue arrestado en la carretera, en las afueras de la ciudad de Pietermaritzburg. Fue esposado y arrojado a una celda solitaria. Más tarde sería trasladado a Johannesburgo. Con enorme alivio, se percató que su arresto no era en conexión con el MK y sus actividades, sino por incitar a la rebelión y por abandonar el país con documentación falsa. En mayo de 1963 fue enviado temporalmente a la que sería su morada por casi dos décadas, la prisión de Robben Island.

El régimen abandonaba el decoro y las pretensiones de “legalidad” dentro del horror. Se promulgó la ley de Prevención al Sabotaje, que autorizaba detenciones sumarias. La represión crecía buscando aplacar la ola incontenible de protestas. Mandela fue trasladado a Pretoria, donde pasó largos meses en confinamiento solitario.

En los meses fatídicos de 1963 la policía, gracias a un soplón del mismo MK, Bruno Mtolo, descubrió la casa de seguridad de Rivonia, llena de evidencias y documentos. Mandela fue acusado junto con los dirigentes. El golpe fue durísimo para la MK y el ANC. Los cargos, esta vez, serían de mayor gravedad; la pena sería la de muerte. Mandela, designado como el “Acusado Numero uno”, y sus colegas Sisulu y Govan Mbeki se declararon inocentes. Así dio inicio el memorable Juicio de Rivonia. Mandela asumió su defensa. Su alegato, de cuatro horas de duración, es ya un documento clásico, conocido como “La lucha es mi vida”. Mientras pronunciaba sus palabras, Mandela no quitaba los ojos de su juez, que ya nunca más se atrevió a mirarlo a la cara: “Durante mi vida me he dedicado a esta batalla del pueblo africano. He peleado contra el dominio blanco y he peleado contra el dominio negro. He favorecido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual las personas vivan en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero, si es necesario, es un ideal por el cual estoy preparado a morir”.

El 11 de junio de 1964 el juez dictó sentencia: Mandela, Sisulu y Govan Mbeki fueron encontrados culpables de sabotaje contra el Estado. El juez determinó prisión perpetua.

A sus 46 años de edad, el celebre prisionero 466/64, Nelson Mandela, ingresó de nuevo a Robben Island. Se le asignó una estrecha celda individual y por los siguientes 13 años su función principal consistió en picar piedra en los patios de la prisión (lo que le dañó el lagrimal irreversiblemente). Así aprendería que el personaje más importante en la vida no es ni la esposa ni el presidente de la república, ni el dirigente máximo del ANC, sino el guardián de la crujía. Se le clasificó entre los presos que padecían el trato más duro: sólo se les permitía recibir y enviar una carta cada seis meses y recibir una sola y breve visita. Los diarios y la radio estaban prohibidos para asegurar el aislamiento total.

Hacia inicios de los setenta la lucha estaba en su punto más bajo. Mandela empezaba a resignarse a picar piedra y a entrar a la vejez olvidado en su celda. Para mediados de 1976 la lucha cobró un inesperado ímpetu y entró en escena una nueva generación de dirigentes. Tras un alzamiento estudiantil en Soweto, llegaron a Robben Island jóvenes reclusos, fogueados en otras formas de lucha y muy influidos por la revolución cubana. Mandela y Sisulu los observaban con curiosidad e interés. Eran los jovenes neomarxistas del movimiento Conciencia Negra, radicales y quizá sectarios.

En 1982, después de 18 años, Mandela fue trasladado a la prisión de máxima seguridad de Pollsmore, cerca de Ciudad del Cabo, donde obtuvo mejores condiciones de vida. Las cosas cambiaban en el escenario mundial y eso afectaba a Sudáfrica. Gorbachov inició la distensión global (una de sus primeras manifestaciones fue su retirada, más o menos negociada con los cubanos, de Angola y el amainamiento de la guerra en Mozambique). En estas circunstancias Mandela empezó a considerar el diálogo y la negociación con el enemigo.

Se estableció un comité secreto de conversaciones y éstas iniciaron en mayo de 1988. Mandela veía que se trataba de una nueva generacion de políticos afrikaners (o boer), más preparados y menos dogmáticos. El ANC renunciaría explícitamente a la violencia cuando el gobierno, de cara al mundo, hiciera lo mismo y diera muestras de buscar un entendimiento definitivo que incluyera igualdad racial y democracia plena. Mandela preparó un largo memorándum al presidente Botha en el que sentó las bases de la negociación: establecer una república unitaria plenamente democrática y plurirracial, gobernada por las mayorías, pero con garantías a todos de que ningún grupo oprimiría o otro; cuidado particular tuvo en considerar el explicable temor de la minoría blanca.

En todo el país las protestas contra el régimen resurgían con virulencia y las sanciones apretaban duro. La poderosa confederación sindical, COSATU, aliada a la ANC, lanzó una campaña masiva de movilizaciones y el gobierno debió reinstalar el estado de emergencia. A inicios de 1989 el Congreso estadunidense aprobó sanciones económicas contra Sudáfrica; muchos países le siguieron y la otrora pujante economía sudafricana comenzó a resentirse. Por fin, en julio de 1989, Mandela, el más celebre prisionero, se entrevista con el presidente P. W. Botha. El gran cocodrilo se mostró amabilísimo y cordial. Pero eludió cualquier tema espinoso y la breve conversación no llegó a ninguna parte, como no fuera a mostrar recíproca buena voluntad y disposición a dialogar.

Un mes más tarde, Botha, ya tocado por un ataque al corazón, dimite sorpresivamente de su cargo de Presidente del Estado sudafricano. Le sucede un político conservador afrikaner hasta entonces poco conocido fuera de los círculos del Partido Nacional: F. W. de Klerk. El 2 de febrero de 1990, en la solemne sesión inicial del Parlamento sudafricano, en su discurso de apertura, el flamante presidente De Klerk, con gran sentido del drama, deja estupefacto a su país y al mundo entero con un gesto histórico: de un plumazo decreta la abolición de todas las leyes de apartheid, legaliza de nueva cuenta al ANC, al Partido Comunista y a más de treinta organizaciones prohibidas: suspende la pena capital, levanta las leyes de emergencia y, en un gesto de buena voluntad, libera a la inmensa mayoría de los presos politicos. Proclama que ha llegado la hora de negociar en definitiva. Mandela y la dirigencia del ANC le reconocen el gesto y se aprestan a negociar.

El 11 de febrero de 1990, en una de esas azules y transparentes mañanas de fin de verano en Ciudad del Cabo, Mandela se apresta, nervioso, a salir de prisión: quedan atrás diez mil días de cautiverio. Abraza afectuoso a su último carcelero blanco, parco y generoso, cómplice de incontables servicios. Por fin emerge de su encierro.

En agosto el ANC abandonó explícitamente la lucha armada, a pesar de que la violencia seguía ensombreciendo a Sudáfrica. En diciembre de 1991 inició la Convención para una Sudáfrica Democrática (CODESA, por sus siglas en inglés). Además de los delegados formales del gobierno, del ANC y los partidos, participaron numerosos observadores internacionales. Sin duda fue el encuentro político más importante de Sudáfrica desde la Convención Constitucional de 1909, cuando se formó la Unión Sudafricana. Las negociaciones avanzaron muy penosamente, pues era muy difícil para el Partido Nacional aceptar su condición de minoría. Finalmente, De Klerk cedió la posibilidad de un “veto blanco” y de acogerse a los controles y balances de cualquier régimen democrático. Pero Mandela y De Klerk chocan sobre infinidad de puntos adicionales. CODESA 2 se colapsa.

Mandela muestra su fuerza y el ANC convoca a una huelga general que paraliza a Sudáfrica; más de 4 millones de trabajadores se manifiestan. En 1993 Chris Hani, jefe del Estado mayor del MK y secretario general del Partido Comunista, muere asesinado. Al percibir el fin del régimen, la extrema derecha desata la violencia. La organización extremista y neonazi AWB ejecuta acciones terroristas.

Finalmente, CODESA 2 reasume las negociaciones. Se perfilan los trazos de una nueva Constitución, así como la aceptación, por parte de Mandela, de formar un Gobierno de Unidad Nacional (GUN) y de algunas cláusulas conocidas como “acuerdos del ocaso”, que dieran seguridad a la minoría blanca y encaminaran al país a una transición lo menos accidentada posible. En noviembre de 1993, por primera vez Mandela y De Klerk están de acuerdo: La Constitucion Interina y la celebración de elecciones generales y plurirraciales. A pesar de sus diferencias y de la escasa química personal, la historia los ratifica como aliados indispensables.

Terminado el arduo tramo de las negociaciones y acordados los pactos fundacionales, había que consumar la transición, ritualizarla. Los candidatos Mandela (ANC) y De Klerk (NP) se enfrascan en una memorable campaña por la presidencia de la nueva Sudáfrica. Siempre se supo quién sería el ganador pero el Partido Nacional aceptó honrosamente la contienda, con la esperanza de no perder demasiados votos en el Parlamento. En un memorable y cívico debate, Mandela hizo al final un emotivo e inesperado elogio de su adversario y, tomándolo de la mano, levantó su brazo con el suyo, le expresó su agradecimiento y su reconocimiento y lo proclamó hijo predilecto de la nueva patria común. Empezaba a expresarse el Mandela conciliador, abocado a cerrar heridas, a forjar el nuevo país.

Las elecciones se celebraron el 27 de abril de 1994 y fueron asombrosamente pacíficas, una verbena popular multirracial de proporciones épicas. El ANC triunfó con un comodísimo 62% de los votos pero, venturosamente para la salud democrática del país, no logró el 66%, lo que le hubiera permitido gobernar y legislar virtualmente sin oposición. El Partido Nacional consiguió un 20.4%; el partido zulu, Inkhata, un 10%; el resto se dividió entre una chiquillería no despreciable de cuatro partidos (se presentaron a contender casi veinte). Así se formó el primer gobierno democrático y plurirracial de Sudáfrica, conocido como Gobierno de Unidad Nacional (GUN), un gobierno legitimado en las urnas y sustentado en la Constitución Interina, provisional, emanada de las negociaciones CODESA.

Mandela tomó posesión el 10 de mayo de 1994. Lo hizo al aire libre y frente al pueblo, al exterior de los suntuosos edificios del Parlamento de Sudáfrica donde se gestó y se ejerció el oprobioso apartheid. Los generales boer que antes lo perseguían ahora lo escoltaban. Un sangoma (chaman) zulu exorcisó a los fantasmas, el pueblo celebró eufórico a su nuevo presidente y más de 50 jefes de estado atestiguaron el milagroso final pacífico del apartheid y el parto de la flamante República Arcoiris que ese día estrenó dos símbolos fundacionales por excelencia: bandera e himno.

Mandela tiene gestos legendarios de generosidad y reconciliación, como visitar y tomar el té con las viudas de los dirigentes del apartheid e impulsar a la selección local de rugby —un juego que simbolizó el machismo racista boer por excelencia—. Su popularidad permanece altísima y, a pesar de una administración titubeante y resultados económicos pobres, su presencia garantizó una transición razonablemente armoniosa y pacífica entre grupos que estaban literalmente a punto de exterminarse.

Tres son las vigas maestras de la arquitectura de la nueva Sudáfrica, pero nadie duda que es Nelson Mandela y su liderazgo, su ejemplo y pasión por la reconciliación lo que aportó el cemento. Conviene mencionarlas: la Constitución; los programas del Plan de Reconstrucción y Desarrollo (RDP, por sus siglas en inglés) y muy destacadadamente la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (TRC, por sus siglas en inglés). Una vez instalado el gobierno de Mandela, la Asamblea Nacional se transformó en Asamblea Constituyente y a partir de la Constitución Interina se preparó —con amplísimas consultas en todo el país y con Mandela como su primerísimo animador— la Nueva Constitución, que fue finalmente promulgada en 1996 y validada por la corte constitucional. Ella consagra a Sudáfrica como una República de corte democràtico-liberal, de tipo parlamentario, de representación proporcional, pero con muchos preceptos y garantías sociales. Sus artículos en favor de la igualdad de raza y género, protección a los derechos humanos y al medio ambiente la hacen una de las más avanzadas del mundo. La Constitución está por encima del parlamento y por eso hay una poderosa corte constitucional que la protege, preserva e interpreta. El poder judicial es absolutamente independiente. La nueva república es unitaria y no federal; se redefinieron sus demarcaciones en nueve provincias, cada una con su legislatura. A su vez, las provincias se subdividen en municipalidades autónomas. El gobierno se sustenta en una Asamblea Nacional, del cual surge el jefe del ejecutivo o presidente estatal, cuyo mandato dura cinco años. El gabinete se forma en función de la proporcionalidad de votos. El Senado desapareció y fue sustituido por el Consejo de las Provincias, con el premier provincial como representante. Las 11 distintas etnias sudafricanas fueron reconocidas plenamente y sus lenguas validadas como oficiales. Se instituyó un Consejo de Líderes Tribales, una suerte de Cámara de los Lores, que debe ser escuchado a la hora de las reformas constitucionales.

Mención especial merecen las fuerzas armadas sudafricanas, un ejército moderno y agresivo, incluso con capacidad nuclear probada, que aceptó desnuclearizarse y someterse plenamente al nuevo orden de cosas. Ahora el ministerio de defensa lo encabeza un ex-combatiente negro del MK. Antiguos enemigos hoy colaboran en un ejemplar achicamiento del ejército y en su transformación en una fuerza eminentemente defensiva y preventiva. Hay que decir que sin la lealtad de la oficialidad profesional blanca (boer en gran medida), la transición sudafricana simplemente no hubiese sido posible.

La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) fue un elemento clave en la construcción del nuevo pacto social. El presidente Mandela designó al frente de la misma a un ciudadano libre de toda sospecha: el arzobispo anglicano y premio Nobel de la Paz, Desmond Tutu, y como sus lugartenientes a expertos de talla mundial en derechos humanos. Tutu es amigo de Mandela, pero de ninguna manera su incondicional: lejano al ANC, al que muchas veces criticó en público, mantuvo su oposición al apartheid siempre dentro de sus labores religiosas y pastorales. La CVR tomó el ejemplo de numerosas comisiones de la verdad en el mundo, pero su énfasis se dio en el proceso de reconciliación. Trabajó a través de tres comités básicos: el de amnistía e indemnización; el de violación a los derechos humanos, con un amplio aparato de investigación sobre las denuncias del caso; y el de reparación a las víctimas, que atendía a las recomendaciones de los dos anteriores. Sus incontables citatorios tenían fuerza legal (por eso el arrogante y último presidente del apartheid, P. W. Botha, fue sentenciado por desacato). Se recogieron testimonios y culpabilidades tanto del régimen como de la oposición, incluido el ANC. Cuando alguien en el ANC trató de conseguir ventaja especial por ser en general y con mucho la parte más agraviada, el propio presidente Mandela salió al paso para garantizar la igualdad de trato. El mismo vicepresidente Mbeki solicitó amnistía. No se trataba de un tribunal. Tras los testimonios, la CVR debía de recomendar amnistía —en esto fue en extremo generosa— o informar a las autoridades penales. El trabajo terminaba en un exhorto al perdón y la reconciliación entre la parte agraviada y la agraviante. A pesar de los riesgos y las dificultades, La CVR fue el gran ejercicio catártico que la sociedad sudafricana necesitaba. Ahora sí, expuesta la herida a la luz de la verdad, podría sanar plenamente. De la CVR surgieron miles de testimonios y un informe que es el más completo y elocuente recuento de la turbulenta historia sudafricana en la oscura era del apartheid.

Otro elemento central del nuevo pacto social fueron los programas de restitución y desarrollo económico y social, comprendidos en el llamado Programa de Reconstrucción y Desarrollo (RDP, por sus siglas en inglés). Se trata de un conjunto de proyectos de fomento económico y restauración social (como una tímida reforma agraria, donde la restitución se hace por la vía de los tribunales) que no han funcionado muy bien. Como en tantos lugares del mundo, sus buenas intenciones se estrellan contra los imperativos de la apertura y la desregulación económica mundial. Tristemente, el rezago social y el desempleo permanecen casi tan graves como en 1994.

Hasta aquí el largo trecho de la vida de Nelson Mandela. Como él mismo dice, se retirará después de entregar democrática y pacíficamente el poder tras las elecciones de junio. De alguna manera, el testimonio moral de Mandela cierra este corto siglo XX, como lo llama Hobsbawn, así como también lo iniciaría Gandhi tras su larga lucha: dos personajes que marcaron hondamente nuestro siglo, dos hombres no occidentales y que no fueron artífices de paraísos sociales preconcebidos, ni autores de ideas grandiosas; dos hombres que, con sus vidas más que con sus obras, dejaron un duradero testimonio moral de lucha por la dignidad y los ideales ciudadanos. El largo y luminoso camino de Mandela seguirá por algún tiempo. Ahora será el respetable abuelo de una joven y ejemplar nación que se atrevió a renacer; y es seguro que mientras las fuerzas le alcancen, seguirá desfaciendo entuertos. Por eso hay que despedirlo con una bienvenida: adiós, Mandela; bienvenido, Madiba.   n

Cassio Luiselli Fernández. Diplomático. Ha colaborado en nexos anteriores.