La dolarización en perspectiva

Por Carlos Martínez Ulloa

La frontera nunca ha impedido el avance de nadie, sólo lo ha retrasado.

Robert D. Kaplan

En los últimos meses se ha puesto de moda presionar al gobierno para que adopte un programa que conduzca a la unificación monetaria de las Américas, en particular y por lo pronto con los Estados Unidos, medida que se interpreta como una extensión natural del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. El origen de esta inquietud pudiera ser múltiple, pero exacerbado por las siguientes razones: los cada vez más frecuentes desórdenes en los mercados financieros globales, la manera como han sido afectados los países emergentes y su necesidad de acceder a vastas sumas de recursos para sortear tales eventos; la recurrencia de una crisis sexenal en México, sobre todo ante la fracturación ideológica y estructural que amenaza a los tres principales partidos políticos y el descontrol social que pudiera surgir, y el fracaso abierto de los programas económicos de los gobiernos recientes, que se han propuesto abatir la inflación y han causado, por contra, el constante debilitamiento del valor externo de la moneda y un deterioro masivo en los niveles de bienestar.

Una nueva crisis económica de proporciones similares a las de 1976, 1982, 1987 ó 1994 seguramente causaría, ahora sí, un golpe mortal a la credibilidad y capacidad de maniobra del gobierno en curso e incluso un daño irreparable a las instituciones; esto pondría en entredicho la vigencia del enfoque liberal que ha caracterizado la gestión de las últimas administraciones y propiciaría una etapa de revisionismo económico y un caos generalizado. Un par de guerrillas declaradas pero no resueltas, un nivel de vida que no mejora suficientemente y un patrón de distribución del ingreso que acentúa la inequidad. son factores que subyacen en la tesis de quienes identifican en las crisis cambiarías la causa fundamental que ha erradicado los largos periodos de estabilidad y desarrollo del “milagro mexicano” de 1940-70. De ahí la insistencia y la urgencia por implantar un sistema monetario que evite esta eventualidad y permita retomar el crecimiento sin inflación. Para evaluar su viabilidad, habría que revisar los aspectos históricos, económicos y tecnológicos involucrados en tal decisión. Es éste un avance en esa dirección.

La integración de las sociedades (y por tanto las economías) mexicana y norteamericana, no es un fenómeno que se inició con la globalidad imperante, más bien la antecede y de hecho la explica, si bien regionalmente. En pocos países del mundo, tan ajenos históricamente, se ha dado una complicidad e integración tan marcada. Como es natural, diferencias tan grandes en los grados y niveles de evolución cultural y económica, han propiciado una influencia más marcada del vecino poderoso del norte sobre el país que aún lucha por su formación y consolidación política y económica. En un reciente trabajo acerca de la transformación y futuro de Norteamérica, Robert D. Kaplan sostiene que el proceso de integración entre las sociedades de México y Estados Unidos avanza de manera inexorable. Convenios de hermandad y cooperación recíproca como los de Phoenix-Guaymas, Tucson-Los Mochis, Dallas-Chihuahua, etc., tienden a multiplicarse. Esto confirma la sentencia atribuida al historiador francés Fernand Braudel:1 la geografía es el factor extremo que determina todo lo que existe. Condicionados por la vecindad y unidos por un esquema sui-géneris de conveniencias mutuas, vastas zonas comunes están sujetas a una sorda y silenciosa fusión, como las de Texas y el noroeste de México, California y los estados del centro y Pacífico mexicano, la península de Yucatán y el sureste norteamericano. Ese movimiento integrador no viene de arriba, como resultado de conveniencias macroecónomicas de integración entre mano de obra barata y flujos financieros que buscan un mejor rendimiento, sino básicamente de un impulso que se genera desde abajo, del mismo instinto de conservación entre ambos países. Para los mexicanos es un afán de progresar, de sobrevivir, de aliarse y beneficiarse con la cercanía de la metrópoli. Para los estadunidenses es una forma de protección estratégica, una defensa contra posibles flujos migratorios de países también americanos, pero posiblemente más conflictivos y poblados y, por distantes, más inmanejables y menos sujetos a la amenaza, el chantaje y la presión política. Esta relación no carece de problemas. Pero una conciencia pragmática y el sentido de conveniencia mutua evitan que esta relación pueda volverse catastrófica, lo que confirma su carácter de vital, estratégica y de seguridad nacional. Paradójicamente la geografía se ha encargado de acercar a México más a los Estados Unidos que a la misma América Latina, justificando lo que Jorge Luis Borges ya en los años setenta sentenció: “México es para nosotros (los argentinos) un país remoto”.

Los sistemas productivos de ambos países han ido desarrollando un natural sentido de complementaridad que, al menos hasta la formalización del TLC, no podría atribuirse a la decisión concertada entre ambos gobiernos para promoverla, reglamentarla o encauzarla. Las migraciones temporales o definitivas de trabajadores mexicanos hacia los Estados Unidos han tenido una contribución significativa para resolver la escasez de mano de obra y las presiones en el precio de los salarios en aquel país, explicando en parte la mayor bonanza económica de su historia reciente. A su vez, los paquetes financieros encabezados y orquestados por el gobierno de Estados Unidos le han permitido a México sortear las crisis económicas en las últimas décadas.

Con el TLC se ha acentuado la tendencia para fijar los flujos migratorios en este lado de la frontera, a través de importantes montos de inversión de empresas norteamericanas que toman así ventaja de la cercanía y los bajos costos de la mano de obra. Esto explica el notable crecimiento de varias ciudades fronterizas, beneficiadas por una pujante red de empresas transnacionales que se han convertido realmente en binacionales, creando una nueva cultura híbrida, receptiva a las fórmulas y métodos modernos de producción, característicos de la globalización. Así, en 1980 Nogales contaba con la tercera parte de los habitantes actuales, situación que se asemeja a la ocurrida en Hermosillo y muchas otras ciudades de la franja fronteriza, condición que tiende a extenderse a aquellas ciudades del interior que cuentan con la infraestructura propicia.

Este fenómeno ha señalado al sector exportador como el más dinámico de la economía mexicana de los últimos años, lo que ha facilitado que el gobierno le transfiera la responsabilidad de ser el motor del crecimiento. Así, de exportar 23,000 millones de dólares en 1989, se ha pasado a 130,000 millones de dólares en la actualidad: la tasa de crecimiento anual de las exportaciones es cercana a tres veces la del total de la economía. Cuatro quintas partes de las exportaciones se destinan a los Estados Unidos, las importaciones cuentan con una distribución similar; no obstante el tamaño y la importancia global de la economía norteamericana, México es su segundo socio comercial, tan sólo por abajo de Canadá pero adelante de Japón: estos hechos confirman que el destino económico del país es inequívoco e irrenunciable.

En el caso de Estados Unidos, si bien la relación no es tan marcada (20% de su comercio es con América Latina y, de éste, 10% con México), su importancia comercial y financiera es estratégica. De otra manera no se justificarían los esfuerzos para hacer florecer el flujo comercial y financiero entre ambos países. Así, cuando México retrocede, el sur de los Estados Unidos se convierte en zona de desastre. Cuando este último país se estanca, en México hay recesión.

Aquí resalta una vez más la importancia de mantener la estabilidad cambiaria en México, para que esta asociación comercial cumpla la función económica que el gobierno le ha asignado y que resulta simétrica a la existente entre Estados Unidos y Canadá, dada la hegemonía global de la economía norteamericana y su importancia vital para el resto del continente. Suponer que este condicionamiento geográfico implica una pérdida de la identidad nacional, resulta una apreciación errónea. No lo ha sido en el caso de Canadá, Puerto Rico o de los mexicanos que han emigrado a los Estados Unidos. Sin embargo, los conceptos de nación y de soberanía sí han entrado en una etapa de redefinición como resultado de la globalización.

Nadie como los ex-presidentes de México, receptores en su oportunidad del poder omnímodo del Estado, para opinar sobre este fenómeno. López Portillo: “el nacionalismo le va quedando chico a las soluciones globales, porque estorba al perfil del futuro. Los organismos internacionales reprimieron implícitamente a la Revolución Mexicana y sus concepciones como ideología nacional. Y por ello dejó de hablarse de la Revolución”. Miguel de la Madrid: “se han adquirido compromisos internacionales en materia de comercio e inversiones (OMC-TLC) y de orden financiero (FMI) que han limitado el margen de maniobra de la política económica”. Carlos Salinas: “al final del siglo se generaron notables fuerzas económicas que están llevando a borrar fronteras económicas y algunas nacionales, por lo que la globalización se ha vuelto inevitable y la democratización indispensable”.2 Pero la pérdida del poder del Estado no ha sido sólo a manos de las empresas transnacionales, sino del sector privado en general. Es éste ahora el responsable del avance económico, la creación de empleos y la producción y distribución de bienes incluidos en la noción misma del bienestar. Y es aquí precisamente, en la frontera de esta redefinición de conceptos, donde cabría la inquietud de si la rectoría del Estado que reclama ahora el gobierno como su tarea fundamental en el campo económico, debe incluir de manera irrenunciable la de mantener la emisión de una moneda propia.

Las últimas décadas registran un avance tecnológico sin paralelo en la historia de la humanidad. Sin embargo, éste será menor aún en comparación con el futuro inmediato. En los Estados Unidos tomó veinticinco años para que la invención del teléfono cubriera al 10% de la población. Comparativamente se requirieron sólo diez años para que el servicio de internet fuese utilizado por el 25% de la misma. Actualmente, las empresas que trafican y venden por este conducto tienen un crecimiento explosivo. Se reporta que el tráfico por internet se está doblando cada cien días y que el “comercio por internet” significa ahora un valor equivalente a 200,000 millones de dólares, y que se espera se incrementen a 954,000 millones para el año 2002.

La revolución en los sistemas de comunicación ha afectado la vida cotidiana en múltiples direcciones, pero sobre todo en los métodos de producción, comercialización y en particular en el medio financiero, lo que implica que el uso del billete y la moneda esté declinando rápidamente. Los sistemas de pago y compensación electrónica (E-cash systems), ya sea por computadora o tarjeta electrónica, abarcan ya campos nuevos que incluyen prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana: pago de cuotas de carreteras, el metro, las colegiaturas, servicios médicos, mercancías, etc…, y la tecnología implícita continúa avanzando todos los días. Esto converge en un mero ajuste de saldos entre personas, empresas y naciones: el software es y permite todo. Las diferencias entre este último y el dinero están desapareciendo rápidamente, creando así una nueva moneda: la electrónica, que para expanderse internacionalmente requiere tan sólo de una base de comparación estable y común (moneda de referencia). En ello estriba el atractivo para múltiples países de adoptar formalmente el dólar como su medio de cambio. El desarrollo de los derivados financieros y el mercado de futuros propuso resolver las incertidumbres que dificultaban las operaciones financieras y comerciales. Sin embargo, ha distado mucho de ser una solución accesible y definitiva: por ejemplo, no obstante el desarreglo monetario y las devaluaciones del peso mexicano que lo llevaron de una cotización de 12.5 pesos por dólar en 1976 a 9.5 pesos a la fecha, sólo recientemente (veintitrés años después) se inauguró oficialmente el mercado de derivados en México. Estos hechos avalan la hipótesis de que la adopción del dólar resulta una medida intermedia, en tanto se logra la integración abierta de los mercados financieros en base a un sistema global y electrónico de pagos.

Mientras esto sucede, la integración natural, en marcha, entre las sociedades y las economías mexicana y norteamericana es ya un proceso irreversible, dentro del cual la integración monetaria empieza a ganar en significación y adeptos. El crecimiento de las exportaciones y la mayor participación de los bancos foráneos para que realicen la intermediación financiera que su contraparte mexicana no ha querido o podido realizar, sólo será plenamente posible cuando se eliminen los riesgos cambiarios. No es factible que una economía del tamaño de la mexicana pueda crecer secularmente sin una banca sólida y activa. De lo contrario, las perspectivas de crecimiento tendrán un horizonte limitado. A la vez, el panorama de la banca nacional se modificaría dramáticamente si tan sólo se le permitiera la captación en dólares.

Tienen razón, sin embargo, quienes afirman que la dolarización por sí misma no es la solución a todos los males o una medida que podría implantarse en el corto plazo. Existen prerrequisitos que cumplir y tiempos que observar. No obstante, convendría desde ahora fijarla como meta y caminar hacia su consecución. De otra manera la modernidad continuará alejándose y la solución a la pobreza postergándose. Con la misma lógica resulta también cierto que de haberse crecido a tasas suficientes y sin inflación esta proposición sería innecesaria. Lamentablemente, la posición del gobierno mexicano ha sido contraria a dialogar abiertamente sobre el tema, visión confirmada por Alvin Toffler, quien afirmó hace poco: “el que el gobierno adopte la postura de aferrarse a estructuras del pasado impide que se otorgue la importancia que tiene la tecnología y el poder del conocimiento. Lo que necesita México es una visión del futuro, de la tecnología global, necesaria para adaptarse al cambio”.4

El avance tecnológico hasta ahora ha aceptado la coexistencia del papel moneda y el dinero electrónico. Sin embargo, el primero tiende a disminuir y el segundo a aumentar. Inclusive, con el predominio del dinero electrónico se controlaría de manera más efectiva el narco-dinero, se evitaría la falsificación de los billetes y se disminuiría la evasión fiscal, toda vez que las transacciones electrónicas pueden ser fácilmente identificables. ¿Un futuro ilusorio? Tal vez, pero ciertamente la tecnología avanza en esa dirección, lo cual tiene convencido a Alan Geenspan de que no es conveniente regular este mundo nuevo con criterios e instrumentos tradicionales. Ciertamente, el cambio tecnológico está redefiniendo la economía y las finanzas tradicionales. Tal vez si se reconocieran las tendencias geográficas, históricas y tecnológicas aquí reseñadas, el país entero podría entrar a la discusión seria de cómo resolver los mayores obstáculos al progreso.   n

1 Fernand Braudel: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo. Fondo de Cultura Económica. 1976.

2 “¿Qué ha cambiado en la Presidencia? Responden los ex-presidentes”. Nexos. Abril / 1999.

 4Excélsior, 16 de abril de 1999.

Carlos Martínez l’lloa. Director General de INGEFIN Internacional S. C.