Desde los frailes cronistas y los conquistadores hasta los letrados criollos, muchas han sido las plumas que han sentido la necesidad de recrear el mito de la Tierra Prometida como un relato prodigioso. El dominico fray Diego Durán presenta a los mexicanos “sufriendo grandes trabajos en la esperanza que sus profetas y caudillos les iban prometiendo de la tierra que venían a buscar, digna de nombre de tierra de promisión, por su fertilidad y abundancia, y por sus grandes riquezas”. En los cinco primeros capítulos de su Historia de las Indias Durán traza el peregrinaje de los antiguos mexicanos desde las siete cuevas de Aztlán hasta su llegada al sitio prometido y la fundación de la ciudad; no eran cazadores nómadas o recolectores guerreros como los chichimecas, sino que iban asentándose en diferentes lugares donde fabricaban un templo a su dios, sembraban maíz, chile y legumbres, pero, condenados a los caprichos de un dios voluble, abandonaban el lugar, dejaban a los viejos y a los enfermos poblando allí y se ponían en marcha nuevamente en busca de la tierra de promisión.
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