Un brazo extendido, un celular en mano, una mirada que no observa directamente sino a través de una pantalla. El cuerpo cambia su postura, adopta una nueva forma de mirar y de estar. ¿Qué implica este gesto en apariencia banal? Sugiere que la persona está usando la cámara integrada a su dispositivo móvil para documentar algo. ¿Qué documenta? La respuesta es poco alentadora si lo que queremos son certezas: las opciones son tantas como hay usuarios de dispositivos digitales. ¿Por qué documenta? Respondo con otra pregunta: ¿por qué no? Si tenemos al alcance de la mano una prótesis para producir recuerdos, ¿por qué fiarnos de nuestra memoria integrada, aquella que olvida, escinde y produce a su gusto? ¿Cómo lo guarda? Otra respuesta poco alentadora, pues el modo de organización de un celular es reflejo del mundo interior de cada usuario. Qué prioriza el otro, qué guarda, cómo lo guarda, por qué lo guarda así y dónde está guardado son todas incógnitas encriptadas en dos mapas neuronales simultáneos: el de su órgano cerebral y el del código que sostiene la tecnología en uso. Al final de la fiesta de cumpleaños hay cientos de imágenes, quedó grabado todo el concierto y en el carrete de fotos hay miles de momentos que parecen inolvidables.
La promesa de la prótesis mimética es que podamos liberar espacio en nuestra memoria para recordar más cosas y recordarlas mejor. La premisa es: si todo queda grabado, nada corre el riesgo de perderse de nuestra memoria. Un estudio realizado en 2014 por Linda A. Henkel, de la Universidad de Fairfield, reveló que los asistentes a un museo que tomaban fotografías de los objetos exhibidos recordaban menos detalles y elementos en comparación con quienes se limitaban a observarlos.1 Henkel nombró este fenómeno “efecto de alteración en la toma de fotografía”: al tomar una foto se reduce la capacidad cerebral de recordarlo. Este efecto se debe principalmente a que al tomar fotografías la atención se enfoca en fotografiar y no en la experimentación directa del objeto en sí. Además, el depósito de la confianza de rememoración en el aparato, que se asume recordará por nosotros, profundiza la falta de atención. En los términos que aquí nos competen, ese estudio nos ayuda a concluir que el exceso de archivo digital no garantiza la memoria, sino que la fragmenta.
Pero la memoria, así como el archivo, siempre es fragmentaria. El asunto reside en cómo nos relacionamos con la fantasía de que acumular va a prevenir el olvido, y si entendemos las aristas y consecuencias que esto tiene para el ejercicio de poder, el medioambiente y la historia.
El archivo es fragmento, primero, porque existe un proceso de la archivística llamado “valoración documental”, a través del cual se determina qué merece ser guardado, qué no y por cuánto tiempo, eso sin contar los daños a los datos por las inclemencias. Es decir: un archivo nunca comprehende un todo, es más bien el resultado final de un proceso de pérdida, quema, robo, inundación, pestes y valoración humana. Esta fragmentación, que funciona tanto como potencia de memoria como motor de la ansiedad, incita a que el usuario catalogue el mundo real. Precisamente, esto promete resolver la revolución digital cuando ofrece la ilusión de que, al digitalizar, todo será eterno.

En nuestra coyuntura, donde la memoria ha desbordado sus propias capacidades materiales, colonizando y creando el universo digital, el uso excesivo del concepto de archivo y la promesa del archivo digital lo han cambiado todo a nuestro alrededor. Una entre tantas características de esta nueva era, que todavía no termina de cuajar, es la del cambio en la forma de producción del conocimiento y su consecuente documentación y catalogación. En el pasado cambios como éstos han tenido que ver con el incremento en la información producida, ya sea por avance tecnológico o sociopolítico. Por ejemplo, el registro de datos fue una característica fundamental que permitió la colonización de América en el siglo XVI, como ahora se desarrolla una nueva forma del mismo ejercicio desde San José, California. La revolución digital, como lo fue la revolución alfabética, nos recuerda Serge Gruzinski, es ante todo una carrera por el archivo, por el almacenamiento, el manejo y el control de la data producida que, a final de cuentas, permite concentrar y acumular el poder en quien tiene control de la información.2
Usemos una foto reciente como evidencia documental para comprobarlo. En la toma de protesta del cuadragésimo séptimo presidente de Estados Unidos a principios de año se retrataron a los cuatro caballeros del tecnoapocalipsis en primera fila: Zuckerberg (Meta), Bezos (Amazon), Musk (Tesla) y Pichai (Google). Como si hubieran cambiado de características, ya no representan conquista, guerra, hambre y muerte (aunque la producen) como lo hicieron por tanto tiempo, sino que ahora son los caballeros de los datos personales, del consumo, de la tecnología y de la información. Ellos, los hombres más poderosos del mundo, han influido en cambiar la realidad en la que vivimos. No por nada hablan sobre y patrocinan al new world order, cuyos alcances y consecuencias aún se nos escapan.
No será una sorpresa decir que el archivo se ha vuelto una de las obsesiones más persistentes ahora. El concepto es invocado en conferencias académicas, en foros de derechos humanos, aparece en los libros más recientes, es personaje principal de documentales y películas e incluso ha cambiado la propia industria del entretenimiento y de la moda, que ahora se sumerge en los archivos de las casas de confección en búsqueda de piezas únicas y originales.3
Pero ¿por qué hay un exceso de archivo o al menos del uso del concepto? Según Google Book Ngram Viewer, un buscador en línea que permite rastrear la frecuencia de uso de conceptos, términos o nombres propios en publicaciones impresas entre 1500 y 2022 (que el propio Google tiene digitalizadas), el uso de la palabra “archivo” en lengua castellana muestra que la frecuencia del término en publicaciones en español ha tenido un crecimiento gradual y constante, vinculado al fortalecimiento de las estructuras administrativas estatales y a la institucionalización de los archivos nacionales y eclesiásticos. La gráfica muestra varios aumentos en su uso, sobre todo entre el siglo XVI y mediados del XVIII. Pero no es sino hasta principios del XIX que éste se acelera, y sigue al alza con algunas depresiones, como se observa a mediados del siglo XX.

Estos picos representan momentos clave en la historia de los archivos, resultados de cambios en la forma de catalogación del mundo y del desarrollo tecnológico. Déjenme explicar. A partir del siglo XIX, destaca el contexto de la profesionalización de la burocracia y el surgimiento del Estado-nación, que permitieron institucionalizar los archivos. En la América independiente esto significó también la creación y estabilización de una identidad nacional construida a partir de la memoria histórica y su sustento en fuentes primarias resguardadas en archivos. Hacia finales del mismo siglo, el crecimiento y la estabilización del Estado intensificaron su uso, el cual con el paso del tiempo ya había adquirido una forma más definida. Si le agregamos a la mezcla la automatización de la imprenta, la aceleración de los métodos de transporte y el avance tecnológico en la comunicación dado por la Primera Guerra Mundial, justificamos las alzas del XX. La baja que sigue es consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, la cual realza en la última década del siglo con la popularización de la tecnología digital, inaugurando el XXI.
La relación entre archivo y tecnología es constitutiva, y ésta no sólo responde al contexto creado por la revolución digital. En sus orígenes milenarios, éstos siempre fueron innovaciones tecnológicas: el trabajo técnico de descripción y de valoración, la organización sistematizada de los materiales y la creación de infraestructura especializada para su mantenimiento son muestra de eso. Como lo son también las fichas de catalogación, el manejo de control de pestes y la implementación de sistemas de búsqueda.
El advenimiento de la revolución digital no sólo ha cambiado el archivo, sino también los procesos de manejo y escritura de la historia. Pienso en la archivística, la diplomática y la paleografía, conocidas como las tres ciencias auxiliares de la historia, que fueron consideradas durante décadas como un conjunto de técnicas obsoletas, impartidas únicamente en los programas más conservadores (o comprometidos) de historia. Hoy éstas han recobrado una importancia inesperada que vale la pena resaltar, pues nos da otro indicador de los cambios que aquí referimos.
La diplomática ha dejado de ser una herramienta exclusiva para el estudio de la veracidad de documentos antiguos (casi siempre medievales) y se ha convertido en un recurso crucial para evaluar la veracidad de la documentación digital. La archivística, por su parte, ha ido reformulando sus principios y fundamentos para ajustarse a las nuevas necesidades tecnológicas. Mientras que la paleografía se ha automatizado al punto de ser una vanguardia en el desarrollo de la tecnología del reconocimiento óptico de caracteres, sobre todo enfocado en el reconocimiento y transcripción de grafías manuscritas en documentos antiguos con el uso de inteligencia artificial.
Por estos cambios, no debe sorprendernos que ahora el entrenamiento formal de los archivistas esté directamente ligado con las ciencias de la información, la informática y los sistemas complejos. Se ha convertido así en una disciplina que evoluciona rápido, cuyas consecuencias a largo plazo son difíciles de prever. El almacenamiento de documentos y datos a gran escala, así como las facetas que toma el acceso a la información, los sistemas de búsqueda y los mecanismos de control, que fueron más o menos iguales por siglos, en el lapso de tres décadas se han transferido a plataformas digitales, creadas y cuidadas por diseñadores de datos y programadores. La prioridad para el acceso a los documentos y colecciones ahora radica en crear repositorios digitales que prometen perdurabilidad y acceso.

La experiencia de estas ciencias auxiliares y los cambios que ha sufrido el archivo a manos de lo digital son un indicador clave que nos permite enfrentar de forma crítica los desafíos contemporáneos en la gestión, validación y preservación de la información. Además, asoma una pregunta interrelacionada: ¿qué sucede con la escritura de la historia en el mundo digital? La posibilidad de acceso a bases de datos, repositorios en línea y millones de libros a la mano han transformado el oficio del historiador y la escritura de la historia.
La tecnología y el archivo digital no están exentos de los problemas que prometen resolver. A continuación, cuatro puntos a considerar:
1. Para acceder a las bases de datos digitales, primero hay que tener una computadora con internet y contar con destreza digital, pues la navegación de estas colecciones no suele ser sencilla. Esto le cierra la puerta a una parte muy importante de la población, sobre todo a los adultos mayores y a las personas rurales. ¿Qué pasa, además, con la privacidad de la información personal si el acceso a las bases de datos muchas veces involucra un minado de la data del usuario? Por otro lado, ¿quién es el dueño de los sistemas donde ponemos la información y quién tiene el control del acceso en términos globales?
2. Las decisiones políticas se toman por medio de sistemas de comunicación inmediata que no dejan un archivo burocrático formal, lo que implica falta de registro y, en consecuencia, de acceso. Por ejemplo, el 14 de marzo de este 2025, Jeffrey Goldberg, editor de The Atlantic, reveló que la administración Trump planeó un ataque a Yemen a través de una serie de mensajes en Signal, un sistema de comunicación instantánea cifrado. Al día siguiente, el bombardeo ocurrió según lo chateado. Así como la guerra se planifica en Signal, se dice que la política mexicana se negocia en WhatsApp. ¿Qué implica que una empresa privada controle estos medios? ¿Cómo afectará esto la historia que se escribirá sobre nuestro presente, cuando la información para hacerlo esté cifrada detrás de códigos cerrados y controlados por empresas privadas?
3. Almacenar datos requiere grandes volúmenes de espacio, así como condiciones específicas para asegurar su conservación. La nube que recolecta nuestra memoria digital no es una suspensión de agua evaporada en la atmósfera, sino centros físicos con altísimos consumos de energía y agua, poco o nada regularizados, que producen millones de emisiones de carbono, irrumpen el hábitat donde se encuentran y elevan las temperaturas de la zona circundante.
En México se reportó en julio que los centros de datos en construcción en Querétaro carecen de regulación y transparencia en el uso del agua, mientras que las comunidades locales enfrentan desplazamientos, sequías y dificultades para acceder al agua potable.4 Estos centros se encargan, como su nombre lo dice, del manejo integral de los datos producidos de forma digital. Para lograrlo tienen que garantizar la climatización del espacio, pues los servidores que operan de manera constante generan calor y necesitan enfriarse para funcionar. Frente a este contexto, por qué documentamos, qué documentamos y cómo lo documentamos son preguntas personales sistémicas, cuyas respuestas implican también al ejercicio político, la economía, el medioambiente y a la producción de la historia.
4. Si hasta hace poco el archivo parecía pertenecer al ámbito de lo exterior, hoy su lógica también se ha desplazado hacia lo más íntimo: el propio cerebro. El objetivo final de muchos desarrollos tecnológicos actuales es emular la mente humana, algo que, hasta ahora, sólo la mente humana había sido capaz de intentar (recomiendo leer Maniac de Benjamin Labatut). La imitación del cerebro humano ha dotado a la tecnología de un lenguaje propio, retomado desde la neurociencia. El desarrollo de códigos, sistemas de análisis y más recientemente la creación de redes neuronales artificiales (neural networks) para el machine learning son la culminación del mismo proceso. Entre las funciones que se busca replicar está, por supuesto, la memoria. Y, si Linda A. Henkel tiene razón, nuestros procesos cognitivos están perdiendo fuerza a favor de la prótesis mimética que portamos todos en la bolsa del pantalón.
El archivo no es una cosa, sino una relación: con el tiempo, con el poder, con la pérdida. Su definición, siempre inestable, se reconfigura según los regímenes tecnológicos, las ansiedades históricas y los lenguajes que lo nombran. Que la palabra “archivo”, y su uso, se haya disparado en frecuencia en los siglos XVI, XIX y desde finales del siglo XX no es casualidad: responde a giros epocales donde la acumulación de datos se convierte en práctica vital y gubernamental con importantes consecuencias éticas, políticas y ambientales. Pero esta proliferación no equivale a claridad. Al contrario: cuanto más decimos “archivo”, más se vuelve necesario preguntarnos qué significa, para quién funciona y a qué costo se sostiene. En tiempos de sobreabundancia y olvido automatizado, adelantar la pregunta por el archivo, su forma, su materia, su control y su historia es imperativo.
Camila Ordorica
Doctorante en Historia por la Universidad de Texas en Austin
1 Henkel, L. A. “Point-and-Shoot Memories: The Influence of Taking Photos on Memory for a Museum Tour”. Psychological Science 25, no. 2, 2014, pp. 396-402.
2 Gruzinski, S. Quand les Indiens parlaient latin: Colonisation alphabétique et métissage dans l’Amérique du XVIe siècle, Fayard Histoire, París, 2023.
3 Allaire, C. “Kylie Jenner Dug Into the ’90s Archives for the CFDA Awards”, Vogue, 8 de noviembre de 2022, https://www.vogue.com/article/kylie-jenner-vintage-90s-dress-cfda-awards.
4 “México: centros de datos crecen con inversiones de Amazon, Microsoft y Google, pero carecen de regulación y transparencia en el uso del agua”, Business & Human Rights Resource Centre; “Querétaro y los centros de datos: el alto costo hídrico y social del paraíso tecnológico de México”, WIRED, 3 de junio de 2025.