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Camille Paglia. Escritora. Entre sus libros, Sexual Personae y Sex, y Art and American Culture.

La vida de Lady Di pareció seguir una ruta que fue de lo sublime a lo vulgar. Al menos ese es el veredicto de los tres textos que aquí les presentamos, cada uno de los cuales se rebela contra la cursilería general.

Diana era un nuevo tipo de mujer que hizo acto de presencia cuando el feminismo parecía haber definido sexualmente a la mujer como la profesional blanca de clase media alta con portafolios. Su novedad consistía en su frescura, su feminidad, su deseo de matrimonio y de hijos, su glamour.

Al principio era como una niña torpe. Se comunicaba con su cuerpo y consiguió que el mundo se enamorara de ella sólo a través de ese lenguaje corporal. Recibió entrenamiento de bailarina y se le notaba en sus movimientos graciosos y estilizados, saliendo de las limusinas, viéndose fantástica en sus vestidos. La vimos evolucionar rápidamente: de una limpia y tímida rosa inglesa a una sofisticada reina del glamour.

En su primera aparición pública con Carlos, después de casados, llevaba un vestido negro estupendo, muy escotado —que luego supimos que había horrorizado al príncipe—. Le tomaron numerosas fotos desde arriba, mientras salía del coche o subía las amplias escaleras del teatro de la ópera, y vimos su busto magnífico queriéndose volcar sobre el vestido; atestiguamos un fuerte rompimiento con su imagen de virgen tímida.

Ese fue el momento en que por primera vez vimos su habilidad para manipular su carisma y coquetear con la prensa internacional de la forma en que sólo las estrellas de Hollywood y los ídolos de la música lo pueden hacer —Madonna, por supuesto, y también la Dietrich—. Hubo un nivel de manipulación Madonna-Dietrich. La prensa se convirtió en su aliada contra el conservador establishment británico; los burócratas y la Casa de Windsor la congelaron, así que se valió de los medios para hacer sentir su personalidad y sus puntos de vista.

El escenario de la prensa mundial se convirtió en la ruta de su expresividad. Pero tuvo que pagar un precio por ello. Sí, dejó salir de la botella al genio, lo que la devoró y al final la llevó a este desastre. Cuando escribí en la revista The New Republic cómo «Diana la Cazadora» estaba fija en la mirilla telescópica de todo mundo, me imaginé que habría problemas. Y en efecto, empezó a caer en una espiral fuera de control. Empezó a cometer errores —uno de los más graves fue, quizás, confiarle su seguridad a la escoria de Dodi Fayed y su gente: un montón de idiotas incompetentes—. Después de todo, estaba bajo su cuidado cuando pasó este accidente.

Pensé que, habiendo aceptado la responsabilidad de ser la madre del futuro rey, quizá la actualización de su persona no debía ser siempre su principal objetivo. Y sentí que empezaba a oscilar vertiginosamente entre la vida intensa del beau monde europeo y sus ostentosas muestras de caridad. La artificialidad de todo esto crecía. Tenía un contacto genuinamente humano con la gente, y cuando se embarcaba en esas misiones de compasión parecía sentirlas de veras. Pero, a medida que el tiempo avanzaba, observé una creciente teatralidad, rigidez —o incluso desesperación— en este patrón oscilatorio que la envolvía.

Una vez que se separó de Carlos, pudo haber alejado a los medios adoptando un estilo de vida más reservado. Si se hubiera comportado de una manera más reservada y digna, el mundo no hubiera perdido el interés y no hubiéramos visto esta obsesión demencial. Pareció que ella pensaba que se podía terminar con esta locura con una simple fórmula, con sólo decir, «muy bien, ya acabé con eso, los hice perseguirme durante todo este tiempo, pero ahora la persecución ha terminado».

Empezó a desperdiciar su enorme don. En algún momento dijo que, para darle significado a la vida, un trabajo satisfactorio era mejor que una pareja. Ojalá le hubiera hecho caso a sus propias palabras pues el no hacerlo la llevó a un final indigno: encontró la muerte en el coche de un gigolo saliendo en desbandada del Ritz.

El mundo se enamoró de ella a través de la prensa amarillista. Sí, espero que cuelguen a los paparazzi. Me dio mucho gusto enterarme que uno de ellos fue tundido a golpes por la gente, y espero que no sólo los culpen de asesinato involuntario. Pero me parece que también hay sangre en las manos de la Casa de Windsor. Los que son realmente responsables de este accidente son todos los de la Casa de Windsor, de arriba a abajo, de la familia real a los burócratas, quienes fueron incapaces de darse cuenta del valor de esta joya increíble de la corona que había mantenido la monarquía hasta entonces.

Todo el mundo comentó el día de la boda, mientras miles de jóvenes se apelotonaban en las calles para ver a la pareja, que ése era el futuro de la corona, que, con Diana, la monarquía había restaurado su modernidad. Sin embargo, el maltrato hacia ella, y la cadena sórdida de hechos que vino después, pueden quizá significar el fin de la monarquía británica. En todo caso el asunto es de la mayor importancia. La tremenda pérdida de prestigio y confianza de y hacia la monarquía se desprende de la manera tan absolutamente ridícula en que la trató la realeza.

Diana mostró toda la buena voluntad de que pudo echar mano para formar parte de esa institución —la Casa de Windsor—, pero ellos nunca le ofrecieron el tipo de ayuda que se necesitaba. Era una persona que necesitaba grandes cantidades de apoyo emocional. Recibió, en cambio, todos estos celos ridículos que la desestabilizaron, y vaya que fueron pródigos. En fin, la destruyeron.

Parecía que mucho de lo que Diana hacía —incluyendo el dejarse fotografiar mientras abrazaba a Dodi Fayed— lo hacía para desdeñar a Camilla Parker-Bowles. No me sorprendería saber que había una competencia teatral en todo aquello; psicológicamente, tiene mucho sentido. Está, además, el tema de la traición: una heroína de cuento de hadas, Blancanieves, es la víctima de la conspiración de una reina malvada. O es la historia del Retrato de una dama de James, una muchacha inocente es la víctima de una oscura señora en complicidad con un hombre. Nuestros corazones se inclinaron hacia ella porque sentíamos que maniobrar contra esta constelación de enemigos —la Casa de Windsor y la mujer maligna del pasado de Carlos— estaba más allá de sus posibilidades.

Creo que el hecho de que Camilla Parker-Bowles sea tan poco atractiva perturba a la gente. Si se tratara de una de esas modelos encantadoras me hubiera imaginado a la gente pensando en Diana en términos de sus responsabilidades de madre, y que, bueno, a menudo sucede que el marido se pierde por ahí. Pero ver a Carlos caer bajo el dominio de esta mujer que carece del mínimo atributo femenino convencional nos hizo sospechar algún extraño psicodrama en la mente de Carlos. ¿Quién era Camilla? ¿Una imagen oscura de la madre del Príncipe de Gales? Era como si algo infame y decadente estuviera desarrollándose en la Casa de Windsor, y ahí estaba esa fragante rosa de Inglaterra, contaminándose y entrampándose cada vez más. Y uno, claro, sentía ganas de ayudarla, de ir a la guerra por ella contra aquellos que la insultaban.

Fue entonces que se apareció este tipo medio sucio que era Dodi Fayed. Pienso que esta relación final fue lo peor. La relación de Diana con este señor recordó una analogía hollywoodense: la hija de Lana Turner apuñalando al mafioso. Al final, la vida de Diana parecía dirigirse hacia lo repugnante y lo vulgar, y no se puede culpar a la prensa sensacionalista por esto.

Una vez que nos recuperemos de la impresión inmediata nos parecerá entender cierta inevitabilidad en la forma en que murió —como pasó con las muertes de Marilyn Monroe y James Dean—. Miraremos hacia atrás y diremos, «sí, era lógico». También me acuerdo de Alí Khan, el famoso playboy con quien otra inocente, Rita Hayworth, se casó para ser traicionada después. Si Diana se hubiera casado con Dodi Fayed, pienso que habría acabado en la misma desilusión con la que acabó Rita Hayworth. También Alí Khan se murió en un accidente automovilístico. Pero esto es muy diferente. Esto no pasó en una carretera en el campo, donde, por ejemplo, murieron James Dean y Grace Kelly. Esto pasó saliendo del Ritz, en medio de la noche, con un hombre del Ritz al volante que no sólo era a las claras un incompetente, sino que, además, como resultó después, estaba ebrio, lo que los hizo zigzaguear precipitadamente por las calles de París a una velocidad con la que pudo haber matado a otros, no sólo a los que iban en el auto que conducía.

Y ¿todo para qué? Para tomarle unas fotos. Y ni siquiera se trataba de unas vacaciones privadas. Estaba en París; comió en un lugar público. Sin embargo, existía este juego sadomasoquista jugado por los paparazzi que pone a todos en peligro. Tenemos suerte de que otros inocentes no hayan muerto o resultado heridos en esta locura.

Quizá Diana nos hizo a todos un favor al morir cuando lo hizo, a los 36, con su hermosa imagen congelada en nuestras mentes, antes de que envejeciera y decayera. Recordamos a James Dean, justo como se veía en su momento; la película «Gigante» se había estrenado el día anterior o algo así, y fue una de sus grandes actuaciones. Por otro lado, si Bob Dylan se hubiera muerto en ese accidente con su motocicleta a mediados de los sesentas, lo recordaríamos en la cima de su arte, y no lo veríamos hoy, arrastrando su humanidad por el mundo, maltratando sus propias canciones.

Traducción de René Rabell