
El visitante que por primera vez entrara en la casa estudio de Mariana Yampolsky —una construcción diseñada por ella como anexo a su hogar en Tlalpan—, notaría de inmediato y de manera inevitable que los libros ocupaban un papel destacado en la vida y el trabajo de nuestra fotógrafa. Al centro de esa casa estudio, bajo la luz generosa proveniente de un domo, se ubicaba una cómoda sala con chimenea enmarcada por dos altísimos libreros, repletos con libros de diversas temáticas: historia, arte, ciencias sociales, literatura… La iluminación solar resalta este espacio destinado a la lectura en esa primera planta de la casa estudio, y contrasta con la penumbra que domina en otras de sus áreas. Al lado de esta sala, se encuentra la entrada al cuarto oscuro donde Mariana revelaba sus fotos. No me parece exagerado imaginar que al momento de diseñar esa convivencia de ambientes, la artista haya ido más allá de lo meramente funcional y pensara en un símbolo donde se reúnen la fotografía y la lectura, la luz indispensable para leer y la oscuridad necesaria para el revelado. La fotografía es, al mismo tiempo, imposible sin la luz, y para una lectora, una coleccionista de libros como Mariana Yampolsky, otra luz provenía también de su biblioteca.
Además de ese espacio central, en el resto de la casa estudio no había un solo rincón sin libros. El descanso de las escaleras resguardaba del sol grandes volúmenes de libros dedicados al arte, algunas revistas y long-plays. En la planta alta, un área de trabajo formada por un escritorio y dos libreros albergaba la variada y rica colección de libros infantiles y sobre educación con los que Mariana apoyó su labor editorial durante sus años como colaboradora de la Secretaría de Educación Pública. Dos estrechos pasillos permitían acceder a la parte superior de los libreros que venían desde la planta baja, donde se encontraban más títulos de historia y arte popular, entre otras materias. En una habitación, sobre un armario, se encontraban dos largas repisas nutridas con ediciones de bolsillo de obras literarias, la mayoría de ellas en inglés. Y aun en la terraza, Mariana había colocado estantes para tener a la mano lecturas sobre teoría de la fotografía, más obras literarias y, notoriamente, diversas obras escritas por John Berger, el crítico de arte británico.
De acuerdo con el inventario realizado con motivo de la donación de su archivo y biblioteca a la Universidad Iberoamericana, Mariana Yampolsky llegó a coleccionar más de 11 mil volúmenes impresos y de los más variados temas. En vida, fueron para ella materiales de trabajo que alimentaron su obra como grabadora, fotógrafa, curadora, editora y autora ella misma de otros libros.
En “La biblioteca de Mariana”, Arjen van der Sluis, quien fuera esposo de la fotógrafa, cuenta que el contacto de ella con los libros se dio desde la infancia, en la casa paterna. Por otro lado, Elena Poniatowska narra en Mariana y la buganvilia que cuando aquella niña ingresó a la primaria, aprovechó la riqueza de volúmenes que le ofrecía la biblioteca pública y en ellos encontró lecturas que la marcaron hasta la vida adulta:
…cada semana sacaba cinco o seis libros. De niña leyó el Shakespeare, de Charles Lamb y más tarde se aficionó a Shakespeare al grado de enseñarlo. Nunca le llamaron la atención las novelas de misterio que ahora le divierten y en cambio devoró biografías que habría de comentar con sus inseparables amigas que todavía lo son, Zoya Silvester y Marjorie Sperry.
Van der Sluis afirma que cuando Mariana llegó a México en 1944, “traía consigo el núcleo de lo que iba a convertirse en su gran biblioteca formada a lo largo de 50 años. Algunos de esos libros fueron sus predilectos durante su adolescencia y otros de sus años universitarios, todos en inglés: literatura, prosa y poesía, norteamericana e inglesa; libros de texto de biología, microbiología y anatomía humana y, sobre todo, libros de arte e historia del arte y aún cancioneros”.
Desde su llegada a México y luego de incorporarse al Taller de Gráfica Popular, Mariana participó en actividades y proyectos relacionados con los libros o con el trabajo editorial en general. Así, por ejemplo, se desempeñó como profesora de literatura inglesa en el Colegio Garside, de la Ciudad de México, lo que le permitió compartir con las alumnas el entusiasmo por sus obras literarias predilectas. Casi simultáneamente fue invitada por Hannes Meyer para colaborar en la revista Construyamos escuelas. Luego de sus estudios en la Esmeralda, ingresó en 1949 a la Escuela de las Artes del Libro (antecedente de la Escuela Nacional de Artes Gráficas, hoy Centro de Estudios Tecnológicos, Industriales y de Servicios 11). A partir de esta época, el trabajo relacionado con la escritura y edición tanto de libros como revistas, formó parte de la vida profesional de nuestra artista a la par de su trabajo como fotógrafa.
Una de las experiencias más significativas en esta trayectoria fue su colaboración en el Fondo Editorial de la Plástica Mexicana a partir de 1962, por invitación de su director, Leopoldo Méndez. “Fue un entrenamiento único”, declaró años después a su amiga Elena Poniatowska:
La idea tras del Fondo Editorial de la Plástica Mexicana, en el que intervinieron Leopoldo Méndez, Rafael Carrillo y Manuel Álvarez Bravo, fue crear a través de libros de arte de gran calidad un archivo de la historia del arte en México. Aunque se hacían libros comerciales, en esos años no había publicación digna, ni reproducciones de primer orden. Con ayuda del gobierno de López Mateos, Leopoldo y Manuel pudieron ir a Holanda y tardaron un año en hacer un libro definitivo sobre el muralismo mexicano con reproducciones impresionantes. Por primera vez vimos en México libros no comerciales impresos con la mejor tecnología porque se pidieron pruebas a varios países que hacían impresiones de alta calidad: Estados Unidos, Europa, y se seleccionó Holanda por su fidelidad al original.
Fruto destacado de esa empresa fue Lo efímero y lo eterno en el arte popular mexicano, libro en dos volúmenes en el que colaboró al lado de Manuel Álvarez Bravo, pues además de participar en el proceso editorial también incluyó fotografías propias: “pude salir a los pueblos y fotografiar ceremonias y rituales. Casi todos fueron retratados [sic] por el equipo de Manuel Álvarez Bravo que son fotografías de interior; yo, en cambio, tuve la fortuna de salir a tomar fotos en vivo, en los pueblos más apartados”.
El periodo en que Mariana Yampolsky ejerció de manera más contínua la gestión editorial fue sin lugar a dudas el que va de 1972 a 1982, cuando colaboró en la Secretaría de Educación Pública. De 72 a 78 tuvo a su cargo el diseño de libros de texto gratuito y fue coautora de libros de Ciencias Naturales para primaria. Del 78 al 80 dirigió la enciclopedia infantil Colibrí, un proyecto destinado a promover la lectura y la cultura mexicana a través de textos escritos por jóvenes y consagrados (Octavio Paz uno de éstos, por ejemplo), a la par que ilustrados por obras de reconocidos artistas plásticos. Es inevitable pensar que de alguna manera, en Colibrí Mariana continuaba en la línea de trabajo colaborativo de una marcada incidencia social, que había practicado en el Taller de la Gráfica Popular (TGP); sólo que en esta ocasión, esta línea se desarrollaba sobre el campo de la educación infantil, y en vez de la antigua prensa heredada de la Comuna francesa del XIX que se usaba en el TGP, ahora era necesario valerse de la impresión moderna a gran escala y a color para que llegaran a sus lectores los fascículos de Colibrí —que al completar un volumen podían encuadernarse con una cartera diseñada ex profeso—.
Todavía para la SEP, Mariana Yampolsky publicó otros libros antes de concluir su participación en esa entidad: La imagen de Zapata, El ciclo mágico de los días, Imaginación y realidad, Niños y Juguetes mexicanos fueron títulos dedicados a los infantes en los que también ellos participaban mediante dibujos y textos. Diego Rivera y los frescos en la Secretaría de Educación Pública y Francisco Toledo, son dos estudios en torno a dos de los pintores mexicanos del siglo XX más relevantes, y con ellos se cerraba la participación de Mariana en la Secretaría.
Hasta su partida en 2002, Mariana editó, colaboró y escribió un número importante de libros mientras seguía fotografiando México, y su fama en este arte se acrecentaba. Tampoco dejó de adquirir y coleccionar más libros, ni de leerlos:
Todos los días, por la noche, solía permitirse unos 20 minutos para leer antes de caer en un sueño profundo. Por la mañana, antes de levantarse, encontraba otros 20 minutos para retomar su lectura. En sus itinerarios durante el día, casi siempre llevaba consigo un libro para aprovechar los ratos de espera o descanso. Como el buen ajedrecista que simultáneamente juega en varios tableros, Mariana podía leer varios libros a la vez.
¿Qué tesoros resguarda la biblioteca de Mariana Yampolsky? En el área de Acervos Históricos de la Universidad Iberoamericana —lugar en el que residirá a partir de 2018— apenas hemos comenzado a explorarlos. Los libros de Mariana se mudaron a nuestro acervo de libros antiguos y raros, donde conviven con más de cien mil volúmenes publicados entre los siglos XVI y XXI, de todas las temáticas, algunos de ellos están firmados y dedicados por sus autores, otros son ejemplares de una edición limitada, y muchos de ellos pertenecieron a las bibliotecas de otros destacados personajes de la cultura mexicana como el historiador y bibliófilo Manuel Ignacio Pérez Alonso SJ o el filólogo Ignacio Guzmán Betancourt, entre otros. En este lugar, los libros de Mariana se conservarán en el orden en que ella misma los dispuso en su casa estudio, y estarán abiertos a la consulta de todo el público interesado.
Aunque aún no han sido catalogados, las investigadoras e investigadores del arte mexicano se han acercado en busca de materiales muy específicos: “¿Tendría Mariana entre sus libros un ejemplar de este título, que no he podido localizar en otras bibliotecas?”. “¿Podemos buscar este ejemplar escrito por Mariana que ya no se consigue en ninguna parte?”. “En un artículo se menciona esta publicación sobre el Taller de Gráfica Popular. Seguramente ella tendría una copia”, etc. Algunas veces la intuición de la investigadora acertó y encontramos el material; en otras ocasiones no ocurre así y sin embargo, ante la riqueza y variedad de la colección, difícilmente las usuarias se retiran sin haber encontrado en la biblioteca de Mariana Yampolsky otros materiales que les resulten interesantes.
Luis Héctor Inclán Cienfuegos
Académico adscrito a la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.