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Noé Cárdenas. Escritor. Secretario de Redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

Juan García Ponce

Cuentos completos

Seix Barral

Colección Biblioteca Breve

México, 1997

458 pp.

Acaso los cuentos de Juan García Ponce hayan sido concebidos como tentativas: primeros trazos que llegarían a completar una novela; reflexiones en torno a la paradójica situación de darle cuerda a una mera posibilidad de la realidad, imposible de abordar de manera directa (se lee en «Enigma»: «la realidad es tan vasta que abarca y encierra y mezcla y confunde todas las preguntas hasta que la única respuesta es la ausencia de respuestas que hace tan vasta la realidad»); acaso los cuentos de García Ponce —cinco libros publicados entre 1963 y 1995: La noche, Imagen primera, Encuentros, Figuraciones y Cinco mujeres, ahora reunidos en un solo volumen— hayan sido concebidos como figuraciones que van tomando forma sólo cuando éstas son puestas por escrito, constituyendo una colección de artículos narrativos pertenecientes a una suerte de enciclopedia literaria que encierra una manera de ver el mundo. Así, no es raro hallar entre sus cuentos títulos de una sola palabra: un «Envío», una «Anticipación», un «Rito», un «Enigma»; o animales, lugares, personas: «El gato», La gaviota», «Tajimara» «La plaza», «Cinco mujeres».

La perspectiva que ofrece el conjunto de los cuentos de Juan García Ponce permite hacer un seguimiento de los asuntos y su manera de abordarlos que luego irían consolidándose como obsesiones de este artista. Por ejemplo, en algunas piezas iniciales ya se halla el prestigio que añora o celebra una pareja de haberse conocido durante la adolescencia, como si esta edad en la que campean completud con virginidad fuera el clímax después del cual todo sería búsqueda de justificaciones para los actos humanos cifrados en el amor. El amor, el enamoramiento —que es la única vía que torna realidad toda posibilidad— de la adolescencia no volverá a manifestarse del mismo modo si no es siguiendo caminos desviados de la «normalidad», los del deseo adulto que todo lo pervierte. Que el autor continúa celebrando el estado puro del amor primero — hermosamente descrito en «La gaviota»— se confirma en la pieza «Retrato de un amor adolescente» del libro de 1995. Y qué distancia temporal debe adoptar A-1, uno de los protagonistas de «Anticipación», para asumir que la imagen que cristalizará su vida y se llevará a la tumba es una instantánea de su amor adolescente.

En el mundo escrito de García Ponce, bien identificable en sus cuentos, rige una normalidad amoral nacida de y para la ficción, afincada en gran medida en el deleite erótico, el cual resultaría estéril si no interviniera soberana-mente la imaginación. Qué sinuosidades debe seguir la narración del narrador de «Tajimara» para poder abordar la historia que sí quiere contar, que no es otra sino la de un amor incestuoso; qué recursos los de la Rosa, la criada que consigue perturbar al joven y próspero psiquiatra en «Enigma».

Desde los primeros cuentos existe por parte de los personajes la preocupación de hallar justificaciones que ayuden a sobrellevar la culpa, a transformarla en crisol en el cual cristalizar las posibilidades de la realidad. «Por terribles que sean nuestros actos [reflexiona el personaje narrador de «La noche»], estoy seguro de que tiene que haber algo que nos lleve a comprenderlos y justificarlos, porque de otro modo el mundo carecería de sentido y nos quedaríamos solos, incapaces de soportar nuestro dolor». Es en este mismo relato que se lee «Mirar es aceptar»: premisa transformadora de todo participante de la escritura de este autor en una suerte de voyeurista, en cómplice que se deleita siendo indiscreto.

Es fácil toparse con opiniones detractoras que dicen no hallarle sentido a contar una y otra vez la misma historia o las mismas historias. He aquí lo ritualesco de la visión del mundo de Juan García Ponce; lo sagrado y lo profano aparecen en su narrativa cotejándose o confundiéndose poderosamente. Quizá no haya otro escritor mexicano tan religiosamente profano como García Ponce. A lo largo de sus historias el temple moral y erótico queda franqueado por paradojas que abren puertas insospechadas, a veces hacia la adoración de las putas inmaculadas o hacia el desprendimiento de uno mismo para acceder aunque sea un instante a la aprehensión de la completud.

Además de reconocer en los cuentos reunidos las obsesiones centrales comunes a la obra de Juan García Ponce, leerlos de corrido permite acceder a una imagen de cómo se ha vivido, digamos, en la ciudad desde hace más de treinta años; de cómo era posible recorrerla a pie por la noche y enamorarse de las mujeres y de la bohemia. Los personajes que describe este autor en sus cuentos y las situaciones abordadas se antojan emblemáticos; quien se adentra gustosa, perturbadoramente en su narrativa experimenta emociones sólo posibles merced a la materialización garciaponceana. La creación de un otro igual en el que reflejarse también ha sido una de las preocupaciones de la narrativa de Juan García Ponce; un otro igual en el que proyecta sus inquietudes un personaje, pero también el otro igual con el cual el lector asiduo a esta escritura se identifica; ese otro que acepta porque mira puede ser uno mismo.