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Regina Aída Crespo. Tradujo dos de los cuentos que aparecen 

Los cuentos de Rubem Fonseca contienen una carga muy alta de ironía y humor. Son, sin duda, piezas talladas a mano de la literatura brasileña. 

Rubem Fonseca

El agujero en la pared

Cal y arena

México, 1997

178 pp.

Por un agujero en la pared de un cuartucho de una vieja casona en el centro de Río de Janeiro, un joven desempleado que pasaba las tardes leyendo en la Biblioteca Nacional inició su largo camino hacia la ruina. Alma de poeta, súbitamente lo descubre, tras un cuadro con una marina. El ejercicio de su voyeurismo sobre el cuerpo blanco y esbelto de Pia, la hija adolescente de la dueña de la casa de huéspedes, lo llevará muy lejos.

El cuento que da título a este nuevo libro de Rubem Fonseca anticipa su final: el joven protagonista, solo en una banca de la estación de autobuses, describe, estupefacto, como en una tragedia griega, los pasos inexorables de su drama personal: le pedirán que cometa un asesinato.

El cuento está poblado por los tradicionales personajes fonsequianos: antihéroes que deambulan por el áspero escenario de la sociedad urbana brasileña sin encontrar su lugar. Armando, huésped de la misma casona, recuerda a su padre, profesor de gramática y pastor protestante, de quien heredó el conocimiento de pasajes de la Biblia y las lecciones maniqueas de sus «acontecimientos execrables». Convertido en vendedor de playeras con frases tan profundas como fuck you, va a narrar la historia de Onán para amenazar al protagonista del cuento, por sus incursiones a través del agujero que él, Armando, había escarbado para espiar el universo lujurioso del baño de la casa de huéspedes. Tania, amante de Armando, mujer de una sensualidad grotesca y atropellante, supuesta ex-bailarina de teatro y ahora aficionada a los bailes de salón, asediará sexualmente al protagonista.

El agujero en la pared nos ofrece siete cuentos más en los que Rubem Fonseca despliega su dominio de la ironía y su destreza en el manejo de elementos normalmente asociados a la esfera ilustrada y a la cultura de masas. Los temas con los que empezó su carrera de escritor se mezclan con las discusiones políticas y culturales más recientes. A eso se agrega una actividad que el autor parece disfrutar cada vez más: su inmersión en los parajes recónditos de la erudición, trabajada alrededor de ejes temáticos. En el género novelístico, esto ha permitido que Fonseca viaje al siglo XIX brasileño y al mundo operístico (como lo hizo en El salvaje de la ópera), se introduzca en las discusiones literarias suscitadas por la narrativa rusa (Grandes emociones y pensamientos imperfectos) o se asome al arte del manejo de los cuchillos (El gran arte).

En los cuentos de El agujero en la pared encontraremos algunos de estos ejes, mezclados a las viejas preocupaciones de Fonseca: la polarización social en el espacio hostil de la ciudad, la soledad y la crisis del sujeto en una sociedad que, como la brasileña, es cada vez más selectiva. En cuanto al estilo, en su tono de cínica denuncia, Fonseca continúa utilizando un lenguaje directo, muchas veces agresivo y procaz.

El cuento que abre el volumen plantea una discusión interesante por su actualidad: un agente de la policía y dos funcionarias de la alcaldía de Río de Janeiro tratan de atrapar a un grupo de «globeros» que planean lanzar a los cielos el mayor globo del mundo. En la periferia de las grandes ciudades brasileñas, se organizan verdaderos equipos para la confección de enormes globos de papel, cargados de fuegos artificiales. Los equipos compiten para ver quién puede lanzar su globo más lejos, sin dejar que los adversarios lo atrapen cuando caiga. A pesar de todas las prohibiciones del gobierno y de las persecuciones policiacas, los globos siguen siendo lanzados, representando verdaderas amenazas ecológicas, por los incendios que pueden ocasionar.

«El globo fantasma» discute básicamente la oposición entre dos opciones excluyentes: la preservación de los bosques o de la tradición popular. En la persecución que los representantes del orden público emprenden contra aquellos ingenieros sin título —capaces de construir el enorme globo, basándose en cálculos matemáticos, en la física y en la metereología—, Fonseca discute las fronteras existentes entre los saberes, la separación entre lo que se define como alta y baja cultura y la justicia y el alcance de las decisiones aplastantes, impuestas desde arriba al conjunto de la sociedad. El globo representa simultáneamente la posibilidad del desastre ecológico, la consolidación de un crimen y, para sus autores, la realización de un sueño y la participación en el rito de su elaboración. Fonseca explica con detalles la construcción de los globos y, sociólogo medio burlón, intenta comprender la función de esta práctica social en la organización de las comunidades suburbanas. El agente policiaco, que rememora lo sucedido, parece expresar las dudas del autor, pues cuestiona su propia acción represora en nombre del «bien común», acción que las causas ecológicas, tan de moda, proponen.

La coexistencia inevitable entre los dos universos sociales —el de los excluidos y el de los excluidores— es el tema central de dos cuentos más que, con «El agujero en la pared», conforman un conjunto armonioso. En «El enano», el protagonista —otro joven desempleado que es atropellado por una mujer de la high society carioca— recuerda patéticamente cómo el sexo, la crueldad y la dominación lo envolvieron en un trágico convivio sumergiéndolo en el callejón sin salida del aislamiento y las pérdidas. Como el poeta que se extravía en esa especie de «aleph» erótico que hace de su cuartucho la antecámara de la tragedia, el exempleado bancario también es conducido a matar. La soledad de ambos, y la pérdida completa que los hermana, opone estos dos personajes al protagonista de «Placebo». El narrador de este cuento es un hombre rico que repentinamente adquiere una enfermedad incurable y desconocida. Una ex-amante lo pone en contacto con el otro lado del mundo, el de los pobres, el de los curanderos que recurren a medicinas no ortodoxas. El hombre rico tiene que someterse a lo fétido, a lo abominable, a las órdenes de un negro sin dientes, feo y arrogante, para poder escapar del dolor. Lo irónico del título en cierta forma refuerza lo que plantean los cuentos anteriores: la ineluctable oposición social y la profunda soledad que la acompaña. Los hombres, pobres y ricos, están eternamente solos en los cuentos de Rubem Fonseca, y solos se enfrentan a lo que les ofrece la sociedad, Dios, o el destino. El humor negro con que Fonseca describe la desesperación del protagonista de «Placebo», en su lucha por sobrevivir, equilibra la compasión que despiertan en el lector los protagonistas de «El enano» y de «El agujero en la pared».

«Orgullo» completa este conjunto de cuentos. En sus tres páginas vemos al protagonista, sobre una cama de hospital, debatiéndose entre lo que los brasileños conocen como la «peliculita de la vida» (el recuerdo vertiginoso de todo lo que vivimos, el cual aparece en el momento mismo de la muerte), y la reminiscencia de su madre cosiendo sus calcetines. Otro agujero aparece en esta historia y será fundamental para su resolución.

En «Idiotas que hablan otra lengua» Fonseca incursiona informalmente en el lenguaje del teatro. Uno de los temas recurrentes del autor, el del amante infatigable, aparece mezclado en un drama chusco que involucra una esposa aburrida y drogadicta, dos amantes sexualmente liberadas y un crimen con su intriga policiaca. Trata con ironía tanto la cultura machista como el feminismo. «La carne y los huesos» nos presenta nuevamente una historia de soledad narrada por su protagonista. Un hombre de negocios, acostumbrado a los viajes, vive una especie de epifanía lúgubre, en una ciudad extranjera (seguramente México, por la alusión a un plato de gusanos) para después enfrentarse con lo que los huesos representan. El recurso a lo patético y a lo grotesco se asocia a una delicada descripción del duelo sin palabras, de lo inexorable y prosaico de la muerte, con la cual aún no sabemos convivir.

Finalmente, no podría faltar en este libro un cuento que tratara un tema que parece obsesionar a Fonseca, quien sigue preguntándose acerca de la tarea y el lugar social del escritor. En «Artes y oficios», el protagonista contrata a un ghostwriter para que escriba un libro con el estilo de Machado de Assis (el canon eterno de la literatura brasileña). Su objetivo es obtener el status que, como nuevo rico, no puede alcanzar. El libro se llama significativamente El falsario y es la historia de un escritor que inventa una autobiografía del famoso prosista. Para tratar de las cuestiones de la autoría, de la originalidad y de la función de la literatura, Fonseca recurre a la intertextualidad, al pastiche, a la ironía y al humor. Quizás lo haga como una manera de reforzar su propio lugar en la literatura brasileña, como un autor nada ortodoxo y permanentemente abierto a todas las posibilidades que encuentre para enriquecer su arte de narrar. Quizás se burle del aura sagrada que se acostumbra dar a la labor literaria. El oportunismo del protagonista para resolver la cuestión de la autoría del texto de una manera «eficiente» muestra la ironía de Fonseca ante la «alta cultura», lo «prosaico del mercado» y sus constantes contactos.

Es indiscutible que los cuentos de Rubem Fonseca tienen como característica básica atrapar al lector. Tal vez a esto contribuya el hecho de que pueden leerse de diversas maneras. Satisfacen tanto a quienes buscan simplemente una historia entretenida como a aquellos, más informados, que quieren reflexionar sobre temas sustanciosos. Aunque esto disguste a algunos, no se puede negar que Fonseca maneja una combinación equilibrada que le ha permitido mantenerse entre los autores brasileños de mayor éxito.