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En su novela Metamorfosis (1921) Federico Gamboa nos dejó una descripción de «esa buena Ciudad de México», sus calles, sus transportes y sus personajes. Para muestra un fragmento, donde el escritor se ensaña con los taxistas de ayer.

En la puerta de la calle despach su carruaje al domicilio, y en la esquina de la de Gante tom uno de bandera azul, con buenos caballos, cuyo auriga lo saludó respetuosamente, con algo de malicia en su fisonomía inteligente del antiguo granuja metropolitano, que lo mismo conoce en los últimos rincones de la ciudad que los primeros apellidos de sus hijos; una malicia refinada y espiritual, que con gusto se pone al servicio del «patrón» que lo ocupa, para lo que le mande sea apropiado o reprobado; característica que hace del cochero de punto, en esta buena ciudad de México, un tipo exclusivo de ella, muy interesante; en continua peleas con los bandidos y con los agentes de policía; eterno victimario de extranjeros, especialmente si son yanquis y yanquis excursionistas para los que descaradamente disminuye en andar de los pencos y aumente los precios de la tarifa; benefactor ignorado de pecadoras en boga, a las que fía el vehículo días enteros, y hasta semanas, seguro de que al hacerse ellas de recursos, estiman el favor y pagan la deuda con liberales y espontáneos réditos; enamorado empedernido de criadas y modistillas bonitas; recio bebedor de «curado», al que rara vez le consiente que se le suba a la cabeza; fumador y tahúr; amigo de escándalos y bodorrios; valeroso y digno; muy celoso de su elegante traje de charro, que lleva con soltura; altanero y zumbón, y sin embargo, simpático, jovial, llegando hasta el sacrificio de su libertad y de su pellejo, si el parroquiano que se la exige es un santo de su devoción.