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Un inocente paseo por el centro de Coyoacán puede sorprendernos al convertirse en un desagradable viaje por el tiempo o en un choque generacional.

Sólo equiparable con la población itinerante del llamado mercado del Chopo, en cuanto a variedad de atuendos extravagantes y miradas retadoras de desencanto y hastío, resulta el zócalo de Coyoacán los fines de semana a partir del crepúsculo. Se dan cita hordas provenientes de muy diversos puntos de la urbe como si se tratara de tribus bárbaras que hallaran un remanso propicio para mostrar sus raros aspectos e intercambiar objetos, brebajes, sustancias «ponedoras» o hasta mujeres, en pos de extender los lazos culturales de sus bandas.

Predomina el negro en los atuendos y adornos de estos visitantes de gesto invariablemente adusto que tienen si acaso la veintena en promedio de edad. Es el mismo negro existencialista de los cincuentas y los sesentas, sólo que ahora sazonado con ribetes grunge, dark o generación x —subraye lo correcto—, lo cual da por resultado una amalgama negra en la que pugnan por dominar los hijos de los obreros de Seattle, los hijos de los trabajadores de Santa Fe y los jóvenes avampirados de la clase media urbana. Las prendas más comunes son: chamarras cortas o largas de cuero, pantalones de mezclilla negros, zapatones de obrero y vestidos largos de hilo entubados y encajes. Varones y hembras se pintan de negro los ojos, los labios y las uñas. El pelo puede estar moldeado formando crestas policromas, o medio rapado, o luciendo mordeduras.

Estos grupos se reúnen en el zócalo de Coyoacán en islotes bien diferenciados de los infaltables artesanos, cuyo baño de pachuli se advierte desde varias decenas de metros antes de toparse con ellos. Estilan trajes de manta blanca, huipiles o ropones chiapanecos o guatemaltecos, cabellos y barba luengos y, a veces, hasta cascabeles en las espinillas. Estos artesanos —venden bolsas, dijes, instrumentos musicales, accesorios para «matar las bachas»—, a veces emplumados, han adoptado el look de los indígenas de a de veras que abundan en la plaza y cuya vendimia es la menos beneficiada a pesar del tránsito constante de visitantes. Mencioné a los de la cultura de atuendo negro y a los artesanos, los cuales son los que llegan y se asientan en la plaza. En los cafés, bares y cervecerías de alrededor brillan por su ausencia. Estos chan-garros alojan al grueso de los visitantes de la plaza, entre los que me incluyo, como si fuéramos observadores extranjeros merced a que nuestros atuendos regulares no son llamativos excepto si atraviesa uno la plaza. Ahí en medio, el que va pasando es mirado con rencor, como un intruso que nada sabe del hastío, ni de la protesta, ni de rock; ni de Quetzalcóatl ni hacer sonar un caracol. Ahí iba yo con mi suetercito de Suburbia a lo César Costa mirado como por zopilotes y arpías ignorante de que en esos islotes se lleva a cabo una suerte de fiesta privada. Ahí en medio, los de negro bailan descoyuntándose al son de un ruido infernal proveniente de un tocacintas enorme; se prometen entre ellos jamás, pero jamás, usar un ridículo suetercito como el de ese fresa que va caminando temeroso hacia la salida de la plaza.