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La desaparición de un restaurante deja una sensación de desamparo; pero su recuerdo nos deja la certeza de que hubo tiempos mejores. 

A veces los lugares se vuelven una cos-tumbre, un rasgo de la ciudad, un recuerdo diario. Como las estatuas, como algunas calles, como ciertas casas, suelen parecer eternos. Sin embargo, de pronto pueden desaparecer, dejando en la memoria un ligero desconcierto, la vaga sensación de un recuerdo equivocado, la incertidumbre de una búsqueda errónea, de que el sitio añorado está en otra parte. Pero el olvido es preciso.

La desaparición de un restaurante deja una sensación de desamparo. El cierre de La Veiga, por ejemplo, dejó a muchos parroquianos deambulando desesperadamente, perdidos en cafés que no invitan al arraigo, dispersos en cualquier bar o en algún salón de té con ambiente a tedio de señora. Tampoco las ratas anidan ya en los anaqueles de la panadería, que siempre fueron polvosos, ni en la cocina tapiada desde hace años, pero el anuncio con el nombre del restaurante, cafetería, panificadora, se niega a caer.

Una cita en un lugar cerrado no sólo puede volverse un descubrimiento atroz, sino que produce una sensación contundente de estupidez. El Bar Alfonsos cerró hace dos años y uno lo ignoraba. A pesar de ser un lugar tradicional, lo hizo casi en secreto y sólo dejó un letrero de «se renta» en uno de los balcones. También el Casino Alemán, en la calle de Oaxaca, apareció un día cerrado para siempre.

Fue una huelga la que acabó con el Prendes. Mr. Hill, gerente de la American Book Store, que usaba sombrero y comía ahí diariamente, ya había muerto cuando meseros, cocineros y cochambreros pusieron la bandera rojinegra sin irle al Atlas, terminando con los tuétanos, la ensalada de bonito y el filete Chemita. Lo abrieron momentáneamente, pero se había vuelto más oscuro y sus murales hechos de retratos parecían más sombríos. Los meseros y los cocineros desaparecieron poco a poco. Sólo quedó la puerta metálica con un implacable recuadro rojo y negro.

La decadencia de La Ola transcurrió muy lentamente. Dejó de ser cantina para convertirse en restaurante y ya no pudo volver a ser cantina. Su decorado de olitas le daba un aspecto de academia de natación, pero hacían muy buenas tortas de pulpo. Quizá su último momento de gloria ocurrió cuando dos borrachos salieron de ahí y arrasaron con su auto los puestos callejeros de la calle Moneda.

Tratar de resucitar un restaurante es pergeñar un torpe engaño, que conduce a la construcción de remedos casi siempre desafortunados. Sin embargo, el recuerdo de restaurantes desaparecidos nos deja la certeza de que hubo tiempos mejores.