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La llaman maquinilla de sexo por confesiones a destiempo, tan suyas como sus mentiras y el producto de su enredo. Que sus noches se mecen en lechos diversos; que por ingenuidad cae; que poco recibe aunque reincida, con sentimientos extintos por sensaciones grandes y sudadas; que cambia su soledad por lenguas y falos. 

Camina entre brisas rumorosas. Dicen, sugieren, insinúan. Le encantan los hombres. Le fascina verlos y sentirlos cortejar. Olfatear su asedio y postrarse de frente y tan cerca y cobijar su rigidez. El sexo la mueve inmóvil. La clava inerte. La agita a ciegas. La trepa a tientas. La amarra acuosa. La mata. 

Alega que el sexo por sí mismo no es tan mezquino como ciertas sendas y la sola visión de entrelazarlas. Que el sexo es mirarse y no mirarse sin besarse o rozarse sin mojarse o mojarse a solas o bajarse sin asirse o montaje sin montarse. Que allí también se falla y se pierde y qué. 

Rechaza las etiquetas. Se queda con que donjuanes biodegradables la manosean: nada nuevo. Percibe el sexo como una lucha, lo más antirromántico que duele, tarda, mancha y deja pegajosa la piel. Se burla de las recomendaciones de los «expertos»: ritmo y constancia, exploración cadenciosa, fuerza sin lastimar, factor sorpresa y libertad de expresión. Los critica porque se olvidan del embarre grotesco, del sabor amargo, los agujeros dilatados, las protuberancias edematosas. Todo ello en contra del orgasmo divinamente mental y emocional. Simbiosis que no agrede, que no huele, que no fracasa. La penetración de una imagen. La eyaculación de una espera; vaivén de lo mutuamente inconfesable; éxtasis de las diferencias encontradas, disminuidas tras el abandono. 

Busca un protagonismo que sólo ella pueda aplaudir. Se precipita íntegra, en un simulacro de muerte armónica. No es tal su pasión ni tan desbordante su locura. Ya alguien alguna vez lesionó su alma. Hoy cede, se sumerge, pero no consigue olvidar. Es como si no participara. Nada llena esa otra oquedad: no se colma ningún espacio (o sólo aquel de siete minutos). No se colma el intelecto, aunque él mismo comande la entrega. No se colman los sentidos, que a veces vibran con meras contemplaciones o recuerdos.