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No importa cómo, pero hay que estar de este lado de la barrera; no importa qué, pero hay que demostrarlo… No importa a quiénes… No importa dónde, pero hay que brillar, resplandecer, deslumbrar o, por lo menos, sentir que se brilla, se resplandece y se deslumbra…

¿Acaso hay alguien que realmente se haga preguntas que trasciendan la circunstancia, mera capacidad de ser y estar? Qué más da… Hablar, escribir. Tremendamente fácil, sencillo; no tiene más utilidad que el desahogo de la angustia que se acumula de tanto observar la miseria humana (de un lado y del otro), de tanto manosear lo fundamental (al grado de dejarlo vacuo), de tanta diatriba sobre lo cotidiano, de tanto ofuscamiento inútil a causa del ofuscamiento inútil, tanta apatía frente a la apatía y tanta crítica teatral a todo lo que hay en este teatro…

Esa es la vanidad de nuestro tiempo (y mi propia vanidad al decir que ésa es la vanidad de nuestro tiempo). Esa es su verdad, su trampa, su juego favorito (porque ya no hay otros), su ciencia y su veneno. Es el consuelo de propios y extraños: «estamos pensando cómo resolverlo», es la lágrima que pende de la miseria y la indignidad, la locura que acecha y asecha a las buenas voluntades, algo más de lo que hay que colgarse para no morir de miedo.

Pero no hay que preocuparse tanto. Las cifras lisiadas, los discursos displicentes y las metáforas de utilería todavía andan en el aire.

Tengo frío —literal y figurado—, por lo que la poca sensatez que aún me queda me pide ir por un café, un cigarrito y un sorbo de Internet. Perdón por causarle a usted tanta pérdida de tiempo, pero sentía una imperiosa necesidad de desahogar la angustia, de manosear lo fundamental y, sobre todo, de brillar, resplandecer, deslumbrar y demostrarlo…