Y ya se sabe, la historia es impredecible. Somos hijos del azar.
—Octavio Paz
La pandilla improvisada pero inseparable que se había formado en el Benavente ese año no dejó de debatir e intercambiar anécdotas de todo tipo, gustos por el cine, la música y a veces por un escritor, siguió existiendo después de la prepa. Cuando alguien se atrevía a citarlos, como lo hizo mi amigo Polo, era con mucho cuidado expresando en detalle que el amor libre que proponían, la conciencia como máxima autoridad que podía guiar nuestros pasos, la muerte de Dios y de los santos, la incertidumbre de la vida al no saber de dónde veníamos ni adónde íbamos, todo eso era una farsa. Su discurso era muy severo para los oídos ajenos a esas ideas y también para los que estábamos de acuerdo con él por ser nuestro amigo y, sin embargo, era atractivo, te convencía a la primera de cambio de sus certezas, aunque fueran un disfraz esnobista.
Polo era de antología: hacía bromas que nadie entendía y se reía él mismo de sus gracias, mostrando esos dientes algo amarillos, casi de caballo, entre los que sobresalía un colmillo infame, que lo convertía en heredero de Drácula, el vampiro. En una ocasión, no sé para qué, le dijo al Viti, nuestro profesor de doctrina cristiana y de literatura, que a muchos autores prohibidos los había leído y los seguiría leyendo; que le parecían pensadores de vanguardia, escritores de moda en Francia y en Estados Unidos, y ahora en México y América Latina. En voz alta, firme, le siguió diciendo: “Oye esto, Viti, o bien habría que grabarlo: no estamos de acuerdo con ellos, eso sí que no”, y este hombre mediano, de unos 32 años, de cara afilada y ojos aceitunados, nacido en Oviedo, no se tragó el juego, pero al menos lo aceptó provisionalmente. Así es que no hubo mayores consecuencias para el ateo que citó La náusea y El extranjero como libros de primera, y también La edad de la razón y La peste, El lobo estepario, y otras obras que los jóvenes inquietos como nosotros queríamos leer aunque fuera pura pose, porque estaba claro que no entendíamos nada o casi nada de esa filosofía.
Mientras el presidente Gustavo Díaz Ordaz se afianzaba como el dirigente de una nación necesitada de mano firme y leía en la juventud de 1965 el signo de la rebelión que se concretó en el 68, en Puebla la clerecía y los grupos más ortodoxos del capital ayudaban a un paisano que había salido de las filas conservadoras de la sociedad poblana en su cruzada social y política, casi el Evangelio del presidente. Este Caballero de Colón era fiel a su iglesia. Pero por nuestras cabezas no pasaba esa figura como ingrata, injusta, arbitraria, sino simplemente un gobernante que vivía en Los Pinos y la prensa le echaba flores y aplausos todos los días. Pero Polo parecía consciente de estas cosas que sus interlocutores, nosotros, desconocíamos o apenas veíamos en la distancia de nuestra impaciente juventud.

En una lección, porque sus palabras parecían salir no para los amigos sino para alumnos de prepa, que nos lanzó en pleno centro de la ciudad, mientras comíamos tacos en La Oriental, no quedaba duda de sus conocimientos sobre los chismes más cotizados de esa época. Su discurso lo desencadenó tan sólo una pregunta que le hizo el Pingüino sobre El Sol de Puebla, un periódico de gran circulación que veíamos hasta en sueños y cuyo edificio estaba frente a nosotros. “Qué te parece ese diario, mira hacia la esquina, ahí están sus oficinas”. Y era cierto: en el mero zócalo de Puebla, a un costado de la catedral, frente al palacio de gobierno, estaba el edificio de lo que podía llamarse el cuarto poder. Esa pregunta sonó a chiste así es que sin razón alguna nos echamos a reír por puro nerviosismo. Y es que ese diario había nacido un año antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial, para defender la moral, la sociedad y la vida pública del país de ataques internos y del exterior que pudieran dañar el desarrollo, la estabilidad de México, así como a sus instituciones. Una noticia sobre algunos abusos de la Iglesia católica, por ejemplo, no pasaba a las prensas del periódico pues era degradar a una congregación en la que estaban asentados los orígenes de la nación. Defender por tanto a la jerarquía católica fue una de sus claves para colocarse en la sociedad más conservadora como protagonista de una verdad sagrada.
Polo se tragó cinco tacos casi de un bocado, hambriento siempre, como si no hubiera comido en los últimos tres días o como si saliera de Siberia después de años de un confinamiento carcelario. No era hambre solamente de tacos al pastor, también hacía lo mismo con los otros condimentos de la vida: el cine, los amigos que sentía que le debían fidelidad incondicional, las vacaciones en la playa, la lectura de novelas y de información sobre la historia del país, sus revoluciones, sus conflictos, ah, y de los chismes más filosos de lo que sucedía en Norteamérica; hambre de filosofía, de marxismo y de otros -ismos tan en boga que él saboreaba como ahora los tacos en esta noche de primero de noviembre, en que los faroles pálidos y las calaveritas del Día de Muertos anunciaban el luto que debía guardarse en la ciudad por fecha tan especial. La plaza estaba adornada de pequeños farolitos y en el kiosko se había instalado un altar de muertos muy atractivo, lleno de imaginación popular, muy grande, decorado con todo tipo de alimentos y de dulces, de calaveras y de alusiones a la muerte.
El caso es que Polo tomaba la palabra y, coño, quién iba a parar aquella retahíla de frases y frases que a veces a nadie le interesaban; no salían sus palabras suaves, sino desesperadas. “Mira, te voy a decir algo de estos periódicos o soles de la oscuridad —y sonrió orgulloso— ustedes, colegas, no saben una chingada del coronel García Valseca, mano que impulsa el anticomunismo más frenético en estos días, tampoco que la prensa escrita, desde los años del gobierno de Miguel Alemán, padece de un adeudo aplastante que amenaza su estabilidad financiera”.
Polo era el único que parecía enterado de esos chismes y con su ironía habitual decía que el milagro mexicano y la estabilidad social eran una quimera, un licuado demagógico que nadie impugnaba por pura apatía. De familia de San Luis Potosí que había hecho fortuna en la reciente demanda de vehículos que se presentó en México en los años sesenta, Polo era una voz disidente en casi todo, así es que lo veíamos como algo lejano a nuestro pensamiento simple, adolescente. Era el penúltimo de cuatro hermanos que crecieron bajo el manto de las comodidades pero en la indiferencia de los padres, lo enviaron a los 12 o 13 años a Wisconsin, donde aprendió inglés muy rápido y de una manera casi natural. Era necio por excelencia y parecía actuar con espontaneidad con esa voz de barítono y el tono siempre imperativo, él no preguntaba jamás, simplemente lanzaba su discurso, no escuchaba más bien vivía en un monólogo permanente. Que amara sin tregua y con una pasión casi paranoica a Lord Byron nos parecía inaudito, y por qué a ese inglés tan descabellado pero genial, a ese poeta de vida anárquica y descarriada. “Lo apunta bien Joyce —decía sobrado—: quién es el mejor poeta del romanticismo, Stephen, pues sin duda Lord Byron”.
Polo empezaba a perorar y, de verdad, quién lo aguantaba con esas ínfulas, pues el Pingüino y yo que lo seguíamos en las buenas y en las malas; cuando decía que la pobreza era un crimen, y la explotación de los obreros también pero que no había una fórmula para exterminar al demonio capitalista porque el comunismo languidecía, casi le aplaudíamos. Repetía la idea de Byron y a veces fragmentos de sus poemas, porque su memoria, sin duda, era un prodigio de aciertos y rememoraciones que le nacían libremente, con mucha espontaneidad.
Cuando llegó a nuestras manos sesentayocheras la mariguana, híjole, cómo la disfrutamos, por la violación que representaba a las reglas de nuestras familias (no la mía, claro, sino la de mis amigos), a las leyes sociales y culturales de la época, a los amigos inocentes y fresas que le temían a casi todo lo nuevo, y también a la Iglesia católica, el Estado y el estatus. Vivimos momentos de agudas sensaciones justo en la azotea de la casa de Polo en la San José Insurgentes, adonde él subía dos sartenes para extender la mota y un colador para quitarle las impurezas. Su madre lo reprendía: “Pero, muchacho, qué vas a guisar con estos trastes de cocina, por favor, dime, anda no te quedes callado como un tonto”, y él sin saber qué responder: “Nada, es que vamos a ver el sol, y no preguntes más”. ¡El sol!, decía la mamá. Sí, eso mismo, y si no se lo preguntas al Flaco, era yo que entraba de pretexto en la discusión.
Bajo Díaz Ordaz el país parecía tranquilo, feliz con la administración priista, y en 1965 hacía promesas de cambio, en la estructura social y política, en la educación y la cultura. Polo no creía en nada que saliera de las filas del gobierno, parecía un viejo descreído que viene de regreso de tierra lejana. En filosofía era amante del idealismo de Hegel y del materialismo histórico, quería hacer la revolución no para abolir de una vez por todas la injusticia, sino para hacer conscientes a los hombres de su fragilidad existencial. Respecto al amor creía que era una utopía pensar en la felicidad de dos seres humanos en la tierra porque se aman, para conseguirlo era indispensable luchar, caer y levantarse. El sexo para él era la gran meca del camino de todo ser humano: obtener placer una y otra vez, gozar hasta la ignominia como Lord Byron. No buscaba una Beatriz sino una copia de Caroline Lamb, la prometida de Byron, que le dijo en el momento de conocerse: “Te pareces al rostro de mi destino”; creía que la raza humana era una “infame turba” que un Dios había creado y que tal vez era hora de rectificar. “Dios sanguinario. Vivimos en la casa del miedo”.
Se nos iba de las manos el año de 1965 que ya parecía inscrito en nuestra memoria del futuro como un año central, que Román calificó como año de la poesía, pues nuestro paisano José Carlos Becerra había publicado Oscura palabra que según él era un rosario de expresiones sobre una madre ausente, muerta y, sin embargo, presente. Había que leerlo y su memoria inagotable reproducía algunos versos del poema que apoyaban su lectura. Y Román se ponía serio, cada palabra la pronunciaba como parte de un recital de poesía y música en un gran estadio de futbol. Tal vez tenía razón. Y citaba a un profesor tabasqueño que decía: “Después de haber vivido la experiencia adolescente, el adulto se pregunta por su pasado y no encuentra sino espejos. Es el tiempo que deforma el recuerdo y entrega imágenes de la realidad en fragmentos. Esta idea de la historia y del amor se repite. Hasta que el adulto se pregunta quién es y quién es ella, amantes de otra época contagiados por la magia de la juventud, y que ahora se encuentran enlazados en la misma miseria del tiempo”. Enseguida recitaba estos versos:
Y me hablas de esa niña de trenzas,
Aplastada por sus catorce años, confundida por la belleza de sus piernas,
Avergonzada y perdida, vengándose de algo con cada muchacho que salía,
Sabiendo oscuramente que estaba perdida desde entonces, acobardada sin remedio desde entonces.
Era pura fantasía, tanto el poema como los días adolescentes que se iban nadie sabe adónde pero que los registraba con tanto ímpetu nuestra mente. ¿Vivíamos acaso en la ficción? Tal vez. Pero es preciso aclarar que era un tiempo en que nadie pregunta por el tiempo —ayer, hoy, mañana— porque el tiempo eres tú, va contigo rodando como en una larga autopista, adolescente soberbio de energía súbita y desmedida siempre alerta, envuelto en un futuro de hierro. ¿Cuándo terminó nuestra infancia y comenzó esta agitación febril, abrumadora con la que se desliza por esos caminos todo adolescente?

Era el último día en el cole, o la última noche que iba a dormir en aquella tercera planta de este edificio de ladrillos con adornos de talavera. Todos dormían, o eso se suponía, cuando caminé por el largo pasillo que te llevaba a los baños. Sólo escuché ronquidos intensos, radiantes, por aquí y por allá; pensé que al dejar esto me sentiría más solo que una gota de agua en el desierto. Qué padre dejar de ser un alumno —o pupilo vigilado— de un colegio lleno de hijos de puta, pero un año de vivir ahí de tiempo completo te deja huellas en la memoria, en tus emociones, en tus sueños, una marca que no vas a quitarte nunca. Sentí frío y una profunda tristeza. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez por los amigos y colegas que no volvería a ver, profesores que perdería de vista, y el paso de los años, hacia delante uno, dos, tres, sin vuelta atrás, decía la profesora de inglés, una monjita impecable, buena e inocente como no conocí otra, a la que tanta lata le dimos y jamás pelamos y aún así nos calificó con un 10; esto no quedó en el vacío pues pudimos darle las gracias como buenos chicos, mientras Polo le dijo en inglés: “Ha sido la mejor miss que he tenido”, entonces la cara de miss Allen cambió de colores, sus mejillas enrojecieron, y sus ojos verdes se derritieron, y le dio un beso a Polo. La maestra de Greely, Colorado, era feliz. ¿Qué habrá sido de ella?
Entré a la Universidad Iberoamericana tres meses después de haber terminado la prepa en Puebla, pasando ese diciembre tan desbocado en que el objetivo único parecía divertirse a lo loco, devorando todo lo que tuviéramos a la mano, luego de compartir con Lorena y Nuria cualquier ocurrencia, por simple que fuera. Quien hablara con ellas podía pensar que se les pasaba la mano; pero era un estilo de vida propio de sus sueños. El día que empezaron las clases conocí nuevas caras, obvio, chicos y chicas sonriendo con gracia, tal vez ilusionados con la carrera, con los días imprevisibles que tenían por delante. Pero en la tarde no fui a clases, me fugué y fui a refugiarme —¿de qué huía? No sé— al Café de las Américas, me senté en la misma mesa del fondo de otras veces, y me llenó de nostalgia la soledad. No estaban Polo ni el Pingüino, tampoco Lorena o Nuria, y me cayó como brasa ardiente una depresión en ascenso. ¿Cómo combatirla? Con qué herramientas desarmarla y darle un sentido, era lo que más me preocupaba en ese instante, y también cada noche cuando ponía la cabeza en la almohada y me perdía en lucubraciones o sueños sin una patria en la que pudiera aterrizar. Mis padres, lejos de mí y de esta ciudad, ajenos a mis temores y mis angustias, seguros de que yo era persona madura y podía enfrentar las penurias morales, aunque no reparaban en eso pues estaban convencidos de que su hijo se abría paso entre las redes de una maraña nueva que sabría despejar con la cabeza bien puesta. No era así, pero imaginar en la distancia las cosas no como eran sino como podían haber sido, me parecía fácil.
Nada me entusiasmaba, ni la universidad ni las caras sonrientes y atractivas, o sea no la levantaba ni con grúa. Tenía 18 años y se supone que las puertas del futuro se me habían cerrado sin ninguna perspectiva. Escribí esto en una carta a Lorena que nunca leería porque jamás se la envié. Extrañé mucho a mis amigos y, aunque no lo crean, el colegio y los volcanes que veíamos desde los dormitorios de la cuarta sección en la Angelópolis. Los tacos de La Oriental, ah su madre, cómo empecé a saborearlos en la distancia, con una furia incontenida, loca. Tomé un café, luego otro y otro más, fumando sin medida Delicados sin filtro y sentí que atrás de mí había quedado un montón de vivencias sin asimilar, un año muy movido y de contrastes, que no volvería a vivir. Recordé aquel poema, que mi amigo Luis Miguel recitaba con memoria impecable y puntual entonación, el de Garrik de Juan de Dios Peza.
Pero la verdad, y aterrizando un poco en el relato simple y casi cronológico que he ido tejiendo, es que me preguntaba cómo detener el tren sentimental en que viajaba yo en ese año, con destino indefinido, lejano, sabiendo que llegaría a una estación de luz, de emociones sin fronteras, donde sería recibido por los brazos que siempre siempre me habían hecho falta en los pocos años de una vida tirada al azar. En el colegio nos habían dicho una y otra vez que el tiempo era efímero para todo cristiano ya que estaba en esta vida de paso; había que prepararse para la vida eterna, con fe inquebrantable en la Pasión de Cristo, en la doctrina cristiana, sólo así podía uno salvarse del fuego del infierno.
Álvaro Ruiz Abreu
Escritor y profesor universitario. Sus últimos libros: Viajeros en los andenes y El arte del engaño.
Fragmento de Los días que no volverán, que se publicará bajo el sello de Planeta.