Noé Cárdenas. Escritor. Secretario de Redacción del suplemento cultural. El Semanario del diario Novedades.

Eduardo Lizalde

Manual de flora fantástica

Cal y arena

México, 1997

99 pp.

Como los antiguos naturalistas, Lizalde describe el mundo vegetal a partir de la noción de que es anterior a cualquier otro. No extraña, pues, que su libro tenga cierta dosis de religiosidad.

Manual de flora fantástica

Cal y arena

México, 1997 99 pp

Fiel al espíritu de honda floración que explora, este Manual de Eduardo Lizalde brotó como una rareza modesta y mordiente en medio de la plana proliferación de maleza literaria. Reacio a admitir la aniquilación de las sutilezas biológicas que nos amistan o enemistan con los seres vivos operada por la ciencia en su afán de transfigurar la vida en información, el autor retoma el procedimiento descriptivo de los extintos naturalistas para quienes el conocimiento en cuestiones biológicas implicaba la puesta en juego de sus propias emociones con el objeto de no perder la capacidad de asombro. Esta compenetración propende al lirismo característico del pensamiento literario. Por este camino, Maurice Maeterlinck, por ejemplo, supo ver y describir devota y hermosamente La inteligencia de las flores; Enrique González Martínez -citado como fuente inspiradora por Lizalde- advirtió que la muerte acecha “entre las azucenas escondida”; y Gorostiza -otro observador citado expresamente en este libro- intuyó la angustia de la ceiba. 

Observaciones no menos arraigadas en las asombrosas singularidades de la vida vegetal son las que Eduardo Lizalde expone en este libro enraizado en el terreno de lo fantástico merced a la consignación de intuiciones que ponen en tela de juicio las explicaciones convencionales de la ciencia; aventura, por ejemplo, Lizalde: “Entre los vegetales que habitaron la tierra varios miles de millones de años antes que las especies zoológicas, se encuentra seguramente el verdadero eslabón perdido del género humano, y no entre los arcaicos antropoides como creía Darwin. Era clorofila y no sangre lo que corría por las venas del verdadero Adán”. He aquí el trasfondo de este Manual: la supremacía del reino vegetal sobre el animal en tanto que aquél es más antiguo y, por tanto, más “sabio” que éste. La prueba está en que los atributos admirados de los animales ya se hallaban -y se hallan- en las plantas, salvo uno: el ojo, pero esta carencia no invalida las asombrosas facultades de los seres cloro-fílicos, genios vivos amos de los venenos, acerca de los cuales el autor apunta: “En su inconmensurable tránsito de organismos inmóviles por el tiempo y la tierra, estas máquinas de sublimada y verde perfección, detectaron en las profundidades del planeta yacimientos suntuosos: minas inagotables de alcaloides deletéreos, mares hirvientes de sustancias hipnóticas y mortíferas, piélagos subterráneos de infinitas partículas tóxicas, incandescentes y turbadoras como el enjambre mayúsculo de la comba celeste”. 

De manera que este Manual de flora fantástica también es un libro acerca de los venenos y de los seres que los producen, los cuales, a diferencia de los animales y de los hombres, son capaces de autoembriagarse con sus jugos potenciando de este modo su naturaleza introyectiva. El texto “El parterre del Diablo” incluye la leyenda de cómo un pueblo tuvo que emigrar de cierta zona plagada de toloache o de un género particularmente perverso de mandrágora. Historia de coto vedado con un regusto decimonónico, otro texto, “Invisibles”, consigna la existencia de un jardín que en apariencia está desierto pero que en realidad está habitado por un género abominable de plantas carnívoras invisibles. A las plantas hay que tenerles respeto, temor, en el sentido religioso del término. No es casual que la mayoría de las especies abordadas por Lizalde contengan rasgos notables de perfidia. 

Parafraseando a Julio Torri cuando ruega que el diablo no revista la apariencia de mujer en la hora mortecina de las tentaciones, se puede decir que este Manual de flora fantástica cifra un ruego semejante, sólo que aquí el diablo reviste la apariencia de planta, sobre todo de mandrágora, cuya raíz es perversamente humanoide y que grita cuando la arrancan. Por cierto, resulta curioso que Lizalde, en el inquietante cuento “Cosecha de los demonios”, donde relata cómo una joven quedó esclavizada cual madre por la ambigua criatura fetal arrancada del suelo, arregle la superstición del origen patibulario de la mandrágora adjudicándoselo al llanto de un ahorcado y no a la grasa o al semen, como consigna Borges. 

Diablo: mujer o planta en la hora mortecina de las tentaciones. En la wellsiana pieza “Adúltera consorte” Lizalde relata la historia de un profesor que cultivó en su invernadero una “dulce cotiledónea” de aspecto arrebata-doramente voluptuoso con la cual no sólo engañó a su mujer, sino que procreó una prole semihumana de sexo y aspecto femeninos. “Todo pecado mortal”, queda asentado en este texto, “engendra goces imprevistos y castigos infernales”. 

Eduardo Lizalde manifiesta que esta colección es, entre otras cosas, un homenaje al famoso Manual de zoología fantástica de Borges, en el cual éste declara que “La zoología de los sueños es más pobre que la zoología de Dios”. Lizalde, por este camino, descarga su perplejidad ante la biología de Dios en lo tocante al bambú, pues las características de este coloso con aspiraciones babélicas opacan cualquier apuesta de la imaginación. El autor quiere ver en esta magnífica caña que crece en macizos infranqueables los atributos de un lento y enorme reptil -otra plaga que, como la mandrágora, confinaría con el reino animal-, y cómo no admitir la comparación si en Sri Lanka estas lanzas sin herrumbre se elevan tres milímetros por minuto. De este tipo de observaciones, que abundan en el Manual de flora fantástica, se desprende una veta devota de siempre saludable paganismo. Atento a Ovidio, Lizalde entiende que los reinos de la naturaleza se tocan y hasta se confunden, y demuestra que es posible capturar el momento de tales metamorfosis. De aquí su reconocimiento a la visión de Paz cuando éste asienta la paradoja: “un árbol bien plantado mas danzante”. 

Pan y Adán se confunden es este libro como injertos de invernadero y el Diablo reviste la apariencia de la flora en la hora mortecina de las tentaciones.