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En la calle de Pino Suárez se encuentra el Museo de la Ciudad de México; el edificio que lo alberga cuenta parte de la historia de la ciudad.

El antiguo palacio de los Condes de Santiago de Calimaya remonta sus orígenes al siglo XVI, cuando el conquistador Hernán Cortés repartió los solares más cercanos del centro ceremonial mexica a sus compañeros de armas y a los civiles que participaron en el proceso de conquista. Tal fue el caso del licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, oriundo de Salamanca, que llegó a México en 1527, después de haber desempeñado en la isla de Cuba el cargo de gobernador desde 1524. A su llegada se le nombró corregidor de Texcoco, que era entonces la ciudad más importante después de México. Contrajo nupcias con una pariente lejana, Doña Juana Altamirano, prima hermana de Hernán Cortés. El licenciado Altamirano recibió en encomienda los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepamayalco, entre otros; y dentro de la Ciudad de México recibió un terreno ubicado en la calzada de Iztapalapa (hoy Pino Suárez), la más importante de su época; ahí comenzó a construir su casa. 

La buena administración de los bienes recibidos del conquistador permitieron al licenciado Juan Gutiérrez Altamirano fundar un mayorazgo en 1558, y pocos años más tarde el renombre adquirido por su prosperidad acompañaría a sus descendientes, quienes recibieron, por merced real de Felipe III, el título de Condes de Santiago de Calimaya en 1616. 

La primera casa de los Altamirano se inició en 1536. Se desconoce hasta ahora quién o quiénes dirigieron la obra y qué características tuvo, puesto que se conserva muy poco de ella: una cabeza de serpiente de piedra extraída por Juan Gutiérrez Altamirano del gran Teocalli mexica antes de que fuera destruido y que empotró en la fachada principal de la casa; además se conserva una columna estructural que fue descubierta en excavaciones arqueológicas en el patio principal en 1964. Seguramente el estilo arquitectónico empleado en esta primera construcción fue el plateresco, el más socorrido en aquellos años. 

Fue hasta finales del siglo XVIII cuando los Condes de Santiago de Calimaya decidieron remodelarla. Las reformas borbónicas a la economía novohispana brindaron cierta preeminencia a la naciente clase comerciante sobre la tradicional clase noble terrateniente; quizás ésta fue una de las razones que motivaron al Conde de Santiago de Calimaya para reconstruir la casona y darle el aspecto de un palacio digno del prestigio de sus moradores. Con este propósito contrataron al arquitecto y Maestro Mayor de Obras Francisco Antonio Guerrero y Torres -hoy en día considerado el último gran alarife novohispano- quien se encargó de darle el semblante barroco que todavía podemos admirar. En 1778 la obra de remodelación ya se había comenzado; aunque la inscripción que se encuentra en la fachada lateral indica que la obra se terminó el 5 de junio de 1779, el palacio no pudo habitarse hasta 1781. 

La fachada principal fue recubierta con tezontle, en el centro la entrada principal está enmarcada por columnas con capiteles jónicos y corintios y en la parte alta el escudo nobiliario labrado en cantera. La fachada de la planta alta está adornada con hermosos balcones con barandales de hierro forjado. Coronando el perímetro encontramos gárgolas con forma de cañón; este adorno produjo que el edificio fuera reconocido como el Palacio de los Cañones. 

En el interior dos grandes patios distribuyen el espacio. El patio principal está decorado con una fuente en forma de concha que muestra una sirena de doble cola tocando la guitarra. Para subir a la planta alta se encuentra una escalera con barandales de hierro forjado escoltada por dos leones de piedra labrada. En la planta alta se encuentran la capilla y la sacristía. Sobre la fachada principal se encontraba el gran salón del estrado de no menos de veintidós metros de longitud en donde se celebraban las recepciones y eventos sociales de mayor relevancia en la historia de los Condes de Santiago de Calimaya. 

Este palacio es uno de los ejemplos más notables de arquitectura barroca civil del siglo XVIII y uno de los últimos realizados poco antes de la llegada a México de Manuel Tolsá y el estilo neoclásico. 

Aunada a la majestuosidad del edificio encontramos otro elemento de primera importancia para la historia del arte mexicano: el estudio de Joaquín Clausell. 

Joaquín Clausell está considerado como el máximo representante del impresionismo en México. En 1896 realizó un viaje a París que le permitió estar en contacto con grandes maestros del impresionismo francés: Monet y Pissarro. Cuando regresó a México contrajo matrimonio con una de las últimas descendientes del título de los Condes de Santiago de Calimaya y se convirtió en uno de los habitantes del antiguo palacio. 

En la parte superior del edificio se mandaron construir ex profeso dos cuartos que servirían de taller al pintor. Los muros del cuarto principal fueron utilizados como lienzos donde el artista probaba los colores que plasmaba en sus obras de caballete; posteriormente Clausell retomaba los manchones y les daba forma. De esta manera los muros fueron decorados con más de mil imágenes que muestran otra faceta del pintor: su producción privada, la que no fue hecha para exhibirse sino para satisfacción personal del autor. El estudio académico de esta obra íntima ha mostrado otras vertientes artísticas en las que incursionó Joaquín Clausell como el simbolismo y el surrealismo. 

El Museo de la Ciudad de México fue inaugurado el 31 de octubre de 1964, en una casona del siglo XVIII que perteneció al Conde de Santiago de Calimaya. El Museo surge con el propósito de ofrecer al público, mexicano y extranjero, un espacio destinado a recrear la historia de la ciudad más importante del país. Actualmente, el Museo se encuentra en una etapa de reestructuración. Como parte fundamental del nuevo proyecto museográfico se han restaurado las salas de exposiciones temporales, objetivo que culmina con la apertura de esta muestra dedicada a la cerámica. 

Con la inauguración de la muestra intitulada La cerámica en la Ciudad de México (1325-1917), se inicia también una primera etapa de exposiciones temporales. El propósito de la exposición es el de presentar, a través de cerca de trescientas piezas, el importante papel que desempeñó la cerámica en el ámbito cotidiano de los habitantes de la gran urbe. Cronológicamente la exposición abarca desde el florecimiento de la ciudad prehispánica hasta principios del presente siglo. 

La cerámica en la Ciudad de México (1325-1917) está compuesta por piezas de muy diverso origen. El visitante podrá apreciar valiosos objetos prehispánicos como trípodes, vasijas, cajetes, urnas funerarias, así como platones, vajillas, juegos de té y jarrones de cerámica china, loza inglesa, porcelana francesa y loza estannífera europea. No faltan los jarrones, tibores, frascos, tazones y lebrillos de talavera de Puebla. Todas las piezas que conforman la muestra provienen de diferentes acervos públicos como el Museo de Arte José Bello y González de la Ciudad de Puebla, el Museo Franz Mayer, la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH y la Fundación Cultural Antonio Haghenbeck, entre otros. La selección de las piezas estuvo a cargo de la maestra Leonor Cortina y la museografía del maestro Alfonso Soto Soria. 

La muestra fue inaugurada, el jueves 3 de abril por Oscar Espinosa Villarreal, jefe del Departamento del Distrito Federal; por Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y por María Amparo Clausell, Directora del Museo de la Ciudad de México.

El antiguo palacio de los Condes de Santiago de Calimaya remonta sus orígenes al siglo XVI, cuando el conquistador Hernán Cortés repartió los solares más cercanos del centro ceremonial mexica a sus compañeros de armas y a los civiles que participaron en el proceso de conquista. Tal fue el caso del licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, oriundo de Salamanca, que llegó a México en 1527, después de haber desempeñado en la isla de Cuba el cargo de gobernador desde 1524. A su llegada se le nombró corregidor de Texcoco, que era entonces la ciudad más importante después de México. Contrajo nupcias con una pariente lejana, Doña Juana Altamirano, prima hermana de Hernán Cortés. El licenciado Altamirano recibió en encomienda los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepamayalco, entre otros; y dentro de la Ciudad de México recibió un terreno ubicado en la calzada de Iztapalapa (hoy Pino Suárez), la más importante de su época; ahí comenzó a construir su casa. 

La buena administración de los bienes recibidos del conquistador permitieron al licenciado Juan Gutiérrez Altamirano fundar un mayorazgo en 1558, y pocos años más tarde el renombre adquirido por su prosperidad acompañaría a sus descendientes, quienes recibieron, por merced real de Felipe III, el título de Condes de Santiago de Calimaya en 1616. 

La primera casa de los Altamirano se inició en 1536. Se desconoce hasta ahora quién o quiénes dirigieron la obra y qué características tuvo, puesto que se conserva muy poco de ella: una cabeza de serpiente de piedra extraída por Juan Gutiérrez Altamirano del gran Teocalli mexica antes de que fuera destruido y que empotró en la fachada principal de la casa; además se conserva una columna estructural que fue descubierta en excavaciones arqueológicas en el patio principal en 1964. Seguramente el estilo arquitectónico empleado en esta primera construcción fue el plateresco, el más socorrido en aquellos años. 

Fue hasta finales del siglo XVIII cuando los Condes de Santiago de Calimaya decidieron remodelarla. Las reformas borbónicas a la economía novohispana brindaron cierta preeminencia a la naciente clase comerciante sobre la tradicional clase noble terrateniente; quizás ésta fue una de las razones que motivaron al Conde de Santiago de Calimaya para reconstruir la casona y darle el aspecto de un palacio digno del prestigio de sus moradores. Con este propósito contrataron al arquitecto y Maestro Mayor de Obras Francisco Antonio Guerrero y Torres -hoy en día considerado el último gran alarife novohispano- quien se encargó de darle el semblante barroco que todavía podemos admirar. En 1778 la obra de remodelación ya se había comenzado; aunque la inscripción que se encuentra en la fachada lateral indica que la obra se terminó el 5 de junio de 1779, el palacio no pudo habitarse hasta 1781. 

La fachada principal fue recubierta con tezontle, en el centro la entrada principal está enmarcada por columnas con capiteles jónicos y corintios y en la parte alta el escudo nobiliario labrado en cantera. La fachada de la planta alta está adornada con hermosos balcones con barandales de hierro forjado. Coronando el perímetro encontramos gárgolas con forma de cañón; este adorno produjo que el edificio fuera reconocido como el Palacio de los Cañones. 

En el interior dos grandes patios distribuyen el espacio. El patio principal está decorado con una fuente en forma de concha que muestra una sirena de doble cola tocando la guitarra. Para subir a la planta alta se encuentra una escalera con barandales de hierro forjado escoltada por dos leones de piedra labrada. En la planta alta se encuentran la capilla y la sacristía. Sobre la fachada principal se encontraba el gran salón del estrado de no menos de veintidós metros de longitud en donde se celebraban las recepciones y eventos sociales de mayor relevancia en la historia de los Condes de Santiago de Calimaya. 

Este palacio es uno de los ejemplos más notables de arquitectura barroca civil del siglo XVIII y uno de los últimos realizados poco antes de la llegada a México de Manuel Tolsá y el estilo neoclásico. 

Aunada a la majestuosidad del edificio encontramos otro elemento de primera importancia para la historia del arte mexicano: el estudio de Joaquín Clausell. 

Joaquín Clausell está considerado como el máximo representante del impresionismo en México. En 1896 realizó un viaje a París que le permitió estar en contacto con grandes maestros del impresionismo francés: Monet y Pissarro. Cuando regresó a México contrajo matrimonio con una de las últimas descendientes del título de los Condes de Santiago de Calimaya y se convirtió en uno de los habitantes del antiguo palacio. 

En la parte superior del edificio se mandaron construir ex profeso dos cuartos que servirían de taller al pintor. Los muros del cuarto principal fueron utilizados como lienzos donde el artista probaba los colores que plasmaba en sus obras de caballete; posteriormente Clausell retomaba los manchones y les daba forma. De esta manera los muros fueron decorados con más de mil imágenes que muestran otra faceta del pintor: su producción privada, la que no fue hecha para exhibirse sino para satisfacción personal del autor. El estudio académico de esta obra íntima ha mostrado otras vertientes artísticas en las que incursionó Joaquín Clausell como el simbolismo y el surrealismo.