Jean-François Prud’homme. Politólogo. Investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas.

Hay algo en este periodo de campañas electorales que recuerda lo que los franceses llamaron la drôle de guerre. En el otoño de 1939 y el invierno de 1940, después de la declaración de guerra entre Francia y Alemania, los franceses se atrincheraron detrás de su Línea Maginot mientras que los alemanes fueron a estrenar su modernísimo pero todavía escaso equipo militar en el frente oriental. Así, durante varios meses, las hostilidades en el frente occidental se limitaron a escaramuzas entre viejos enemigos continentales. No pasaba nada. Claro que después de la guerra boba vino la guerra a secas. Es otra historia y conocemos su desenlace.

La extensa duración del periodo electoral nos expone a guerras bobas. Durante nuestra larga temporada electoral, otros países con regímenes parlamentarios, Gran Bretaña y Canadá, o mixto, Francia, se las arreglaron para despachar sus comicios en poco más de un mes. De haber seguido nuestro calendario, los políticos de esos países hubieran tenido tiempo de hacer campaña tres veces. Es un asunto sobre el cual habrá que reflexionar cuando venga la próxima reforma electoral.

Ahora sí, nuestros partidos tienen fe en los métodos modernos de la mercadotecnica electoral, generosos recursos para aplicarlos y un acceso ágil y flexible a los medios de comunicación electrónica. Hay allí todos los elementos necesarios, y deseados durante muchos años, para llevar a cabo campañas electorales de buen nivel que lleguen a un amplio segmento del electorado. Pero las técnicas modernas de campaña se prestan más a la guerra relámpago que a la de trincheras.

Mientras tanto la clase política parece haber asimilado rápidamente los principios estratégicos de la guerra boba. Uno se imagina a los estados mayores de los principales partidos rodeados de sus expertos en campañas modernas jugando a los aprendices de brujo y poniendo en práctica, sin ninguna elegancia, los nuevos mitos de nuestra vida electoral.

¿Qué nos dicen las encuestas? ¿Que el valor más apreciado en un líder es la honestidad? Entonces, por qué no utilizar una pequeña dosis de publicidad negativa hacia el adversario. Parece que funciona. Así, se contribuye a fortalecer la noción popular de que todos los políticos son corruptos.

¿Qué nos dicen las encuestas? ¿Que las preferencias del electorado se dividen en tres tercios? Entonces, por qué no aplicar esas “reglas” derivadas del sentido común -y de la experiencia electoral de otros países- que consisten en polarizar en su favor la contienda. De este modo, todos los demás se vuelven o expriístas o exsalinistas o inexpertos e incompetentes para gobernar. Así, a fuerza de querer poner a los adversarios en la misma bolsa por la magia del discurso, el debate político no logra elevarse más allá del intercambio de epítetos.

¿Qué nos dicen las encuestas? ¿Que vamos cómodamente instalados en primer lugar? Ahora sí, hay que adoptar la actitud de la esfinge, que ahora sí ríe, amparándose en su inmovilidad y su negación a debatir. ¿Qué nos dicen las encuestas? ¿Que vamos muy rezagados? Entonces, por qué no atacar virulentamente al puntero. De esta manera, se garantiza mantener la vacuidad del intercambio de ideas políticas.

El problema no reside en el uso de la mercadotecnia electoral. Cuando está bien puesta al servicio de la política permite que las campañas se transformen en grandes y apreciables espectáculos mediáticos que tanto gustan en este fin de siglo. Pero el espectáculo tiene que ser bien montado y sus artificios bien escondidos. El público se ha vuelto exigente.

Durante años se han creado expectativas en torno al momento en que los partidos pudieran competir con recursos suficientes dentro de un marco jurídico que alienta la serenidad. Cuando por fin llega ese momento, los políticos ofrecen un espectáculo que parece confirmar las peores opiniones que sobre ellos circulan en el rumor popular. Tristes bailarines egresados de una mala academia de baile, podemos escuchar cómo van llevando el compás: uno, dos, tres. Es como si la clase política se estuviera esforzando por replicar lo que nos aportó la apertura en materia de información televisada: después de la lluvia de emisiones que reproducen ese formato tabloide importado del norte de la frontera, ahora nos espera la política tabloide.

¿Cuáles son los grandes temas de las campañas? Sería bien difícil decirlo. La respuesta no se va a encontrar en lo que dicen los candidatos. Habría que buscar más bien en documentos escritos que no circulan y de los cuales no se habla. Y aun así. En el afán de ocupar la nueva tierra prometida de la contienda electoral, ese centro mítico, los estrategas de los partidos expurgaron de sus discursos todo contenido político sustancial ¿Qué quedó? Técnicas de fabricación de imagen que funcionan en el vacío y tácticas de competencia aplicadas ad hominem.

Sin embargo, tanto la búsqueda de una oferta política que permite seducir al mayor segmento del electorado así como el uso de técnicas de propaganda modernas son absolutamente compatibles con la elaboración de un discurso sustancial. De hecho, las grandes victorias electorales se consiguen con esa sabia combinación de oferta política bien dirigida, de fabricación de imágenes atractivas y de propuestas políticas concretas. Aun si esta receta no prescinde de una bien administrada economía de golpes bajos, su fuerza reside en un elemento que no se ha hecho presente en este periodo electoral: la imaginación política.

En esta época de cambios e incertidumbres abundan los problemas sociales, económicos y políticos en el país. Por lo menos así lo percibe una gran parte del electorado. La percepción de que hay problemas ofrece un campo fértil para los que piensan poder ofrecer soluciones a dichos problemas. Habitualmente es parte de las funciones de las clases políticas responsables. En el arte de la política, la imaginación es una virtud muy apreciada. Esperamos que después de la guerra boba, venga el tiempo de la imaginación política.