Esto va dirigido a una mujer. De cualquier hombre a no cualquier mujer. Les pido por lo tanto disculpas por esta desmesura, porque todos participamos de alguna alucinación psicotrópica, del vértigo como decadencia irremediable que nos enfrenta a un futuro perturbador e intimidante. Ese es el drama irónico y definitivo de nuestro tiempo. Y lo peor, apostamos a ello. Pretendemos creer que elegimos: ser yuppie o junkie da lo mismo, ¿o acaso la política, la economía, la religión, el Internet, el prêt-à-porter, incluso el amor, no son algún tipo de enervante que sólo nos conduce al aturdimiento? No hay que asustarse. Todos somos Sísifo. Como él, hay que estar conscientes de nuestra roca. Bienvenido sea entonces el placer de la tragedia reflexiva. Eros es la apuesta final a pesar de la dialéctica. ¡Adiós a la vanidad de pensar lo simbólico como lo real! Los asideros valen en cuanto sepamos que reafirman el vacío. ¿De cuántos nos tenemos que sujetar para realzar nuestro efímero y vertiginal abismo existencial? No lo sé, tal vez yo tenga el más importante.
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