Las visitas y mis domingos son incompatibles. En esos días, mi sillón preferido se pone muy blandito. Le salen unos cinturones invisibles, de los que sirven para que uno no se caiga de los juegos de las ferias o de los aviones y que sólo permiten movimiento al dedo índice, para que opere el control remoto.

Ese día, por desgracia, mi placidez dominical se encontró en pocos minutos violentada por la aparición, subida en unos mocasines de color gris, de una vecina decidida, que se instaló en mi casa como si en la puerta de la cocina, regularmente abierta, hubiera pegado un letrero de “Pase Usted Raquelita Voz de Pito La Estamos Esperando”. Parecía ansiosa por contarme un secreto, que se le fugaba de entre los dientes. Me quería invitar a una secta secreta. Ah, caray, Raquelita-no-me-digas-señora-que-soy-señorita, ¿qué no está usted grandecita para esos trotes? Ay, mija, si vieras cómo en una organización todos somos indispensables. Yo me encargo de hacerla crecer con gente adecuada. Maquío es muy cuidadoso y quiere sólo personas especiales. Y yo: ¿Maquío, Raquelita? Al toparse con mi ignorancia se persignó: ¡Ay-niña-cómo-no-lo-sabes! Clouthier, niña, Clouthier.

Me sonrió como quien se siente poseedor exclusivo de la verdad absoluta; como quien se burla de los que, frente al monumento del prócer panista, piensan nostálgicos: ese hombre era lo mejor para el país. Casi daba de brinquitos al recordarse elegida para conocer que la desaparición del excandidato azul fue un truco publicitario y de mercadotecnia electoral. De un lado a otro, sus ojos con inmóviles pestañas no le concedían disimulo a su emoción. Sin respiro: Maquío es como un Jesucristo pero mejor alimentado. Reaparecerá culpando a los del PRI. Clouthier, Héroe Nacional, probará nuestro linaje y que el ingenio de las buenas personas tiene empuje.

Me empezaba a abandonar la sorpresa, cuando finalmente me dijo en qué podía ayudarla. ¿Por qué no me regalas una firmita? Es para cambiarle el nombre a México por el de Maquío. ¿No suena más bonito? Además, la historia apenas empieza. Ese fue el límite: bueno, Raquelita, perdóneme que su fanatismo, y yo, nomás no. Pero pierda cuidado. Me haré la sorprendida cuando reaparezca. Mientras, usted jale la puerta de la cocina bien fuerte. Si no, no cierra.