Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

Durante su campaña por la jefatura del gobierno del Distrito Federal, Carlos Castillo Peraza ha insistido en que contiende con dos modelos del mismo partido: el PRD que sería algo así como el PRI de los años setenta, y el PRI actual, es decir, el modelo de los noventas. Por su parte, el abanderado perredista, Cuauhtémoc Cárdenas, señala que, desde su punto de vista, tanto el candidato priísta, Alfredo del Mazo, como el panista, no son sino dos versiones de un mismo proyecto: el salinista. En tanto, el exgobernador del Estado de México parece hasta ahora incapaz de entusiasmar a las propias bases de su partido, a pesar de algunos fallidos intentos de deslindarse del salinismo así como de manipular el potencial temor a la alternancia de la ciudadanía metropolitana. A diferencia de sus contrincantes, no cuenta con la posibilidad de definir tan plásticamente a sus oponentes como causantes de los males históricos de la ciudad y del país.

En cualquier caso, más allá de las retóricas de campaña, estos posicionamientos parecen perfilar una no improbable reconfiguración de nuestro sistema de partidos. Para Acción Nacional se trata de conquistar los cargos de elección popular sobre la base no tanto de una propuesta precisa de gobierno sino más bien del desprestigio rampante del priísmo histórico, bajo cualquiera de sus versiones -populista o modernizadora-. De ahí su tendencia a identificar y asimilar el PRD al PRI, haciéndolos aparecer como encarnaciones casi indiscernibles de una misma tradición autoritaria. El PRD, en cambio, en boca de su presidente, Andrés Manuel López Obrador, ha declarado que, en su opinión, el pluralismo político debiera reducirse a dos grandes referentes partidarios: el PAN y por supuesto su propio partido, dado que éste recupera “democráticamente” todo lo que puede recuperarse de los principios y tradiciones de la Revolución Mexicana, mismas que fueran traicionadas por los gobiernos modernizadores, a partir del encabezado por Miguel de la Madrid. De acuerdo con esta interpretación, el salinismo fue lo que pervirtió irreversiblemente al PRI, haciéndolo abdicar de las banderas y demandas populares. De manera que una vez derrotado ese maléfico proyecto neoliberal, lo salvable del viejo partido único sólo tendrá un camino: unirse al de la Revolución Democrática.

Esta última estrategia podría parecer deleznable si no fuera por las profundas contradicciones internas y la falta de un liderazgo efectivo dentro de las filas del otrora invencible partido del gobierno. Apenas pasa un día sin que surjan en su seno voces que convierten al presunto proyecto salinista en el responsable de todos los problemas nacionales y sobre todo de los avances de la oposición panista. Voces que claman por un juicio político y por la expulsión del expresidente, a la vez que expresan una evidente simpatía por el que hoy aparece como el más intransigente adversario del mismo, es decir, por Cuauhtémoc Cárdenas. Lo único que todavía parece impedir una desbandada priísta hacia mejores oportunidades electorales es no su pasado de apoyadores incondicionales de un gobierno al que hoy acusan de todos los males del mundo, sino, simplemente, la presidencia de la República.

Pero esto que hoy los contiene, mañana (es decir, de cara a los comicios del año 2000) puede decidirlos a asumir que sólo una gran alianza de las “fuerzas revolucionarias” -del modelo que sean-, será capaz de permitirles conservar lo que desde sus orígenes fue su principal factor de cohesión: el monopolio del Poder Ejecutivo. Después de todo, si Salinas los escindió, su linchamiento puede volver a unirlos para enfrentar a su “verdadero” enemigo histórico: la reacción supuestamente organizada en Acción Nacional. Después de todo, si tantos connotados expriístas han encontrado acomodo y oportunidades en el PRD, y si este partido ha reivindicado desde siempre los principios nacionalistas y populares de la Revolución Mexicana -asociándolos a un peculiar reclamo democratizador-, qué mejor que llegar a un gran frente revolucionario, a una verdadera refundación, liberada de los lastres tecnocráticos y modernizadores, del Partido Democrático de la Revolución Institucionalizada.

Las ventajas de esta estrategia refundacionista son evidentes: para empezar, frenaría indiscutiblemente el avance electoral panista, considerado por todos, priístas y expriístas, como la mayor amenaza ya no digamos de sus “principios” sino de sus intereses básicos. La pertinaz denuncia que los abanderados de Acción Nacional realizan de la corrupción y el tráfico de influencias que tan fuertemente permearon la época del partido casi único, lo mismo que el lamentable desempeño del que fuera Procurador de la República, seguramente habrán convencido a la clase política de cuño priísta del enorme riesgo que implica el triunfo a nivel federal del partido de Gómez Morín. Si esto fuera poco, la alianza o fusión con el PRD resolvería la cuestión no sólo de las credenciales democráticas del PRI sino de un arreglo de cuentas con los grupos modernizadores que han impuesto su hegemonía en los tres últimos sexenios. El pasado salinista o delamadridista sería un filtro suficiente para “depurar” al nuevo referente político de lo que a ojos de muchos priístas y expriístas fue siempre una realidad insoportable: el predominio de los yuppies modernizadores.

Naturalmente este hermoso o escalofriante proyecto (según como se vea) habrá de afrontar resistencias y dificultades. Por señalar, en orden de importancia creciente, algunas muy obvias, pensemos en primer lugar en la reacción que la vieja izquierda incorporada actualmente en el PRD tendría ante su no improbable marginación político-partidaria. Después de haberle cedido registro y estructura partidaria, después de haber servido como base de sustentación de dirigentes salidos del PRI a cambio de un enorme caudal de votos, esta izquierda se toparía con una experiencia similar a la ocurrida en los ya lejanos días en que quiso formar parte de un gran Frente Revolucionario encabezado por el presidente Cárdenas, es decir, con un palmo de narices.

Más complicado sería el desplazamiento de los cuadros y operadores tecnocráticos o modernizadores que en los hechos han controlado el funcionamiento de las últimas administraciones. Aunque retóricas aparte no es de esperarse que la nueva alianza pretendiera revertir las reformas modernizadoras de los últimos sexenios -desde las privatizaciones hasta el TLC-, sin duda el nuevo arreglo implicaría una más que complicada recomposición de la relación entre los políticos-políticos y los políticos-técnicos, que incluso pondría en cuestión la confianza de poderosos intereses económicos.

Un tercer problema sería el de las nuevas reglas de la potencial formación partidaria. Dada la imposibilidad de simplemente restaurar la lógica del partido casi único regulado verticalmente por el titular del Ejecutivo, y dada la naturaleza de las tradiciones imperantes tanto en el PRI como en el PRD, no se ve claro qué podría mantener la cohesión de mediano plazo del hipotético nuevo partido. Lo que se agrava si consideramos los agravios y enconos generados por su división conflictiva, así como las dificultades para “premiar” con cargos y recursos a una masa de cuadros y afiliados claramente excesiva en relación a las posibilidades de empleo recortadas tanto por la existencia de Acción Nacional como por las privatizaciones. Por no hablar de la inverosímil voracidad inmediatista de una clase política que siempre ha visto los cargos como “huesos”, como botines a conquistar a como dé lugar.

Por lo demás, cabe preguntarse cuál sería la reacción de la ciudadanía ante semejante reposicionamiento partidario. Seguramente muchas de las fuerzas parapartidarias que giran en torno al PRD y al PRI podrían sentirse reforzadas en sus posibilidades de negociación política, aunque en muchos casos sus intereses sean con frecuencia contrapuestos. También es probable que un sector oposicionista se sentiría más bien frustrado y hasta indignado por algo que semejaría demasiado a una maniobra gatopardista típica. Aunque hasta ahora tales sectores han asimilado sin muchos problemas la incorporación al PRD de connotados expriístas, acaso una reconversión demasiado descarada confirmaría que la hipótesis de Castillo Peraza no iba demasiado desencaminada, aunque con una corrección notable: que el PRD no es el PRI de los setentas, sino el germen del que padeceremos en el nuevo milenio.